Arte y Letras Historia

La cara oculta de la dolce vita

Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en un fotograma de La dolce vita. Imagen PAC.
Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en un fotograma de La dolce vita. Imagen: PAC.

Drogas, aristócratas y escándalos en la Roma de los años cincuenta y sesenta

Cuando Federico Fellini concibió La dolce vita en 1958 y la rodó al año siguiente, inmortalizó un mundo que ya existía —y que ya había escandalizado a Italia— desde hacía al menos un lustro. La película, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en 1960, mostraba las noches de la Via Veneto romana como el escaparate de una sociedad hedonista y vacía: aristócratas empobrecidos, actrices de segunda fila, fotógrafos de guardia —a quienes Fellini bautizó «paparazzi»—, intelectuales decadentes y turistas adinerados mezclados en una ronda interminable de fiestas, amores fugaces y exhibicionismo. Pero lo que la película sugería veladamente, la realidad lo había gritado ya en los periódicos: detrás del champán y las terrazas de moda circulaba, de bolsillo en bolsillo de frac, un tráfico y consumo de drogas que había sacudido a la opinión pública italiana y que había convertido la famosa Via Veneto en el escenario de uno de los mayores escándalos de la posguerra.

El camino de las drogas pasa por Roma

Ya a comienzos de los años cincuenta, los servicios antinarcóticos estadounidenses habían llegado a una conclusión inquietante: la mayor parte de los estupefacientes que circulaban por Occidente transitaban por Italia. «El camino de las drogas pasa por Roma», se comentaba en los despachos del Federal Bureau of Investigation (FBI). El aeropuerto de la capital, Roma-Ciampino, considerado por los técnicos como «el más importante del Oriente Medio», era un punto clave de tránsito entre Asia y Europa. Esta circunstancia llevó al Federal Bureau of Narcotics (FBN) estadounidense a enviar a Roma a Charles Siragusa, un italoamericano veterano de estas lides, que estableció su oficina en una dependencia de la Embajada de los Estados Unidos, precisamente en la parte baja de la Via Veneto. Mientras él coordinaba la investigación desde su despacho, el brigadiere Casolino, de la Policía de Costumbres, se transformó —durante ochenta noches consecutivas, en el invierno de 1955 a 1956— en un perfecto hombre de mundo que bebía whisky y bailaba hasta el amanecer en los locales nocturnos de moda. Era el precio de la infiltración.

Alessandro «Dado» Ruspoli —noveno príncipe de Cerveteri y actor ocasional— ya había sido sorprendido en abril de 1953 por los aduaneros franceses en la frontera italofrancesa cuando intentaba pasar cuatro libras y media de opio en su automóvil deportivo. «Suelo fumar cuatro pipas por día», declaró ante el tribunal que lo juzgó en Niza por un delito de contrabando. El reconocimiento de que la droga incautada era para su uso personal lo libró de ser condenado, pero fue expulsado de Francia e ingresó en un sanatorio para someterse a un tratamiento de desintoxicación.

El episodio protagonizado por el príncipe Ruspoli quedó como una anécdota. Sin embargo, el gran escándalo estalló en julio de 1956, cuando la Policía detuvo al traficante Max Mugnani, un hombre de cincuenta y seis años con una trayectoria asombrosa. Mugnani se presentaba en sociedad como representante de marcas de licores, pero en los bolsillos secretos de su esmoquin guardaba paquetes de cocaína que distribuía entre su selecta clientela a razón de veinticuatro mil liras el gramo —mientras que en la República de San Marino el gramo apenas costaba entre mil quinientas y dos mil liras—. Sus «libros de ventas» estaban al día y una agenda roja repleta de direcciones completaba su organización. Mugnani —conocido como «Nariz de Oro»— era, además, un hombre con historia: en tiempos del fascismo había sido protegido del aviador Italo Balbo, y los aliados, al liberar Italia, cometieron el error de confundir en su ficha la palabra toxicómano con toxicólogo, lo que le valió quedar al cargo de un depósito de narcóticos del Ejército americano.

