Una larguísima e inolvidable pérdida de tiempo

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Un pescador sobre el hielo junto a la ruta del transiberiano en Krasnoyarsk, Rusia, 2017. Fotografía: Ilya Naymushin / Cordon Press.

Hice el Transiberiano hace unos años y fue uno de los mejores viajes de mi vida, que es más o menos lo que uno espera cuando hace el Transiberiano. Ahora bien, debo decir que nada corresponde a las expectativas. ¿Qué puedo decir? Es todo muy ruso, pero eso quizá ya se lo imaginan. Lo que uno no imagina es la experiencia, porque a estas alturas de la vida ese tipo de experiencia ya es inimaginable. Me explico, en esencia el viaje se reduce a esto: uno coge un tren pensando que se va a pasar el trayecto mirando por la ventanilla, pero lo que ve deja de tener interés en unas horas, qué digo horas, quizá media hora, y entonces empieza a mirar lo que hay dentro. El viaje más largo del mundo es un viaje interior, pero tómenlo sin trascendencia, por favor. Es porque te fijas en la gente y te pasas el rato solo pensando. Si vas solo, claro. Con compañía creo que sería más aburrido. Me parece que, paradójicamente, el aburrimiento nace si vas con alguien, no te deja tanto la libertad de no hacer nada, enseguida surge el complejo de la inactividad, la necesidad de dar conversación.

Se lee muchísimo si uno tiene la precaución de llevarse libros. Entonces aún no estaba completamente extendido el libro electrónico, aunque tampoco lo hubiera llevado, y cargué una mochila casi llena de ladrillos de cientos de páginas. Qué placer leer sabiendo que no llegarás ni hoy ni mañana. Libros rusos, densos, oscuros, iluminados, enrevesados. Y levantas la vista y estás en uno de ellos. Libros de historia de asuntos poco frecuentes: escitas, mongoles, tártaros, cosacos, chinos, rusos blancos, el gran juego…

La ventanilla, decía, decepciona enseguida. El paisaje del primer minuto es idéntico al del siguiente, y al de los millones de minutos siguientes. A veces, álamos de corteza blanca y negra, un árbol que, no sé por qué, a mí me transmite melancolía y me parece muy ruso, pero la mayoría del tiempo discurrían filas interminables de coníferas. Podías poner un póster de pinos y era lo mismo. Pronto te acostumbras a no esperar nada de la naturaleza, que por su parte también es de una indiferencia aplastante hacia ti y el género humano en general. No digamos hacia el turismo. La imposición hegemónica de la naturaleza, del planeta Tierra, así a lo bestia, es una de las experiencias del viaje. Moverse por la superficie del planeta lentamente hasta muy lejos, no dando saltos con aviones, es la única manera de darse cuenta de su presencia colosal. Ir viendo cómo suben y bajan las personas a lo largo de miles de kilómetros y van cambiando de fisonomía, de rasgos, de vestimenta. Sales de Moscú con gente más o menos europea y acabas entre mongoles y remotas etnias de Kamchatka, perdido en la historia y en lo que crees que sabías de este mundo. Y sabes que no tenías ni idea, y nunca la tendrás. Pero todo esto es poco a poco, de un día para otro, te despiertas y ves algo distinto que la tarde anterior no estaba. Pequeños cambios que van desdibujando el mundo que conoces y al final te sitúan en otro. Te acabas sintiendo muy lejos.

El tren es la experiencia, y eso es lo que tiene de distinto, porque ninguno de nosotros coge hoy un tren a menos que le garanticen que llega antes que el avión y es comodísimo. Y este tren no solo no te garantiza nada de eso, sino que te garantiza que jamás has hecho un viaje de una lentitud más desesperante. Y no para ir a Ávila, sino media vuelta al globo hasta la misma puerta trasera de América, por el otro lado, y eso mismo ya es algo que te cambia el punto de vista. A una media de sesenta kilómetros por hora.

Ibas congeniando con la gente del vagón a base de pasar tiempo juntos y acababas sacando esa conclusión tan humanizadora, tan profunda y reconfortante, de que casi toda la gente del mundo es maja. Conocí a mucha gente sin hablar yo ni palabra de ruso y ellos ni palabra de otra cosa que no fuera ruso. Recomiendo mucho este viaje a gente que tiene dificultades con los idiomas, porque saber inglés no te sirve para nada. Pero una botellita de vodka facilita mucho la comunicación, además de la incomunicación. Porque los rusos son una mezcla sorprendente de comunicación e incomunicación, se cierran y se abren, y no puedes hacer nada para abrirlos cuando no quieren y, lo que es peor, para cerrarlos cuando quieren abrirse. Llegué a abrazarme con desconocidos a los que sabía que no iba a volver a ver nunca como si desde ese momento ya fuéramos amigos para el resto de nuestras vidas. Pensaba que todo esto era un tópico, y no lo era.

