Silvia Sesé: «Creo que nuestra obligación es evitar los límites, incesantemente. Nuestra obligación es también ofender un poco»

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Fotografía: Edu Bayer

Silvia Sesé colecciona lápices y libros de correspondencia entre autores y editores. Una especie de caja de herramientas de su trabajo. Confiesa que le da grima el verbo descubrir y afirma que la labor del editor debe ser la de acompañar al escritor. Labor en la que Sesé lleva embarcada media vida. Tras pasar por Círculo de Lectores llegó a la editorial Destino, donde su buen olfato la llevó a publicar en España la saga Millennium. En 2015 sonó el teléfono, era Jorge Herralde, y Silvia Sesé aterrizó en Anagrama como adjunta a la dirección. Desde 2017 es la directora editorial del sello, la mujer encargada de mimar el catálogo construido por Herralde. Un trabajo que reconoce le produce cierto vértigo.

A la editora se le iluminan los ojos cuando habla de sus autores y confiesa que cuando alguno se marcha duele, pero no es rencorosa. Sobre la mesa de su despacho descansa un ejemplar de 2666 de Roberto Bolaño en una edición de Anagrama. En la estantería está 4 3 2 1, la primera novela de Paul Auster tras abandonar el mítico sello barcelonés. Durante algo más de dos horas Silvia Sesé habla con pasión de una editorial que este 2019 cumple medio siglo de vida.

He visto estos días una charla que dio en la feria del libro de Buenos Aires hace unos meses y decía que los editores son seductores y, en gran parte, mercaderes. ¿Siempre fue así?

Yo creo que el editor es muchas cosas, pero entre ellas es alguien que pone en contacto la obra de un autor que le entusiasma o a la que le ve equis posibilidades con los lectores. En ese sentido, cuando hablaba de que somos mercaderes lo que quería decir es que queremos que el libro se venda, si no, nos dedicaríamos a ser lectores. A ser lectores o a hacer lo que hacéis muchos periodistas culturales, hablar con entusiasmo de los libros que os gustan, o lo que hace gente que está trabajando en el medio cultural, pero desde el otro lugar. El editor quiere vender, quiere que su empresa sea un negocio, que sea rentable y que la incidencia de los libros tenga amplitud. En ese sentido somos mercaderes.

¿Y seductores?

Seductor lo tienes que ser todo el tiempo. Otra cosa es que lo consigas, pero tienes que serlo. Tienes que serlo con la red de ventas, con los libreros, con tu propio equipo, tienes que intentar contagiar admiración o convicción. Para eso no hay fórmulas, pero es verdad que todos necesitamos oír las cosas de una forma nueva. Necesitamos una forma de transmitir nueva porque todo cansa, y seducir implica tratar lo de siempre de forma nueva. Los autores que nos interesan lo son, seductores, absolutamente.

¿Un editor tiene que ser seductor con los autores, tiene que seducirlos?

Los autores tienen que ser seductores con su obra y el editor tiene que tener las armas suficientes para que un autor quiera estar en su casa. Con el catálogo, obviamente, la forma de trabajo, un enfoque propio y coherente. Todo eso es seducción. No me refiero solo a un discurso personal, me refiero a un discurso del sello, de la editorial, de la forma de trabajar.

Usted empezó en la edición sin tener antecedentes familiares, después de hacer la carrera de Letras. ¿Cómo acabó siendo editora? Porque ahora sí hay, por ejemplo, másteres para formarse en este trabajo, pero entonces no.

Sí, claro, es que yo soy muy mayor ya [risas]. Es verdad que cuando yo empecé no había másteres de Edición o había uno que estaba empezando en La Central… La gente que no estaba relacionada con el sector, que no tenía familiares en sector, pues lo hacía de otras formas. A veces por profesores, por amigos o, bueno, por afinidades, afinidades electivas que te van llevando a conocer el sector. Pero no era una enseñanza reglada, no.

Empezó como freelance.

Sí, empecé como freelance, como muchísima gente.

¿Qué recuerda de aquellos primeros pasos?

Bueno, recuerdo pensar que sabía muchísimas cosas después de hacer un cursito de Ortotipografía, pensar: «Ya lo sé todo», y ponerme con un manuscrito y ver que no sabía absolutamente nada. Ahora me estoy poniendo nostálgica… Lo que sí que recuerdo es el baño de humildad al enfrentarte al texto y corregirlo, revisarlo, hacer una revisión de estilo o mejorar ese texto. Un trabajo de base, absolutamente de base. Hablo de hacer un textito para la contra, mejorar una página, corregir las faltas, hacer que hubiera una concordancia entre el sujeto y el verbo… Y fue una cura de humildad, porque no es un trabajo fácil.

A editar se aprende, deduzco.

Sí.

¿Se aprende con horas?

Se aprende con horas, se aprende con trabajo, y yo además tuve la suerte de aprender porque tuve gente que me enseñó, tuve gente muy buena cerca siempre. Pienso en jefes excelentes, en gente muy buena que me encargaba trabajos y que se hicieron amigos en el proceso.

¿Recuerda su primer libro?, ¿cuál fue su primera criatura?

Me acuerdo perfectamente de mi primer libro como freelance. Era un libro sobre la invención de la guillotina durante la Revolución francesa. No recuerdo el autor, pero sí que era para la editorial Labor, que ya no existe.

Estuvo quince años en Círculo de Lectores. ¿Cómo era trabajar allí? Algunos no lo recuerdan, pero durante mucho tiempo Círculo era una forma maravillosa para que los libros llegaran, por ejemplo, a los entornos rurales.

