Querido buzón

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Londres, 1941. Fotografía: Getty.

En España viven más de cuarenta y seis millones de personas a las que solo han sobrevivido 26 740 buzones de Correos. Hace diez años había 6900 más, pero entre todos los hemos ido matando de la forma más lenta y, por tanto, cruel: por indiferencia. No recibimos cartas (sin facturas) porque tampoco las mandamos. Lo dice una encuesta de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia: El 63,1 % no había recibido ninguna en los últimos seis meses; El 59,4 % no había enviado ninguna. He preguntado a Correos cuántas cartas hacen falta al día para salvar un buzón, que es tanto como patrocinar una historia de amor o apadrinar a un cartero. Admiten que su ubicación o retirada depende del uso, pero no les consta que haya un umbral de supervivencia. También he preguntado dónde van los buzones cuando mueren. Me han prometido que se reciclan.

Las cifras están ahí, pero no quiero creérmelas, igual que me tapo las orejas, cierro los ojos y digo «lalalala» cuando alguien me acorrala con el Estudio General de Medios. Dicen que se acaban las cartas y también los periódicos de papel, el único consuelo para ese día absurdo que hay entre la fe de los sábados, cuando todo aún es posible, y la certeza del lunes. Pero yo soy de letras y mi debilidad siempre han sido las causas perdidas. Por eso cuando los veo por la calle sonrío a esos lectores obstinados que siguen llevando El País bajo el brazo, y por eso también os pido que lo penséis fríamente: cada día que no escribís una carta; cada vez que os lanzáis al sexting vía WhatsApp, Messenger o Telegram; cada noche que bostezáis, os dais la espalda y apagáis la luz, en alguna parte del mundo muere un buzón de correos.

Y es dramático porque por escrito se han dicho las cosas más emocionantes, sorprendentes, divertidas y tiernas. Lo sabe muy bien Shaun Usher, que en Cartas memorables (Salamandra), recopiló ciento veinticinco maravillas a mano o a máquina y ahora tiene un blog y una concurrida cuenta de Twitter (319 000 seguidores) para buscar y compartir tesoros.

Fidel Castro, que también fue niño, escribe con catorce años al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt para pedirle que le mande un billete de diez dólares: «No lo he visto nunca y me gustaría tener uno». Un físico llamado Richard Feynman se dirige a su mujer, Arline, dieciséis meses después de perderla: «Ahora no me puedes dar nada y, sin embargo, te quiero tanto que me impides que quiera a nadie más. Tú, muerta, eres mucho mejor que cualquier otra persona viva». Clementine Churchill se arma de valor para advertirle a su marido, el mismísimo Winston, que desde que lo han nombrado primer ministro no hay quien lo aguante: «Querido mío, confío en que me perdones por decirte algo que creo que deberías saber. Uno de los hombres de tu entorno ha acudido a mí para decirme que corres el riesgo de que tus compañeros y subordinados te acaben tomando antipatía debido a tu dureza (…) Debo confesar que me he percatado de un empeoramiento de tus modales, no eres tan amable como antes…».

Impresiona la sangre fría, nunca mejor dicho, con la que el explorador británico Robert Scott escribe desde el Polo Sur a su esposa, Kathleen, a la que él llama «mi viuda». «Queridísima mía: nos encontramos en un grave aprieto y dudo que salgamos adelante (…) El niño será tu consuelo. Creo que tanto él como tú deberíais recibir atenciones especiales del país por el que después de todo hemos dado la vida. No caigas en sentimentalismos baratos sobre la posibilidad de casarte de nuevo; cuando llegue el hombre adecuado, has de volver a ser feliz».  

Hay dos cartas en el libro de Usher que, por distintos motivos, nadie sería capaz de leer sin sonreír. Esta a Eisenhower, de 1958: «Estimado presidente: Mis amigas y yo le escribimos nada menos que desde Montana. Mandar al ejército a Elvis Presley ya nos parece bastante malo, pero ¡si le afeitan las patillas nos moriremos! Por favor, por favor, no le corten el pelo al cepillo».