De las mujeres rusas ni les hablo. Lo que se imaginen de lo guapas que son algunas es cierto. A veces, a falta de monumentos, me sentaba en un banco a verlas pasar, como en la ribera de un río. Ahí no hay mucho misterio, pero podría escribir un capítulo aparte sobre las señoras rusas. Sus pañuelos de colores, su edad inconcreta, su aire resolutivo y, de improviso, maternal. En las iglesias había solo señoras y más señoras. Las auténticas dueñas del tren eran señoras, una por vagón, la provodnitsa, la jefa de todo aquello. Terminabas por tener relaciones casi familiares, porque se creaba una pequeña comunidad del vagón que pasaba por el samovar a servirse agua para el té y asumía la autoridad incontestable de estas señoras mandonas, de uniforme. Vi a tiarrones que daban miedo bajar la cabeza cuando les reñían.

Algo especial de este viaje es que no tiene nada de especial, salvo el viaje. Y si lo piensan ya no es algo tan habitual. Quiero decir, que no hay mucho que ver de monumentos y eso. Es un itinerario que no es turístico, al contrario, tiene escaso interés turístico. Vamos, que no se encuentran las clásicas cosas que buscan, buscamos, los turistas. Y tampoco la naturaleza se ha entretenido en hacer nada de particular, es sencillamente inmensa y ya está, produce pocos sobresaltos. Es todo más bien anodino, rutinario, normal. Y esa normalidad tiene algo fascinante de observar, de puro espectáculo insólito. Porque es algo que nunca haces, ni en vacaciones, y mucho menos en vacaciones, un lapso de tiempo donde todo tiene la obligación de ser especial. Este viaje, en un cierto modo, puede considerarse como una gran pérdida de tiempo. ¿No es maravilloso?

Por eso, para ser un viaje exótico, recuerdo cosas muy normalitas, la verdad. La vida en las provincias remotas rusas, no ya al margen de los tópicos, sino fuera de la historia, lejos de todo. Era conmovedor ver matrimonios jóvenes con un par de niños, él fuerte y alto, ella hermosa y elástica, pasando la tarde del domingo en un parque de un pueblo pobre siberiano, sin nada que hacer, sin grandes diversiones, salvo la evidente felicidad de aprovechar la tregua que daba el invierno.

Una azafata en uno de los trenes que cubre la ruta transiberiana, 2008. Fotografía: Denis Sinyakov / Cordon Press.

Hice el viaje en verano, claro, y con ola de calor en Siberia, una cosa de lo más anómala cuando la cuentas, pero es como en esas películas en que sabes que el protagonista es algo o alguien que no está pero se le espera con temor, una gran ausencia que es una presencia y marca todo lo demás. Es el frío salvaje y letal. Todavía mantengo en la aplicación meteorológica del móvil el nombre de alguna de las ciudades por las que pasé, y de vez en cuando miro el tiempo que hace allí, sobre todo en invierno, para sentir escalofríos de asombro. Irkutsk, -27ºC, y cosas así.

Irkutsk, a la mitad del trayecto, no estaba mal, era como un poblado del Oeste, del Oeste americano, quiero decir. Y este es un detalle muy inesperado, Siberia se puede mirar como un espejo de América del Norte, un territorio desconocido que fue explorado y colonizado en las mismas fechas, una epopeya en dirección contraria y sin películas que lo cuenten, al menos que conozcamos. A veces estos dos lugares tienen un aire parecido. De hecho, son tierras vecinas y se tocaron en Alaska, donde los rusos llegaron antes, hasta que se la vendieron a los americanos, y a regañadientes, porque estos pensaban que les estaban timando. En la gran estepa vacía, aparentemente llena de posibilidades, Bakunin —que vivió en Irkutsk, deportado, porque casi todo ruso un poco inquieto, de Dostoyevski a Lenin, acabó castigado en Siberia— fantaseaba con levantar los Estados Unidos de Siberia. Los rusos fueron bajando desde Alaska hasta California y allí hicieron buenas migas con los españoles, que les dejaron abrir asentamientos comerciales. ¿Se imaginan esas escenas? Se salen mucho de los tópicos de la historia que manejamos. Escarbando en los libros en las horas interminables del tren se descubren muchas historias curiosas de este tipo, las que te recuerdan lo ignorante que eres. Es un viaje, evidentemente, en la historia, pero con mayúsculas. Se mezclan las invasiones de los mongoles que llegaron a cien kilómetros de Venecia, la Horda de Oro, el Celeste Imperio; los quinientos cosacos de Yermak que pasaron los Urales hacia lo desconocido para emprender la conquista de Siberila aventura de los oficiales deportados de la revolución liberal de diciembre de 1825, castigados en un rincón de la tundra y cuyas mujeres, la flor y nata de San Petersburgo, decidieron unirse a ellos y consiguieron recrear en la barbarie una pequeña París siberiana; la increíble peripecia de la legión perdida checoslovaca que, atrapada en territorio ruso y deseosa de combatir en la Primera Guerra Mundial, decidió ir al otro lado del frente dando un rodeo por Siberia, el Pacífico y el Atlántico hasta Europa; las correrías del sanguinario barón Ungern von Sternberg y su dictadura mongola majara; la delirante teocracia del último lama de Ulán Bator, Bogd Khan; los chamanes del lago Baikal, que aún andan por ahí…

Tengo que precisar que no hice el Transiberiano Transiberiano; hice —y me encanta decir esta frase con aire de entendido y persona viajada— el Transiberiano en su vertiente transmongoliana. O sea, que a la mitad, en Irkutsk, en el lago Baikal, me desvié a Mongolia y luego llegué a Pekín. Sí, sí, llegué a Pekín en tren y un amigo me fue a buscar a la estación como si viniera de Venta de Baños. Qué sensaciones tan inolvidables, antiguas, de novela de Julio Verne.