Lo pasé muy bien, fue una etapa de crecimiento. También de aprender el oficio, y cuando digo esto me refiero a aprender a prestar atención a cosas como el cuidado del libro, a la portada, los materiales, a la caja de texto, a las contras, a los textos, pero también al equilibrio estético entre la tipografía, los márgenes… Es una editorial de tradición alemana que cuidaba mucho esto, que han creado escuela.

Círculo de Lectores fue un invento de un alemán, de Reinhard Mohn, el fundador de Bertelsmann en Alemania. Era una de esas típicas empresas familiares que se extendieron y que tenían también una voluntad muy luterana de llevar la cultura a todos los lugares, pero con un negocio próspero…

Mercaderes.

Claro, mercaderes. España en ese momento fue como un campo de pruebas perfecto porque no había redes de librerías, solamente existían en grandes ciudades. En los pueblos, pues, no había nada, y tampoco había una gran movilidad. Así que triunfó. Durante mi etapa, Círculo de Lectores llegó a tener, pues, no sé, un millón setecientos mil socios, y eso significa un millón setecientas mil familias en las que todos podían pedir libros (y también música). Todo eso tenía mucho que ver con el contexto social y económico, y con la infraestructura de librerías y de acceso a los libros.

¿Usted qué hacía exactamente en Círculo de Lectores?

Para mí fueron años de aprendizaje. Estuve quince años con experiencias variadas porque estuve en posiciones distintas. Empecé en el departamento de corrección literaria y al poco tiempo pasé al departamento de edición, donde había distintos editores que entre todo lo que se publicaba en el mercado español hacían una selección de lo que iban a ofrecer al público de Círculo de Lectores, con nuevas ediciones. Intentábamos mejorar el texto si era necesario, con correcciones, añadiendo otros elementos, por ejemplo, prólogos, apéndices, ilustraciones… Enriquecer la edición de alguna forma para que el socio tuviera la percepción de que tenía acceso a un libro especial, que no estaba en el resto de librerías. Y de alguna forma se hacía una selección muy «científica», en el sentido de que se tenían en cuenta diversos aspectos. Es decir, por un lado estaba, por supuesto, el aspecto comercial, de ventas, seleccionábamos los que suponíamos que iban a ser los más vendidos. Los autores que eran tendencia, los que pensábamos que iban a ser tendencia, pero también se hacían bibliotecas literarias importantísimas, ediciones exclusivas de Círculo que eran de clásicos, o de clásicos modernos o de clásicos del futuro que no se podían encontrar en otras editoriales.

Se hicieron obras completas, se confeccionó una biblioteca universal, obras completas de ediciones ilustradas por artistas. En fin, un trabajo yo creo que muy enriquecedor y que se produjo en un momento muy singular en todos los sentidos, con la visión de un director, Hans Meinke, que dejó una impronta que continuaron otros después. También era una casa grande que sufrió modificaciones en la dirección, en los enfoques… pero fue una etapa muy enriquecedora en muchos sentidos.

Creo que, a los que trabajamos en Círculo durante esa época y después, esa experiencia nos ha dado una visión bastante precisa de lo que es la edición en España porque nosotros teníamos que estar no solo de oteadores de lo que se hacía, también analizábamos qué podía interesar al socio de Círculo de Lectores y para eso rastreábamos todo lo que se hacía en las editoriales españolas. Y eso, claro, te daba un conocimiento del país y del mundo editorial brutal. Sabíamos perfectamente cuál era la línea de las distintas editoriales, qué estaba haciendo Tusquets, qué estaba haciendo Anagrama, qué estaba haciendo Lumen, Plaza, Grijalbo, Alfaguara… Y después, también, todos teníamos vocación y de alguna manera queríamos marcar nuestra línea, y también analizábamos qué podríamos recuperar que ya no se editaba o qué estaba haciendo una editorial minoritaria a la que le podíamos dar visibilidad y que nos iba a dar sorpresas extraordinarias. Es decir, era un lugar, la verdad, muy privilegiado. Sin competencia. En Alemania había otro club que competía con el club de Bertelsmann, pero en España no. Éramos únicos y eso no pasaba en otros países.

Habla con entusiasmo, con mucha pasión, de su trabajo en Círculo de Lectores. ¿Por qué se marcha a Destino?

¿Por qué me fui a Destino? Bueno, porque me lo ofrecieron y me pareció una oportunidad. Me apetecía mucho estar también en la edición en primera línea, es decir, en el riesgo, en la creación de un catálogo, en la competencia. Estar ahí teniendo la posibilidad de editar de primera mano.

En Destino, sobre esto le deben de haber preguntado un millón de veces, topa con la saga Millennium, de Stieg Larsson.

Se juntaron muchas cosas. Por una parte, en Destino queríamos apostar por la novela negra, porque ya teníamos autores del género. Por otra parte, hubo una recomendación de un scout, había recomendado ese libro a la casa antes de que yo trabajara allí. Se juntó también que lo vi en una editorial francesa, en Actes Sud, y me llamó mucho la atención. Escribí a la editora y le pregunté: «¿Y esto qué es?», y ella enseguida me dijo: «Si no lo conoces, te mando el libro, está muy bien, y tienes que hablar con los suecos».

Me llamaron mucho la atención el diseño y los títulos en francés, que eran totalmente narrativos y sugerentes. La editora de Actes Sud me mandó el libro por amistad, porque ellos no manejaban los derechos, y me puso en contacto con las colegas suecas de Norstedts, que luego me contaron habían estado en Círculo de Lectores y que un colega les había hablado de que quizás a mí me interesaría…

Después de leerlo, ¿se decidió pronto a publicarlo? A priori no parecía un proyecto fácil, hablamos de más de mil quinientas páginas en sueco, una traducción que no era barata…

Sí, leí el primero y nos decidimos rápido.

