El poder de una palabra

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Donald Trump. Fotografía: Kevin Dietsch / Cordon.

La medianoche del 31 de mayo de 2017 ocurrió algo mágico en el twitter de Donald J. Trump. El 45º presidente de los Estados Unidos, magnate, escritor sensible, busto reposa-pelucas, inversor, actor de blockbusters y exproductor mandamucho del reality show estadounidense The Apprentice, proyectó al mundo un tuit tan fabuloso como críptico: «Despite the constant negative press covfefe» («A pesar de la constante prensa negativa covfefe»).

Una frase incomprensible, en apariencia inacabada y rematada por una palabra inexistente que por inesperada y absurda resultaba bastante graciosa. En tan solo un par de horas, el oleaje de internet, muy amigo de mofarse de los tropezones ajenos, había retuiteado el mensaje más de setenta mil veces. De madrugada, Trump descubrió la popularidad de su jeroglífico accidental, eliminó el tuit y bromeó con el asunto, invitando al resto de usuarios de la red social a elucubrar sobre su significado. Pero para entonces ya habían transcurrido cinco horas desde el hecho en cuestión y ese lapso de tiempo en los campos de internet se traduce en varios meses en el mundo real: a esas alturas la gente ya había hecho «covfefe» suya, había convertido la palabra en meme y la había vilipendiado de todas las maneras posibles. En el Urban dictionary la segunda acepción de «covfefe» reza lo siguiente: «El poderoso y terrible dios de los errores ortográficos en internet. El misterioso y omnisapiente Señor de los Trolls de Twitter, de quién Pepe es profeta. En este 30 de mayo, fue convocado por el rey naranja para comenzar su reinado de terror sobre el páramo sin ley del ciberespacio. Y así será que ningún blogger, ningún perfil, ningún huevo de Twitter conocerá paz en el más allá hasta que se hayan doblegado con reverencia y temor ante el poder glorioso de Covfefe». Poco tiempo después, la errata misteriosa se había convertido en producto generando mercadotecnia de lo más variada y cualquiera podía encargar por internet una taza de desayuno para empezar el día con un buen covfefe.

Parecía bastante evidente que lo que Trump había querido escribir en aquel graznido era «coverage» en lugar de «covfefe» y que la frase había quedado incompleta por error. Pero Sean Spicer, secretario de prensa de la Casa Blanca por aquel entonces, al ser preguntado sobre el asunto sentenció «el presidente y un pequeño grupo de gente saben exactamente lo que él ha querido decir» intentando camuflar el resbalón torpemente. Una semana después, el mismo Spicer informaba a la nación que todos los tuits del presidente Trump eran considerados declaraciones oficiales convirtiendo de manera retroactiva la palabra falsa en una «declaración oficial». Dos semanas después, el demócrata Mike Quigley presentó un proyecto de ley que demandaba enmendar la Ley de Registros Presidenciales para poder preservar, en los archivos nacionales, todas las publicaciones en Twitter y otras redes sociales del presidente de los Estados Unidos. «Para mantener la confianza pública en el Gobierno, los funcionarios electos deben responder por lo que hacen y dicen. Y esto incluye los tuits de 140 caracteres» apuntaba Quigley para justificar la propuesta. Su proyecto de ley se titulaba Communications Over Various Feeds Electronically for Engagement, y sus siglas deletreaban la palabra COVFEFE.

Clic para ampliar. Imagen: Mike Quigley (CC).

En el The Washington Post comenzaron a sospechar que la administración Trumpiana estaba manejando el asunto a modo de maniobra de distracción para evitar tocar asuntos como la dimisión de Michael Dubke, las relaciones con Alemania o cualquier cosa que tuviese que ver con gente muy rusa. Entretanto, el estado de Georgia prohibió el uso de la palabra «Covfefe» en las matrículas de coches personalizadas.

Y todo por culpa de una palabra, una que ni siquiera existía.

Very Intelligent Person

En 2013, años antes de sentar el culo sobre el trono presidencial de su país, Trump tuiteó: «Lo siento perdedores y haters. Pero mi cociente intelectual es uno de los más altos ¡y todos lo sabéis! Por favor, no os sintáis estúpidos e inseguros, no es culpa vuestra». Meses más tarde del covfefegate, durante una rueda de prensa en la Casa Blanca, Trump apuntaría: «Ya sabéis, la gente no lo entiende. Fui a una universidad de la Ivy League, era buen estudiante y lo hice muy bien, soy una persona muy inteligente».

