Nueve maneras de buscar al padre

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Padre e hijo, 1950. Fotografía: Cordon.

Y ahora quiero saber —dice la mujer con una fuerza terrible—, quiero saber si es posible encontrar otro padre como él en algún lugar del mundo. (Isaac Babel)

Algunos padres viven tantos años que no mueren nunca. Otros, sin embargo, desaparecen pronto, o nunca estuvieron o, peor, estuvieron sin estar. También los hay que hicieron tanta sombra a los hijos que estos nunca salieron de ahí, de la reclusión, de la oscuridad. Y padres a los que nunca se pudo matar sino, en el mejor de los casos, esquivar, correr ante su presencia deseando llegar a tiempo para esconderse en ese otro lugar que proporciona el arte, la literatura, la palabra.

Los intentos literarios de abordar al padre son tan complejos y variados como las propias relaciones paternofiliales, pero en todos ellos se mantiene un mismo elemento: el de la búsqueda, aunque no se hable específicamente de ella. A los padres se los busca desde la ausencia del padre, desde la presencia asfixiante, desde el misterio o desde la luz diáfana de lo cotidiano. Desde el remordimiento, la culpa, la nostalgia, la máxima reverencia. Desde el amor, la desesperación. En definitiva: los buscamos.

En la historia de la literatura, como en la vida, hay hijos que conocieron al padre, que lo conocieron mucho, incluso demasiado, porque compartían profesión, como es el caso de Kingsley y Martin Amis o el de Shanoo y Hanif Kureishi. Otros, sin embargo, lo conocieron menos de lo que hubieran querido —el caso de Philip Roth, que cuenta en Patrimonio—, algunos ni siquiera lo conocieron, o lo hicieron con años de retraso, como es el caso de Mario Vargas Llosa. Al escritor le contaron durante muchos años que su padre estaba en el cielo y él, el niño que era Vargas Llosa, lo besaba a través del cristal de una fotografía antes de irse a dormir. Sin embargo, el padre, Ernesto, volvió a la vida a través de la confesión de su madre: le había mentido, pero esa es otra historia que cuenta el propio Vargas Llosa en El pez en el agua, su libro de memorias.

A menudo, la crítica ha tachado este tipo de literatura acerca del padre de terapéutica o peor, de pornografía sentimental. Más allá de lo injusto de estas calificaciones —porque uno suele escribir como puede y no como quiere—, el denominador común de los siguientes nueve libros es la voluntad de acercamiento —no en el sentido de perdonar sino de comprender—, aunque sea tarde, imposible, o simplemente inútil. También, de alguna manera, todos y cada uno de los siguientes libros se hacen eco de aquella frase del inicio de Pedro Páramo: «Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». Todos hemos vuelto a ese Comala mítico alguna que otra vez. No sabemos si efectivamente estará ahí el padre —o al menos la idea de padre—, pero la literatura siempre surge de camino a lugares e ideas que ni siquiera sabemos si existen. Lo que importa, en realidad, no es Comala en sí, es la mecha que enciende el relato.

1. El mito: El primer hombre, Albert Camus.

Albert Camus dedicó parte de su obra a lo que no estaba, a ese padre del que él apenas recordaba nada. En 1960, cuando la muerte le sobrevino en un fatídico accidente de coche, encontraron dentro del automóvil un maletín negro y, en su interior, un manuscrito prácticamente ilegible —Camus nunca destacó por su buena caligrafía—. Se trataba de su última obra, el proyecto en el que él había depositado más esperanzas, una obra manifiestamente autobiográfica llamada El primer hombre. Las ciento cuarenta y cuatro páginas no vieron la luz hasta treinta y cinco años después, en 1995, gracias a su hija, Catherine Camus, que supo entender y poner en contexto las palabras del escritor. Albert Camus se quedó huérfano de padre, que murió en la Primera Guerra Mundial, antes de cumplir un año. El primer hombre hace referencia a esa figura perdida, soñada, idealizada a través de los pocos recuerdos a los que los demás le darán acceso. La primera parte se titula «La búsqueda del padre», pero no hay en estas páginas una verdadera búsqueda sino más bien una ensoñación, un mito fundacional en el que el escritor argelino construye gran parte de su obra.

2. La fascinación: La hija del amante, A. M. Homes.

«Mi madre biológica era joven y soltera, mi padre mayor que ella y casado, con familia propia». La escritora americana A. M. Homes es la hija adoptiva de un matrimonio judío que le proporcionó una buena educación, pero también es, como el título de su memoir indica, La hija de la amante.