La redada: príncipes, duques y actores in fraganti

La detención de Mugnani, propiciada casi por casualidad —una reyerta en un local nocturno entre él y un cliente al que habría vendido bicarbonato haciéndolo pasar por cocaína—, puso en manos de la Policía la preciosa agenda roja. Con esas direcciones se planeó una operación en regla. La noche de la redada, los agentes se presentaron en tres objetivos simultáneos: dos lujosos apartamentos, uno en el centro de Roma y otro en el barrio de los Parioli, y el Victor American Bar, uno de los locales nocturnos de alterne y tertulia más exclusivos y elegantes de la ciudad, en las proximidades de la Via Veneto.

En el Victor fueron detenidas veintidós personas in fraganti: consumidores y traficantes juntos, en una mezcolanza que no dejaba lugar a dudas. Entre los arrestados figuraban el príncipe «Pepito» Pignatelli, el duque Lante della Rovere, el duque Augusto de Torlonia, el marqués Enmanuel de Seta y el actor de cine Carlo Croccolo. El local fue clausurado. La prensa italiana, evocando el caso Montesi —del que enseguida hablaremos—, titulaba sin ambages: «Otro escándalo como el Montesi».

El marqués Enmanuel de Seta, el mayor de los implicados con sus treinta y seis años, había heredado de su madre una fortuna fabulosa —a él pertenecía el palacio de Palermo que albergaba el Gobierno regional de Sicilia— y llevaba una existencia saturada de alcohol, pendencias nocturnas y vida desordenada. Fue precisamente una bronca suya con Mugnani en el Victor American Bar la que puso a ambos ante la Policía y dio inicio a la investigación.

El príncipe «Pepito» Pignatelli, de veinticinco años, era figura habitual de los night-clubs romanos, como el ya citado Victor, L’Aiglon y After Hours —estos últimos fundados por dos mujeres estadounidenses, Audrey Mac Donald y Lynn Benjamin, respectivamente—, y del ambiente nocturno europeo. Tocaba la batería y era un apasionado del jazz, pero frecuentaba círculos poco recomendables. Según la tesis policial, el camino del consumidor de cocaína llevaba inevitablemente, tarde o temprano, a la condición de traficante, ya que el vicio salía caro y había que costearlo. Y, además, de casta le venía al galgo, pues un antepasado suyo ya había fallecido de sobredosis en Biarritz —conocida estación veraniega de lujo francesa— en agosto de 1916. En relación con este caso, también fueron detenidos cuatro médicos, que habían firmado más de tres mil recetas prescribiendo en conjunto seis mil frascos de clorhidrato de morfina.

La operación tuvo un epílogo novelesco cuando el príncipe Corrado de Villahermosa fue sorprendido trepando por la ventana del apartamento de la novia de Pignatelli —la maniquí Marilyn Borsati— pocas horas después de la detención de su amigo. Nunca explicó qué buscaba allí.

El caso Montesi: drogas, orgías y el «escándalo del siglo»

Este escándalo de 1956 no surgía de la nada: era, en buena medida, la prolongación de otro que había sacudido a Italia tres años antes, en 1953, y que la prensa bautizó como «el escándalo del siglo»: el caso Montesi.