¿Le cansa que le pregunten por Millennium?

No, fue una etapa preciosa, y además creo que son cosas que pasan una vez en la vida. Fue un proceso bonito, de trabajar muy en equipo con todo el mundo en Destino y en el Grupo Planeta. Fue muy emocionante y fue un fenómeno in crescendo. Algo muy divertido para todos: para la persona de prensa, para el equipo editorial, para la gente de marketing… No sé, es maravilloso cuando tienes algo que crees que va a sobresalir y que crece, crece y crece. Es muy divertido.

Robert Gottlieb, uno de los grandes editores de las últimas décadas, uno de los míticos, escribe en su libro de memorias —Lector voraz (Navona Editorial)— no sé si un consejo o una llamada de atención para los editores: «Es el libro del escritor. No el vuestro. Intentad ayudar a que el libro sea una versión mejorada del libro, no intentéis que sea lo que no es».

Yo también he leído sus memorias y estoy muy de acuerdo con lo que dice. A mí lo que me interesa en el trabajo con los autores es acompañar, ayudar a que el texto esté en las mejores condiciones. He intervenido muchas veces con el autor en, no sé, en sugerencias, formas de ver el libro, en un enfoque editorial, de cómo poder estructurar quizás algunos textos de otra forma… pero el que firma es el autor; y el editor pone la colección, el sello, pero ya previamente ha decidido que ese autor tiene que estar ahí.

A mí me interesa la figura del editor en segundo plano, por eso no me gustan las entrevistas. Creo que, realmente, el centro de este mundo pequeño nuestro, porque es pequeño comparado con otros sectores, son los autores y el poco espacio que hay para cultura, para que el lector preste atención a lo que está sucediendo en el mundo cultura, lo centraría en los autores y en su poética.

Habla de una forma de editar que se aleja mucho de lo que hacía, por ejemplo, Gordon Lish con Raymond Carver. Hay quien incluso dice que el mérito de los relatos de Carver es de Lish…

Es complicado porque, realmente, me parece muy extraño y muy inverosímil que no fuese un trabajo conjunto, es decir, que esa no fuese también la decisión de Carver. Y, si lo fue, entonces chapeau. Yo lo haría también si se diese esa posibilidad y lo haría como un trabajo conjunto, me parece que hay una casuística infinita de cuál debe ser el trabajo de editor con el autor respecto al texto. Hay muchos autores que no lo necesitan en absoluto ni quieren una intervención demasiado presente del editor y hay otros que sí.

¿Qué relación tiene ahora, como directora editorial de Anagrama, con los autores del sello?, ¿trabaja directamente con ellos en el texto?

Bueno, en Anagrama publicamos cerca de ochenta novedades al año. Estoy con el seguimiento del libro, con el autor… Aunque, obviamente, tenemos un equipo de redacción literaria que está más cerca del texto. Echo muchísimo de menos la posibilidad de estar más tiempo y de forma reiterada con las distintas versiones de un manuscrito. Me gusta mucho esa parte del proceso y si lo puedo hacer, aunque sea ocasionalmente, lo hago. A veces también cometo el error de pensar que voy a ser capaz de hacerlo con textos que me gustan y que me interesan muchísimo, y no hay forma de llegar a todo.

¿Es frustrante eso?

Sí, el tiempo sí. Es frustrante, absolutamente. Tú lo sabes también. Si le haces una entrevista a un autor, necesitas tiempo para conocer su obra, ¿no? Pues esto es lo mismo. Es un trabajo de tiempo, porque para leer se necesita tiempo. No es algo que puedas conocer de un golpe de vista. Leer, y leer con atención, con una cierta capacidad crítica y analítica, requiere tiempo y requiere sosiego. El tiempo es nuestro gran enemigo. No quiero que suene como frase solemne, pero es muy real.

Aquí en Anagrama cuenta que hay un equipo de redacción, hay lectores y entiendo que hacen informes, pero, antes de decidirse por un libro, usted entra; ¿lee siempre parte de ese texto antes de cerrar el contrato?

Sí, sí. Absolutamente. Solamente no lo hago en el caso de algunos autores de la casa en proceso de traducción, con los que, diríamos, quedaría descortés posponer la compra, tener que retrasar la oferta para ese tiempo de lectura, cuando está claro que es un libro para Anagrama.

Pero yo no quiero estar en una dirección editorial en la que no tenga ni idea de lo que estamos publicando, porque no es el caso de Anagrama, nunca lo ha sido. Jorge Herralde ha estado siempre y está, de hecho, sabiendo qué es lo que se publica, hablando con sus autores. Sabe perfectamente lo que hay en su catálogo, cómo son sus autores, los lee, los disfruta.

Si una persona envía un manuscrito a la editorial, ¿hay posibilidad de que Anagrama lea ese texto y decida publicar el libro?

Sí. Ha pasado, hay casos.

¿Alguno reciente?

No de este año, no del año pasado. Pero, por ejemplo, Alejandro Zambra mandó el manuscrito y Jorge (Herralde) le llamó. También Juan Pablo Villalobos. Y nos llegó una obra de Luciano Concheiro, al que después le animamos a presentarse al premio de Anagrama de ensayo y quedó como finalista. Es un chico jovencísimo, aunque es cierto que él no llegó espontáneamente, llegó a través de un colega que lo recomendó.

Hay una parte muy emocionante en ese proceso. Cuando ves los manuscritos que llegan hay siempre como una esperanzada inquietud, una emoción, pensar igual aquí hay algo. Abrir unas páginas, leer el epígrafe, las citas del principio y ver por dónde respira eso, leer las primeras páginas. Pero, como es lógico, encontrar algo realmente bueno pasa muy pocas veces.

