Narcocine: la vida en la frontera

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El culto al fuera de la ley no es un fenómeno reciente, pero Hollywood ha propiciado un género completo dedicado al gánster. La muerte del capo Tony Montana en Scarface es un ejemplo de sublimación de la violencia, de rebeldía, definitivo. La película de Brian de Palma causó una gran impresión en todo el mundo, pero marcaría un antes y un después en el cine mexicano. El narcotráfico ya era tema central en la sociedad y en su música, los corridos, que llevaban décadas contando historias sobre contrabando. El narcocorrido se hizo tan popular como los jefes de los cárteles de la droga, que también eran protagonistas de estas canciones. El cine no tardaría mucho en llevarlas a la pantalla, dando lugar al narcocine, en el que nunca la ficción se ha metamorfoseado tanto con la realidad de un país. La situación límite en que viven muchos territorios ha sido volcada en películas donde se honra la figura del capo como héroe local. No solo eso, sino que más de un capo y más de dos han aparecido en pantalla o en los créditos. Todavía recordamos las noticias sobre el Chapo Guzmán y su deseo de protagonizar su propio biopic tras fugarse de la cárcel.

El traficante de drogas, tal y como cantan los narcocorridos, quería ser retratado como un héroe de leyenda que hacía el bien a los más necesitados, como San Jesús Malverde. A comienzos de los ochenta, la dura política de Reagan contra el narco provocó una reacción positiva de la opinión pública a favor de estas bandas. Fue cuando el «cine de frontera» y los narcocorridos tuvieron años de esplendor y enorme favor del público, tanto en México como en el sur de Estados Unidos. El mercado del narcocine siguió imparable a través del vídeo, ahora el DVD y las distribuidoras que lo llevaban al mercado hispanohablante de Estados Unidos. Se hacían más de cuatrocientas películas al año, y el interés y la simpatía del público por las correrías de los narcos no parecían decaer. En el año 2006, en una decisión propia de sainete, las autoridades mexicanas prohibieron la venta de estas películas, así como de los discos de narcocorridos. Desde entonces solo se pueden comprar en el sur de Estados Unidos y en copias piratas en mercadillos locales. Mientras, en la televisión por cable se ofrecen las películas y series americanas creadas sobre la idea del narco (Breaking Bad, The Cartel, Narcos, The Counselor…).

Existe un enorme mercado de narcocorridos en Colombia, tan fiero como el mexicano. Su cine, sin embargo, va por derroteros muy distintos. Es un cine que ha sorprendido en más de una ocasión por sus propuestas acerca de la miseria y la marginalidad centradas en la figura del sicario. El clásico mercenario es ahora un forajido adolescente cuyos códigos de conducta son una mezcla entre los antihéroes de la cultura pop y los personajes de los narcocorridos, unidos en el más auténtico mensaje nihilista que una generación haya podido entonar. Algunas de las mejores películas del cine del continente se han hecho sobre este particular. Brasil tiene varias, y son de las más crudas y sobresalientes. La proliferación de este cine es una muestra de que la situación, a causa del aumento de las diferencias económicas y de los efectos globales de la comunicación, ha extendido más el problema. Lo hacen visible, ideal para el mercado de consumo, pero completamente invisible para su solución.

1. La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, Colombia-Francia, 2000)

El director franco-iraní Barbet Schroeder pasó parte de su infancia en Bogotá, y ya en los setenta escribió un guion sobre la violencia en aquella ciudad titulado Machete, que resultó premonitorio. Cuando conoció la novela homónima de Fernando Vallejo (1994), no se lo pensó dos veces. Esta película concentró la atención del mundo por la fama de su director y el arriesgado argumento. Vallejo revela su peripecia al volver a Medellín tras una ausencia de años. Donde estuvo la localidad provinciana de su juventud hay una monstruosa urbe devastada por la violencia. El protagonista solo encuentra consuelo en la relación amorosa con un joven sicario, quien, como los demás niños, frecuenta la iglesia de la Virgen de Sabaneta para que le bendiga y le sirve de guía en un descenso a los infiernos de las comunas (las barriadas que se apilan en las colinas de Medellín), los asesinatos y la muerte. Los monólogos hastiados del escritor encuentran un contrapunto en los silencios del adolescente, mientras la pareja deambula por la ciudad, camino de un destino trágico.

2. Rodrigo D: No futuro (Víctor Gaviria, Colombia, 1990)

Primera obra del aclamado Víctor Gaviria y rodada con actores amateurs, era un falso documental sobre la escena punk de las comunas del norte de Medellín que causó gran escándalo al ofrecer una cara de la ciudad que nunca se había puesto en pantalla: unos críos que tenían sus propias reglas, hasta su propia jerga (el parlare) y no dudaban en utilizar la violencia. Es escalofriante por la verdad que contiene: los inútiles esfuerzos por hacerse con una batería para tocar en un grupo del protagonista (interpretado por el cantante Ramiro Meneses, músico de Mutantex), que solo llega a conseguir las baquetas fabricadas en una carpintería. Los planos vertiginosos sobre las calles del arrabal, las carreras en moto, el ambiente de tensión y absoluta pobreza… Solo canciones punk para gritar unos días. La tragedia salta de la pantalla, pues algunos de los protagonistas, como ya sucedió con algunos actores del cine quinqui español, murieron antes de cumplir los veinte años.