Este brutal relato arranca cuando, a los treinta y un años, sus padres adoptivos le confiesan la verdad de sus orígenes y ella parte en su búsqueda, la de los orígenes pero, sobre todo, la de su historia. El título del libro no hace justicia al desarrollo de la trama ya que el foco de la historia no está puesto en ella, en la amante, su madre biológica, sino en el padre, en esa fascinación que ejerce sobre nosotros lo lejano y lo desconocido. El padre biológico de A.M Homes es un ser casi amoral que, llegado el momento, no moverá un dedo por conocer a esa hija borrada de su memoria. Lo que en última instancia deslumbra a A.M Homes no es la historia de sus padres biológicos sino la historia de él, el padre convertido en incógnita, en eterna y magnética interrogación.

3. La ausencia: La invención de la soledad, Paul Auster.

Número 6 de la calle Varick, cuarto piso. Nueva York. Ahí escribió Paul Auster el que quizás sea uno de sus mejores libros, La invención de la soledad, que empieza así: «Un día hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo…». La novela parte de ahí, de la constatación de que después de que haya vida llega lo contrario. El padre de un joven Paul Auster muere y el hijo piensa que si no hace algo, si no toma cartas en el asunto —es decir, si no escribe— su vida entera, sus recuerdos, su infancia, se irán esfumando detrás de él. Este es un libro sobre hijos que se convierten en padres antes de haber aprendido qué es ser hijo. Una reflexión acerca de la muerte y de la paternidad que es, a la vez, una celebración del amor y de la nostalgia —como en Patrimonio, de Philip Roth, con el que comparte muchas similitudes—. Sin embargo La invención de la soledad es una celebración que llega tarde, un poco a destiempo, cuando el padre ya no está, y solo queda la palabra para abrazar, para llegar ahí donde un día hubo vida y un hombre de excelente salud.

4. El odio: El padre, Sharon Olds.

«Mi padre no era una mierda. Era un hombre / equivocándose en la vida», estos versos tan contundentes pertenecen a uno de los mejores poemarios que se han escrito sobre el padre. En el momento de su publicación, la crítica fue unánime al considerar El padre como la mejor obra de la poetisa Sharon Olds. Escritos a lo largo de nueve años, los poemas que conforman este libro son la secuencia que narra la enfermedad y la muerte del padre desde el prisma de la hija. El padre es alcohólico y la hija nació de una mujer a quien él nunca amó. Sharon Olds sabe que otros padres miran a sus hijos con ternura y los besan, que los aúpan y los recogen a las puertas del colegio para llevarlos a merendar. Sabe también que eso nunca le ha ocurrido a ella. El odio asoma por las heridas abiertas de estos poemas mientras Olds asiste, esta hija que nunca ha sido amada o aceptada, a la descomposición del padre, de la idea de padre pero también de la última esperanza de reconciliación con él.

5. La nostalgia: Tiempo de vida, Marcos Giralt Torrente.

Vivió un año y medio de vida con su padre, el del final, y aquí está comprendido, en Tiempo de vida, uno de los más bellos homenajes a la figura del padre. Marcos Giralt Torrente escribe porque no quiere abandonar tan pronto al padre, porque las palabras son a menudo liana pero también salvavidas. En estas páginas hay una escena particularmente emotiva en la que Marcos y su padre celebran el último fin de año juntos. Marcos sabe que le quedan tres meses a lo sumo y, cuando terminan las campanadas y es momento de abrazos y cotillón, se pregunta: ¿cómo desearle feliz año a quien no va a tenerlo?

Giralt Torrente ahonda en ese enfado perpetuo ante un padre que lo desatendió en la infancia para abordar en una acuciante necesidad de reconocimiento. «Qué pocas veces nos permitimos estar juntos y qué paralizados estábamos en la mayoría de ellas». Como Auster, Giralt Torrente escribe para detener el tiempo. Para que en algún lugar, aunque sea en una página de papel, su padre, el pintor Juan Giralt, siga vivo.