No le he preguntado aún por él, pero Jorge Herralde ya ha sobrevolado esta conversación varias veces. Le conoció más a fondo durante su etapa en Círculo de Lectores porque hicieron un libro juntos.

Sí, bueno, Jorge es un editor que está en todas partes. Es un editor que se encuentra allá donde vayas en todas las reuniones editoriales, festivales, ferias, bares… Y nos hemos ido encontrando. Es verdad que estando en Círculo publicamos Opiniones mohicanas, un libro de Jorge que se había editado en México. En Círculo decidimos hacer una edición enriquecida, con fotos y con prólogo. Entonces yo era la editora y trabajamos juntos en ello. Trabajar juntos significó que yo venía aquí, a esta casa, para tratar con Jorge de todos los elementos de la edición. Y me impresionó mucho que estuviese en todos los detalles. Recuerdo que estábamos en la salita y él estaba ahí con Lali Gubern, que traía todo tipo de material fotográfico, pero lo que más me impactó es que Jorge había escrito de su puño y letra todos los pies de foto. Yo le dije: «No te preocupes, yo puedo hacer este trabajo y luego ya te lo paso a ver qué te parece». No sé, me parecía que él tenía cosas más importantes que hacer, dirigiendo una editorial, que estar escribiendo los pies de foto… Y me miró como diciendo: «Es mi trabajo, ¿no? Es el trabajo del editor». Eso no se me olvida, el nivel artesanal con el que trabajaba. Yo le traía las galeradas y él las había revisado a fondo, todo lleno de papelitos, y aquí una flechita y aquí la foto, y aquí este epígrafe…

Antes decía que le gustan los editores que están en segundo o incluso tercer plano. Pero no es el caso de Jorge Herralde, él es uno de los grandes editores a nivel internacional del último medio siglo. Un hombre omnipresente.

Sí, y creo que todo el mundo sabe quién es Jorge Herralde. Hay muchos modelos de editores. Yo creo que él es el modelo de editor que está por delante, no del autor, sino defendiendo el catálogo allá donde vaya. Yo creo que eso es también parte de la labor del editor. Jorge lo ha hecho teniendo jefas de prensa estupendas, pero él ha hecho muchísimo trabajo con la prensa, ha ideado estrategias de promoción, ha estado en todos los detalles del negocio desde la comercialización hasta la exportación a América, desde la creación con otros colegas de una distribuidora hasta el trabajo con los autores… También ha estado en el trabajo más de detalle —y que además sé positivamente que le encanta— que es el trabajo de los paratextos, de corregir, de revisar el espacio que queda entre un párrafo y otro, de las cubiertas… No quiero hacer un panegírico, pero es un caso de capacidad de trabajo, de capacidad de estar en todas partes, que me parece ciertamente insólito.

Herralde pertenece a una generación de editores que es también la de Gottlieb, la de Jonathan Galassi, la de la ya fallecida Inge Feltrinelli… ¿es ese tipo de editor una especie en peligro de extinción?

No, no es una tipología de editor en peligro de extinción, ni muchísimo menos. Ellos han pasado el testigo a editores absolutamente personales con una coherencia, con una voluntad de catálogo. Creo que muchos de ellos han hecho una gran labor pedagógica y han sido ejemplo para muchísimos editores jóvenes y ya no tan jóvenes. Editores que tienen personalidad y carácter y que están en otro lugar ahora, en otro momento, en otro contexto. Claro que el modelo de negocio ha cambiado, pero hay muchísimas editoriales, también independientes, maravillosas, haciendo un trabajo tan personal, tan coherente, tan cuidado como el que empezaron a hacer ellos, y creo que eso está a la vista y es, en todos los países, pero en España especialmente, una fiesta para el lector. Todas las posibilidades que te puedes encontrar en una librería de editoriales que apuestan por libros difíciles, por libros minoritarios, simplemente que apuestan por una literatura cultural. Hay un montón y tenemos muchísimos ejemplos, gracias a todos los dioses.

Se incorporó a Anagrama en 2015 como adjunta a la dirección y desde 2017 es la directora editorial. La encargada del catálogo. Cuando la llamó Herralde, ¿se lo pensó mucho?

[Risas] No, porque a veces no se puede pensar mucho. Yo soy, creo, bastante racional pero con fuertes dosis de impulsividad y de intentar evitar que lo racional me coarte, porque hay veces que tienes que tirar palante, es decir, hay cosas a las que no se les puede dar demasiadas vueltas, porque no las harías. Eso es como cuando conoces a alguien y sabes que ahí hay algo, bueno, si te lo piensas mucho quizás no darías los pasos que después te han llevado a vivir cosas estupendas.

Le he escuchado decir que el catálogo de Anagrama solo se puede mantener innovando, haciendo transfusiones de sangre fresca.

¿Eso he dicho? Con la grima que me da la sangre [risas].

¿Qué sangre fresca ha traído Silvia Sesé a Anagrama?

Bueno, yo supongo que lo que quería decir —pero, si no, es lo que quiero decir ahora— es que Anagrama ha estado todo el tiempo buscando. Si revisas el catálogo histórico de Anagrama, ves el movimiento veloz y vertiginoso de colecciones distintas. Hay listados, por ejemplo, de las colecciones en los que se aprecia cuántos años duraron. Algunas son colecciones que han tenido éxito, que han perdurado, como Panorama de Narrativas, Narrativas Hispánicas, Argumentos, Crónicas… y algunas son colecciones que no, que tuvieron su momento. Ese permanente cambio, esa búsqueda e intento de captar el aire del tiempo, lo que se está haciendo y lo que se quiere hacer, lo que realmente va a ser interesante mañana, lo que intuyes que tiene valor… está en el catálogo. A mí lo que me motiva es tomar ese testigo, el de mantener el catálogo, y esa idea de movimiento, de seguir incorporando nuevos autores, de armar el catálogo con una conversación contemporánea.