Y esta otra de John Steinbeck a su hijo Thomas, de catorce años: «Querido Thom: Hemos recibido tu carta esta mañana. Lo primero, estar enamorado es bueno. Es prácticamente lo mejor que le puede pasar a cualquiera. No dejes que nadie le quite importancia. (…) Si quieres a alguien, no hay nada malo en decírselo; recuerda, sin embargo, que hay gente muy tímida y a veces al decirlo hay que tener en cuenta esa timidez. Las chicas tienen un don para saber lo que tú sientes, pero es habitual también que quieran oírlo. A veces pasa que tu sentimiento no obtiene recompensa por alguna razón, pero eso no lo hace menos valioso. Por último, sé lo que sientes porque yo también he pasado por ello y me alegro de que te toque a ti. Y no te preocupes por la posibilidad de perder. Si ha de ser así, ocurrirá. Lo principal es no tener prisa. Lo bueno nunca se escapa».

Luego esos niños crecían y se convertían en amantes desesperados como Henry Miller y Anaïs NinUna pasión literaria. Correspondencia (1932-1953)—. «Estamos de viaje, pero siempre hay una máquina y libros, tu cuerpo está siempre cerca de mí y tu mirada no cambia nunca. (…) Hablamos español, francés, árabe y turco. Nos admiten en todas partes y siembran nuestro camino de flores. He dicho que es un sueño alocado pero es un sueño que quiero vivir (…) Por la mañana continuamos donde lo dejamos. Resurrección tras resurrección. Tu voz se hace más ronca, más grave, tus ojos más negros, tu sangre más densa, tu cuerpo más lleno. Un voluptuoso servilismo y una tiránica necesidad. Más cruel ahora que antes, consciente y voluntariamente cruel. El insaciable deleite de la experiencia…».

Hay que decirlo también: no todas las cartas son agradables. Y la más espeluznante es, sin ninguna duda, la que Jack el Destripador envió en octubre de 1888 al pobre George Lusk, presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, un grupo de ciudadanos que colaboraban en la búsqueda del célebre asesino en serie. Dice: «Caballero, le envío la mitad del riñón que le saqué a una mujer. Lo he conservado para usted. El otro cacho lo freí y me lo comí y estaba muy rico. Cójame cuando pueda». La epístola iba acompañada de una cajita que contenía, efectivamente, medio riñón humano conservado en vino. Por cierto, la letra de Jack —una cosa no quita la otra— es preciosa.

¿Y a quién no le ha pasado esto que le confiesa por carta Julio Cortázar a Marcela Duprat?: «Cuando usted se fue (¡y apenas habíamos cambiado veinte frases, atado y desatado un paquete!), yo busqué mentalmente un martillo para descargarlo sobre mi cráneo. (…) Pensar que podíamos haber estado juntos, charlando en algún rincón del centro, frente a un par de helados o de cocktails, rememorando dulces tiempos viejos, aprobado o discutido ideas, libros, cuadros y pareceres… pensar todo eso y separarnos así, como dos tímidos colegiales… bueno, aquello fue atroz».

Eran cajas fuertes, aunque vivieran al aire libre, porque custodiaban tesoros, aunque fuera solo por unos días. En los buzones caían los secretos que no podían confesarse cara a cara, las pasiones desatadas, los amores recíprocos y los incomprendidos. Algunas de esas joyas se convirtieron en libro cuando el destinatario o el remitente eran célebres. Otras, escritas entre arrepentidos, amantes o enamorados sin apellido, fueron abrazadas por cordeles, gomas o lazos y guardadas durante años en cajas de zapatos, medias o galletas en un altillo del armario hasta que la hija o nieta tenía edad suficiente para entender la pieza más valiosa del ajuar familiar. Pero, de un día para otro, a los buzones, los de casa y los de la calle, los engulló la burocracia. Se les condenó a acoger tristes facturas, avisos o notificaciones, en muchas de las cuales no había intervenido ningún ser humano, ni siquiera para paladear un sello porque el franqueo estaba pagado. Fueron degradados, pero como los mejores profesionales, los vocacionales, resisten: 2589 buzones en Barcelona; 1821 en Madrid; 1164 en Valencia y —atención que somos los cuartos— 1109 en A Coruña. A la cola, solo 161 en Álava; apenas 97 en Soria.

He dedicado los últimos días a buscarlos, a mirarlos con ganas, con intención. He visto buzones profanados por pintadas ordinarias —«PPSOE», decía una— y a señoras marcharse impunes, con todos los puntos del carné, después de dejar que su perro orinara sobre la pintura amarilla ante dos agentes de movilidad que no pestañearon para impedirlo. Y sé que no puedo salvarlos a todos, pero he decidido amadrinar el de la Puerta del Sol porque me parece que ya hay algo de poético en que las cartas salgan del kilómetro cero.

