El fabuloso reino de Poyais: venga a morir a la Costa de los Mosquitos

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Gregor MacGregor retratado por George Watson, ca 1804. Imagen: National Gallery of Scotland.

El principado de Poyais era un lugar fabuloso. En todos los sentidos. Situado en la costa de la actual Honduras, constituía un entorno privilegiado, protegido de los posibles invasores por pequeñas cadenas montañosas. Su tierra era tan fértil que las plantaciones de maíz producían tres cosechas al año en vez de la cosecha única —o dos, en condiciones muy excepcionales— que era posible obtener en otros lugares. El lucrativo tabaco crecía casi por sí solo. Abundaba el pasto para el ganado. La caza y la pesca eran tan abundantes que, en una única y ligera jornada, un hombre podía procurar el alimento semanal para toda su familia, y más. Los ríos y arroyos que discurrían por zonas agrestes llevaban consigo pepitas de oro. Había vetas de plata esperando a los más intrépidos. Una colonia británica, próspera pero insuficiente, apenas daba de sí para explotar todos estos recursos. Todo lo que Poyais necesitaba para convertirse en un enclave cardinal del Caribe era nuevos inversores y colonos. A principios de la década de 1820 un militar escocés llamado Gregor MacGregor recorría Gran Bretaña buscando con afán esos inversores. Recaudó ingentes cantidades de dinero con la venta de bonos de deuda pública de aquella Jauja americana y de concesiones para establecerse allí.

El problema era que Poyais no existía. Es decir, MacGregor sí había adquirido un territorio situado en la costa caribeña de la actual Honduras y cuya superficie era algo mayor que la de Galicia o Valencia. Pero no se parecía en nada al país maravilloso que describían sus coloridas campañas publicitarias. Era un extenso, sí, pero impracticable pedazo de selva en la Costa de los Mosquitos donde no podía plantarse y donde el ganado no tenía nada que comer ni manera de sobrevivir. No había oro ni plata, ni nada digno del esfuerzo de pelear contra el entorno hostil y las enfermedades exóticas para las que los organismos europeos no estaban preparados. Ni siquiera había establecimientos; en el pasado, los pocos intentos de mantener bases o colonias en el lugar habían fracasado con estrépito. Poyais era un infierno tropical. Con él, MacGregor ganó el equivalente de cientos de millones de euros mediante una de las mayores estafas de todos los tiempos. Ya de paso, envió a un puñado de colonos a una muerte prácticamente segura, mientras él se revolcaba con regocijo en su recién adquirida fortuna.

La accidentada carrera militar de Gregor MacGregor

Nacido en una familia no muy rica pero de origen ilustre —el clan Gregor, al que había pertenecido el legendario rebelde Rob Roy— e hijo de un capitán de la marina mercante, Gregor MacGregor descubrió bien pronto que la aburrida vida de pequeñoburgués en la gris Escocia no era el tipo de vida que quería llevar. Con solo dieciséis años y fallecido su padre, ingresó en el ejército británico gracias al esforzado desembolso económico de su familia, que le compró un puesto por el equivalente de unos cuarenta mil euros actuales. Era una manera de asegurar su futuro, una práctica común por entonces. Su entusiasmo le valió el nombramiento como teniente en cuestión de apenas unos meses. Para continuar ascendiendo con rapidez, sin embargo, necesitaba comprar los galones; el ejército británico, clasista y nada meritocrático, funcionaba mediante un sistema de venta de rangos destinado a evitar que los militares de clase baja acaparasen los puestos de mando. Para ascender a capitán solo por los méritos un teniente de clase baja requería cumplir un mínimo siete años de servicio y esperar a que llegase el nombramiento. Con dinero, sin embargo, ese nombramiento se podía obtener tan pronto hubiese un puesto disponible.

Sin dinero ni influencias, pues, MacGregor estaba condenado al ostracismo militar. Solucionó este inconveniente gracias a su aspecto distinguido y sus maneras refinadas o, dicho de otro modo, contrayendo matrimonio con María Bowater, hija de un almirante de la Armada Real y familiar directa de un miembro del Parlamento. María venía acompañada de una sustanciosa dote, ingresos regulares asegurados y contactos con las altas esferas militares y políticas. Poco después MacGregor pudo comprar el ascenso a capitán, que no era barato: el equivalente de ochenta y cinco mil euros. Destinado a una guarnición de Gibraltar, el jovencísimo oficial se hizo notar por su afición por los signos externos del escalafón: uniformes, insignias, medallas. Esto provocaba hondas antipatías entre los soldados y hasta entre algunos de sus colegas oficiales, pero la obsesión por la apariencia sería un rasgo que mantendría durante toda su carrera y con el que engañaría a mucha gente.

