
En 1981 Eric Zala, Chris Strompolos y Jayson Lamb tenían doce años, una Betamax y el largo y lánguido verano sureño por delante. Vivían en Biloxi, a orillas del Mississippi, donde las magnolias. Pocos meses antes se había estrenado En busca del arca perdida, el gran taquillazo de una década de la que aún seguimos tirando como un chicle Bazooka. Los chavales vieron la película de Spielberg y se quedaron tan pasmados que decidieron hacer un remake por su cuenta, algo que todos hemos soñado alguna vez, hacer una peli a lo loco y a ver qué pasa. Pero ellos lo hicieron de verdad. En su pueblo y sin un céntimo. Como la película no salió en VHS hasta el año siguiente, consiguieron el guion, se hicieron con fotos en revistas de cine, buscaron carteles, reunieron todo lo que encontraron y la reprodujeron enterita. De memoria. Plano por plano. Metieron en la movida a toda su familia (un hermano de Zala hizo hasta doce papeles), prendieron fuego al sótano de la casa de la madre, rompieron con novias, se pelaron entre sí. El rodaje les llevó seis años. Cuando empezaron en el 81 tenían que ponerse vaselina con ceniza para simular la barba de tres días, y cuando acabaron eran unos muchachotes de dieciocho con pelo por todas partes. La peli se llamó Raiders of the Lost Ark: The Adaptation, y es probablemente la suecada más larga de la historia.
Veinte años después, en 2008, Michel Gondry estrenó Rebobine, por favor (Be kind, Rewind) en Sundance y Berlín. Be Kind, Rewind es una peli muy buenista, muy blanca y muy adorable sobre el amor al cine en la que quizás lo mejor sea Jack Black con unas gafas como las de Soraya Sáenz de Santamaría y un aspecto inquietantemente retromoderno (¿ya se llevaba lo retro hace diez años?) y su punto asustaviejas de siempre. Recordemos que al empezar la peli Jack Black está un poco desquiciado porque cree que la planta eléctrica en la que trabaja le provoca migrañas. Así que se le ocurre sabotearla pero algo le ocurre porque al día siguiente, al ir a la tienda de alquiler de vídeos donde trabaja su amigo (Mos Def), desmagnetiza los vídeos. Aparece una clienta, Mia Farrow, que quiere alquilar Ghostbusters, y qué pueden hacer. Pues un remake con una cámara de andar por casa y cero presupuesto. Y rapidito. A Mía Farrow le gusta tanto el remake que Black y Def deciden repetir (además no quieren que el dueño de la tienda se entere de que los vídeos están en blanco). Se lían a hacer remakes de toooodas las pelis de la tienda: El Rey León, Paseando a Miss Daisy, 2001: una odisea del espacio. Como les lleva un par de días rodar cada cinta dicen al cliente en cuestión que la película «viene de Suecia (Swede)», y por eso tarda en llegar (y cobran veinte dólares el alquiler). Embarcan a amigos, a la familia, al barrio entero a hacer las pelis «de Suecia» (suecadas), con las chorradas que todos tenemos por casa, cartones, bolsas de plástico, ingenio, y ganas.
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Qué historia! Muy buena, con un final enternecedor.
Que final tan bueno, me encantó.
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