El 11 de abril de 1953, el cadáver de Wilma Montesi, una joven romana de veintiún años, fue hallado en la playa de Torvaianica, a cuarenta y dos kilómetros de Roma. La muchacha había desaparecido dos días antes. La primera autopsia sugirió una muerte accidental —un síncope mientras se mojaba los pies en el mar— y la Policía cerró el caso. Pero los periódicos se mostraron escépticos desde el principio, y en octubre de 1953 el tabloide Attualità publicó un artículo que lo cambió todo: según el periodista Silvano Muto, Wilma Montesi había muerto a causa de una sobredosis de drogas durante una orgía celebrada en la finca de Capocotta, propiedad del marqués Ugo Montagna, no lejos del lugar donde apareció su cuerpo. Los participantes en aquella fiesta, motejados por la prensa como «capocottari», representaban a la alta sociedad romana. Entre los nombres señalados estaban el marqués Montagna y Piero Piccioni, compositor de bandas sonoras de cine, amante de la actriz Alida Valli e hijo de Attilio Piccioni, vicepresidente del Gobierno italiano.

El escándalo fue de proporciones mayúsculas: el padre de Piero Piccioni, Attilio, tuvo que dimitir como ministro de Asuntos Exteriores en septiembre de 1954. Piccioni y Montagna fueron arrestados por homicidio involuntario. El proceso comenzó en enero de 1957 y concluyó en mayo con la absolución de todos los acusados. El caso nunca se resolvió.

Lo significativo para entender el fenómeno de la dolce vita es que el caso Montesi y el escándalo de las drogas de 1956 compartían protagonistas y escenarios. Los nombres aparecían ligados «como en cadena de un asunto a otro»: Pignatelli, Ruspoli, Piccioni y Lante della Rovere eran personajes de los mismos círculos, frecuentaban los mismos locales nocturnos, se conocían en las carreras de automóviles y se saludaban fríamente al cruzarse en el Victor American Bar. Lo que les unía en privado era, según la Policía, el secreto compartido de las reuniones en apartamentos discretos donde Mugnani les hacía entrega de sus paquetes. También les unía el conocimiento de médicos que extendían recetas «muy caras» con las que obtener la droga «que les hiciera olvidar su vida inútil y vacía», según describía la crónica de la época.

Gabriel García Márquez, que cubrió el caso Montesi como corresponsal en Europa del diario El Espectador, describió con precisión el ambiente en un largo reportaje publicado en 1955: el magazine Attualità había revelado que Wilma había muerto a causa de un excesivo consumo de opio en un exclusivo club social, y con esa revelación comenzó uno de los más sensacionales procesos criminales en el cual aparecieron mezclados conocidos personajes.

La Via Veneto y el nacimiento de la leyenda

El periodista Riccardo Redi, en una serie de reportajes publicados en la revista española Triunfo en 1963, trazó con precisión el mapa de ese mundo. Via Veneto era, a sus ojos, «la calle donde nació la dolce vita»: ochocientos metros de asfalto con cuatro cafés, cuatro grandes hoteles, una embajada y un ministerio, y sobre todo «el lugar donde toda la gente se encuentra, el escenario de miles de personajes, amores, escándalos, tragedias y comedias». La calle se agitó en 1956, precisamente con el asunto de las drogas. Antes había sido una arteria seria, llena de turistas y escritores; el escándalo la transformó.

Redi señalaba que el FBI y la Interpol consideraban Roma la plataforma continental del tráfico internacional de estupefacientes, y que el escándalo fue «enorme, debido principalmente a la cantidad de nombres conocidos». La cocaína y la morfina circulaban por los mismos locales donde los fotógrafos perseguían a Ava Gardner y Walter Chiari, donde el exrey Faruk esperaba el amanecer acompañado de su corte, donde las estrellas de Hollywood cenaban con la aristocracia romana. El vicio y el glamur ocupaban el mismo espacio.

Fellini absorbió todo esto. El año épico de la Via Veneto fue, según Redi, 1958: «el año en que Fellini concibió la idea de realizar La dolce vita». De marzo a fines del verano de 1959 rodó su película, casi siempre de noche. Las tomas absorbieron la atención de todos durante el verano. La película se estrenó en febrero de 1960 y provocó reacciones encendidas. El Vaticano la calificó de obscena. El comentario de Luchino Visconti sobre la secuencia del baile de los nobles fue tajante: «Los nobles como podría haberlos visto mi cocinera». Y la propia expresión «dolce vita» se convirtió, a los ojos de los italianos y los no italianos, en sinónimo de pecado y orgía continua. De hecho, en España la película sufrió una fuerte censura por parte del régimen franquista y su llegada a los cines comerciales se hizo esperar hasta el 1 de junio de 1981, más de veinte años después de su lanzamiento original en Italia.

