
Este artículo ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2018
Era un viaje como otro cualquiera, una aventura divertida, un trabajo fácil y original, o eso creía entonces. Hace unos días me decían que iría a un laboratorio subterráneo, así, sin más, encerrado en las montañas, y me hablaban de él como si de una zona secreta se tratase.
—Tiene el acceso restringido, pocos lo han visitado, allí se quiere cambiar lo que sabemos del universo —me decía el editor.
Y no supe hasta más tarde que este viaje sí cambiaría nuestras vidas para siempre, que esta experiencia me reafirmaría como una defensora de la ciencia y me llevaría a intentar cambiar el mundo. No sabíamos entonces que jamás volveríamos a ser los mismos.
Joan y yo nos subimos al coche. Lo dicho, era un trabajo más, así que, como buen ratón de biblioteca, me ajusté las gafas y me dispuse a dar una clase magistral a mi compañero de viaje sobre mis conocimientos. Ese fue mi primer error, luego vería que no sería el último. Joan se lo sabía todo, ajustaba objetivos y cámaras en su mochila como quien juega al Tetris mientras me hablaba de profundidades, de científicos extranjeros, de experimentos nuevos y sonreía como hacía siempre. Me había pillado otra vez. Me habló del experimento Next de física de astropartículas, de geología, y de un estudio nuevo, el Proyecto Gollum, que pretende buscar bacterias nuevas.
—Empollón —le espeté riendo—, siempre me haces lo mismo.
Habíamos atravesado poco a poco el Pirineo aragonés, disfrutando de cada matojo verde, de cada imagen nueva, de toda una montaña llena de árboles centenarios. El viaje no podía haber ido mejor y frente a nosotros teníamos ya la montaña del Tobazo.
Así llegamos a la entrada de la antigua estación de Canfranc. El viaje, ahora sí, empezaba realmente. Le hice una señal con las luces, Carlos nos esperaba en la entrada, junto a dos coches y a un grupo de jóvenes investigadores que no nos hicieron mucho caso. Le saludamos rápidamente y nos indicó que le siguiéramos con el coche, no había tiempo que perder.
Tal vez era solo mi sensación, pero parecía que nos metíamos en un búnker de la guerra, con grandes puertas metálicas que cerraban el paso a los curiosos y nos abrían a nosotros un mundo totalmente desconocido. Entendimos entonces la suerte que teníamos de poder estar allí. Viajábamos a lo que parecían los confines de la Tierra. Puerta metálica tras puerta metálica, nos acercábamos poco a poco a la zona cero. Intuíamos que esos pasillos que recorríamos en coche, esas carreteras subterráneas, nos darían un buen titular. Así, a 800 metros de profundidad, paramos los motores.
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O me he perdido algo (e Internet también) o se debería decir en alguna parte que esto es una historia de ficción emplazada en un lugar real… confusamente contada además, pero para gustos colores.
Qué c*** es esto.
No entiendo si es verdad o solo fantasía de la autora, pero el tema atrapa, y cómo!
El comienzo es bueno, tiene ritmo y engancha.
No termino de entender el confuso tramo final. Parece que se trata de ficción, pero sí es así, ¿por qué plantear expectativas en el relato que luego no se van a cumplir en el desenlace? ¿Para qué esa trama del robo y luego dejarla sin resolver? ¿Y el apagón, qué sentido tiene incluirlo en el relato? Si el apagón tiene un significado oculto, necesitaría de un poco más de desarrollo, creo yo. Y sobre todo ¿Por qué no explicar en qué consiste este descubrimiento que «va a cambiar el mundo»? Quizá esa bacteria paleozoica sí que es revolucionaria y nos cambiará la vida a todos, pero yo, con la única información que aporta el relato, no entiendo nada.