En 1809, tras algunos años en la guarnición del peñón, fue trasladado a Portugal para luchar contras las tropas napoleónicas. En la primavera de 1810 participó en la batalla de Albuera, donde el 57º Regimiento de Infantería, en el que servía como oficial, se ganó el legendario apodo de los Die-Hards, los «duros de matar». Sin embargo esto le sirvió de poco; unos días después fue «invitado» a abandonar el ejército por desavenencias con otros oficiales. Se le devolvió el dinero que había pagado por su puesto y su ascenso. Según parece sus superiores directos estaban hartos de él. Durante su carrera militar los testimonios de sus colegas fueron de lo más diverso. Algunos lo consideraban valioso; para la mayor parte era un individuo petulante, insoportable e inútil

Regresó a Inglaterra para presumir de sus hazañas militares, que solía describir con pintoresco colorido, exagerando su papel en ellas. Sin embargo, cuando su joven esposa murió al cabo de un año, MacGregor se quedó sin su sustento económico y sin su principal apoyo en la sociedad londinense. Sin conocer otra vida que la militar y sin experiencia alguna en algún otro oficio, no tenía manera de salir adelante excepto, quizá, retornar a Escocia y hacerse cargo de una pequeña propiedad que había heredado, lo cual lo hubiese condenado a esa gris vida de campesino que quería evitar. Se fijó en las guerras de independencia que estaban estallando en la América española. En Londres había conocido al general Francisco de Miranda, líder de la revuelta venezolana y personaje carismático que había recorriendo Europa causando una gran impresión allá donde iba. Decidido a ofrecerle sus servicios, MacGregor vendió lo que tenía —mayormente, aquella modesta propiedad familiar en Escocia— y embarcó con destino a América.

Hizo escala en Jamaica, donde tuvo tiempo de desbabarse contemplando la cómoda y lujosa existencia que llevaban los administradores de las plantaciones y puestos comerciales, pero supo que allí no había sitio para él porque, para prosperar en Jamaica, se necesitaba de buenas referencias, en especial cartas de recomendación firmadas por personajes influyentes de la sociedad inglesa. MacGregor ya no disponía de ese tipo de contactos. A su pesar continuó el trayecto hacia Caracas. Llegó a una Venezuela sumida en el caos. Para empezar, la propia Caracas había sido arrasada por un terremoto apenas unas horas antes de que MacGregor desembarcara. Por otro lado, la guerra no le iba bien al bando republicano de Miranda, que además estaba perdiendo apoyo popular y amenazaba con desbaratarse por causa de las disensiones internas. Aun así, Miranda era su única oportunidad para forjar una nueva carrera, así que MacGregor le pidió un puesto como estaba previsto. Embelleció su pasado, recordando que había pertenecido a los famosos «duros de matar» y aireando la supuesta recepción de la cruz de la Orden de Cristo que las autoridades portuguesas, según él, le habían concedido por su distinción en la lucha. Miranda, impresionado, lo reclutó y lo puso al mando de un batallón de caballería. MacGregor tuvo suerte: su primera intervención fue exitosa y produjo una gran primera impresión entre sus superiores, aunque sus desempeños militares iban a ser bastante irregulares en el futuro. Su carrera se convertiría en un ir y venir de un lugar a otro, siempre buscando algún escenario bélico en el que hacerse un nombre, y cayendo en una creciente e inexplicable espiral de egolatría.

El seductor escocés aseguró su posición contrayendo segundas nupcias con Josefa Aristeguieta, prima de otro de los principales generales rebeldes, Simón Bolívar. Gracias a este enlace MacGregor fue ascendido a general de brigada. Sin embargo la guerra iba de mal en peor. Miranda fue hecho prisionero y terminó firmando un armisticio con la corona española, rendición que no fue aceptada por el nuevo líder de la revolución. Un desencantado Bolívar huyó a la isla de Curaçao para planear la manera de salvar la causa. Necesitaría algo de tiempo para recomponer su ejército y regresar al continente para intentar un segundo asalto.

MacGregor debió de sentir que la inactividad lo perjudicaba, pues no tardó en buscar nuevas aventuras en las Provincias Unidas de la Nueva Granada, la fugaz y caótica república colombiana que duró solo cinco años y que hoy es recordada como la «Patria Boba». Las actividades militares de MacGregor allí fueron, como de costumbre, recordadas de forma contradictoria según la fuente. Para algunos de quienes sirvieron junto a él fue un oficial valioso por su experiencia en las guerras napoleónicas y su formación militar moderna. Para otros era un fanfarrón insoportable. En todo caso no hizo cosas dignas de mención. La república neogranadina se estaba derrumbando.

Por fin le llegaron las buenas noticias de que Bolívar había conseguido reunir un ejército con el que había conquistado Caracas. MacGregor pensó que era buen momento para regresar a Venezuela. Al poco de llegar resultó que también esta segunda intentona de Bolívar se estaba viniendo abajo. Las tropas españolas estaban haciendo retroceder a los rebeldes en todos los frentes. El escocés, al mando de un grupo de soldados, se vio obligado a retirarse a la ciudad de Cartagena, que pronto fue sitiada por los barcos del bando realista. Los rebeldes huyeron a bordo de varios cañoneros, rompiendo el cerco español sin perder ninguna nave, una hazaña en la que MacGregor tuvo un papel destacado. Mientras esto sucedía Bolívar era derrotado de nuevo. Y de nuevo Bolívar se puso a la tarea de recomponer su ejército.

