
El viajero abandona el aeropuerto de Astaná, donde lo recibieron guardias de fronteras tan amables que ellos mismos formularon las preguntas y dieron las mejores respuestas, atraviesa la ciudad inverosímil con grúas como zombis girando sobre sí mismas con el único brazo tieso que señala a la estepa, pasa junto a los edificios de la EXPO 2017 y lo asalta una cierta incredulidad ante el extravagante paisaje al que ha llegado después de diez horas de viaje desde Madrid. Pero entonces un rótulo sobre los muros de un centro comercial, el último construido en la época soviética, acude en su ayuda. Sine Tempore, proclama. Un entusiasta rebranding convirtió las siglas olorosas a plan quinquenal con que se lo conocía antes, TsUM, en el anuncio de un mundo sin tiempo. La flamante capital del nuevo Kazajistán quiere saltarse los tiempos. No es extraño entonces que el lema de la EXPO 2017 que inaugurará el próximo 10 de junio sea «La energía del futuro».
Astaná, capital de Kazajistán desde diciembre de 1997, es una de las marcas más ambiciosas salidas del espacio postsoviético. Una ciudad de provincias ubicada en los confines de un imperio mudó como por arte de magia en la capital de un nuevo país. Encima, lo hizo con la pretensión de convertirse en el epicentro de Eurasia, esa leyenda de la geopolítica periférica. En lengua kazaja, Astaná significa precisamente capital, una correspondencia entre el nombre y la cosa que habría hecho las delicias de Ferdinand De Saussure. El traslado de la capital, que antes estuvo en Almaty, significó también la mudanza de los organismos del Estado y de miles de funcionarios y sus familias. Los kazajos suelen decir que la compleja operación buscaba acercar a los ciudadanos al Gobierno, aunque basta echarle una ojeada al mapa de Kazajastán para constatar que el cambio no entraña accesibilidad alguna en términos geográficos. Como basta asomarse a las calles de Astaná para ser conscientes de que los vecinos de los confines del país no tienen nada que hacer en las flamantes avenidas sembradas de edificios de Norman Foster, lujosos gimnasios, restaurantes y salones de spa o sofisticadas tiendas de decoración y showrooms de electrodomésticos de la casa Gaggenau. Al fin y al cabo, todas las disquisiciones sobre el motivo del cambio acaban con un guiño y un encogimiento de hombros que vienen a decir que la razón última, que es también la de todo lo que ha sucedido en Kazajistán para bien o para mal durante el último cuarto de siglo, remite a un nombre propio, el del hombre que pasó del sillón de secretario general del partido comunista en tiempos soviéticos al de presidente del Kazajistán independiente: Nursultán Nazarbáyev.
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Muy interesante artículo.