
El principado de Poyais era un lugar fabuloso. En todos los sentidos. Situado en la costa de la actual Honduras, constituía un entorno privilegiado, protegido de los posibles invasores por pequeñas cadenas montañosas. Su tierra era tan fértil que las plantaciones de maíz producían tres cosechas al año en vez de la cosecha única —o dos, en condiciones muy excepcionales— que era posible obtener en otros lugares. El lucrativo tabaco crecía casi por sí solo. Abundaba el pasto para el ganado. La caza y la pesca eran tan abundantes que, en una única y ligera jornada, un hombre podía procurar el alimento semanal para toda su familia, y más. Los ríos y arroyos que discurrían por zonas agrestes llevaban consigo pepitas de oro. Había vetas de plata esperando a los más intrépidos. Una colonia británica, próspera pero insuficiente, apenas daba de sí para explotar todos estos recursos. Todo lo que Poyais necesitaba para convertirse en un enclave cardinal del Caribe era nuevos inversores y colonos. A principios de la década de 1820 un militar escocés llamado Gregor MacGregor recorría Gran Bretaña buscando con afán esos inversores. Recaudó ingentes cantidades de dinero con la venta de bonos de deuda pública de aquella Jauja americana y de concesiones para establecerse allí.
El problema era que Poyais no existía. Es decir, MacGregor sí había adquirido un territorio situado en la costa caribeña de la actual Honduras y cuya superficie era algo mayor que la de Galicia o Valencia. Pero no se parecía en nada al país maravilloso que describían sus coloridas campañas publicitarias. Era un extenso, sí, pero impracticable pedazo de selva en la Costa de los Mosquitos donde no podía plantarse y donde el ganado no tenía nada que comer ni manera de sobrevivir. No había oro ni plata, ni nada digno del esfuerzo de pelear contra el entorno hostil y las enfermedades exóticas para las que los organismos europeos no estaban preparados. Ni siquiera había establecimientos; en el pasado, los pocos intentos de mantener bases o colonias en el lugar habían fracasado con estrépito. Poyais era un infierno tropical. Con él, MacGregor ganó el equivalente de cientos de millones de euros mediante una de las mayores estafas de todos los tiempos. Ya de paso, envió a un puñado de colonos a una muerte prácticamente segura, mientras él se revolcaba con regocijo en su recién adquirida fortuna.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: – El fabuloso reino de Poyais: venga a morir a la Costa de los Mosquitos – ESPANTALHO
Las ansias de hacerse millonarios de unos especuladores y la desesperación de los que no tienen nada y caen en brazos del primero que les promete el cielo…
Asusta ver lo poco que hemos avanzado.
Muy buen artículo, gracias.
Las ansias de hacerse millonarios de unos especuladores y la desesperación de los que no tienen nada y caen en brazos del primero que les promete el cielo…
Asusta ver lo poco que hemos avanzado
Muy buen artículo, gracias.
Qué historia desopilante! Increíble. La desconocía. Gracias por la lectura.
Excelente. La realidad superando, una vez más, a la ficción.
Curiosidad, hay una web «oficial» de la República de Poyáis. Por 240$ emiten visados… https://www.republicofpoyais.org
Una duda ¿dónde pone Valencia no querrá poner Comunidad Valenciana? Es que no es lo mismo.
De cualquier manera muy buen artículo.
Muchas gracias, disfrutè leyendo algo en esta revista donde se menciona, -de poco- mi paìs, Honduras. Gracias.
hola
por curiosidad
¿algún día retomaras a Mike Tyson?
saludos Gracias por leer esto
El tal Gregor MacGregor fue un psicópata integrado.
Pingback: Economía del comportamiento: ¿Somos racionales en nuestras decisiones?
Deberían hacer una película parecida a la de Leonardo DiCaprio «atraparme» buena historia , soy de Honduras aquí fue que sucedió la historia en honor a la raza los payas