En 2016, Trump tuiteó: «China steals United States Navy research drone in international waters – rips it out of water and takes it to China in unpresidented act» que podría traducirse, con errata incluida, por algo así como «China ha robado el dron de investigación de las Fuerzas Armadas en aguas internacionales. Lo ha sacado del agua y se lo ha llevado a China en un acto sin presedentes».En la Merriam-Webster, una respetada editorial de diccionarios con doscientos años de historia a sus espaldas, aprovecharon para hacer guasa con el asunto y comentar que aquel «unpresidented»  no solo no era la palabra del día, sino que ni siquiera existía.

En agosto del 2017, Trump escribió en Twitter la palabra «heel» (tacón) en lugar de «heal» (recuperar), lo hizo cuatro veces en dos tweets diferentes durante uno de sus discursos sobre la nación, y entonces todo internet comenzó a sospechar que en lugar de errores con el corrector del móvil estaban lidiando con el analfabetismo del autor. En marzo de 2018 Trump volvería a asomarse a la red social vestido con erratas para soltar un tuit donde escribía «Council» en lugar de «Counsel» tres veces distintas en una misma línea. Semanas más tarde, volvía a tomar la misma carretera en dirección contraria al teclear «White House Council» en lugar de «White House Counsel» y en Merriam-Webster volvieron a dedicar algo de su tiempo a corregirle.

Aquella editorial, Merriam-Webster, era la misma que a finales de 2016 había anunciado que «Surreal» se había coronado como palabra de aquel año al ser el término más buscado de la temporada en su diccionario online de consulta. Las búsquedas de dicha palabra se habían disparado hasta alcanzar el primer puesto cuando se hizo pública la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2016.

Nunca te acostarás

En septiembre de 2017, durante su primer discurso ante las Naciones Unidas, el presidente Trump utilizó el apodo Rocket Man para referirse al líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, aludiendo a las diversas pruebas con misiles que el norcoreano gustaba de hacer. De paso aclaró que en caso de que las relaciones se tensasen demasiado y la cosa se pusiese muy fea no tendría más remedio que destruir toda Corea del Norte.

Ante la amenaza, Jong-un  se tomó la molestia de escribir un discurso a modo de réplica directa hacia el presidente estadounidense. El Gobierno del país aclaró que era la primera vez que un líder norcoreano se tomaba de manera tan personal la contestación. El texto de Kim Jong-un comparaba a Trump como un «perro asustado», cuestionaba sus políticas internacionales y amenazaba con castigar con fuego a los Estados Unidos llegado el caso. Pero, juegos de guerra aparte, lo más interesante de todo el sermón es que etiquetaba al presidente de USA como un «dotard», una palabra extraña que parecía una errata a medio camino entre el «retard» (retrasado) y lo que dios quiera que tuviese en la cabeza Jong-un en aquel momento. Al principio el mundo se lo tomó con risas porque daba la impresión de que los dos líderes de potencias absurdamente peligrosas ni siquiera sabían escribir, pero luego alguien agarró un diccionario y descubrió que «dotard» en realidad era una palabra real.

Desde Merriam-Webster señalaron que aquel término provenía de «dotage», una palabra que inicialmente se interpretaba como «imbécil» y que en la actualidad significaba «un estado o periodo de decaimiento senil marcado por una disminución del equilibrio mental y el estado de alerta». El Oxford English Dictionary la definía como «una persona vieja que se ha vuelto débil y senil». La palabra «dotard» había aparecido en las páginas del The New York Times tan solo diez veces desde principios de los ochenta y siempre militando en las secciones dedicadas al arte. William Shakespeare en Mucho ruido y pocas nueces la colocó en los labios de un Leonato que aclaraba: «I speak not like a dotard nor a fool». Y Herman Neville la deslizó en un poema sobre un tiburón: «Eyes and brains to the dotard lethargic and dull, pale ravener of horrible meat». El poeta Alfred Tennyson también la utilizó en otro poema titulado Locksley hall sixty years after que ejercía de secuela de los versos Locksley hall.

Cuando el líder norcoreano emitió el comunicado en su lenguaje natal, el término dotard era sustituido por 늙다리미치광이, cuya traducción sería algo así como «vejete lunático». En general el gobierno norcoreano nunca se ha caracterizado por ser muy amable a la hora de disparar sus palabras: en lugar de referirse a los Estados Unidos como «enemigos» los han llegado a denominar «hooligans» o «gangsters», a Hillary Clinton la llamaron tanto «colegiala de primaria» como «pensionista de compras», a Barack Obama como definieron como un «mono negro tarado» y a Park Geun-hye, quien fuese presidenta de Corea del Sur, como una «puta» y una «serpiente».

Aquella noche todo el mundo se fue a la cama un poco más nervioso. Kim Jong-un les había enseñado algo, y ese escenario no parecía del todo coherente con el mundo real.