3. La banda del carro rojo (Rubén Galindo, México, 1978)

En 1976, Producciones Potosí ponía en imágenes uno de los primeros éxitos de Los Tigres del Norte, «Contrabando y traición», dirigido por Arturo Martínez, sobre la historia de Emilio Varela y Camelia la Texana. La canción estaba inspirada en un hecho real, el romance trágico entre dos narcotraficantes de marihuana. El taquillazo tendría numerosas y populares secuelas. Poco después, Filmadora Chapultepec, una de las productoras más veteranas del país, especialista en wéstern norteño, adaptó otro hit de los Tigres, «La banda del carro rojo». La película es un drama sobre las desventuras de dos hermanos y sus dos amigos, obligados por las malas cosechas a llevar varios cargamentos de drogas al otro lado de la frontera. Los protagonistas, el director Fernando Almada y su hermano, el actor Mario Almada, son dos instituciones en el cine de aquel país e interpretan con solvencia los papeles, acompañados, entre otros, del hijo de Pedro Infante. Recoge elementos de los wésterns de Leone y Peckinpah, además, por supuesto, de la aparición estelar de los Tigres del Norte.

4. Miss Bala (Gerardo Naranjo, México, 2011)

Dos amigas de una barriada pobre de Tijuana son aceptadas como aspirantes al concurso de Miss Baja California. En una fiesta clandestina donde participan varios agentes de la DEA se produce un ataque de sicarios. Una de las chicas consigue escapar del tiroteo, pero al denunciar su situación a la policía es entregada a los pistoleros. El jefe del grupo la usará como objeto sexual, correo de dinero y cebo para atraer a otros rivales, mientras ella gana el concurso por orden de los sicarios, pero en estado de shock entre tiros y persecuciones. El final, mucho más que si hubiese acabado con la muerte de la protagonista, resulta estremecedor. Las mujeres no tienen demasiado protagonismo en este género, salvo como adornos o en la modalidad de líderes de narcos (siguiendo la novela La reina del sur), y si aparecen es como en esta tristísima película, que las retrata como seres indefensos y sumisos ante una situación fuera de control. Miss Bala tuvo mucha repercusión tras su paso por el Festival de Cannes y por estar inspirada en el caso de Miss Narco, la modelo Laura Zúñiga, que fue detenida junto a varios narcos en una operación de la policía.

5. Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, Brasil, 2002)

Nunca una película brasileña había llegado a tanta gente, incluso estuvo nominada a los Premios Óscar de Hollywood. Esta preciosista recreación de la vida de un grupo de niños en una favela a lo largo de tres décadas fue vista por millones de personas, dentro y fuera de su país. Puede que fuese la ambientación en los años setenta de la primera parte lo que atrajo al gran público, siempre ávido de tendencias kitsch, aparte de la historia de amistad, las dosis de violencia y unas actuaciones, como siempre, extraordinarias, al ser los actores meninos da rua escogidos no por la dirección de la película, sino por los propios sicarios, que exigieron una serie de condiciones para el rodaje. Más allá de las obvias virtudes de la película, resulta paradójico contemplar su influencia en Brasil. El documental de 2013, Ciudad de Dios, diez años después (Luciano Vidigal), narra el destino de sus protagonistas y cómo los terrenos de la favela y alrededores subieron «milagrosamente» de precio, obligando a sus habitantes a mudarse a otras infraviviendas. En su lugar hay casas nuevas para familias de clase media con conciencia.

6. Pixote: a Lei do Mais Fraco (Héctor Babenco, Brasil, 1981)

Pixote es un recorrido infernal por São Paulo, y podría ser un documental acerca de los niños que pasan el tiempo entre la calle y los reformatorios, donde son maltratados y a veces ejecutados. El argentino Héctor Babenco, también de adolescencia problemática, preparó Pixote durante un par de años en las favelas de la ciudad, primero, con un casting para escoger a los actores. De entre mil y pico críos salió el protagonista, Fernando Ramos da Silva, un niño de diez años que compone un Pixote que sabemos que es su propio personaje, igual que el de los demás actores, magnífico. La película provocó entusiasmo y escándalo a partes iguales. Fue un gran éxito en taquilla y de crítica, pero generó gran polémica al mostrar escenas que, hoy en día, aunque han sido superadas en el cine, siguen siendo muy difíciles de contemplar, porque no abusan de efectos violentos y se muestran en toda su crudeza. Fernando, el niño que daba vida a Pixote, como en la ficción-realidad, terminó sus días volviendo a las favelas porque no pudo seguir en el cine (apenas sabía leer) y murió acribillado por la policía en un incidente todavía sin aclarar.