Cuando Bolívar reunió una fuerza importante entró por tercera vez en la lucha. Le dio a MacGregor un nuevo puesto como general de brigada. Como ya era costumbre, las tropas realistas contraatacaron con éxito la ofensiva de Bolívar. MacGregor decidió retirarse con las suyas propias, recorriendo varios cientos de kilómetros hasta la ciudad de Barcelona. Fue una huida digna de película; con tropas escasas y la sola presencia, como aliados, de un grupo de combatientes indígenas armados con arcos, MacGregor era perseguido muy de cerca por la caballería española. Se vio obligado, incluso, a abandonar a los heridos durante la marcha. Por fin consiguió tender una trampa a los jinetes enemigos, conduciéndolos hacia un pantano donde la principal ventaja de la caballería, la capacidad para cargar a toda velocidad, quedaba inutilizada por completo. Con sus monturas inmovilizadas en el fango, los realistas vieron cómo caía sobre ellos una lluvia de flechas. Indefensos ante el ataque final conducido por MacGregor, terminaron desbaratados. Aquella fue la mayor hazaña militar del escocés y una de las pocas sobre la que no hay dudas razonables respecto al papel que desempeñó. El propio Bolívar quedó impresionado al saber de lo sucedido y, durante un periodo, tuvo a MacGregor en muy alta estima.

Medalla de la Isla de Amelia, 1817. Imagen: John J. Ford Jr. Collection (DP).

La siguiente misión del ahora famoso MacGregor consistía en capturar algún puerto en Florida, posesión española desde la que los rebeldes podrían crear un valioso canal de suministros y comercio con Norteamérica. MacGregor viajó a los Estados Unidos para recaudar fondos y conseguir reclutas; un número de estadounidenses se alistaron en su unidad bajo la promesa de buenos salarios y recompensas. En 1817 MacGregor se embarcó con apenas un puñado de hombres, dejando a la mayoría de sus reclutas estadounidenses atrás, y tomó rumbo a la isla de Amelia, que forma parte del archipiélago que, a modo de barrera natural, bordea la costa de Florida. En Amelia, una isla insignificante, había una guarnición española minúscula y una comunidad de piratas y delincuentes que se refugiaban allí cuando no estaban cometiendo fechorías en otros lugares. Los soldados españoles, pensando que MacGregor llegaba acompañado de los varios miles de hombres que había reclutado, huyeron. El escocés, con unas pocas decenas de efectivos, tomó una isla medio vacía sin pegar un solo tiro.

Con la captura de Amelia se dispararon sus delirios grandilocuentes. Se empeñó en convertirla en el primer territorio de lo que, en sus cada vez más febriles visiones, debía ser la «República de las Floridas». MacGregor estaba decidido a convertirse en el Bolívar de la región. Diseñó una bandera —cruz verde sobre fondo blanco— y declaró la independencia. Casi nadie le hizo caso. Los piratas, que constituían el grueso de sus nuevos «súbditos», no vieron con buenos ojos que pretendiese ponerles impuestos y se limitaron a hacer como si MacGregor no estuviese allí. Los traficantes de esclavos se disgustaron cuando el autoproclamado gobernante les arrebataba a los esclavos para revenderlos. Los propios soldados de MacGregor estaban también descontentos porque su jefe les había prohibido el pillaje; todo bien valioso debía ir a las arcas de su nueva revolución. Para colmo, MacGregor empezó a pagarles en «dólares amelianos» acuñados por él mismo y cuyo valor resultaba más que dudoso; era el principio de una costumbre que ya rara vez quebraría, la de no pagar a sus hombres.

Un contingente español (ahora sí, más importante) empezó a reunirse en la costa opuesta. El enemigo era bien visible desde la isla, porque apenas los separaban unas decenas de metros de aguas poco profundas. MacGregor supo que la corta vida de su República de las Floridas había llegado a su fin. Entonces inauguró otra de sus costumbres funestas: la de abandonar a una parte de sus hombres a su suerte mientras él emprendía la huida. Dejó una guarnición en Amelia, comandada por uno de los estadounidenses a quienes había conseguido liar en su insensata empresa. Después, entre los gritos e insultos de sus supuestos conciudadanos republicanos, subió a un barco para marcharse. Mientras los soldados de la isla Amelia trataban de defenderse del asalto español, MacGregor se relajaba en las Bahamas, dedicado a encargar medallones conmemorativos dedicados a sí mismo, en los que podían leerse lemas tan tragicómicos, dada la situación, como Veni Vidi Vici o Duce Mac Gregorio Libertas Floridarium («MacGregor, líder libertador de Florida»). Estaba permitiendo que la fantasía sobre sus supuestas hazañas se impusiera sobre la triste realidad de sus derrotas y su cobardía.

Llegaron nuevas órdenes: debía participar en la conquista de Panamá. Desde Bahamas regresó a las Islas británicas, donde reclutó un millar de soldados ingleses con las habituales promesas de buenos sueldos y premios varios. La primera parte de su misión consistía en la toma del fuerte costero Porto Bello. Haciendo gala de gran astucia la cumplió sin pegar un solo tiro, durante la noche, esquivando las barricadas que los defensores realistas habían situado en torno a la pequeña localidad. Las tropas españolas habían esperado un enfrentamiento directo y, para su sorpresa, se vieron despojadas del fuerte en cuanto amaneció.

En Porto Bello MacGregor parecía ya por completo absorbido por una manía egocéntrica que le hacía verse como una figura legendaria destinada a pasar a la historia. Pensaba en volver a Nueva Granada para liberarla y convertirse en el gran líder de lo que hoy es Colombia. Sin embargo parecía haber desarrollado un pánico cerval ante la idea de volver a enfrentarse cara a cara con los españoles. Pese a tener ordenes de continuar su marcha hacia la ciudad de Panamá se quedó en el fuerte, dedicado al diseño de nuevos medallones. En su cabeza estaba creando una cofradía caballeresca, encabezada por él mismo, cuyo emblema sería una cruz verde sobre fondo blanco: la misma bandera que había ondeado en la ya extinta pseudorrepública floridana que había pretendido fundar en la isla Amelia. Se inspiraba en la Orden de Cristo portuguesa, cuya historia se remontaba a la edad media.