Herralde hizo una cosa, hizo que muchos españoles no tuvieran que aprender inglés para leer a todos los grandes escritores británicos…

Ahora resulta que nuestro déficit con el inglés en España es culpa de Herralde… [risas].

No, pero quiero decir que acercó toda una literatura. Hablo de autores como Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes… ¿Eso lo va seguir haciendo la Anagrama de Silvia Sesé?

Claro. Y lo estamos haciendo continuamente. Para el 50 aniversario hemos planificado un programa editorial con grandes nombres del catálogo, grandes autores con nueva obra y además nuevas incorporaciones en literatura y ensayo, tanto traducidos como también españoles y latinoamericanos.

Te puedo hablar, por ejemplo, de nuevas incorporaciones como Kristen Roupenian, Olga Tokarczuk o Sigrid Nunez. Hay una periodista turca, aguerrida, que me tiene fascinada, se llama Ece Temelkuran y está terminando un libro sobre nacionalismo y populismo que me encanta, que me hace muchísima ilusión incorporar al catálogo. Hay muchos autores nuevos, por ejemplo, Mariana Enríquez, Diego Vecchio, María Gainza… muy pronto, el año que viene, tendremos a Marina Perezagua con una novela fantástica, brutal, que todavía no me la quito de la cabeza, después de haberla leído hace un mes y medio. Alejandra Costamagna, Cristina Morales con esta Lectura fácil, que ha ganado el Premio Herralde, incorporamos hace un año a Gonzalo Torné, el año que viene la nueva novela de Javier Pérez Andújar.

Philippe Lançon, superviviente del atentado de Charlie Hebdo con Le Lambeau, un libro sobrecogedor que relata el atentado y el proceso de recuperación, es una maravilla. Incorporamos también a Philippe Sands, que hizo Calle Este-Oeste, que es de estos libros que sacamos el año pasado y que está haciendo un caminito lento, sigue y creo que va a llegar a ser uno de esos longseller imperdibles. Ahora está, por ejemplo, empezando a interesar en Latinoamérica y él va a viajar a Chile y a Argentina, es un libro que quedará. No sé, estamos incorporando autores nuevos todo el tiempo.

Habla con mucha pasión de los autores nuevos que vienen. Cuando se va alguien, ¿duele?

Mucho.

Por ejemplo, desde que usted desembarcó en Anagrama, uno de los grandes que se ha marchado es Paul Auster.

Lo de Auster me duele, pero quizás le duela más a Jorge. A mí me sabe mal porque además es una novela que me ha gustado mucho. Me sabe mal que no esté y no haber tenido la posibilidad de retenerlo, pero también te digo que me sabe casi peor que se haya ido Siri Hustvedt, porque la he leído mucho y realmente me interesan sus libros, me gusta su enfoque y… no me lo esperaba. Pero soy serena y racional, y lo entiendo.

Esto es como cuando una pareja te deja.

Exacto, siempre hay razones, y las entiendo; haciendo autocrítica y pensando que no tenía demasiadas posibilidades, quizás hubiese tenido que hacer una labor más proactiva, más de acercamiento al autor. De todas maneras, nunca lo sabes, porque hay otros factores más decisivos, por ejemplo, el económico, la potencia de una casa grande, que entiendo que es un factor muy importante para algunos autores.

Herralde sigue estando aquí en Anagrama, aunque ya no sea el dueño del sello ni el director editorial, pero sigue muy presente. El día que él no esté, ¿teme que muchos de los grandes autores del catálogo, con los que él tiene una relación muy cercana, se vayan de Anagrama?

A ver, siendo muy franca, yo tengo inquietud más que miedo. Tengo inquietud, pero no ahora, tenía inquietud cuando me dijeron: «¿Te apetece meterte en Anagrama?». Esa era una de mis inquietudes, creo que lógica, pero luego la aparto. Primero, porque no es rentable y lo que necesito es tiempo para tener mi propia relación con el catálogo, con los autores y hacer lo que pueda.

Pero prefiere no pensarlo.

Lo aparto, no es que no lo piense, lo aparto y lo dejo atrás.

Hablando de lo que ha hecho Anagrama por el inglés de los españoles, ¿cómo se traduce a un autor como Irvine Welsh? Su escocés callejero es inclasificable…

Si lo tuviera que hacer yo… Fíjate que, ahora que venimos de la Feria del Libro de Guadalajara, es una cuestión que sale de tanto en tanto… Welsh tiene muchísimos lectores en México y, sin embargo, las traducciones de Anagrama reflejan un slang traducido, un slang español, español de España, y en una rueda de prensa nos hacían esta pregunta: «¿Por qué no emprendéis de una vez las traducciones, sobre todo las más coloquiales, según el español mexicano?». Pues, a ver, entre otras cosas, es muy complicado encontrar traductores que realmente dominen y sean capaces de entender bien, de captar todos los significados del idioma de Welsh, pero ya no solamente por su escocés callejero, es que sus frases tienen dobles y triples sentidos y las palabras están llenas de connotaciones distintas, de capas de significado. Tendríamos que invertir mucho en traducciones que reflejasen el español de distintos países. Es un tema que debemos abordar, pero que solo es realmente fastidioso cuando se usa un argot muy marcado.

