Make America moral again

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Jot Down para Roca Editorial

El lenguaje siempre ha sido una pieza clave en la ficción especulativa. Como muestra 1984, de George Orwell, para acceder al verdadero poder no hace falta asaltar ningún cielo, basta con hacerse con el control del lenguaje de los individuos. La idea era simple: «Cada año habrá menos palabras, así el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño». También El cuento de la criada, de Margaret Atwood, pone el lenguaje en primer plano. En este caso las palabras que se ven obligadas a pronunciar los personajes —¿quién no recuerda expresiones como «bendito sea el fruto» o «el Señor permita que madure»?— muestran a las claras los pilares en los que se basa la sociedad de Gilead y ponen de manifiesto que una interpretación literal de la Biblia no es menos perturbadora que una interpretación literal del Corán.

Tras la adaptación que hizo la cadena HBO, y el ascenso de Donald Trump al poder, El cuento de la criada se ha convertido en un icono de la lucha feminista. Sin embargo, a su autora nunca le ha hecho mucha gracia que le colgaran dicha etiqueta. Según dijo en una entrevista en The Independent, su novela es «un estudio del poder, de cómo opera y deforma o moldea a las personas» y solo puede calificarse de feministas a las escritoras que conscientemente trabajen en el contexto de dicho movimiento. En esta línea, de la que Atwood se desmarca, han surgido ahora una serie de novelas, como The Water Cure, de Sophie Mackintosh, en la que la idea de un patriarcado tóxico se materializa al pie de la letra; Relojes de sangre, de Leni Zumas, que plantea qué pasaría si el aborto y la fecundación in vitro se ilegalizasen en Estados Unidos; El poder, de Naomi Alderman, en la que las mujeres pasan a ser el género dominante; o, más recientemente, Voz, de Christina Dalcher.

Voz (curiosamente, Vox en su idioma original) contiene numerosos guiños al feminismo («Sharon Rey podría ser una Rosie la Remachadora moderna, si Rosie hubiese tenido cuarenta y tantos años, hubiese sido negra y hubiera llevado un contador plateado en la muñeca») y plantea una situación que a todos nos resultará familiar: un candidato a la presidencia de Estados Unidos cuyo lema es «Make America Moral Again!» llega al poder. Sus simpatizantes son «hombres conservadores que aman a su Dios y su país (…) Blancos, en su inmensa mayoría. Heterosexuales, en su inmensa mayoría. (…) Hartos de que les digan que tienen que ser más sensibles». Para ellos, la situación es insostenible. Urge devolver al país la pureza perdida. No obstante, también hay mujeres entre sus partidarios. De hecho, la autora sortea el lugar común y, muy hábilmente, pone en boca de una de ellas parte del discurso —por no decir, batiburrillo— que sostienen estos guardianes de la moral: «Ya no sabemos quiénes son los hombres y quiénes son las mujeres. Nuestros hijos crecen confusos. La cultura de la familia se ha roto. Cada vez hay más tráfico, contaminación, tasas de autismo, consumo de drogas, familias monoparentales, obesidad, deudas de consumo, población reclusa femenina, tiroteos en las escuelas, disfunción eréctil».

A diferencia de otras novelas de este género, en Voz no ha habido una catástrofe medioambiental o una fuga radiactiva. Tampoco ha habido un golpe de Estado. Simplemente, el presidente, Sam Myers, ha sido elegido en las urnas. Antes de que eso ocurriera se habían ido produciendo una serie de cambios en el país: «El Cinturón Bíblico, esa franja de estados sureños donde gobierna la religión, empezó a expandirse»; por otro lado, en el Congreso y el Senado, las mujeres habían sido sustituidas gradualmente por hombres que «ponían por delante los intereses de la nación». Las feministas, se nos dice, llevaban tiempo advirtiendo de los excesos y peligros del patriarcado, pero todos, incluidas muchas mujeres, pensaron que estaban exagerando (eso cuando no las tachaban de «feminazis»). Cuando Myers llega al poder, las mujeres son silenciadas: de la noche a la mañana, pasan de pronunciar una media de dieciséis mil palabras al día a un máximo de cien. En contra de lo que cabría esperar, para lograrlo no son necesarias medidas especialmente drásticas. Como corresponde a esta era de la tecnología en que vivimos, basta con un sencillo dispositivo.

Al margen de su trasfondo feminista, lo que me ha resultado más interesante de la novela es todo lo que se refiere al lenguaje. En mi opinión, acierta Dalcher al poner el foco en él. Es el lenguaje el que nos hace humanos. Y el silencio, como escribió Nadiezhda Mandelstam, es un verdadero crimen contra la humanidad. La protagonista, Jean McClellan, es experta en lingüística, como la propia autora. Desde este punto de vista la situación que plantea es muy sugerente: ¿qué pasaría si para evitar que nuestras hijas «malgastasen» palabras solo les pudiéramos hacer preguntas que pudieran contestarse con monosílabos? ¿Cómo afectaría a nuestros hijos pequeños si dejáramos de contarles cuentos al acostarlos? ¿Su forma de hablar sobre los sentimientos y, por extensión, su forma de sentir se verían afectadas? Personalmente, me habría gustado que la autora hubiera ahondado un poco más en este tipo de cuestiones (al fin y al cabo, buena parte de la trama gira en torno al área de Wernicke, esencial en el lenguaje humano). No obstante, imagino que su intención no era escribir un tratado de lingüística, sino, simplemente, escribir un thriller que hiciera pensar a sus lectores.

Una de las cuestiones en las que más se detiene Dalcher es en cómo afectarían estas medidas a las dinámicas familiares. Para empezar, para compensar la reducción radical de la población activa (a las mujeres se les prohíbe trabajar), los hombres se ven obligados a trabajar más de doce horas al día y vuelven a casa derrengados («¿qué demonios esperaban?», se pregunta la protagonista). Por otro lado, uno de los hijos del matrimonio, Steven, tiene quince años. En este caso, a los conflictos propios de la adolescencia hay que añadir las dificultades de crecer en un país donde el sexo antes del matrimonio está penado por ley, los anticonceptivos están prohibidos y los adolescentes están más expuestos que nunca al escrutinio de los demás. Como muestra la novela, aunque quienes detentan el poder se escuden en la necesidad de proteger a las familias «tradicionales», no hay familia, por «normal» que sea, que pueda salir indemne de políticas tan extremas.

¿Es exagerada? Claro, como todas las novelas de este género. En cierto modo, su modus operandi es poner determinados aspectos de la realidad bajo una lente de aumento, aun a riesgo de que parezca deformada. Pero ¿oportunista? ¿Es oportunista Margaret Atwood al anunciar que va a escribir la segunda parte de El cuento de la criada? No lo creo. Como dice la escritora Sophie Mackintosh en una entrevista en The Guardian, «puede que las distopías feministas sean tendencia, pero también se trata de nuestras vidas. (…) Sería difícil que cualquier historia centrada en las vidas de las mujeres no fuese feminista». Los libros, cada uno a su manera, dejan constancia del malestar de una época. Y, nos guste o no, la defensa de los derechos de las mujeres sigue siendo necesaria.

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2 comentarios

  1. Alejandro

    Aunque en España esté en HBO, The Handmaid’s Tale no fue producida por HBO, sino por Hulu.

  2. Agustín Serrano Serrano

    Pues habrá que leerla.

    Buen artículo, Rebeca.

    Felicidades.

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