Enfrascado en los diseños de medallas y uniformes, se desentendió de todas las labores de mando efectivo y ni siquiera se molestaba en pagar el salario de sus soldados. Solo evitó un motín generalizado cuando repartió, por fin, algo del dinero que les había prometido. Por lo demás, nada parecía preocuparle excepto sus fantasías neotemplarias. Ni siquiera estableció mecanismos de vigilancia en torno al fuerte y cuando, como era de prever, las tropas españolas regresaron para intentar recapturar el fuerte, se encontraron —para su sorpresa— el camino completamente despejado. MacGregor solo supo del contraataque porque le despertó el ruido de los disparos. Lanzó su colchón por la ventana de su habitación, que daba a una playa, y saltó sobre él. Después quedó inconsciente en el agua y fue rescatado, de manera milagrosa, por uno de sus barcos. Cuando recuperó la consciencia y vio la que había liada en tierra, lejos de retornar en ayuda de los soldados y oficiales que no habían conseguido salir de Porto Bello, ordenó que su barco huyese hacia alta mar. Poco después destituyó al capitán del buque, una medida muy extrema que podía constituir un crimen penado con la muerte y que incluso altos mandos debían evitar en lo posible; ni siquiera un general solía atreverse a discutir el mando de un capitán, máxima autoridad cuando estaba a bordo de su buque. MacGregor justificaría la acción por la «indisciplina y ebriedad» de la tripulación.

Nadie le exigió explicaciones por aquella destitución, pero su exiguo ejército iba quedando diezmado por la incapacidad del escocés para cumplir con el pago de los sueldos. Incluso las raciones flaqueaban. Sus planes grandilocuentes para liberar Nueva Granada y convertirse en el Bolívar de la actual Colombia amenazaban con venirse abajo cuando quedó claro que casi nadie quería seguir bajo su mando. Los soldados pasaban hambre y privaciones mientras MacGregor diseñaba nuevos uniformes para los oficiales y premiaba a sus favoritos con la inútil medalla de «la Orden de la Cruz Verde».

El miedo a enfrentarse a los españoles hizo que, cuando llegaron a Nueva Granada y uno de sus oficiales desembarcó para tomar el fuerte colombiano de Río de la Hacha, MacGregor no quisiera abandonar el barco. Cuando la bandera rebelde ondeó en el fuerte tampoco quiso desembarcar, aduciendo que podría tratarse de una trampa de los españoles. Solo aceptó pisar tierra cuando su oficial retornó en persona para decirle que, en efecto, habían conquistado el fuerte. MacGregor obtuvo un recibimiento no muy cariñoso de los soldados, que lo acusaban de cobardía y cubrieron su caminata de insultos y escupitajos. Refugiándose una vez más en sus fantasías, MacGregor empezó a referirse a sí mismo como «Su Majestad el Inca de Nueva Granada», repartiendo cruces y absteniéndose de intentar imponer cualquier rutina o disciplina entre sus hombres. Cuando los españoles retornaron huyó de nuevo, dejando a un número de sus soldados abandonados a una más que segura matanza. Sus oficiales, o los que aún no se habían marchado o habían caído en manos realistas, no entendían cómo era posible que semejante individuo hubiese alcanzado una tan elevada reputación militar. Uno de ellos, al regresar a Inglaterra el año siguiente, escribió un libro titulado Memorias de Gregor MacGregor, en el que narraba la sucesión de despropósitos de que ahora se autodenominaba Inca. El libro no tuvo gran circulación, suponemos, o nadie hubiese vuelto a confiar en MacGregor jamás.

Si en el Reino Unido nadie sabía de su incompetencia, en América su reputación sí terminó hecha añicos. En Jamaica había una orden de captura contra él por piratería. Su mujer Josefa y su pequeño hijo Gregorio, que aún residían allí, habían sido desahuciados y solo por la mediación de un oficial habían podido esconderse en la choza de unos esclavos. El propio Bolívar, a quien ya habían llegado los informes sobre la cobardía y desobediencia de MacGregor, lo tildó de traidor y ordenó que, de retornar a Venezuela, se lo ahorcase sin juicio previo. Las guerras de independencia había terminado para el escocés, pero no así sus sueños de convertirse en el reyezuelo de algún territorio.

Proscrito por Bolívar, MacGregor huyó a Centroamérica. Se estableció en la Costa de los Mosquitos, así llamada como referencia a la población local, los miskitu sambu o «miskitos», a quienes los españoles habían apodado «mosquitos zambos». Los miskitos eran mestizos («zambos»), descendientes de una mezcla de indígenas y esclavos africanos. Su líder era el rey George Frederic Augustus I, que solo era rey a nivel simbólico, pues el supuesto reino de los miskitos pertenecía al Imperio británico. Aunque el rey George gobernaba, en la práctica muchos de los asuntos estaban en manos de la habitual troupe de funcionarios y administradores que actuaban en nombre de la corona inglesa. Aun así, George podía decidir sobre las concesiones de tierras. Cuando MacGregor llegó a la corte de George Frederic traía consigo botines varios. Pagando con joyas y un cargamento de ron requisados durante sus andanzas consiguió que el rey de los miskitos le cediera la propiedad de un amplio territorio selvático de la costa, que no interesaba a nadie porque no había nada que hacer en él. Años antes los ingleses habían intentado crear alguna base colonial, pero el lugar era demasiado inhóspito e insalubre, y se habían marchado dejando tras de sí unas cuantas tumbas. En 1800, antes de que MacGregor comprase el territorio, también los españoles habían pretendido establecer una colonia, pero habían sido masacrados por los nativos.