Jugendwort

En Alemania, desde el año 2008, la editorial de diccionarios Langenscheidt organiza un concurso para designar cuál ha sido la «Jugendwort des Jahres», lo que vendría a ser la «Palabra juvenil del año». En 2017 la ganadora fueron en realidad dos palabras, la expresión «I bims» que vendría a ser algo parecido a un «Yo soy» pero escrito haciendo mofa de la jerga, incorrecta y salpicada de faltas ortográficas deliberadas, que la juventud (y un rapero llamado Money Boy) utilizaba en los memes, las imágenes y las redes sociales de los mundos interneteros.

Money Boy. Imagen: Robin Krahl (CC).

Pero a lo largo de ese 2017 muchos otros términos, la mayoría bastante más ocurrentes que el ganador, lucharon por alcanzar la corona de la Jugendwort. «Selficide» combinó «selfie» y «suicide» para definir el acto de matarse sacándose una fotoyo, lo que de toda la vida Def Con Dos ha denominado como una muerte ridícula. «Nicestein», una remezcla de «nice» (agradable en inglés) con «Frankenstein», se hizo popular a la hora de referirse a algo agradable a todos los niveles. «Tacken» modificaba una letra de la palabra «kacken» (defecar) para denominar a todos aquellos que pasaban el rato en el trono del baño enviando mensajes por el móvil. «Tinderjährig» unió «Tinder» con «Minderjährig» (menor de edad), para indicar que alguien era suficientemente mayor como para estar en Tinder. «Sozialtot», algo así como «socialmente muerto» se utilizó para referirse a quienes se empeñaban en evitar las redes sociales. Y «Naplixen» fundió «nap» (siesta) y «Netflix» para apuntar a todos aquellos que gustaban de practicar la «naplix», la siesta con la tele encendida y alguna película en pantalla.

La Jugendwort des Jahres arrancó como una campaña promocional, pero poco a poco se ha ido convirtiendo en un evento social de lo más divertido. En cada entrega un jurado nombra a la palabra ganadora entre una treintena de candidatas. Y desde 2008 el nivel de las ocurrencias ingeniosas que han desfilado por el evento ha estado altísimo: «Darthvadern» se presentó como un verbo inspirado por el propio Darth Vader para que los chavales definiesen las acciones de aquellos progenitores que se excedían en su papel. «Analog-Spam» fue una forma moderna de referirse a las montañas de publicidad que dejan en el buzón los carteros comerciales. «Swaggernaut» se utilizó para etiquetar a gente que molaba mucho, gente que tenía mucho swag de ese. «Bildschrimbräune» se podía traducir como bronceado de pantalla y era una forma dudosa de referirse a aquellos que pasaban mucho tiempo encerrados frente a un ordenador. «Dumfall» juntó «dumb» (tonto) y «fall» (caída) para parir una palabra que definiese las caídas provocadas por hacer el imbécil. «Merkeln» fue un vocablo que travestía el «merken» (darse cuenta de algo y buscar soluciones) con el nombre de la canciller alemana Angela Merkel para crear un verbo que vendría a significar «no enterarse de nada».

«Googleschreiber» era un juego de palabras con «Kugelschreiber» (bolígrafo) que designaba a aquellos que teclean la dirección completa de una web en el buscador. «Tintling» unió «Tinte» (tinta) y el peyorativo «-ling» para denominar de manera satírica a todos aquellos amigos de los tatuajes. «Gutenbergen» un verbo que define la acción de copiar en un examen, aludía al padre de la imprenta, y también al político Karl Theodor zu-Guttenberg al que pillaron plagiando su tesis. La genial «Smombie» nació para darle nombre a todos aquellos que caminan embobados con su móvil y era una combinación de «smartphone» con «zombie». «Yologamie» agarraba una palabra anterior ganadora de la Jugendwort des Jahres YOLO» que significaba «You Only Live Once») y la convertía en un modo de referirse a una relación abierta. «Niveaulimbo» se traduce por «el nivel del limbo» y tomaba como base el juego de la barrita para definir nivel límite hasta dónde puede llegar a bajar la calidad de algo. «Gammelfleischparty» se llevó el premio a la palabra juvenil del año durante la primera edición en 2008, se traducía literalmente como «fiesta de carne podrida» y se utilizaba para denominar un evento donde la mayor parte del público superaba la treintena.

También bailó por allí la palabra «Tweef», una combinación de «Tweet» y «beef» que servía para poner nombre a una riña furiosa en el universo de Twitter. O la palabra que mejor, y con más certeza, podría definir el estado de las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte.

Imagen: Marco Verch (CC).

Agradecimientos: a Vera Volant, por abrir con este tuit la caja de Pandora y desatar la curiosidad sobre la Jugendwort des Jahres.

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