7. Heli (Amat Escalante, México, 2013)

No hay duda de que un tema reservado casi al consumo clandestino y realizado por la serie B y Z de su país ha traspasado el interés del público local para convertirse en objeto de culto por las minorías de festivales, críticos y aficionados. El último ejemplo, esta película que ganó el premio al mejor director del festival de Cannes y que traza un brutal barrido sobre la realidad mexicana, implicando a los cárteles de la droga y los militares, que apenas se diferencian en las formas de actuación y en sus demostraciones de hiperviolencia. Al lado de Heli y sus imágenes sobre el entrenamiento de adolescentes y las torturas que sufren los protagonistas, películas como La chaqueta metálica y el género del torture-porn se quedan en una broma ridícula. Las víctimas, siempre los hijos de la pobreza, una generación de niños y jóvenes perdida en manos de los cárteles, los asesinos institucionales y la absoluta desidia de la autoridad. El indecible sufrimiento por el que pasa la familia de la película ya no es un símbolo del narcocine, sino del narco-Estado: la disolución absoluta del sistema, el caos a pleno sol, para goce del primer mundo, que aplaude desde lejos estas demostraciones de brutalidad a lo Bruno Dumont.

8. La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, Colombia, 1998)

Víctor Gaviria tiene hasta la fecha su mayor éxito en esta libre adaptación del cuento de H. C. Andersen, sobre las terribles penalidades que unos niños de los arrabales de la ciudad sufren desde la noche de la víspera al día de Navidad, sin otro recurso que matar o morir. En la película, como ya había hecho en Rodrigo D: No futuro, solo actúan chicos de las comunas. La protagonista huye de su casa para vender rosas por los bares de la ciudad, acompañada de un grupo de niños y niñas que inhalan pegamento y roban coches. Gaviria escribió este guion sobre la historia real de Mónica Rodríguez, la cabecilla de una red de niños ladrones a la que seleccionó como protagonista para la película. Por problemas de presupuesto el rodaje se pospuso un par de años y el director prefirió para el papel a Lady Tabares, la amiga de Mónica, que demostró tener un asombroso talento para la interpretación. Mónica murió en un tiroteo a los pocos días de comenzar el rodaje. Lady corrió mejor suerte; solo ha estado, de momento, doce años condenada a prisión.

9. El infierno (Luis Estrada, México, 2010)

En La ley de Herodes (1999), Estrada demostró gran talento para la comedia negra. En El infierno vuelve sobre el mismo tema, pero utilizando los códigos del género de narcotraficantes. Las peripecias de un deportado mexicano de Estados Unidos que vuelve a su pueblo tras veinte años, en el año del bicentenario, y lo encuentra peor que cuando lo dejó, sumido en una guerra de cárteles encabezados por una familia esperpéntica que maneja el dinero y controla todo el poder. El pueblo se llama, irónicamente, San Arcángel Gabriel y el protagonista ve cómo su vida se convierte en una pesadilla de balaceras, traiciones y abusos, transformado él mismo en un sicario vestido de opereta. Los momentos de comedia son hilarantes (la escena del cementerio, en la que el sacerdote, exhausto, oficia entierros a toda velocidad por la cantidad de muertos del día) y ayudan a soportar el recorrido sobre la espantosa realidad, de la que el narcotráfico solo es una consecuencia. Grandes interpretaciones, música de Los Lobos y una puesta en escena violenta, autoparódica y con claro mensaje.

10. El velador (Natalia Almada, México, 2013)

Documental sobre el cementerio de Culiacán, donde reposan muchos de los jóvenes narcos. México encuentra el penoso equilibrio social a través de la muerte, bien en unas construcciones ostentosas, que parecen como pequeñas villas de vacaciones, palacetes de fantasía, o bien en la zona de las fosas con lápidas de plástico y faldones. A pesar de todo, sigue siendo una zona de guerra, atravesada por las noticias de ejecuciones y desaparecidos, siempre con los retratos de los muertos, que posan como héroes de acción en compañía de sus armas. Las mujeres limpian las tumbas y el horror se intercambia con el silencio de las noches, donde solo se escuchan los tiros a lo lejos, y el estruendo del día, cuando el cementerio es como una feria ambulante con familias, entierros, orquestas y pícnics. El guardia nocturno (el velador) recorre este paisaje extraño con respeto, pero también con la seguridad de que allí no va a encontrar ninguna aparición peligrosa.  

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3 comentarios

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  3. Aryeh Capella

    Solo una correccion: No es parlare, sino parlache, como se llama a la jerga de la juventud de Medellin: http://www.elcolombiano.com/cultura/el-parlache-se-habla-ahora-en-cualquier-parche-MF7214871

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