Cronología de un asesinato: de Mark David Chapman a Holden Caulfield

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Detalle de la ficha policial de Mark David Chapman. Foto: Cordon.

En ocasiones, las respuestas a cuestiones moralmente complejas, como por ejemplo los motivos por los que una persona decide arrebatarle la vida a otra, son tan sencillas e insulsas, tan cercanas a lo anecdótico, que le producen a uno cierta sensación de espanto.

Cuando a Mark David Chapman le preguntaron por qué había asesinado a John Lennon, contestó: «Porque era el más fácil de encontrar». Es decir, porque podía. Porque estaba a tiro. Algún tiempo antes Chapman había elaborado una lista con los nombres de los diferentes personajes públicos a los que quería eliminar, entre los que se encontraban celebridades como Jacqueline Kennedy, Marlon Brando, Johnny Carson o Elizabeth Taylor. Según el propio Chapman, el motivo por el que había elegido a Lennon de entre todos ellos era porque vivía en el edificio Dakota, en pleno Upper West Side de Manhattan, lo que simplificaba su acceso a él en la calle y lo convertía, por tanto, en un blanco fácil. En una víctima asequible.

Sin embargo dudo que esto fuese realmente así. Chapman llevaba obsesionado con John Lennon desde que era un niño, en plena década de los sesenta. Algunos de sus amigos de entonces declararon que siempre había odiado al músico británico por haber dicho que los Beatles eran más grandes que Jesucristo. Que se sentía profundamente dolido por aquella frase. Como si Lennon lo hubiese traicionado personalmente. Más adelante, el propio Chapman manifestó que estaba enfadado con él por haber dicho que no creía en Dios ni en los Beatles —en referencia a la letra de la canción God— y por haber pedido a la gente que imaginase un mundo sin posesiones en Imagine cuando él tenía «millones de dólares y yates y fincas y mansiones, riéndose de gente como yo que se creyó sus mentiras y compró sus discos y construyó una gran parte de su vida alrededor de su música». No lo mató porque podía. Lo mató porque quería.

Lennon era a quien deseaba asesinar. Daba lo mismo que residiese en el centro de Manhattan o en una mansión de Beverly Hills. No hubo un proceso de descarte. Chapman no renunció a su víctima preferida por considerarla inaccesible y se conformó con el más fácil de la lista. De haber tenido otro objetivo prioritario habría encontrado la manera de ir a por él. Porque si uno quiere matar a alguien, si de verdad quiere hacerlo y ha llegado a un punto en el que no le importan las consecuencias de sus actos, lo hace. No importa que sea difícil de encontrar. Como le explica Michael Corleone a Tom Hagen en El Padrino, «si hay algo seguro en esta vida, si la historia nos ha enseñado algo, es que se puede matar a cualquiera». Esté donde esté y sea quien sea.

Y no se equivoca. Matar es una de las cosas más difíciles y, a la vez, más fáciles que existen. Es difícil porque uno debe decidir que lo hará. Debe tomar la determinación de estar dispuesto a cometer la más monstruosa de las acciones: quitarle la vida a otro ser humano. Con todo lo que eso implica. Pero una vez esa decisión está tomada, desde el momento en el que uno asume que va a cometer ese crimen, matar es una de las cosas más sencillas que uno puede hacer. Basta con tener la voluntad de hacerlo. Y cuando Chapman acude al edificio Dakota, cuando llega a la avenida Central Park West veinticuatro horas antes de apretar el gatillo, ya sabía desde hacía mucho tiempo que al día siguiente, el 8 de diciembre de 1980, iba a asesinar a John Lennon.

Tres meses antes, en septiembre del mismo año, le escribió una carta a su amiga Lynda Irish en la que le decía: «Me estoy volviendo loco. El guardián entre el centeno». Chapman había comenzado a sufrir delirios con Holden Caulfield, el protagonista de la célebre novela de J.D. Salinger, desde hacía tres años, en 1977, durante el tiempo que había estado ingresado en un hospital psiquiátrico debido a un intento de suicidio. Su vida hasta ese momento no había sido sencilla. En el colegio sufría acoso y su padre lo maltrataba físicamente de forma continuada. Durante su adolescencia buscó refugió en las drogas y se rodeó de la clase de compañías que, lejos de servir de ayuda, lo hunden a uno todavía más en el agujero.

Pero en 1971, al cumplir los dieciséis años, decidió que debía dar un vuelco a su vida y se refugió en el cristianismo. A partir de ese momento su equilibrio emocional se vio menos alterado. Cursaba estudios superiores en el Covenant College de Georgia, tocaba la guitarra en la iglesia los domingos, comenzó a trabajar para la Young Men’s Christian Association, viajó hasta el Líbano para realizar actividades de asistencia humanitaria e incluso realizó labores de coordinación en un campo de asentamiento para refugiados vietnamitas en Arkansas. Pero todo se vino abajo de nuevo cuando un bache emocional provocó el deterioro de su relación sentimental y la ruptura con su pareja, desembocando en una profunda depresión que lo condujo al delirio y al intento de suicidio. Cuando la policía lo detuvo tras asesinar a Lennon, declaró: «Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield. La parte pequeña debe de ser el diablo».