Ahora estamos traduciendo sus últimas novelas con dos traductores que trabajan juntos, sobre todo con este trabajo de afinar primero en la comprensión de su lengua y después en cómo lo trasladas en una lengua viva, en español, una lengua que realmente refleje esa viveza.

La editorial Anagrama con Silvia Sesé al frente ha recuperado los míticos Cuadernos Anagrama.

Era una parte que nos interesaba mucho en Anagrama a la hora de innovar o a la hora de hacer cosas nuevas. Pensamos que era importante abundar, investigar en el propio catálogo.

Cuadernos Anagrama se había publicado en los setenta, en los ochenta, y nos parecía que recuperarlos hoy era natural porque se relacionaba con la colección pasada y tenía una vigencia muy clara, y además los recuperábamos con una actualización del diseño para decir, ya desde la imagen, que son libros urgentes, que son libros rápidos,

Esto se hace mucho en el mercado anglosajón, esos instant books, pero me da la sensación de que en España no tanto. Anagrama ha publicado un libro de Jordi Amat sobre el procés, el Monstruas y centauras de Marta Sanz después del 8 de marzo…

Sí. Tiene que ver, por un lado, con cómo el catálogo de Anagrama estira sus costuras y puede abarcar géneros que ya había tratado, pero también, por otro, con una absoluta convicción de que una editorial cultural tiene que estar en los temas de actualidad, en la política, en asuntos del día a día que nos atañen a todos y no solamente por la vía de la narrativa, sino también por la vía del ensayo o la vía del panfleto. Yo no tengo una visión de la cultura como algo elitista, alejado del mundo.

Una de las novedades que introdujo —y ahora vuelvo a Millennium por un segundo— en la literatura española fueron las portadas. Aquellas portadas fueron muy innovadoras, y hay una cosa que se nota y no sé si es casualidad, pero desde que Silvia Sesé llegó a Anagrama las portadas han cambiado mucho.

Eso sí que lo vamos a matizar. A mí me gusta el trabajo con las portadas, como a todos los editores, como a Jorge, es parte fundamental del trabajo del libro. Creo que lo que estamos haciendo juntos es un esfuerzo por incorporar artistas, ilustradores, flexibilidad también, a un diseño supericónico como es el de Anagrama.

La peste amarilla, que decía Carlos Barral.

Exacto, pero si te fijas en la historia de Anagrama las portadas siempre han sido muy rompedoras, aparte de lo clásico del cuadro del libro, de lo que es el diseño de la tipografía… pero siempre han tenido grandes momentazos rompedores con los collage, con fotografías impresionantes. Ahí en la «pecera» de reuniones está toda la colección de catálogos y de obras de autores, artistas, fotógrafos… que han ido recopilando Lali Gubern y Jorge Herralde y que han servido al trabajo de las portadas. Yo no hago más que continuar ese camino.

Hay algunas que han sido muy comentadas, como la nueva edición de Lolita, de Nabokov. En la portada mítica, la amarilla, aparecía la foto de una chica, ahora en una nueva edición se ha sustituido por una ilustración que muestra a una joven atravesada. Entiendo que hay una motivación detrás de esa decisión, ¿no?

Lolita es un clásico del catálogo que va teniendo ediciones distintas y va teniendo formas gráficas distintas. Queríamos hacer esta biblioteca Nabokov y no sabes las vueltas que dimos, el trabajo que hicimos con los diseñadores probando distintas posibilidades y buscando quién realmente podía reflejar para toda una colección un Nabokov que no estuviese muy visto, que no estuviese ya hecho, y finalmente nos quedamos con esta artista coreana, Henn Kim, que nos pareció que, con una línea muy poco solemne y muy limpia, decía muchas cosas.

Pero ¿era necesaria esa nueva portada de Lolita? ¿Se quería indicar algo al lector?

Mira, si quieres que te diga la verdad, este cambio de diseño fue antes de que estallara el movimiento #MeToo, no estábamos pensando en ello, estábamos buscando una forma nueva de hablar gráficamente a los lectores de Nabokov. Y es verdad que se ha hablado bastante de esta cubierta porque sitúa claramente a Lolita en el papel de víctima. Pero esta elección no está dirigida a un único objetivo. Lo que buscábamos era una línea que hablara también con los lectores de hoy.

En el caso de Lolita ha habido además mucha polémica recientemente en torno al libro, sobre cómo se debe leer la novela…

Sí, y se unió el tema de la portada, pero son azares, no algo que nosotros hayamos generado. La polémica me parece muy interesante, pero yo creo que Lolita es una obra absolutamente indispensable y de lectura obligada. Esto para mí no hace falta ni que lo pongas, para mí no es polémico el hecho de que se tenga que leer Lolita, es decir, es indudable que forma parte de esas obras, con toda la complejidad de lecturas estéticas y morales que tienen las grandes obras.

Cuando escucha o cuando lee que hay quien sostiene que es un canto a la pedofilia, ¿qué piensa?

Estoy en desacuerdo total, no es ningún canto a la pedofilia. En absoluto. Lolita es una obra bellísima, es una obra problemática, que aborda asuntos conflictivos, pero no es un canto a nada. La literatura no es un asunto de titulares.

Hay otra polémica latente, sobre si no se deberían publicar novelas que justifiquen temas como la violencia machista. O que no haya que leer a un autor o admirar la obra de un artista si era un tipo despreciable… Que hay que unir la obra y la persona. ¿Qué la parece esa visión?

Es empobrecedora y, en ese sentido, es peligrosa, claro, porque empiezas a poner límites y los límites tienden a estrecharlo todo porque no se quedan ahí nunca. Yo creo que nuestra obligación es evitar los límites, incesantemente, con decisión. Nuestra obligación es también ofender un poco, la tuya también, y la de los autores, ofender, ofender a quien haga falta ofender.

