Pinturas de guerra: grandes batallas sobre el lienzo

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Si preguntásemos por el nombre de un pintor español contemporáneo seguramente el primero que se le vendría a muchos a la cabeza es Augusto Ferrer-Dalmau. Obsesivo hasta el menor detalle en sus cuadros, tampoco se toma a la ligera la elección del tema de cada uno, que desde los tercios en Flandes, pasando por Agustina de Aragón y hasta llegar a las tropas desplegadas en Afganistán, retratan casi invariablemente escenas militares. Claro que tal interés no es la excepción: Las lanzas, El Guernica, Los fusilamientos del 3 de Mayo… La guerra protagoniza varias de las obras más representativas de la pintura de nuestro país. Como de tantos otros, bien es verdad.

Las batallas son acontecimientos de gran fuerza dramática y su representación en un lienzo es como ese fotograma que da personalidad a una superproducción, la imagen congelada de un momento en el que se decide la historia, a veces con un gran héroe protagonista y otras con multitud de figurantes matándose con frenesí por tierra o por mar, a tiros o a mandobles. Si a ello le sumamos que retratar tales escabechinas tiene un indudable valor propagandístico ahí se juntan entonces el hambre y las ganas de comer. Así que, más allá de las mencionadas que ya conocemos todos, merece la pena repasar algunas de las pinturas más espectaculares y significativas de este género. Voten su favorita o añadan algún otro ejemplo si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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La batalla de Salamina, de Wilhelm von Kaulbach

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Con una proporción de habitantes entre el imperio persa y las ciudades griegas de veinte a uno, su resistencia ante Jerjes era una lucha existencial entre dos concepciones del mundo: frente a la tiranía, la libertad de quienes se jactaban de obedecer a las leyes y no a los hombres. Por si no resultara suficientemente épica, había que añadirle la magnitud de las tropas enfrentadas —unos mil doscientos barcos participaron en la contienda— y la extrema crudeza del combate, pues según Heródoto: «levantose un temporal deshecho de lluvia que duró toda ella, acompañado de espantosos truenos de la parte del monte Pelio. Los cadáveres y fragmentos de las galeras que habían naufragado, echados por las olas hacia Efetas, y revueltos alrededor de las proas de las naves, impedían el juego a las palmas de los remos». Con semejantes ingredientes no es de extrañar la resonancia que ha tenido desde entonces en Occidente y uno de los muchos artistas a quienes cautivó fue este pintor alemán del siglo XIX tan interesado en recrear acontecimientos históricos, desde la destrucción de Jerusalén hasta las Cruzadas. Como vemos, al tratarse de una batalla naval el autor puede situar a los protagonistas a varios niveles, unos escapando de las olas, otros subidos a las embarcaciones y los de más allá en la costa, creando un conjunto muy abigarrado.

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La batalla de Alejandro en Issos, de Albrecht Altdorfer

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De nuevo la lucha entre Oriente y Occidente. Los herederos de los anteriores contendientes tuvieron otro enfrentamiento en 333 a. C. en el que Alejandro Magno sometió al imperio persa. Pintado en 1528 con los anacronismos tan comunes en las obras renacentistas sobre la antigüedad, parece ser que gustó tanto a Napoléon que se lo llevó a París para colgarlo en su cuarto de baño.

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Scotland Forever!, de Elizabeth Thompson  

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Napoleón pasó de espectador a protagonista, especialmente con esta batalla de la que pueden leer aquí un pormenorizado relato. Su eco artístico fue considerable y por destacar dos ejemplos podríamos mencionar On the Evening of the Battle of Waterloo de Ernest Crofts por su realismo casi fotográfico, y Closing the Gates at Hougoumont de Robert Gibb por la vivacidad de esa melé. Pero sobre ellas destaca la espectacular carga de caballería que vemos sobre estas líneas, como si se nos echara encima, un tipo de plano que el cine nos ha presentado luego en más de una ocasión. Su autora fue una inglesa nacida en 1846 que recibió educación artística en Italia y luego en Francia, cuyo interés por las recreaciones bélicas ya apareció años antes de que contrajera matrimonio con un oficial de la armada. Los viajes en los que le acompañó a través del Imperio británico le facilitaron la tarea y a pesar de sus seis hijos pudo pintar más de una treintena de obras que tuvieron una gran acogida en su época, incluyendo la propia reina Victoria.

