Una transacción inmediata

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Una mujer contempla un cuadro de Mark Rothko en la casa de subastas Christie’s de Londres, 2013. Fotografía: Getty.

Quiero ver en ti ese éxtasis en el que entras cuando miras los Rothko. Ese abandono inerte como si el cuadro se hiciera contigo. Es lo que querías. Es lo que quiero yo.

Tengo tu cuerpo sobre el mío y no sé muy bien cómo hemos llegado a esta sala de la tercera planta. Cómo hemos acabado en el suelo bajo esta ventana que da al río. No sé si arqueo el cuello para allanarte el camino a mi clavícula o por mirar lo que hay detrás del cristal. Hoboken en un perfecto plano invertido y difuso, como una película proyectada al revés. Pero la imagen se desvanece, se evapora con tu respiración, que mezcla bocados ansiosos con ese aliento como bruma con el que descubres mi piel.

Como los bordes atmosféricos de Rothko, pienso. Y entonces imagino una ola de color que me recorre mientras me desnudas. El amarillo vibrante de tu boca en mi pecho. El camino naranja por el que desciendes a mi ombligo. Tu pelo negro, que no es imaginario, que es real. Y mis dedos que lo agarran llevándote al lugar exacto al que quieres llegar. Y llegas, y esa densidad misteriosa de los Rothko, esa que empieza a palpitar cuando llevas un rato mirándolos, se apodera de mí. Te apoderas de mí. No sé si caníbal o tierno o las dos cosas. Las dos cosas. Mejor. Con tus manos resbalando por mi cuerpo como si mancharas un lienzo. Sobre el suelo que ya no está frío ni es duro. En esta sala desmesurada que se llena de ti y de mí. O soy yo la que me estoy llenado de ti. O tú de mí. Qué más da.

No te das cuenta de cómo te quedas frente a los Rothko. Ahí. Parada. Ajena a todos. Tan absorta que te puedo mirar sin que me descubras. Pero tú no sabes que sí que te he descubierto. Que no puede ser casualidad que nos crucemos siempre que vengo.

Un amigo me contó que eras del departamento de educación. Que había ido a una charla que habías dado sobre el retrato de Philip Glass. Y luego te pilló mirándome, con tu pinta formal, tu cara de androide sin oveja. Cuando no sabíamos que esos cristales de primero de la clase ocultaban esto. Lo que querías hacer. Lo que deseabas. Tumbarme en el suelo. Quitarte las gafas. Quitarme la ropa. Comerme. Dejarte comer. Ese extraño rito del deseo urgente. Ese anhelo de la posesión.

Levantas los ojos miopes y me miras. Recuerdas aquello que decía Rothko, ¿no?

Quería que el espectador estuviera dentro del cuadro. Yo quiero estar dentro de ti. Y entras. Y pasa algo cuando tu cabeza vuelve a la altura de la mía y cambias toda tu fiereza por una mirada que no sé qué quiere decir. Quiere decir que quería verlo, me dijiste después. Necesitaba ver eso. La entrega con la que puedes pasar horas frente a esos cuadros. Y pienso en aquello que leí una vez: que su obra buscaba la espina dorsal del sentimiento humano. Y te siento ahí. Entre la espina dorsal y el resto de la carne que hace lo que el impulso manda. Entre el placer y el desvanecimiento.

Busco un estado de intimidad, una transacción inmediata.

No sé por qué recuerdo esta frase suya mientras me estás follando. O sí lo sé. Porque te has convertido en mi Rothko para que me rinda como me rindo yo ante ellos. Así te quiero ver. Como abandonada y permanente. Fuera de todo lo demás. Y ahora es mi respiración la que te envuelve. Respiración que no puede reprimirse. Como no puede reprimirse esa sensación de pulso que surge del fondo de las formas cuando sus colores se hacen indescifrables.

Los cuadros grandes te meten dentro.

Como tú te metes dentro de mí. Incesante. Lujurioso. ¿No dijo Rothko también que hay que tener una relación lujuriosa con el mundo? A la mierda Rothko. O bendito Rothko, nos ha traído aquí.

Aquí. A una sala que es demasiado grande. Y no consigo recordar si has cerrado la puerta con la llave con la que la has abierto. Y pienso que puede entrar alguien. Y me da igual. O no me da igual. Empieza a gustarme. Que nos descubran sudando sobre el suelo de esta caja de luz. Que no pares. Que sigas. Que lleves mis caderas y mi cuerpo a ese éxtasis que me has prometido cuando estábamos en la terraza.

Una transacción inmediata.

Y no puede haber nada más inmediato que esto. Un hombre y una mujer desnudos en el espacio vacío. Jadeando. Follando. Como si el mundo se fuera a acabar. Y siento que se acaba cuando llega ese vendaval que me eleva. Y me pones la mano en la boca. No has cerrado la puerta y no quieres que nos oigan. El eco acusatorio en el que se multiplica mi grito. En el que se agranda mi aliento. Pero ya no hay silencio que me pueda callar. Me estás arrasando con esta energía que me excede. Que te excede. Que no para. Como si descubrieras circuitos nerviosos que no sabía que existieran. Como si me revelaras. Tozudo y determinado. Una y otra vez. Me estás llevando al interior de un lugar que es magnético y eterno como el rojo de ese cuadro. Ahora soy ese rojo.

El orgasmo me atrapa. Estás dentro de mí. Estoy dentro de ti. Gritas.

Y ahora es todo mi cuerpo el que se arquea. Y mis ojos buscan Hoboken al otro lado del río. Pero Hoboken ya no está. Se ha convertido en tres franjas. Arriba, el verde pastoso, y, bajo el negro de lo que antes era la ciudad, una banda mortecina de amarillo.

El Rothko está ahí. Y nosotros dentro de él. Tú en mí y yo en ti. El pálpito. La posesión. La entrega. La lujuria. La intimidad. La transacción. El éxtasis vivo en la espina dorsal.

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5 comentarios

  1. Plas, plas, plas.

    Enormemente hermoso….

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  3. Asín...nos va

    Follando en el MoMA. Yo allí recuerdo haber visto una alpaca de paja como arte moderno. No me la follé.

  4. Manuel

    Tanta intensidad. Todo en este mundo es tan, tan intenso, excitante, apoteósico, sublime. Todo…desde un polvo al cultivo de plantas aromáticas; desde una carrera popular a participar en no se qué acto revindicativo de no se sabe que última causa super, super, super importante.
    Y claro…se pierde el hedonismo, el acontecimiento sensorial desnudo de todo aparato.
    Follar delante de un Rothko no es igual que follar en tu rutinaria cama, de tu insulsa habitación, de tu piso modular y estrecho. ¿Donde está lo extraordinario, lo que hace que trascienda en acto místico un polvo?. Simplemente en que se produce en compañía, bajo, al lado de un lienzo con pintura. Esa es la esencia, el escenario.

    Rothko me cae mal. A la CIA le caía mejor. Tu polvo me parece mentiroso. Pero tu relato es una bonita espiral que busca la encarnación de una buena corrida.

    Manuel.

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