Una obviedad, y más en mi opción transmongoliana: es un viaje por el comunismo. Mongolia fue el primer país soviético después de Rusia, en 1924. Y China se convirtió en república popular en 1949. Es una idea que siguió el camino del tren, abierto por aquel entonces, a principios del siglo XX. Supongo que se extendió más hacia el este que hacia el oeste porque por allí no había nada, podía deslizarse sin obstáculos por la estepa. Pero, aun así, qué trastazo se dieron con el experimento, la verdad. Lo vas pensando todo el rato. Es un viaje de momia a momia, de la de Lenin a la de Mao.

Recuerdo el paso fronterizo de Rusia a Mongolia: una casita roja con una canasta de baloncesto en medio de una llanura. Salieron a saludarnos marcialmente y se nos cuadraron. El paso de Mongolia a China fue otra cosa, era como entrar en unos grandes almacenes y la tierra de la eterna felicidad, con una voz robótica, en perfecto inglés, de una señora que te recibía por megafonía en una estación fantasmal. No he tenido en mi vida una experiencia más 1984 que esa.

Me alimenté de sopas e hígado, mucho hígado siempre, en empanadilla o bocadillo, y a veces te decían que era algo así como pollo y no, volvía a ser hígado. Acababas tan encariñado con tu sitio, apalancado en tu butaca en la penumbra, cubierto con una manta, que cuando llegabas a una estación te daba pánico salir. Porque es todo muy distinto y no hay esa homogeneidad de aspecto de los aeropuertos, con un espacio de descompresión hasta que sales al exterior. Aquí pones el pie en el andén y ya estás en un sitio extraño. Llegabas a deshoras a las estaciones, o hacían paradas inexplicables de madrugada en lugares escasamente iluminados. Con turbas de señoras que vendían pescado o pimientos. Y no te enterabas bien nunca de cuánto se detenía y a qué hora volvía a salir.

El tiempo saltaba por los aires y entrabas en una dimensión muy curiosa donde daba más o menos igual, como las distancias. Recuerdo un trayecto, por ejemplo: de Ekaterimburgo a Tomsk, veintisiete horas. Ibas cambiando de huso horario día tras día, pero es que además todos los trenes se regían por la hora de Moscú, aunque estuvieras a siete horas de diferencia de allí, más cerca de Tokio. Y encima en verano anochecía a medianoche. A menudo llegabas a pueblos o ciudades extrañas al alba, o partías de madrugada. Muchos ratos muertos en ciudades, poblachos o estaciones, en salas de espera, sin mucho que ver, salvo a la gente. Te quedabas colgado un día entero en lugares sin ningún interés, por falta de combinación o porque calculabas a ojo las paradas, o al menos yo lo hacía, solo porque te sonaba bien el nombre, o por cuatro líneas que leías en una guía, o yo qué sé por qué. Y vagabundeabas por remotas ciudades rusas donde jamás habrías parado en tu vida si no fuera por este tren tan particular, que por alguna razón seguimos cogiendo y yo desde luego se lo aconsejo a cualquiera. Con un poco de maldad, es cierto, porque no es para cualquiera. Ese es el desafío: ¿eres un auténtico viajero?

Luchadores mongoles en la localidad de Suuj, Mongolia, 2016. Fotografía: Nir Elias / Cordon Press.

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7 comentarios

  1. Jesús

    aciertas con la descripció, y con la transmisión de ese estado de ànimo.
    Quizás la versión del viaje de iniciarlo en Vladivostok y acabar con la gran fiesta en st Peterburg proporcione mayor satisfacción. Des de luego no es recomendable para los “likes” continuados !¡¡ añoran su URSS pero por su ignorancia respecto a lo que pasó en realidad, però es un territorio immenso y multivariado en lo cultural y no tanto en lo ambiental.

  2. Rodrigo

    Un compi hizo este pedazo de video de su paso por el trans-siberiano: https://vimeo.com/235331938

    Muy recomendable. Fue Staff Pick de Vimeo, vídeo del mes en National Geographic y recibió varios premios.

  3. me surge la pregunta de ¿Cómo se paga en esos sitios? supongo que efectivo, pero donde llevas los rublos y donde sacas cuando se te acaban?

  4. Miguel

    😍😍

  5. Pingback: Programa de entretenimiento (español). 2. Segunda semana de las vacaciones (del 3 al 10 de marzo) | Español con ritmo

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