
«Como escultor siempre me ha interesado el límite entre sujeto y objeto, entre lo animado y lo inanimado», decía David Bestué (Barcelona, 1980) en un taller con niños realizado en Móstoles el año pasado. Ha vuelto a demostrarlo, en el marco de la serie Fisuras del MNCARS, con el proyecto ROSI AMOR. El trabajo, que prolonga su indagación expositiva y bibliográfica acerca de la historia de los materials de construcción, se despliega en cuatro espacios del Edificio Sabatini, encaramadas algunas obras a las paredes de la Planta 0, medio escondidas otras, ocultas en la oscuridad, al final del recorrido que, escaleras abajo —hay que agacharse, ojo con la cabeza—, conduce al fondo de la Sala de Bóvedas. Hasta el 26 de febrero.
Faro, linterna, iPhone
Yo no veo bien, cuatro dioptrías y subiendo, y mis escaleras, las pobres, no conducen a ninguna parte, pero he estado en el fondo de una cripta, en el último muro, a oscuras, con una mujer que se lo sabía.
Antes de que ella llegara yo solo veía frío de muro y sombra, y una especie de cabezal de cama arrimado a la piedra, y no habría visto nada más de no haber sido por la lucecita azul de su móvil, el de la vigilante, corpulenta, morena, que acercaba la pantalla al pedazo de cabezal, e iba diciendo, muy tranquila: «normalmente esta parte hay que verla con una linterna, pero parece que hoy no funciona». Y con tal fanal recorrió el rincón de la cripta de derecha a izquierda iluminando, y después hizo así y así y ya, ya podía verlo todo, toda la segunda sala de la cripta, que acababa de pasar otra donde la luz escaseaba, había poca pero había, y después explicaré qué vi, pero ahora debo explicar que lo veía porque ella me lo enseñaba.
«Y esto», seguía diciendo, y bajaba la pantalla, con gesto seguro, «el artista no sé cómo lo hizo, quizá con piedras, ya ves que son unas bolas en el suelo, y no son naranjas, pero las miras y ves las naranjas». Les veíamos, y su manera de hablar me recordaba a la que, según dicen, tenía John Dos Passos, que se ve que era tímido o lo fingía, y siempre empezaba sus frases balbuceando «Pobre de mí, yo-yo sobre este tema no sé nada, pero…», y a continuación decía la cosa más precisa y pertinente, y era, como también se ha dicho sobre Peter Handke, «de una clarividencia que suscitaba, entre sus interlocutores, el mutismo», y por esto yo la escuchaba, a la guardia de la Sala de Bóvedas, en el subterráneo, y no decía nada, nada que valga la pena repetir: las palabras que le dirigí eran solo para que ella no dejase de hablar porque, de haber callado, entonces todo, fanal y cripta y muro, habría desaparecido, y yo quizá estaría aún allí abajo, cara al muro. Después, el autor, en un mensaje enviado desde su propio móvil, me comentó que «la idea era incluir un cuerpo dispersado y viene de un verso de Enric Casassas: «dentro de dos o tres siglos te encontrarás perfectamente, serás la tarde», más o menos. Me gustaba contraponer el cuerpo vivo del visitante con el cuerpo disperso de las naranjas» (1), lo cual puede concordar, o no, con la mirada visionaria de la vigilante, a mí las dos me parecen interesantes por igual, como cuando susurró: «a mí esta especie de máquina me recuerda a un asador de pollos de los de antes, que tú seguramente ya no los has visto». Alguno he visto, pero no caí en la cuenta del parecido, solo se hizo patente cuando ella lo expresó, y las paredes —esto otro decía que se lo había hecho notar un visitante, días atrás, pero me parece que lo contaba así por modestia, seguro que se le había ocurrido a ella— «así de piedra y con cemento, que esto había sido un claustro, parece que sea muy pobre, ¿no?, como si fuera a caerse, bueno, «caerse» no, porque ya ves que está restaurado, pero, en cambio, si estuviera hecho de un material moderno, liso, de esos que parecen tan del futuro, entonces parecería más firme, pero…».
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