La noche antes del crimen, mientras merodeaba por los alrededores del edifico Dakota, el azar quiso que se cruzase con el cantante y guitarrista James Taylor. «Brillaba en un sudor maníaco y decía cosas raras sobre cómo a John le iba a interesar su material y que se iba a poner en contacto con John Lennon», explicaría Taylor tiempo depués. Por la mañana siguiente, tras pasar el resto de la noche en el hotel, Chapman se levantó, desayunó, acudió a una librería cercana y, con absoluta tranquilidad, compró un ejemplar de El guardián entre el centeno en el que escribió: «Esta es mi declaración. Holden Caulfield». Sabía perfectamente qué clase de barbaridad estaba a punto de cometer.

Al cabo de un rato regresó a las inmediaciones del edificio Dakota. Poco después, mientras estaba distraído frente al portal haciendo tiempo, vio cómo Lennon salía de un taxi detenido a escasos metros de donde él se encontraba y se metía en el edificio. No le dio tiempo a aproximarse. Más tarde la niñera salió a la calle con Sean, el hijo de John y Yoko Ono, con intención de dar un paseo. Chapman se acercó al niño y le susurró al oído «beautiful boy», el título de la canción que su padre había compuesto para él, publicada ese mismo año y en la que se encuentra la famosa frase «la vida es lo que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes». La imagen del inminente asesino de su padre susurrándole «niño bonito» al pequeño Sean tiene algo de nauseabundo.

John salió con Yoko de su casa alrededor de las cinco de la tarde y Chapman se les acercó. La pareja se detuvo a hablar con él, Lennon le firmó una copia del disco Double Fantasy, le dio un apretón de manos y se marchó en un coche con su mujer hacia el estudio de grabación. «En ese momento mi parte buena ganó y quería volver al hotel, pero no podía. Esperé hasta que regresó. Él sabía dónde van los patos en invierno y yo quería saberlo», comentaría Chapman al ser detenido, confundiendo una vez más sus propias obsesiones con las de Holden Caulfield, quien, en las páginas de El guardián entre el centeno, muestra un interés excesivo por saber a dónde se marchan en invierno los patos de Central Park.

Seis horas más tarde, cerca de las once de la noche, Yoko y John regresaron al edificio. Chapman volvió a acercarse a ellos, como había hecho esa misma tarde, y tímidamente murmuró: «Mr. Lennon…». Sin embargo, esta vez John no se giró y siguió caminando hacia el interior del portal. Su asesino sacó entonces una pistola y abrió fuego cinco veces sobre él por la espalda, hiriéndole en el hombro izquierdo, el pulmón izquierdo y la arteria subclavia izquierda. Apoyó entonces la pistola en el suelo, se sentó a escasos metros de su víctima, que yacía desangrándose junto a una Yoko Ono aterrorizada, sacó de su bolsillo un ejemplar de El guardián entre el centeno y se puso a leer. Con normalidad. Como si no acabase de perpetrar un crimen atroz. Y allí continuó leyendo hasta que llegó la policía.

John Lennon fue trasladado con urgencia por los agentes al hospital St. Luke’s-Roosevelt, pero no se pudo hacer nada por salvarle la vida. Falleció veinticinco minutos después de haber sido tiroteado en el portal de su casa. Mark David Chapman fue condenado a una pena de entre veinte años y cadena perpetua. Ha solicitado hasta en diez ocasiones su libertad condicional manifestando sentirse arrepentido, pero en todas ellas le ha sido denegada. Hace unos años, oponiéndose por carta a la liberación de Chapman, Yoko Ono declaró: «Ni yo ni los dos hijos de John nos volveríamos a sentir seguros durante el resto de nuestras vidas».

En un artículo titulado «Un juego nuevo y otros viejos», publicado en la revista La edad de oro, escribe José Martí: «En la vida no se puede hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer sale así de tiempo en tiempo, como una locura». Tal vez eso fue lo que le ocurrió a Chapman. Que un día se dio cuenta de que nunca podría hacer lo que él quería, y  eso terminó convirtiéndose en locura. Porque lo único que él quería hacer en su vida, en realidad, era ser John Lennon. Y puede que, al entender que él no podría serlo nunca, decidiese que tampoco lo sería nadie más. Tal vez matar a tus ídolos, a fin de cuentas, sea la única forma de alcanzarlos. Aunque para ello tengas que convertirte en alguien que no eres. Alguien que no tenga remordimientos. Que no necesite dar explicaciones. Alguien irreal. Alguien como Holden Caulfield, por ejemplo.

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1 comentario

  1. Con estos hechos narrados es difícil dicernir quién merece más compasión, si la victima o el verdugo. Gracias por la lectura.

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