
La pared que separa Estados Unidos de México en Tijuana empieza en la playa y se detiene en mitad de un cerro. Sin más. Por ahí, cerca de Tecate, cuenta Betty que cruzó a los quince años con su madre y sus hermanas pequeñas guiadas por un pollero. El grupo andaba toda la noche y se ocultaba bajo una piedra con la luz del sol, para burlar a la Migra. A los dos días no podían más. Betty se tiró al suelo y empezó a gritar que se quería morir, que los encontraran ya: «¡Vengan, atrápenme, no puedo caminar!». Se habían quedado sin agua. La llave de riego de una granja que encontraron en el camino estaba cerrada, pero uno de los muchachos que iban con ellas succionó el resto que quedaba en la manguera y pudo llenar una cantimplora de su boca. Salvaron la vida y no los descubrieron. Llegaron con bien «del otro lado», que es como se le llama aquí a Estados Unidos. Otros no tuvieron tanta suerte. A los doscientos veinticinco que murieron intentando cruzar en el transcurso de la Operación Guardián, puesta en marcha por el presidente demócrata Bill Clinton en 1994, están dedicadas las cruces blancas que decoran la parte de la valla fronteriza que transcurre por la Vía de la Juventud, saliendo del aeropuerto.
Más adelante, la avenida gira a la izquierda, pero la cerca sigue. Planchas oxidadas, restos reciclados de la primera guerra del Golfo. La costura sube y baja según el desnivel del terreno, serpentea y se pierde a lo lejos como la muralla china. Una cicatriz que divide el mismo paisaje con un orden distinto a cada lado. En este recodo, donde empieza el camino sin asfaltar, está una de las pintadas más famosas y cuidadas: «De este lado también hay sueños». Allá, la limpieza del vigía, ninguna urbanización hasta San Ysidro, a siete kilómetros; acá, la calle de tierra, casas bajas construidas sin ninguna planeación, perros sueltos. Para rematar el lugar común, se oye cantar un gallo.
***
Pero en Tijuana siempre cabe la sorpresa. El 26 de mayo de 2016, algo insólito empezó a ocurrir. Ese día, en la garita de San Ysidro, el punto fronterizo más transitado del mundo, la fila que correspondía a los migrantes que entraban a Estados Unidos para solicitar asilo estaba a rebosar. Había unas trescientas personas, según calcula el pastor Isaac Olvera, del Ejército de Salvación, que las vio con sus ojos. Haitianos. Haitianos que no venían de Haití, sino de Brasil, dando un rodeo de siete años y diez países. Después del terremoto de 2010, muchos huyeron del país para buscarse la vida en otro que estuviera en pie. El principal de ellos fue Brasil, que en aquel tiempo tenía por construir todas las obras del mundial de fútbol y los juegos olímpicos. Cuando la crisis se le vino encima al gigante sudamericano, los haitianos volvieron a quedarse en la calle. Comenzaron entonces un viaje por tierra al norte, aprovechando que Estados Unidos tenía, por razones humanitarias, suspendidas las deportaciones de haitianos. No contaban con verse desbordados. Y México, menos.
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Esta ultima foto esta retocada. La ciudad de San diego casi ni se aprecia desde la valla en la costa de Tijuana
A güey, decirle que la foto puede estar retocada, pero con un objetivo normalito obtienes una aproximación de San Diego como la que aparece ahí… obtenida al final del malecón, en su extremo norte. Cerca del faro.
Sobre el artículo, está ameno y sintetiza lo que ha estado publicándose en los últimos años y décadas. Sin embargo, es un lástima que Yaiza Santos vaya al Colef, al Colegio de la Frontera Norte, y como en otros reportajes de El País, sigan entrevistando al mismo investigador. Refleja una falta de profesionalidad periodística que ya resulta insultante. En ese sentido, si Yaiza se hubiera preocupado en revisar lo que se ha publicado en El Colef sobre lo que ella escribió, habría encontrado otras realidades y datos más contundentes. O tal vez habría descubierto que hay diferentes organizaciones de deportados, que hay otros lugares donde están los haitianos o que hay otras facetas de Tijuana alternativas a los tópicos exóticos para lectores veraniegos de El País como yo… ups… incluso descubriría compatriotas que se dedican a investigar lo que ella bosquejó…
Pero, insisto, está entretenido…
Por su parte, usted podría haberse esforzado en identificar correctamente el medio que critica, que no es El País, y ahorrarse el bochorno.
Interesante lectura, en particular la entrevista al coyote y el caso del matrimonio.
El que llamó «Pacífico» al océano no fue un conquistador español, sino un explorador portugués al servicio de Carlos V, un tal Hernando de Magallanes.
Saludos.