Aquella selva tropical era inhabitable para los europeos y para los criollos, que seguían siendo también, en su forma de vida, fundamentalmente europeos. MacGregor, sin embargo, imaginó un país rico y avanzado. Decidió bautizar el territorio como «Poyais» por el nombre de una tribu nativa, los payas. Y volvió a Gran Bretaña para presumir de su nueva posesión.

Un dólar, Banco de Poyais (ca. 1820). Imagen: National Museum of American History.

La estafa más grande de la historia

Aquella venta le otorgaba la propiedad privada del terreno, pero no conllevaba privilegios administrativos ni ningún título civil o nobiliario concomitante. Sin embargo MacGregor retornó a Inglaterra y empezó a presentarse en sociedad como el «cacique» de Poyais. Aunque el término tiene hoy connotaciones negativas, en la época era un título equivalente al de «príncipe», alguien de rango intermedio entre un gobernador y un virrey. Era un término que los españoles habían tomado de los indios taíno, que se referían a los líderes tribales como cakchiqueles o cakchicuanes. A ojos europeos un cacique americano era una figura colonial importante y, sobre todo, una puerta para inversiones comerciales en territorios aún por explotar.

MacGregor había obtenido gran experiencia como recaudador de fondos en Estados Unidos, durante la preparación de su fallida campaña de conquista de Florida, y en Inglaterra, durante la preparación de su también fallida campaña de liberación de Nueva Granada. Había hecho un uso nefasto de aquellos fondos y recursos, pero los detalles sobre el ignominioso fin de su carrera militar no eran conocidos en las islas británicas, pese a las advertencias de algunos de sus antiguos oficiales. El escocés, con un gran dominio de las relaciones públicas, consiguió que se lo asociara no con sus fracasos sino solo con su antigua pertenencia a los legendarios Die-Hard de las guerras napoleónicas o con la heroica retirada hacia Barcelona. Su amor por el oropel, los títulos falsos y las medallas conmemorativas lo convirtieron en una atracción muy cotizada en los salones londinenses y no había anfitrión de veladas elegantes que no quisiera invitarlo como parte del espectáculo.

Sus delirios de grandeza resultaron ser contagiosos en Inglaterra. La alta sociedad estaba fascinada por las descripciones que MacGregor hacía de Poyais, desde el diseño de los uniformes de su supuesto ejército hasta un sistema político de tres cámaras (frente a las dos que existían en Inglaterra) englobado en una constitución farragosa y altisonante.

En 1821, cuando MacGregor empezó con su campaña publicitaria sobre Poyais, sus mentiras eran creíbles. El continente americano se estaba atomizando en el caos de las guerras de independencia y los nuevos Estados aparecían y desaparecían de la noche a la mañana. Figuras como el administrador colonial o el virrey eran habituales, así que un militar escocés que se presentase como cacique de un territorio ultramarino no tenía nada de raro. Desde Inglaterra era difícil comprobar cuánto de verdad había en los relatos de MacGregor. Debía de ser obvio que su descripción contenía exageraciones, como la abundancia de oro (que de todos modos no era tan increíble) o las tres cosechas de maíz por año; pero en cualquier campaña publicitaria se asumía, ya por entonces, cierto grado de hipérbole. En conjunto no sonaba inverosímil que un territorio americano fuese fértil, rico y prometedor. Había muchos ejemplos y las riquezas americanas formaban parte del paisaje europeo desde mucho tiempo atrás. La famosa «plata española», que procedía de América y llevaba siglos circulando por Europa, se había convertido en el estándar monetario internacional incluso en Asia. Por ejemplo, el que los chinos empezasen a acumular plata española, sumiendo al Imperio británico en un peligroso déficit comercial, fue la causa primaria de las célebres Guerras del Opio. América era vista como una inmensa mina y, por qué no, Poyais era uno de tantos territorios que ofrecían oportunidades nuevas. MacGregor incluso inventó una capital, San José, en la que había un teatro, una catedral, mansiones y paseos pavimentados adornados por columnatas. Todo lo que había visto en las ciudades más prósperas de América lo incluyó en su elaborada mentira, Y todo era creíble. Se sabía que ciudades así existían de una punta a otra del Nuevo Mundo.

Tan verosímiles eran las mentiras que MacGregor consiguió que el banco de Escocia imprimiese una tanda de dólares de Poyais; en su momento a nadie se le ocurrió que aquella moneda no sirviera para nada. También obtuvo enormes préstamos bancarios a cuenta de las inexistentes riquezas de Poyais. Y, lo más lucrativo de todo, empezó a emitir bonos de deuda pública cuya rentabilidad (un 6%) era superior a la que ofrecían los bancos centrales de las naciones europeas. También esto era creíble. Aunque los bonos de deuda de las nuevas repúblicas sudamericanas como Perú o Chile inspiraban menos confianza porque el futuro de estos Estados era todavía incierto, su elevado interés conseguía atraer a los compradores. En caso de que esos Estados sobrevivieran, los bonos ofrecerían no solamente un retorno de capital apreciable, sino la posibilidad de obtener una entrada preferente en los negocios y concesiones de los nuevos países. Por entonces, para alguien que no conocía de cerca la situación americana, invertir en Poyais no parecía más alocado que invertir en Venezuela.