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Batalla de Chesma, de Ivan Aivazovsky

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Si han estado atentos a las noticias estos días se habrán enterado de que, no sin cierta controversia internacional, Putin ha inaugurado un puente en Crimea montado en un camión. Pues bien, esta pintura nos ayuda a comprender mejor los antecedentes históricos. Para eso hay que remontarse al reinado de Catalina II, cuando Rusia buscaba una salida al Mediterráneo a través del mar Negro, lo que requería un enfrentamiento con el Imperio otomano. Así que organizó una flota que recaló primero en Menorca (donde fue enterrada parte de la tripulación debido al escorbuto) y en 1770 lanzó un ataque contra los turcos en la batalla de Chesma que se saldó con una gran victoria. Cuatro años después se firmó el tratado de Küçük Kaynarca por el que se reconocía un Estado independiente en la península de Crimea, que Rusia anexionaría en 1783 y así, por fin, obtuvo su salida al Mediterráneo. Ivan Aivazovsky, nacido precisamente en ese disputado territorio al siglo siguiente, tuvo una carrera artística extraordinariamente fructífera con más de seis mil obras, con especial fijación por los temas marinos como el que vemos arriba.

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Batalla de Ivanovo-Chiflik, de Pavel Kovalevsky

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La disputa por Crimea continuó abierta mucho tiempo después, y los enfrentamientos entre ambos imperios también, del que fue ejemplo la guerra ruso-turca de 1877-78. Este choque, que tiene lugar en lo que hoy es Bulgaria el dos de octubre de 1877, fue pintado con exquisito detalle una década después.

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Batalla de Lepanto, de Andrea Vicentino

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Claro que si de brear al Imperio otomano se trata, no podemos dejar de mencionar la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros, a decir de cierto escritor que pasó por allí. Tintoretto pintó un cuadro al respecto que resultó destruido por un incendio en 1577, así que tres años después Andrea Vicentino realizó este otro para el palacio Ducal de Venecia. Como decíamos al comienzo, esta clase de obras suelen tener una notoria intencionalidad política, pues todo poder necesita una narrativa que lo justifique. Lo que en este caso se evidencia en el primer plano otorgado a la embarcación del comandante veneciano Sebastiano Venier, que aparece con pelo blanco junto a la bandera.

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La batalla de Trafalgar, de William Clarkson Stanfield

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Una de las mayores victorias del Reino Unido fue esta que tuvo lugar en 1805 contra la armada franco-española y dada su trascendencia contó con muchas recreaciones sobre el lienzo. Merecidamente hay que decir, al fin y al cabo al margen de consideraciones políticas e históricas hay algo intrínsecamente espectacular en las batallas navales, que son prácticamente un género aparte. Frente a las terrestres con su miríada de figuritas como si de dos hormigueros enfrentados se tratase, estas otras son combates entre máquinas gigantes, algo así como los jaegers o transformers de su época.  

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La matanza de Quíos, de Eugène Delacroix

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Tan importante como glorificar las gestas propias es el de mostrar las atrocidades ajenas, bien sea por razones éticas o políticas. Un ejemplo muy reciente, particularmente llamativo, es el de la película La promesa. Se trata de una gran producción de noventa millones de dólares en torno al genocidio armenio cometido por los turcos, que ha recaudado menos de la décima parte de su coste, es decir, estamos ante uno de los mayores desastres de la historia de Hollywood. Pero no importa porque la pagó el magnate armenio Kirk Kerkorian y su finalidad no era ser rentable. Más barata resultó mostrar al mundo esta otra escabechina turca, en la que se mataron en 1822 a unos veinte mil griegos que se alzaron contra su dominio y se esclavizó a las mujeres y a los niños. El pintor, Eugène Delacroix, es tal vez el más brillante propagandista que haya conocido el mundo —entiéndase esto como una descripción sin reproche moral alguno— pues hace falta un descomunal talento para convertir unos disturbios en un símbolo imperecedero de patriotismo y libertad.