Es un buzón curtido, veterano. Por arriba aprecié una calva incipiente, un círculo gris que se abría paso en la pintura desconchada. Me pareció un diseño inteligentísimo: vertical, para ahorrar espacio; de un color llamativo, para verlo desde lejos. Lo medí, lo acaricié. Abrí la ranura e hice como que echaba un sobre dentro. Funcionaba. Era un buzón perfecto. Con el móvil le hice diecisiete fotos desde distintos ángulos. Confieso que después le puse unos filtros de Instagram: retoqué la textura, añadí unas sombras para darle un poco de misterio. Y entonces, tras alejarme un poco para no intimidar a los amantes, hice guardia ante mi héroe amarillo.

Por delante de mí —y del buzón— pasaron varios de esos fabulosos abrigos de paño de los que podría haberme enamorado perfectamente, pero ninguno de sus dueños paró a echar una carta. Puse muchas esperanzas en un hombre con un pelo precioso en el que enseguida quise hundir la mano, pero también pasó de largo.

Me angustia saber que en un rato vendrán «los ruteros» y que no tendrán nada emocionante que llevarse. Lo que recojan de la saca pasará a las «bomboneras», unas máquinas inteligentes —son capaces de separar las cartas por peso y formato y colocarlas de forma que el sello quede siempre hacia arriba— y rápidas —pueden clasificar treinta mil a la hora—. La Puerta del Sol es un hormiguero y eso debería multiplicar la clientela, pero aquí la competencia es atroz: los que se detienen lo hacen para comprar un décimo de lotería, hacerse un selfie con Pocoyó o contemplar las inquietantes estatuas humanas. Al buzón, ni caso.

Escribid, malditos.

7 comentarios

  1. Precioso. Teno ganas dede escribir cartas e ir corriendo hasta el buzón.

  2. Gracias Natalia. He intentado cartearme infinidad de veces con familiares y amigos pero la inmediatez electrónica le quitó el chiste al asunto. Eventualmente recuperé el tema del correo físico haciendo Mail Art por un tiempo. Trataré de contactarla y enviarle algo por C.P, si aún quiere leer en papel.

  3. Qué letras! Pura emoción y nostalgia! En mi país son, o eran rojos, tiesos aristocráticos sin bastón en eterna espera contra viento y marea. Hablando de cartas y buzones recuerdo que tuve una experiencia que aún hoy no llego a comprender, pero continúa a emocionarme. Recibí una, con la dirección y código postal exacto, pero dirigida a un destinario que ni los más antiguos vecinos conocían. La abrí creyendo que algún pariente o amigo se había equivocado y me encontré con una historia desgarradora. Por este motivo a los personajes de la carta los adopté inmediatamente como “parientes” y junto al sobre terminó en el álbum de fotos familiares. Si quiere leer un intento de poesia sobre este particular puede hacerlo en “Cuentos de mi padre”. Muchisimas gracias por la excelente prosa.

  4. mimí

    delicioso tu comentario. Soy fan de las cartas con o sin buzones pero encerradoras de alguna picardía con la que se pueden tejer fantasías y realidades. Lo cual, no importa!. Sólo el tejido, sus hilvanes y hasta los nudos que cancelan, importan!

  5. Mimí, si te refieres a mi comentario, te digo que el argumento no era para nada picaro, todo lo contrario.Era una mujer que escribía a su hermano, o sea “yo” que la leí sin querer. Me hablaba de “nuestro” padre que estaba muriendo y “me” pedía que le escribiera (parece que el hijo estaba alejado de él) para que pudiera irse en santa paz. Que “me” olvidara de viejos agravios y rencores que pasaron por la misma sangre, etc. etc.”, pero lo más desgarrador fue cuando “me” dio noticias de “nuestra” madre: ella está bien -escribía- a pesar de sus años, y aunque no lo creas cocina todavía y no molesta. Madre mía!

  6. Buen articulo , de mis favoritos

  7. Gonzalo Franco Revilla

    Interesante artículo. El buzón más antiguo de España se encuentra en un pueblo situado en el norte de Valladolid llamado Mayorga.
    http://vallisoletvm.blogspot.com/2014/01/el-buzon-de-correos-mas-antiguo-de.html

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