Las patrañas de MacGregor encontraron especial eco en su tierra, Escocia. Los escoceses carecían de imperio colonial, aunque en 1698 habían intentado asegurarse un papel importante en el comercio mundial con la conquista de una parte de Panamá, a la que llamarían Nueva Caledonia y en la que establecerían una ruta terrestre que uniese los océanos Atlántico y Pacífico (por supuesto, todavía no existía un canal entre ambos océanos). El intento escocés se topó con la oposición española y, en una guerra marcada por las fiebres tropicales que afectaron a ambos bandos, los españoles vencieron. Aquello había causado tal desconsuelo y pesimismo en Escocia que, en 1707, apenas diez años después de la debacle, el parlamento escocés aprobó la unión con el reino de Inglaterra.

Ahora, más de un siglo después, Gregor MacGregor ofrecía la posibilidad de que los escoceses pudieran tener, por fin, una colonia propia. Como a MacGregor no le bastaba el dineral que estaba obteniendo con los préstamos y bonos, puso a la venta concesiones de tierras en Poyais. Muchas familias vendieron lo que tenían para obtener una oportunidad en aquel país fértil y rico que MacGregor publicitaba con folletos, ilustraciones y hasta canciones. Hasta apareció un libro titulado Sketch of the Mosquito Coast, including the Territory of Poyais, escrito por Thomas Strangeway, aunque obviamente encargado por MacGregor. Es una lectura fascinante que, en un estilo elegante y científico, describe durante más de trescientas páginas las bondades de la región (está disponible de manera gratuita, por si alguien quiere pasar el rato hojeándolo). Todo esto servía para engañar a gentes de toda condición. Entre los compradores de licencias para establecerse en Poyais no había solo pobres o campesinos, sino también artesanos, médicos y hasta un banquero. Cuando la demanda de concesiones crecía, MacGregor aumentaba los precios. Pero seguía vendiendo, y pronto había ya varios cientos de personas dispuestas a emigrar. La carencia de escrúpulos de MacGregor a la hora de engañar a los futuros colonos era tal que hablaba de Poyais como de una tierra «saludable» y muy indicada para la constitución física de los europeos; tanto, que sus balnearios estaban repletos de colonos procedentes de otros rincones del Caribe que acudían a Poyais descansar y reponerse de los males tropicales.

A finales de 1822 el primer barco con colonos llegó a Poyais; en concreto, a un supuesto puerto establecido en la desembocadura del río Negro. Atónitos, varios centenares de hombres, mujeres y niños desembarcaron en una costa «que complace a los ojos», pero en la que no había ni rastro del puerto. No había colonos, ni casas, ni muelles, ni tierras cultivables. No había nada. Todo era jungla. Se establecieron como pudieron en las playas y enviaron algunas expediciones para encontrar civilización, ante la posibilidad de que hubiesen desembarcado en un sitio equivocado. Solo encontraron los cimientos de un antiguo edificio, reducido ya a escombros. Y, hallazgo tétrico, un improvisado cementerio. Empezó a cundir el pánico. El líder de la expedición, un coronel llamado Hall, zarpó para intentar localizar a las autoridades de la inexistente ciudad de San José y avisarles de que los nuevos colonos habían llegado. En primavera de 1823 llegó el segundo contingente de ilusionados escoceses, que se unieron al campamento con la misma sensación de perplejidad y angustia. Poco después Hall regresó con las chocantes nuevas de que no había ni rastro de la capital ni de otro tipo de civilización. Habiendo comprobado que las autoridades británicas no habían efectuado ningún movimiento para rescatarlos, Hall partió de nuevo para contactar con George Frederic Augustos I, el rey de los miskitos.

Las circunstancias de los colonos eran malas, pero habían sobrevivido los primeros meses gracias a sus reservas de provisiones y medicinas, además de por la presencia de algunos doctores en el grupo. Sin embargo con la estación de las lluvias empezaron a llegar los más peligrosos habitantes de la región: los mosquitos. Además de soportar un clima terrible con fuertes vientos y constantes tormentas, los infortunados colonos empezaron a enfermar debido a las picaduras; la malaria y la fiebre amarilla se extendieron entre ellos con rapidez. Los médicos no podían hacer nada frente a estos males tropicales. El campamento se transformó en un escenario de pesadilla, repleto de sufrimiento y agonía. Uno de los colonos, incluso, se suicidó con la pistola que había llevado consigo.

Días después quiso la casualidad que los colonos fuesen encontrados por un buque en el que viajaba Marshall Bennet, un rico comerciante que ejercía como magistrado jefe —un alto cargo colonial, semejante al de gobernador— en Belice. Incrédulo, Bennet contempló el dantesco espectáculo del campamento y escuchó los terribles relatos de los colonos. En los días pasados, le dijeron, habían muerto diez personas, incluidos tres niños. Les respondió que no existía el país de Poyais, ni la ciudad de San José, ni un cacicado legal en la zona, que era un pedazo de jungla inhabitable. Al saber que el barco de Hall estaba por regresar en cualquier momento, les rogó que no perdiesen tiempo y abandonasen aquella costa, asegurando que todos morirían si se quedaban.