Justo hablaba de esa necesidad, del interés en que Anagrama no estuviera despegada de la realidad, de la realidad política, también desde la ficción, entiendo.

Claro, también y sobre todo desde la ficción. La ficción en ese sentido es un ámbito ideal porque puede abarcarlo todo y puede ser combativa y puede ser reveladora de muchísimas cosas que no hace falta que se digan directamente, que son mucho más eficaces desde la narrativa.

2018 fue el año del #MeToo y al amparo de ese movimiento también surgió la plataforma de «Las mujeres del libro», que entre otras cosas demanda la igualdad en el acceso a los cargos de responsabilidad. ¿Se siente identificada con esas demandas, cree que es necesario visibilizar que también hay desigualdad dentro del sector editorial?

Yo soy feminista porque creo que no se puede ser de otra forma, ahora con el #MeToo y antes y después, porque hay una desigualdad real en temas objetivos como los salarios. En ese sentido sí, me siento involucrada. No estoy en ello de una forma activa, en ninguna plataforma, pero lo hago como creo que puedo, por ejemplo, publicando, pidiéndole a Marta Sanz que escriba sobre ello, sobre qué han sido para ella estos momentos claves, el #MeToo, la huelga feminista, la sentencia a La Manada… Me interesa y no solamente me interesa como persona, como mujer, también me interesa como profesional.

Yendo a lo concreto, ¿el mundo del libro es machista?

El mundo editorial está lleno de mujeres y tiene el nivel de machismo que tiene el resto de la sociedad, pero está lleno de mujeres. Yo me he encontrado, afortunadamente, muy pocas veces con casos concretos, personales, denunciables o reseñables en ese sentido. Pero sí que hay un machismo latente y constante y del que ahora también nosotras somos más conscientes, y en eso sí que creo que hemos tomado todas y todos conciencia de que hay actitudes y leyes que se tienen que cambiar. Es verdad que en todas las revoluciones, y esto es una revolución, hay daños colaterales y aquí también sucede. Que a veces tienen que ver con exageraciones, con hechos poco contrastados… pero yo no veo que ello tenga que poner en duda esta revolución. Todo lo contrario. Una revolución implica violencia a veces, y hay una violencia, la violencia del cambio, que tiene que darse.

Dice que hay muchas mujeres en el mundo del libro y es cierto, hay muchas editoras, pero los directores de los grandes grupos editoriales, los del dinero, por traducir, son hombres.

Bueno, está Núria Cabutí, que representa justamente esa posición de dirección general de un gran grupo. Es un trabajo en progresión, y ahí vamos.

Hablábamos al comienzo de esta conversación de esa charla que pronunció en Buenos Aires, en ella también se refirió al papel que desempeña la crítica literaria, decía que es importantísima, sobre todo para los autores. Yo le pregunto ahora: ¿la crítica literaria española actual está a la altura?

Sí. La crítica literaria tiene que ser —y ha sido— tan importante para un autor… La crítica literaria tiene que darle un feedback al autor que es necesario. Yo no estoy de acuerdo con algunos discursos que dicen que la crítica literaria no vale o no tiene importancia o no tiene incidencia en el éxito o no de un libro. Posiblemente no tenga la incidencia que tenía en otros momentos, pero eso tiene que ver con la pérdida de lectores de la prensa. Y estamos hablando de la crítica literaria que se alojaba en suplementos de prensa, pero seguro que se recuperará, porque la crítica literaria no deja de ser una lectura viva y realmente analítica de una obra.

Y eso se necesita, se necesita no solamente como recomendación o como guía para los lectores, se necesita también como lectura crítica. Yo creo que hoy en España sí hay crítica, hay lugares donde se hace crítica interesante, también en medios digitales… Creo que está muy bien, y me gustaría que también hubiese más gente joven o, por decirlo de otra forma, un relevo. Estoy viendo jóvenes muy interesantes, muy preparados, y con la voluntad de construir una crítica igualmente interesante.

Antes decía que el mundo editorial es muy pequeño, que se conocen todos. ¿Eso influye en la crítica? ¿Hay miedo a hacerle una mala crítica a un colega?

Bueno, por buenos usos sería muy recomendable no hacer crítica a los amigos. Hay mucha gente que prefiere no hacer la crítica a un amigo. Una crítica literaria tiene que ser libre, libre de las presiones y de todo.

Dice Jonathan Galassi que «hay mucha gente con ganas de escribir y de decir algo pero muchos de ellos no tienen nada que decir». ¿La autopublicación ha amplificado ese fenómeno?

Ahí te puedo ayudar poco porque no es un tema que domine. Yo creo que ha existido siempre gente que necesita escribir. La escritura no es solamente una forma de expresión artística o de expresión ensayística, también puede ser un desahogo, y es lógico y me parece de lo más natural. Tal vez la autoedición ha encontrado el momento tecnológico que permite que ese desahogo o esa escritura, que todo el mundo puede utilizar de forma totalmente legítima, encuentre unos lectores, unos lectores afines.

También hay editoriales que fichan a autores mirando su número de seguidores en redes sociales, esa también es una realidad.

Exactamente, porque hay nuevas posibilidades tecnológicas que permiten nuevas maneras de encontrar receptores a tu libro, entonces, por qué no. Es una evolución tecnológica que ha permitido una conexión más directa entre autores, llamémoslo así, y lectores. Pero creo que son ámbitos muy distintos al que nos ocupa, en general.

Hay gente del mundo literario muy crítica con esas editoriales que están publicando a gente por su relevancia en las redes. No sé si Silvia Sesé es también crítica con ese fenómeno o le parece respetable.