El final de la película —los pescadores sacando una criatura monstruosa de las redes, en la playa, al amanecer— era una alusión directa al caso Montesi: al cadáver de una muchacha devuelto por el mar, al fondo podrido que subyacía bajo la superficie brillante de aquella vida dulce.

La marihuana y el arte de vanguardia

El fenómeno no era exclusivo de la aristocracia. En el verano de 1966, otro escándalo reveló que las drogas habían penetrado también en los círculos artísticos e intelectuales vinculados a la dolce vita. El pintor de vanguardia Mario Schifano fue detenido en compañía de los actores Renato Salvatori y Annie Girardot —estos últimos puestos pronto en libertad— por posesión de marihuana. La baronesa Afdera Franchetti, una mujer con vida de categoría novelesca —había nacido en África durante una expedición científica de su padre, vivido en Venecia, tenido amores con Hemingway, estado a punto de casarse con el duque Augusto de Torlonia y finalmente contraído matrimonio con el actor Henry Fonda en Nueva York en 1957—, fue detenida en el aeropuerto de Roma al regreso de Londres, cuando la Policía encontró en su bolso cincuenta gramos de «marihuana purísima». Ella afirmó no saber qué era aquel paquete que alguien le había pedido que entregara al pintor.

El corresponsal del diario ABC en Roma, José Salas y Guirior, describía así el ambiente de aquel verano romano: «En Roma llueven también los dólares, las gentes, la extravagancia transeúnte y esa pena negra que se derrama en los nervios de algunos seres que se desesperan y se desbordan en las orillas de la violencia». Y añadía: «No es cosa de hoy ni de ayer la lucha que en Italia sostiene la Policía contra el alucinante mundo de los estupefacientes». Dos años antes, en 1964, había sido detenido un sexteto de pintores y actores que se dedicaba al cultivo de marihuana en una parcela. «Por lo visto, entre artistas anda el juego».

El retrato de una época

Lo que los documentos de la época revelan es que las drogas prohibidas constituyeron un elemento estructural y no meramente accidental de la dolce vita romana. No se trataba de una patología individual o exótica: era el lubricante de un determinado estilo de vida, la mercancía que permitía sostener noches interminables, aplacar el aburrimiento de quienes disponían de dinero y de tiempo pero carecían de propósito. La crónica de El Español de 1956 lo formulaba sin eufemismos: el aburrimiento había llevado a aquel grupo a «formar parte activa de este ambiente decadente, podrido y hediondo», el mismo aburrimiento de una aristocracia cuya fortuna no se correspondía con ningún proyecto vital y cuyos apellidos ilustres flotaban, sin ancla, sobre una existencia de locales nocturnos, automóviles de lujo y escándalos en cadena.

Fellini lo vio y lo convirtió en cine. Pero la materia prima —las drogas, las orgías, los muertos en la playa, los príncipes en el banquillo— había sido real, había tenido nombres y apellidos y había llenado durante años los periódicos de media Europa. La dolce vita fue también, y quizás sobre todo, eso: el nombre que una época le dio a su propia decadencia y desencanto.


Fuentes

El Español, n.º 397, 8-14 de julio de 1956.
El Informador (México), 24 de agosto de 1956.
Triunfo, números 64-67, agosto-septiembre de 1963.
ABC, 10 de agosto de 1966.
Artículo de Gabriel García Márquez sobre el caso Montesi (1955).
Wikipedia, «Caso Montesi».
Wikipedia, «La dolce vita».

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