
Hace unos días descubrí que hay un nombre para esa inmundicia que, agazapada en la leche hervida y con el nombre fraudulento de «nata», sin más, me amargó la infancia: «názora». Si esta palabra no hubiera caído en el olvido, yo hubiera podido rebatirles a mis padres su «no seas repunantiño y tómatela, que es la misma que te comes con las fresas». De saber entonces lo que cuarenta años después sé, hubiera podido explicarles que aquello era názora, y que, si venía especificado como «nata de la leche», sería porque no era la misma nata que la de las fresas.
Que «názora» esté, como matiza la RAE, en desuso, puede deberse a un complot; o bien de los fabricantes de coladores o bien de los padres que querían que asumiéramos que aquella nata era la misma que se le echaba al flan y no una cochinada que envenenaba, si no el organismo, sí el espíritu y las ganas de vivir. Pero ¿qué pasa con otras palabras que estamos dejando desaparecer porque sí, sin que haya poderes fácticos que nos inciten a ello? Entre todos las estamos matando y ellas solas se están muriendo.
No soy yo de los que rinda culto a la concisión (véase mi «Alegato en favor de la explayación»), pero siempre hay que tener a mano conceptos a los que podamos recurrir cuando tenemos prisa. Así, por ejemplo, una sola palabra, «filautía», es lo mismo que «amor propio». «En el quinto coño» o «a tomar por saco» son un patrimonio que, como buenos españoles, debemos proteger, pero hay un «sínsoras», parece ser que usado en Puerto Rico, que podría haber tenido más recorrido como «lugar lejano»; «amidos» condensa un «de mala cara o a la fuerza» y «peñolada» significa «acción de escribir algo corto», idea para la cual abusamos del sentido figurado de «un par de líneas», y el sentido figurado es peligroso en el actual contexto de tiquismiquismo, en el que no sabemos quién nos puede echar en cara la literalidad. Algo similar ocurre con «diuturnidad», muy a mano para dar largas, pues no te mete en el jardín de los datos que comprometen, ya que es un ambiguo «espacio dilatado de tiempo». Es cierto que no acabas antes de decir «nocturnancia» («tiempo de la noche muy entrada») que «las tantas» y que esta supone un menor gasto de energía para los órganos articulatorios, pero la primera triunfa en decoro. Y para el «arroz que queda en el fondo de la olla» tiramos del maravilloso socarrat, pero existe una palabra en castellano, «cocolón», que se usa en Sudamérica y que tiene una segunda acepción que significa «hijo menor de una familia»: el símil entre uno y otro concepto es genial. Este hijo pequeño, conocido hoy en día por «benjamín», tiene otros nombres en nuestro idioma, como «caganidos» o «secaleche», menos honorables. Su desuso, o uso restringido a una zona específica, refleja quizá un aumento de la respetabilidad de este miembro de la familia.
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Enorme David! Me ha encantado
Con lo rico que es el lenguaje, que se empeñen en recortarlo por motivos de conveniencia política…
Con lo rico que es el vocabulario español y lo poco que lo usamos. Muy buen artículo.
Muy bueno el artículo, qué pena de palabras en desuso. Algunos nos referimos a esa «arrancadera» o última copa como la «espuela», significado recogido en la RAE.
También » la del estribo». Lo decía mucho mi padre.
No son conveniencias políticas, sino conveniencias de los incapaces de usar toda la riqueza del lenguaje, que , para bien o mal son losque lo usan,
Qué ligero y qué gracioso. Gran labor!
No soy yo de los que rinda o de los que rindan. Concordancias vizcaínas, me decían de pequeño.
Desde que en los supermercados la leche viene de las sínsoras, no conozco nánzoras, que yo creo repercute en la flautía, de ahí esta peñolada en la nocturnancia y sin cantarada.
El significado del lenguaje es su uso (Wittgenstein). Poco que ver con los «poderes fácticos» mencionado en este desdichado texto.
Soy el que ha escrito el artículo. Los «poderes fácticos» era una ironía que se refería a los padres o a los supuestos fabricantes de coladores. Me habré expresado mal, pero a veces el tono desenfadado, que es el que pretendo transmitir, da pistas. Fallo mío.
He oído a una dominicana hablar de «concón» para nombrar el «socarrat» o «cocolón». Y le encanta raspar la olla con ese menjunje…
Muy bueno lo de «una cochinada que envenenaba, si no el organismo, sí el espíritu y las ganas de vivir». Esas observaciones distinguen al que ama la vida de los que intentan llenarla de fealdad y disgusto.
Un poco exagerado y tremendista (alharaco decimos aquí), porque cuando el DRAE dice que «názora» es la «nata de la leche» quiere aclarar que nombra a la nata por antonomasia y no, por ejemplo, la nata de la sopa (agghhhh). Y sí, la nata/názora que flota en la leche es la misma de tus frutillas.
Estoy anonadado por el par de sentidos de «cocolón», porque en el área andina, los restos de un líquido o su borra son el «concho» (del quechua qunchu) y también se llama así, al menos en el centro de Chile, al hijo menor de una familia, sobre todo si su nacimiento está distanciado del de sus otros hermanos.