Fútbol grande en el territorio exiguo

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Charles Dias de Oliveira, del SD Eibar, celebra su gol ante el Real Betis en el estadio de Ipurua, 2017. Fotografía: Cordon Press.

Cualquiera que viaje por la A-8, de Behobia a Bilbao, comprenderá la importancia de la geografía en el fútbol y la tenacidad que se exige para resolver dificultades que parecen insuperables. La sinuosa autopista se mueve entre los estrechos valles guipuzcoanos y sobre las pequeñas localidades que los pueblan. Eibar está en la linde con Bizkaia, equidistante de Bilbao, San Sebastián y Vitoria, encajonada de una manera tan radical que desde la carretera no hay nada plano que observar, excepto una pequeña mancha verde que se sostiene en la ladera, por debajo de la carretera. Es el campo de Ipurua, sede del Eibar, equipo de un pueblo de treinta mil habitantes, destacable, entre otras muchas cosas, por su potente vinculación con el deporte, desde el balonmano (el Arrate) hasta el atletismo, pasando por el frontón (al viejo Astelena se le conoce como «la catedral de la pelota vasca») o el ciclismo. Se podría pensar, a la vista de su verticalidad y estrechez, que no es lugar para el fútbol, pero la historia lo desmiente y la realidad también.

El caso del Eibar, que milita en la primera división desde hace tres temporadas, es un caso de máximo empeño. Fundado después de la Guerra Civil, en la construcción del campo trabajaron prisioneros republicanos, encargados de nivelar los escombros que ocupaban la ladera del barrio de Ipurua. Sus pequeñas dimensiones (103 x 65 m) testimonian las dificultades para encontrar espacio en el valle. Es una victoria contra el desafío orográfico. También representan el éxito de un modelo que se considera laminado: el de lo pequeño, familiar, sin pretensiones de grandeza. Aunque Eibar ha producido futbolistas de primera fila desde que el fútbol es fútbol en España —Ciriaco, Muguerza, Roberto Echevarría y José Eulogio Gárate, entre otros—, el destino de todos ellos, y ahora de jugadores como Oyarzabal o Susaeta, ha pasado por los grandes clubes vascos —Athletic y Real Sociedad— o de Madrid, caso de Gárate, el mítico delantero del Atlético. La frecuente presencia del equipo en segunda división tampoco permitía presagiar el salto a una de las ligas más exigentes del mundo. Hasta en segunda, el Eibar era una brillante rareza.

Es cierto que el del Eibar no es un caso novedoso. Villarreal tiene diez mil habitantes más que la localidad guipuzcoana y su equipo se ha convertido en una de las instituciones más potentes del fútbol español. La diferencia radica en el modelo. El Villarreal representa la culminación del sueño empresarial de Fernando Roig, magnate de la industria del gres, perteneciente a una de las familias más adineradas de España. La crecida del Eibar es un ejemplo de tenacidad popular, sobriedad económica, buena gestión y excelentes ideas. Nadie le esperaba en primera división. Ni tan siquiera fue bienvenido. Su presupuesto, apenas tres millones de euros, le impedía el ascenso administrativo. Necesitaba una ampliación de capital que resultaba inalcanzable para el equipo y su entorno económico. Su principal patrocinador era Hierros Servando, empresa local cuyo vínculo con el equipo tenía algo de poético.

La solución fue tan ingeniosa como sencilla. Hace tiempo que el fútbol camina desbocado hacia la megalomanía, pero el hincha común aprecia el esfuerzo, el trabajo bien hecho y una dosis de singularidad. El Eibar reunía todas estas condiciones y las dio a conocer al mundo. Requirió dinero por todo el planeta y lo encontró, en pequeñas fracciones, en todos los continentes. En un mes de campaña, el club reunió el capital suficiente para ingresar en primera y disponer de miles de socios.