Hall, en efecto, reapareció tres días después, acompañado por el rey de los miskitos, que había escuchado con estupor la noticia de que una colonia se estaba organizando en aquel mortífero litoral y había querido verlo con sus propios ojos. George Frederic les dijo a los colonos que jamás había concedido título alguno a MacGregor y que, por tanto, las concesiones vendidas por el escocés eran inválidas y todos estaban allí en condición de inmigrantes ilegales. Anunció que, en vista del engaño, había decidido expropiar las tierras que había vendido a MacGregor. Los colonos fueron embarcados con rumbo a Belice, excepto medio centenar de ellos, tan enfermos que no estaban en condiciones de viajar y, por decirlo como es, fueron abandonados a la muerte en aquella playa. Al desembarcar en Belice varios de los supervivientes tuvieron que ser llevados en brazos porque no podían ni caminar. Muchos murieron allí. Un oficial local, horrorizado, hizo zarpar un buque con destino a las islas británicas para comunicar a los futuros colonos que lo de viajar a Río Negro era una locura.

Vista del puerto del Río Negro en el territorio de Poyais (Costa de los Mosquitos) realizado por Thomas Strangeways en 1822 (DP).

Siete buques más habían zarpado ya con rumbo a Poyais. Uno de ellos llegó a Río Negro parta encontrar un campamento abandonado y repleto de cadáveres; al verlo, el capitán decidió tomar rumbo a Belice, donde desembarcaron los viajeros a la espera de decidir qué hacer. Otro barco llegó a Belice para hacer escala; no llevaba pasajeros, pero sí pertrechos y materiales destinados a Río Negro. Las autoridades locales comunicaron a su capitán que no había colonia a la que llevar su cargamento, así que este fue vendido en Belice mediante subasta. En las islas británicas la armada tuvo que organizar una búsqueda de emergencia para intentar localizar a los cinco barcos que todavía navegaban con rumbo a Río Negro. Por fortuna para sus ocupantes los cinco barcos fueron detenidos a tiempo.

En octubre de aquel mismo año 1823 estalló el escándalo. Regresaron a Gran Bretaña los primeros supervivientes del desastre de Poyais. El relato que hicieron conmocionó a la nación. MacGregor huyó a Francia, estableciéndose en París mientras la prensa inglesa describía los detalles más sórdidos de su descomunal estafa. Aun así algunos de los colonos supervivientes pensaban todavía que MacGregor era inocente y que habían sido sus ayudantes quienes habían perpetrado el engaño. El propio MacGregor inició una de las primeras campañas masivas contra la prensa —lo de fake news viene de antiguo—, asegurando que Poyais existía de verdad y amenazando con presentar denuncias por calumnia contra los principales periódicos británicos.

Desde París, a despecho del escándalo organizado en su país —por entonces estas noticias no viajaban con rapidez, si es que viajaban en absoluto— y sin importarle que su estafa hubiese causado la muerte de varias decenas de personas, trató de involucrar a instituciones e inversores españoles en un nuevo intento de colonizar Poyais. Ocultando su antigua colaboración con Miranda y Bolívar, pues su currículum revolucionario no quedaba muy bien ante el rey hispano, llegó a escribir a la corte de Fernando VII con la oferta de convertir Poyais en un territorio de la corona. En España, sin embargo, la experiencia con esta clase de aventureros era bien amplia y antigua. Había, en general, un mayor conocimiento acerca de cómo solían funcionar las cosas en el Caribe y, como era de esperar, nadie respondió a los ofrecimientos del escocés.

En Francia tuvo más éxito. Consiguió liar a Nouvelle Neustrie, una empresa cuya principal aspiración era la de establecer bases comerciales en América, en el proyecto de fundar una nueva colonia. Para no constar como administrador de la colonia —algo que lo convertiría en el responsable de cualquier previsible desastre—, vendió a Nouvelle Neustrie un terreno de dos mil kilómetros cuadrados en el que establecer su puesto comercial. Así MacGregor podía decir que se había limitado a vender el terreno y que el uso que después se hiciera del mismo no era asunto suyo. Por lo demás, inició una campaña publicitaria similar a la que tan bien había funcionado en su país, incluyendo la publicación de una nueva constitución de Poyais, tan rebuscada y pomposa como a él le gustaba. Esta vez, sin embargo, no emitió falsos bonos de deuda pública, quizá porque en los mercados financieros ya debía de ser conocida la estafa anterior. Pero el público de a pie desconocía el asunto inglés, y casi un centenar de franceses habían caído ya en la trampa de soñar con una vida mejor en el fabuloso país de Poyais y habían comprado licencias de ocupación de tierras.

Las autoridades galas empezaron a olerse que algo no iba bien. Esto quizá se debía al carácter más exhaustivo y estructurado de la burocracia francesa. A los funcionarios que expedían los pasaportes les extrañó la repentina oleada de peticiones de documentos o sellos con destino a un país llamado Poyais, de cuya existencia no tenían constancia. Elevaron sus sospechas a sus superiores. El gobierno francés contactó con Nouvelle Neustrie y ordenó que un barco que estaba ya a punto de partir para llevar a decenas de colonos a Poyais permaneciese en puerto. Poco después, el secretario personal de MacGregor y uno de sus socios fueron detenidos en París. El propio MacGregor se ocultó en la campiña durante tres meses, pero al final fue encontrado y detenido también.