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Luis Felipe inaugura la Galería de Batallas, de Francois Joseph Heim

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Aquí no estamos ante una escena bélica propiamente dicha, pero podríamos definirlo como una metapintura de guerra, así que merece la pena mencionarla. En el Palacio de Versalles hay una sala llamada Galería de Batallas, que fue creada en 1837 por el último rey de Francia, Luis Felipe I, para agrupar un centenar de lienzos y bustos del ámbito militar. Este cuadro retrata precisamente el día de su inauguración.

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El sueño, de Jean Baptiste Édouard Detaille

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Frente a la realidad cruel y prosaica de lo que acostumbra a ser la guerra, el empeño de los artistas se ha centrado casi siempre en resaltar sus aspectos más heroicos y patrióticos. De esta manera, representando a reclutas de la Tercera República mientras duermen, Detaille se toma la licencia de mostrarnos cómo estarían soñando con sus antepasados, buscando alcanzar su gloria y vengar su memoria por la guerra franco-prusiana.

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La batalla de Nashville, de Howard Pyle 

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Dos personas han sido las responsables de que los piratas del caribe tengan el aspecto que les atribuímos en nuestro imaginario colectivo, una de ellas fue por supuesto Robert Louis Stevenson con La isla del tesoro, pero la otra es bastante menos conocida, se trata del ilustrador Howard Pyle.  Fue él quien les atribuyó en sus dibujos los ropajes y abalorios gitanos, y con esa pinta se han quedado. Aunque Pyle hizo más cosas en su vida, como esta magnífica recreación de la decisiva batalla de Nashville entre los días 15 y 16 de diciembre de 1864, en la que se inclinó la balanza de la guerra de forma definitiva, para llegar a la derrota confederada pocos meses después.

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La guerra, de Otto Dix

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Otto Dix se alistó voluntario en el ejército alemán en 1914 y la experiencia trituró cualquier visión romántica que pudiera haber en su alma sobre la guerra. Las trincheras, las armas químicas y la creciente mecanización de la lucha no dejaban mucho espacio para conceptos como la gloria o el honor, tal como se empeño en mostrarnos mediante grabados o trípticos como este de 1932, tapado con una cortina por las autoridades cuando comenzó a ser exhibido por lo perturbador que les resultaba. Un mensaje así no congeniaba bien con el ideario nazi y paso a ser considerado en los años treinta como «arte degenerado» y finalmente quemado.

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5 comentarios

  1. Una pequeña puntualización, el cuadro de Dix que fue destruido por los nazis es La Trinchera. La guerra, que es el ilustrado, afortunadamente sobrevivió

  2. Una selección muy interesante, Javier. Por si os habéis quedado con ganas de saber más de Dix y su obra bélica, os invito a leer este viejo artículo http://unfollowmagazine.com/2013/01/la-guerra-de-dix/
    ¡Feliz lectura!

  3. Sobre este tema y su posible dimensión, digamos, ideológica, puede interesar: http://despuesnohaynada.blogspot.lt/2016/12/la-conjura-de-los-rancios.html

  4. Pere C

    Uno de los pintores de tema militar que más me gustan es Carl Rochling: https://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Carl_R%C3%B6chling
    Respecto a Ferrer Dalmau, sin duda es un buen pintor pero lo que no me gusta de sus cuadros es que sus personajes siempre tienen la misma expresión, como de “tipos duros”, cosa que no sucede en las pinturas militares clásicas en las que se ven reflejadas las diferentes emociones humanas: miedo, pánico, angustia, flema, conciencia de la muerte, camaradería, buen humor… Después de todo, los militares son personas normales cuyo oficio es la guerra. Se ha hablado de literatura “cipotuda” y creo que estamos ante un caso de pintura “cipotuda” (no es extraño que uno de sus grandes admiradores sea Pérez Reverte). Esta falta de caracterización psicológica para mi hace que sea más un ilustrador (eso sí, muy bueno) que un pintor.

  5. M. dolores

    Para mi es mas contundente por su realismo “panorama”
    Esta en un edificio construido para el en Breslavia (Polonia)

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