El Eibar se ha impuesto a la orografía, a la escasez de recursos y a los peores pronósticos. No se sabe cuándo terminará su optimista recorrido por la liga o si mantendrá su firme trayectoria. En cualquier caso, resume un paisaje futbolístico muy particular, definido por una aparente contradicción entre lo escaso del territorio y su enorme influencia en el fútbol español. Desde que el fútbol irrumpió en España, el País Vasco ha sido una potencia de gran calado. Con una extensión de 7200 kilómetros cuadrados, es la comunidad multiprovincial más pequeña del Estado. Tiene una población de 2,2 millones de habitantes. Su ciudad más grande es Bilbao, con 345 000 habitantes (11.ª de España). La capital vizcaína ocupa 60 kilómetros cuadrados de extensión, diez veces menos que Madrid. De alguna manera, Bilbao se enfrenta a problemas orográficos parecidos a los de Eibar: no puede crecer, limitada por las montañas a izquierda y derecha del Nervión. Muchos de los campos de sus barrios también están situados en laderas, desniveles o reducidos espacios planos. A San Mamés, al viejo y al nuevo, siempre le encontraron un sitio preferente. Ha sido desde hace más de un siglo uno de los orgullos de la ciudad, el símbolo físico de un equipo sustancial en España. El estadio se eleva ahora sobre la ría de Bilbao con un orgullo indisimulado.

Hace noventa años se disputó la primera liga, el comienzo de un tiempo diferente: el profesional. El campeonato reunió a diez equipos: dos de Madrid (Real y Atlético, sucursal del Athletic de Bilbao hasta 1923), tres de Cataluña (Barcelona, Espanyol y Europa), cuatro vascos (Athletic, Real Sociedad, Arenas de Getxo y Real Unión de Irún) y el Racing de Santander. La nómina ofrece una idea de la configuración del fútbol español en aquellos días, dominado por el norte y especialmente por los equipos del País Vasco. Muy poco después la influencia se extendería al sur. El Betis, con una mayoría de jugadores vascos, ganó la edición de 1934-1935.

El fútbol vasco aprovechó todos los factores que le beneficiaban: una potente burguesía fuertemente vinculada al Reino Unido —inventores del fútbol— o a Francia, en el caso de San Sebastián, el carácter fronterizo de ciudades como Irún, el impacto del puerto de Bilbao en todo el norte de España, la gran tradición competitiva en deportes locales —pelota, remo, etc.—, el entusiasmo de la creciente clase obrera por el fútbol y el papel difusor de una prensa en estado de ebullición en las principales ciudades vascas. En 1924, el escritor Jacinto Miquelarena fundó Excelsior, primer diario deportivo en territorio español. La influencia del periodismo llegó hasta la médula del fútbol: el bilbaíno José María Mateos Larrucea creó la sección de deportes de La Gaceta del Norte y fue seleccionador español en un periodo de esplendor que incluyó la victoria sobre Inglaterra en 1929, primera derrota de los ingleses fuera del Reino Unido.

Un siglo después, el factor vasco sigue vigente en el fútbol español, ni mucho menos desde la posición casi dominante de los primeros años de la liga —el Athletic ganó cuatro títulos entre 1929 y 1936—, pero sí con una presencia constante en el campeonato. El Athletic, como el Real Madrid y el Barça, no ha descendido nunca a segunda división. La influencia de la Real Sociedad también ha sido capital para la buena salud del fútbol español, tanto por la calidad del equipo como por su capacidad para adiestrar jugadores inolvidables. A pesar de su pequeña extensión, Euskadi todavía es —casi dobla a Cataluña— la comunidad que más jugadores ha aportado a la selección española desde 1920, fecha del estreno del equipo nacional.

Puede hablarse de una tradición indeleble, de la penetración del fútbol hasta el más recóndito de los valles, del orgullo competitivo que se genera en un territorio donde las rivalidades son incandescentes, de una gestión económica que en los últimos tiempos ha regresado a la sensatez o de una adscripción emocional que todavía impide ver más camisetas de Messi que de Aduriz, De Marcos, Illarramendi o Xabi Prieto, puede explicarse, en definitiva, el fútbol vasco desde mil vertientes, incluida su tenaz lucha contra una orografía adversa, y no acabar de entender el milagro por el que cuatro equipos —Athletic, Real Sociedad, Alavés y Eibar— disputan la liga española, la misma cifra que hace noventa años. Y los que vengan.

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