
Oh Quam gravis est scriptura. Occulos gravat, renes frangit, simul et omnia membra contristat.
¡Qué cansado es esto de escribir! Se te cansa la vista, los riñones se te hacen polvo, y acabas con todos los miembros entumecidos.
(Monje, siglo VIII. Recogido en Das Schriftwessen im Mittelalter de W. Watterbach, versión castellana de García Lobo).
Desde los orígenes del monacato en Oriente con san Pacomio y su regla, los libros pasaron a ser parte fundamental de las comunidades y centros de culto. No podía ser de otra manera, pues el cristianismo es una de las religiones del Libro. Cuando también en Occidente prendió la mecha del monaquismo, sobre todo a partir del siglo VI con la regla de san Benito, llegó también la necesidad de dotar a todos los clérigos de lo necesario tanto para la liturgia como para su estudio. El ora et labora se convirtió en tándem inseparable: para orar se necesitaban libros y copiar los textos se consideró trabajo manual. Sin el labora no era posible el ora. Libros de salmos, glosarios, evangeliarios, la Biblia… Y es que, a falta de imprenta, de multicopistas, e-books, etc., solo quedaba una opción: la copia manuscrita. Iglesias y monasterios debían disponer al menos de las escrituras básicas para la liturgia. Solo los grandes monasterios podían permitirse disponer de personal, instalaciones y recursos como para mantener un scriptorium dedicado a la copia de libros, así que, sobre todo a principio de la Edad Media, no solo viajaron los libros a copiar de biblioteca en biblioteca por Europa, sino también monjes y clérigos que iban de monasterio en monasterio ofreciendo su saber hacer como copistas. Mientras los monasterios poderosos llenaban sus armarios no solo de las obras litúrgicas sino también de textos paganos, iglesias y monasterios humildes debían conformarse con los libelli, que eran una especie de folleto resumen con lo básico para la liturgia diaria. ¿Por qué esta diferencia? Porque copiar un libro era muy caro, carísimo, de hecho, los libros se convirtieron en auténticos objetos de lujo, pues no solo se copiaron los textos, sino que se embellecieron, se iluminaron con ilustraciones explicativas o alegóricas y se convirtieron en objetos de estatus, objetos casi de poder.
Pero volvamos al pobre monje del siglo VIII, porque sus cuitas son las que han dado origen a este artículo. Aquí no vamos a analizar el arte de la miniatura hispana o las obras de la Escuela Palatina de Aquisgrán, o a comparar códices irlandeses y otonianos. Ni hablaremos de estilos, ni de corrientes o influencias, ni de familias. La intención es más sencilla: ayudar a entender el esfuerzo y el trabajo que suponía hacer una copia de una obra en los siglos X, XI o XII. Y para entenderlo nada mejor que ponernos manos a la obra al más puro estilo «es fácil hacer tu propio códice medieval si sabes cómo».
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Muy interesante y muy bien relatado, Silvia.
me dá usted en t´o´l bebe! estoy en ello y disfruto como un enano, gracias!
Muy interesante. Muchas gracias
La cochinilla es un insecto americano, con lo cual el rojo cochinilla pocos códices medievales puede haber iluminado
Kermes ilicis o cochinilla de la encina. «Fue utilizado por los antiguos egipcios, griegos y romanos. Este tinte carmesí rara vez se usó después de que el carmín se hiciera popular en el siglo XVI por la introducción de la cochililla mexicana Dactylopius coccus, y dejó de emplearse en el siglo XIX».
A propósito de copiar, Stefanos Kroustallis quizás tuviera algo que decir.