Música

Gould

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Glenn Gould tocando las Variaciones Goldberg, 1955. Fotografía: Cordon Press.

Thomas Bernhard, implacable en el desguace de la especie humana, se despojó del uniforme de carnicero para indultar a Glenn Gould como si tuviera la madera de Pinocho en sus manos. Eludió para ello el estereotipo de un pianista martirizado, débil, enfermizo. Lo convirtió en un canadiense simpático y fornido. Tan fornido que se arremangó para segar la rama de un fresno que hacía sombra en su estudio. Tan simpático que atribuía al artista una elocuente y ocurrente predisposición a la carcajada.

«A quien no sabe reír, no hay que tomarlo en serio», escribe Bernhard en un pasaje de El malogrado,  aunque el adjetivo que titula la novela o la metanovela no concierne a Glenn Gould. Concierne a quienes renunciaron al piano después de escucharlo y a quienes degeneraron hasta el suicidio en el intento de emularlo.

Siendo el mejor exégeta del piano, Gould  (1932-1982) ha sido un pianista dañino. Y no porque lo pretendiera. El malentendido que representa su carrera por las connotaciones estrafalarias y la tentación de imitarlo en la mera superficie ha destruido a generaciones de músicos sobrepasados por los complejos. Y a algunos de ficción, como Wertheimer, cobaya suicida de Bernhard en su venganza contra los esnobs y los idólatras.

No les toleraba que quisieran construir —y apropiarse de— una caricatura victimista. Un hombre atormentado por los barbitúricos, un sujeto estrafalario que se dolía delante del teclado, que recubría sus nudillos con guantes, que jadeaba en sus interpretaciones y que abjuraba de la sociedad para aislarse en un estudio de grabación.

Y no pueden negarse semejantes evidencias, pero Thomas Bernhard, con acierto, las subordina a la naturaleza creativa del «monstruo» canadiense. Y a su genialidad, mucho más representativa de cuanto pueda resultarnos el requisito mitificador de la muerte prematura a los cincuenta años y de cuanto pueda impresionarnos su retirada de los escenarios a los treinta y dos.

Sería la manera de exponer no tanto la misantropía como la sociopatía, pero procede aclarar que Glenn Gould renuncia a las convenciones profesionales de sus colegas porque le agotan la rutina, los viajes, las obligaciones horarias, los hooligans, las tiranías comerciales, «la histeria extramusical que rodea a los conciertos».

Para sustraerse a ella, Gould descubre el hábitat del estudio radiofónico. Un «laboratorio» donde puede exponerse a deshora. Un santuario donde encuentra penumbra e inspiración. Un espacio sagrado en donde adquiere las aptitudes o las facultades de un médium, especialmente cuando se trata de invocar, de convocar, el espíritu de Bach.

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4 comentarios

  1. Miquel Àngel

    Dios…qué texto más sublime. De lo mejor que he leído sobre Gould

  2. Asín...nos va

    «Um – the, eh, uh… I don’t know much about classic music. For years I thought the Goldberg Variations were something Mr. and Mrs. Goldberg tried on their wedding night.» Woody Allen.

  3. Begoña López-Cepero

    Me encanta su artículo, lo he leído varias veces para poderlo entender en su totalidad. Pero cuál es mi sorpresa cuando al ver quién es usted, Rubén Amón, descubro que es un periodista al cual me encanta oír en los debates políticos de cualquier otra cadena.
    Gracias y que conste que esto es solo un regalo para sus oídos.

  4. Muy buen artículo del señor Amón. Pero creo que el acervo esnob ni siquiera alcanza la primera variación (se agota en el aria de apertura, que es la base respecto de la que se armonizan las 30 variaciones).

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