
La industria del videojuego, como toda industria, evoluciona, crece, se transforma, se equivoca, rectifica y acierta. Los últimos años nos han sorprendido en muchos sentidos: con obras que llevaban una década en producción y, finalmente, han visto la luz; con remakes y reboots de obras clásicas que nos han transportado en volandas por la autopista de la nostalgia; y con mucho, mucho, juego independiente. Pero en una industria que mueve miles de millones de dólares anualmente, y cuyo impacto mediático, social y económico se mide ya las caras con la industria del cine, ¿cómo puede hablarse de que algo sea independiente? El videojuego, como todas las artes, se encuentra sometido al capricho del consumidor, al beneplácito del público. Y no hay nada más cambiante, inconstante y difícil de predecir que la masa pública.
A la hora de comprar un videojuego el jugador medio no mira que este sea una producción de doscientos millones de dólares, o con un presupuesto que dé lo justo para pizza y cerveza. Las claves de la venta, es hora de aceptarlo, no las tiene nadie. Ni siquiera las enormes y todopoderosas compañías, y prueba de esto ha sido el inesperado éxito de unos cuantos elegidos. Hacerle llegar al público la idea de que no todos los videojuegos son grandes superproducciones es como convencer al espectador medio de que una película cuyo presupuesto apenas cubre los gastos propios de un rodaje, y cuyo guionista, actores y director seguramente no han cobrado nada, puede ser igual de espectacular que la última de los Vengadores. Bueno, quizás espectacular no sea el término adecuado, pero la idea se entiende.
El cine independiente ya hizo (y sigue haciendo) los deberes: se ve las caras incluso en los Óscar con algunas de las producciones más rimbombantes y, en ocasiones en que la fortuna se siente juguetona, gana de forma aplastante. De sus oscuros callejones han emergido nombres como Jim Jarmusch o escuelas completas como Dogma 95. Todas estas producciones que han ido escribiendo la historia del cine en proyecciones llenas de asientos medio vacíos tienen en común una cosa con la industria del videojuego independiente: la falta de pasta.
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Oiga usted, Darkest Dungeon…
https://www.youtube.com/watch?v=69dDEUXgqkI
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