A la espera de la detención de otro de sus cómplices —un francés apellidado Lehuby, que había huido a Holanda— para poder juzgar a todos los acusados en conjunto, MacGregor pasó varios meses en prisión preventiva, pero no dejó de hacer ruido desde su celda. Primero intentó convencer al juez de que, como cacique de Poyais que era, gozaba de inmunidad diplomática. Cuando esto no funcionó, escribió un apasionado manifiesto en el que aseguraba que la prisión preventiva «bajo cargos de los que el acusado no tiene noticia» contravenía los derechos humanos. Cuando tampoco esto hizo efecto, se revistió con sus antiguas escarapelas revolucionarias y aseguró que su encarcelamiento era parte de una conspiración española para impedir que Poyais se convirtiese en protectorado francés (esto lo decía el mismo hombre que, solo unos meses antes, le había ofrecido Poyais a la corona española). Una vez celebrado el juicio, los tres jueces del tribunal decretaron la absolución de MacGregor. Esta sorprendente decisión se debió a la ausencia del cuarto acusado, Lehuby, a quien los abogados defensores cargaron con todas las culpas para eximir a sus propios clientes. Además, Lehuby se había llevado consigo o había destruido varios documentos clave para el caso. La fiscalía, a pesar de que MacGregorya había organizado una estafa semejante en el Reino Unido, no encontró pruebas de que no hubiese sido engañado por Lehuby.

Pocos días después de su absolución, sin embargo, llegó la noticia de que las autoridades francesas habían conseguido la extradición de Lehuby desde Holanda, posibilitando la repetición del juicio. Esto supuso que MacGregor fuese condenado a trece meses por falsificación, aunque, de manera igualmente inexplicable, se libró de todos los demás cargos.

MacGregor se marchó con su familia a Inglaterra, donde fue detenido al poco de poner pie en tierra. Salió de entre rejas tan rápidamente como había entrado. No se sabe por qué se le detuvo, ya que no hubo lista de cargos de por medio. Es posible que la detención se produjese de manera automática por algún tipo de deuda elevada que MacGregor mantenía con alguien y que se lo liberase enseguida porque, al poco de ser detenido, hiciese frente a esa deuda en metálico (dinero para pagar no le faltaba). En cualquier caso, el asunto de Poyais ya no estaba de actualidad en las islas. Envalentonado, MacGregor comenzó a emitir nuevos bonos de deuda, pero no conseguía venderlos porque los siempre molestos periódicos se empeñaban en recordar la estafa anterior. El escocés también trató de vender nuevas concesiones de tierras, pero tuvo que dejarlo cuando el nuevo rey de los miskitos, Robert Charles Frederic, puso a la venta las suyas propias que, estas sí, eran por completo legales.

MacGregor volvió a vivir a Escocia y, dado que no sabía hacer otra cosa y el ejército británico le estaba vetado, durante los siguientes trece años continuó intentando vender bonos y concesiones, aunque con un éxito cada vez menor. En 1836 redactó la última de las constituciones de Poyais, cuyo territorio estaba ya reducido a una minúscula república que solo ocupaba el imaginario puerto de Río Negro y en la que no existía ya la ciudad de San José. En aquella constitución se proclamaba ya no cacique, sino presidente. Cuando su esposa Josefa falleció en 1838, MacGregor embarcó hacia Venezuela, cosa que pudo hacer porque Simón Bolívar, que detestaba con pasión al escocés, había muerto ocho años atrás. Sin Bolívar de por medio la orden de ajusticiar a MacGregor había sido olvidada.

Solicitó la ciudadanía venezolana y la restitución de su rango de general en el ejército. El presidente José Antonio Páez y el ministro de defensa Rafael Urdaneta, ambos veteranos de la guerra de independencia, apoyaron su causa, sin duda porque no habían tenido que estar bajo su mando. Los que los venezolanos recordaban de MacGregor era, sobre todo, su heroica retirada hacia Barcelona. El resto de su vergonzosa carrera militar parecía ser solo conocido por quienes la habían sufrido en primera persona. En una nación nueva y necesitada de parafernalia épica, todo icono era bienvenido. En 1839 Gregor MacGregor se convertía en ciudadano de Venezuela y en general de división en la reserva, lo que le daba derecho a una pensión. Durante los siguientes seis años, los últimos de su vida, residió en Caracas, donde era considerado un icono revolucionario. Gregor MacGregor murió en 1845. Su funeral, celebrado con todos los honores en la catedral de Caracas, fue propio de un héroe de guerra y un hombre de Estado. Escoltando su ataúd desfilaron el nuevo presidente del país, los ministros y los altos mandos del ejército.

Hoy, el país imaginario de Poyais continúa siendo un pedazo de selva indómita.

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9 Comentarios

  1. Las ansias de hacerse millonarios de unos especuladores y la desesperación de los que no tienen nada y caen en brazos del primero que les promete el cielo…

    Asusta ver lo poco que hemos avanzado.

    Muy buen artículo, gracias.

  2. Las ansias de hacerse millonarios de unos especuladores y la desesperación de los que no tienen nada y caen en brazos del primero que les promete el cielo…

    Asusta ver lo poco que hemos avanzado

    Muy buen artículo, gracias.

  3. Una duda ¿dónde pone Valencia no querrá poner Comunidad Valenciana? Es que no es lo mismo.

    De cualquier manera muy buen artículo.

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