
Decía Lenin que hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas. Algo parecido podría decirse de muchas biografías. Acostumbramos a leer en torno a la infancia y juventud de alguien, ya sea músico, líder político o explorador, buscando con atención un equivalente a eso que en la narrativa se llama «arma de Chéjov», un detalle premonitorio o explicativo de su conducta posterior como si fuera una naturaleza latente del sujeto y este tuviera un destino manifiesto: bien sea una desgracia familiar, un incidente o logro fuera de lo común en la escuela o universidad, quizá un primer amor… Recopilamos anécdotas sobre su figura de las que extraer enseñanzas, sin percatarnos de que cualquier vida las tiene y solo depende de la lupa con que se mire. Lo vemos cambiar de una ciudad, empleo o relación a otra, mientras algo a menudo invisible crece dentro de su espíritu, se alinean las circunstancias a su alrededor, la ventana de lanzamiento alcanza su punto óptimo y… ahí lo tenemos: esa proeza que sacudirá la historia, que será recordada por las generaciones venideras y, sobre todo, por él mismo. Pues no pocas veces llega el posterior declive y la conversión del protagonista en apenas una sombra de lo que fue.
«Las experiencias de diez, quince o veinte años las tuve en uno solo», dijo Varian Fry, para añadir, cuando apenas contaba con treinta y ocho primaveras, «a veces siento como si ya hubiera vivido toda mi vida». Él lo sabría mejor que nadie, pero visto desde fuera eso parece. Después de aquel momento cumbre se divorció, se convirtió en un convencional profesor de escuela, le salió una úlcera, tuvo que ir al psicoanalista y se quejó de sentirse ignorado por todos, llegando incluso a pasar ciertos apuros económicos, hasta que murió a la edad relativamente temprana de sesenta años. Pero esos trece meses que este americano vivió en Francia, entre agosto de 1940 y septiembre de 1941, fueron los que permitieron escapar con vida del nazismo a Hannah Arendt, Arthur Koestler, Marc Chagall, Max Ernst, André Breton, Max Ophüls, Marcel Duchamp…y así más de dos mil judíos y activistas políticos contrarios al Tercer Reich, buena parte de ellos entre lo más granado de las artes y las letras europeas de su tiempo. Todos ellos le debieron la vida a Fry, veamos cómo.
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Dos ovaciones: una para el sr. Fry, ejemplo para tod@s, y otra para Javier Bilbao por hacernos saber su historia.
Buenas:
No se puede decir mejor, así que me uno a los aplausos.
+1
Sobre este mismo tema: https://despuesnohaynada.blogspot.com/2017/03/en-passant-par-marseille.html
Muchas gracias por haberme permitido conocer este personaje, cuestión que me lleva a hacer una reflexión, ya que, según lo que he leído, nadie prestaba excesiva atención a las noticias que llegaban desde la Alemania nazi, y al contrario, más de un político veía en Hitler a un gran estadista junto al otro payaso criminal de Mussolini. Hoy en día han aparecido nuevos epigonos deslavados que no esconden sus simpatías por el fascismo, y creo que nadie se preocupa de tal peligroso brote porque confían en que la memoria de tanta devastación, odio, intolerancia y exterminio continúe a mantenernos alertas, pero hasta qué punto? Si es cierto que la historia se repite siempre, estamos jodidos. Gracias por la lectura.
Vi la serie transatlántico, muchas personas ayudaron de una u otra forma a salvar vidas en ese momento tan crucial de la historia. Aunque ficcionada la disfrute e indague sobre Fry, es una pena que no haya sido reconocido como lo merecía.