6. El miedo: La carta al padre, Franz Kafka.

Es un libro corto o una carta larga en la que toma la palabra el hijo, Franz, para escribirle a su padre, Hermann Kafka, rígido, injusto, autoritario, para darle las razones del miedo que siente ante su presencia: «Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo». En la carta rememora algunas situaciones como aquella en la que Franz, siendo aún niño, fue castigado a pasar la noche en el balcón por el hecho de haber pedido con demasiada insistencia un vaso de agua. Este y otros traumas inocularon el miedo y la rebeldía en el autor. Podríamos decir que Kafka sigue encabezando la lista de los escritores que sufrieron relaciones conflictivas con sus progenitores. Pero el suyo no fue, como en la mayoría de los casos, un padre ausente, sino al revés: Franz Kafka podía sentir la figura de su padre omnipresente en todos y cada uno de los ámbitos de su vida.

7. La violencia: El desierto y su semilla, Jorge Barón Biza.

«En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia estaba todavía rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de la cara». El desierto y su semilla empieza cuando, tras una larga historia de peleas y reconciliaciones, Eligia y Arón se reúnen con sus abogados para concretar el divorcio. Parece que todo va bien hasta que el padre se va a por un vaso que, en lugar de whisky trae ácido, y se lo arroja a la cara de Eligia. Más tarde, el padre se pega un tiro y el hijo, el autor de esta demoledora memoir, se va con su madre a Milán, donde se someterá a varias curas que lograrán una gran mejora aunque no restablecer su imagen. Al volver a su país de origen, Argentina, parece que todo va bien —un mantra que se repite a lo largo de la novela— y sin embargo, Eligia se suicida tirándose por la ventana.

En esta historia todo es real menos los nombres (Eligia se llama en realidad Clotilde, y Arón es Raúl Barón Biza, escritor). El escritor argentino Jorge Barón Biza pone palabras a la desgracia que colapsó su vida. El resultado, El desierto y su semilla es esta obra que fue aclamada como fundamental desde su publicación. Más allá de lo espeluznante del caso, un padre que tira ácido sobre el rostro de su hasta entonces mujer, lo aterrador no es la primera parte del título, el desierto, sino «su semilla». La semilla es el hijo, que decide rehacerse por oposición al progenitor, ser todo lo contrario: nada de violencia, nada de resentimiento, enrolarse en una especie de pacifismo que lo aboca a la indiferencia total, a una deuda filial llevada hasta las últimas consecuencias. Tres años después de la publicación del libro, en septiembre de 2001, Jorge Barón Biza se suicidó.

8. El misterio: Correr el tupido velo, Pilar Donoso.

Hay una foto muy conocida, en blanco y negro, en la que el novelista chileno José Donoso, de perfil, pasa un hombro por encima de su hija Pilar, de trece años, que lleva el pelo largo, que le cae sobre los hombros y con la sonrisa ladeada, distraída. Pilarcita, como la llamaban sus padres, la hija adoptiva de este gigante literario, José Donoso, escribió un libro sobre su padre titulado Correr el tupido velo. Diez años después de la muerte de Donoso Pilar se embarcó en una aventura que acabó revelándose como aniquiladora: leer sus diarios y los de su madre para sacar a la luz los secretos y mentiras que fueron sus vidas. El libro es descarnado, de una franqueza total, y nos introduce en los recovecos de una vida familiar en la que realidad y ficción se desdibujaban la una a la otra. El sufrimiento y el desgarro quedan embellecidos por la prosa de la hija, en el que termina siendo un libro de amor al padre. Para Pilarcita la escritura del libro fue demoledora: «Este libro me removió con una intensidad que me obligó a replantearme absolutamente todo». Dos años después de la publicación del libro Pilar Donoso fue encontrada muerta en su apartamento de Santiago de Chile.

9. El amor: El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince.

Veinte años después de que Héctor Abad, el padre del escritor, fuera asesinado por sicarios paramilitares en una calle de Medellín, logró el hijo, Héctor Abad Faciolince, encontrar las palabras para hilvanar un relato que empieza así: «Somos el olvido que seremos». Una frase atribuida a Borges que advierte que en toda vida anida ya la semilla de la desaparición. Aunque la muerte definitiva quizás sea el olvido y el olvido es justamente lo que este libro viene a combatir. A diferencia de otras figuras paternas literarias en las que el amor del hijo no era correspondido, el testimonio de Abad Faciolince es una prueba de un amor sin fisuras, no de ese amor mítico que surge del desconocimiento, sino del amor real que surge ante un padre al que se quiere y se admira.

No es fácil escribir sobre amor incondicional, sobre este vínculo paternofilial casi milagroso que se enfrenta al olvido y a la muerte desde el único lugar en el que es posible hacerlo, desde el amor.

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