
Quiero ver en ti ese éxtasis en el que entras cuando miras los Rothko. Ese abandono inerte como si el cuadro se hiciera contigo. Es lo que querías. Es lo que quiero yo.
Tengo tu cuerpo sobre el mío y no sé muy bien cómo hemos llegado a esta sala de la tercera planta. Cómo hemos acabado en el suelo bajo esta ventana que da al río. No sé si arqueo el cuello para allanarte el camino a mi clavícula o por mirar lo que hay detrás del cristal. Hoboken en un perfecto plano invertido y difuso, como una película proyectada al revés. Pero la imagen se desvanece, se evapora con tu respiración, que mezcla bocados ansiosos con ese aliento como bruma con el que descubres mi piel.
Como los bordes atmosféricos de Rothko, pienso. Y entonces imagino una ola de color que me recorre mientras me desnudas. El amarillo vibrante de tu boca en mi pecho. El camino naranja por el que desciendes a mi ombligo. Tu pelo negro, que no es imaginario, que es real. Y mis dedos que lo agarran llevándote al lugar exacto al que quieres llegar. Y llegas, y esa densidad misteriosa de los Rothko, esa que empieza a palpitar cuando llevas un rato mirándolos, se apodera de mí. Te apoderas de mí. No sé si caníbal o tierno o las dos cosas. Las dos cosas. Mejor. Con tus manos resbalando por mi cuerpo como si mancharas un lienzo. Sobre el suelo que ya no está frío ni es duro. En esta sala desmesurada que se llena de ti y de mí. O soy yo la que me estoy llenado de ti. O tú de mí. Qué más da.
No te das cuenta de cómo te quedas frente a los Rothko. Ahí. Parada. Ajena a todos. Tan absorta que te puedo mirar sin que me descubras. Pero tú no sabes que sí que te he descubierto. Que no puede ser casualidad que nos crucemos siempre que vengo.
Un amigo me contó que eras del departamento de educación. Que había ido a una charla que habías dado sobre el retrato de Philip Glass. Y luego te pilló mirándome, con tu pinta formal, tu cara de androide sin oveja. Cuando no sabíamos que esos cristales de primero de la clase ocultaban esto. Lo que querías hacer. Lo que deseabas. Tumbarme en el suelo. Quitarte las gafas. Quitarme la ropa. Comerme. Dejarte comer. Ese extraño rito del deseo urgente. Ese anhelo de la posesión.
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Plas, plas, plas.
Enormemente hermoso….
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Follando en el MoMA. Yo allí recuerdo haber visto una alpaca de paja como arte moderno. No me la follé.
Tanta intensidad. Todo en este mundo es tan, tan intenso, excitante, apoteósico, sublime. Todo…desde un polvo al cultivo de plantas aromáticas; desde una carrera popular a participar en no se qué acto revindicativo de no se sabe que última causa super, super, super importante.
Y claro…se pierde el hedonismo, el acontecimiento sensorial desnudo de todo aparato.
Follar delante de un Rothko no es igual que follar en tu rutinaria cama, de tu insulsa habitación, de tu piso modular y estrecho. ¿Donde está lo extraordinario, lo que hace que trascienda en acto místico un polvo?. Simplemente en que se produce en compañía, bajo, al lado de un lienzo con pintura. Esa es la esencia, el escenario.
Rothko me cae mal. A la CIA le caía mejor. Tu polvo me parece mentiroso. Pero tu relato es una bonita espiral que busca la encarnación de una buena corrida.
Manuel.
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