A mí no me parece que tener relevancia en redes sociales sea un hándicap para publicar, lo que importa es el libro, leerlo y ver cómo está escrito, si tiene interés…

Barcelona acogió a todos los escritores del boom latinoamericano. Convivieron la Anagrama de Herralde con la Tusquets de Beatriz de Moura, estuvo Barral, Esther Tusquets… Hay quien dice que aquella época gloriosa ya no existe y que la Barcelona literaria se muere.

No, no estoy de acuerdo con eso. Está llena de editoriales, está llena de actividad, no se muere en absoluto. Aquí está Anagrama, que publica desde Barcelona para toda Latinoamérica, está la sede de Penguin Random House, está la sede central de Planeta. De muchas editoriales jóvenes aún, Acantilado, Asteroide, Blackie Books, Minúscula, Malpaso… Barcelona es una ciudad con muchas agencias literarias importantísimas que tienen autores notables. No solamente autores españoles, sino también autores latinoamericanos. Madrid también está muy viva editorialmente, y además hay otras editoriales que no están ni en Madrid ni en Barcelona que están también haciendo un gran trabajo. Pero Barcelona no está muerta en absoluto. Por otro lado, hay una edición en catalán vivísima, interesantísima, de gran competencia buscando géneros, buscando autores y muy presente en las librerías. Solo tienes que pasearte por las librerías de Barcelona y verlo.

Hay festivales literarios, está Kosmopolis, está el Primera Persona, está la Bienal de Pensamiento, en cuyos actos con autores hace poco había más de dos mil personas. No está muerta, no.

Anagrama está aquí en Barcelona, está Herralde, pero los dueños desde hace unos años son italianos, pertenece al grupo Feltrinelli. ¿Anagrama seguirá siendo siempre una editorial de Barcelona?

Sí, yo no sé lo que deparará el futuro, pero no hay ninguna razón para que no sea así.

Acaba de regresar de Milán de cerrar la programación del próximo año, ¿qué nivel de autonomía tiene Anagrama respecto a Feltrinelli?

El propietario es Feltrinelli y, en ese sentido, para todo lo que tiene que ver con la gestión empresarial hay un director general aquí en Anagrama, Román de Vicente. Yo llevo la dirección editorial, y hablamos, reportamos y comentamos los asuntos de la casa con Feltrinelli, como es lógico, pero el nivel de autonomía editorial es total.

Anagrama cumple medio siglo y afronta nuevos retos. Uno de ellos es entrar en el mercado del audiolibro. ¿Es un tipo de lectura para gente más vaga, por decirlo de alguna forma?

[Risas] Yo creo que es distinto. Pero puede ser algo, por qué no. No es una cuestión de pereza, creo que es otra experiencia de lectura. Tal vez para mí pueda no estar al mismo nivel que un libro físico, pero yo no me quiero poner como ejemplo de cuál sería la experiencia para un lector distinto.

Los editores, fíjate, muchos libros solo los hemos leído en folios en blanco donde subrayar y anotar. No sabes cuántos libros esenciales que yo he leído lo he hecho solo en esos folios.

Para celebrar el aniversario también preparan una colección del fondo, cincuenta títulos para cincuenta años.

Sí, la selección se está haciendo conjuntamente con los libreros, con la CEGAL, que agrupa a unas ochocientas librerías independientes, y con algunas cadenas de librerías como FNAC. Es una iniciativa que subraya que Anagrama incumbe a mucha gente que tiene una experiencia de la editorial por libros fundamentales, por autores que nos han marcado, colecciones que nos han acompañado… Son cincuenta años de una editorial que ha influido en varias generaciones de lectores. Queremos reflejar con esta selección esa Anagrama que nos atañe a todos.

¿El que habla de la muerte de las librerías es tan agorero como el que habla de la muerte de la novela?

Las librerías son lugares esenciales, pero no solo para la cadena del libro, también para la vida de la comunidad. Son lugares de encuentro con la gente, también de encuentro con un autor, a través de un libro. Son lugares de cierto silencio, de cierto sosiego, pero a la vez llenos de estímulos y de placeres prometidos, y eso es mucho. Yo creo que no morirán, para nada.

Uno de los grandes estrenos del año de aniversario es la nueva novela de Michel Houellebecq, Serotonina, que llega a las librerías en enero. Y no me resisto a preguntarle, ¿Houellebecq es tan excéntrico como parece?

Yo a él lo conocí personalmente justo cuando llegué a Anagrama. Una de las primeras cosas que me dijeron fue: «Silvia, vete al aeropuerto a recoger a Houellebecq». Había un pequeño caos de personal en el departamento de prensa y me tocó ir a mí. Yo te puedo decir que es uno de mis autores preferidos y que es un escritor lucidísimo, y tiene esa dosis de extravagancia que ayuda a que su performance funcione, a pesar de ser de lo más auténtica. Me parece uno de los autores más lúcidos de los que escriben hoy en día.

Si hubiera una persona en el mundo que no conociera Anagrama, que no hubiera leído nada del sello… ¿Qué libro del fondo le recomendaría para tratar de que captara su esencia?

Es la pregunta más difícil del mundo [y la que más tarda en responder]. Hay tantos autores y tantos libros que… Más allá de trabajar aquí, Anagrama me ha dado muchísimos momentos de felicidad como lectora… y te voy a decir uno que me ha dado mucha felicidad en distintas etapas de mi vida, que he releído siempre: Aparición del eterno femenino contada por S. M. el rey, de Álvaro Pombo.

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1 comentario

  1. David Aljama Ávila

    Como muy bien explica la seducción es importantísima a la hora de escribir y de todo lo demás.

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