
Paseo sin prisa por una carretera rural encajada entre muros de sillería tosca de granito cubiertos de verdín y mohos. El vial es tan estrecho que no hay aceras ni arcenes, apenas cabe un vehículo y las entradas a las fincas hacen de apartaderos oportunos para los encuentros que se producen ocasionalmente. Las lluvias de los últimos días se han llevado el petricor que trajeron las primeras gotas tras varias semanas de sequía, pero no han conseguido anular el olor a estiércol de estos pagos.
Aunque el calendario nos dice que ya estamos en plena canícula, por aquí la vegetación no llega a agostarse de verdad, de manera que hasta donde alcanza la vista la gama cromática abarca todos los verdes imaginables —musgo, prados, robles, castaños, pinos, tojos, mimosas—, salpicada solo por los grises de cielo, muros y viviendas. Pero de repente, tras una de tantas curvas, surge en medio del océano verde un reflejo fucsia. Me acerco con parsimonia, centrándome en el color intruso, intentando descifrar con mi vista cansada el elemento extraño. Es un cartel de metacrilato, de tipografía y diseño pulcros, cuidados hasta el último detalle, en el que destacan dos palabras: un apellido inequívocamente aborigen y el término hairdressing. Con caracteres de menor tamaño se indica que el negocio se encuentra a cincuenta metros. No puedo evitar preguntarme por qué, ya puestos, no dicen que está a cincuenta y cinco yardas. Sigo mi paseo rumiando y me pregunto cuántos de los clientes de esa peluquería serán hablantes nativos de inglés o, simplemente, cuántos podrían chapurrear alguna palabra de modo más o menos coherente —ya no pido ni corrección— en el idioma de Samuel Johnson. No puedo dejar de contrariarme al pensar que de encontrarme con un establecimiento de ese gremio en Oklahoma o en Essex muy probablemente no vería hairdressing, sino hairdresser’s.
Incomodado por esta elección lingüística, doy media vuelta, preguntándome qué habrá podido llevar a sus propietarios —de apellido autóctono, recordemos— a rotular en un idioma ajeno un negocio situado a solo unos treinta kilómetros del lugar donde el insigne lexicógrafo José Martínez de Sousa, autoridad patria indiscutible en su campo, nació y pastoreaba vacas. Me consuelo pensando que son los tiempos y las modas, y que de haberme topado con ese cartel en otro siglo acaso habría leído coiffure en lugar de hairdressing. Debe de ser nuestra naturaleza, como describió muy acertadamente ya en el siglo XVIII José Francisco de Isla en su Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes:
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¿Y lo «bonito» que es, Álvaro?
Reconocer a un peninsular no luso, allende las fronteras, al chapurrear el idioma de Chespir.
Mi yeso resultó ser de lo más solido, porque sí que conocí a la señorita Schwa (la primera mujer de Arnold) mucho antes de descubrir placeres onanistas, pero nunca me gustó impostar acentos, ni siquiera tejanos.
Ya perdimos las matrículas provinciales y hay que confiar en la publicidad invasiva del concesionario de turno para portar el regionalismo con dos endebles remaches.
A mí me gusta reconocer a un teutón, un flamenco o un balón hablando inglés.
En Kuala Lumpur, hace casi diez años, me dijeron que hablaba un inglés muy raro. Es una de las cosas más bonitas que me han dicho en esta década, que ha sido bastante fea.
Quien no se consuela es porque no quiere, vivere est bebere.
O que manda moito carallo na Habana è que te sorprendas de que a xente rotule nun idioma alleo os letreiros dos seus negocios se dis que vives no Rosal. Sempre se fixo. Os vellos en castellano e os novos em inglés.
Se queres saber os motivos pregúntalle a teus pais por que os seus lles falaban en castellano.
Me ha encantado. Si se perdió la oportunidad de aprender otro idioma de niños aún hay otra cierta oportunidad de adultos: llevarse el diccionario a la cama.
Apostrophe, gran disco de Frank Zappa?
Del amor por mi lengua doy prueba sobrada,
y vayan estos intentos pa’guantar la payada:
nací con mamá, papá, abuela, perro, leche y teta
y con estos humildes inicios construí la sofisticada
manera de hablar, y también, porque no, gesticular
en peninsular manera sin recurrir a una receta,
tal vez solo aquella que comenzaba cada noche
con el había una vez de las fábulas, en este caso
un idioma de los pagos del Latio, Lazio hoy
según Dante del cual ya casi no queda nada,
solo vívidos fantasmas sonoros en libros viejos
a los cuales recurro, como cuando voy al cementerio
a visitar a los que fueron y se fueron con más o menos
mi misma y entrañable estructura palato alveolar,
sabedor que otros nostálgicos vendrán a visitarme,
por curiosidad sobre todo y dirán lo mismo que yo
al leer la fría lápida: pero mirá vos cómo hablaban,
no se les entiende nada.
PD: agradecería saber qué es un muro de sillería y petricor. Y muchísimas gracias por la edificante lectura
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eduardo roberto, no sé si te entiendo. Petricor es el olor a lluvia cuando el suelo está seco. En España hay quien dice «olor a ozono», pero no es eso. A ozono huelen las fotocopiadoras. Un muro de sillería es un muro de piedra. En la Patagonia chilena petricor no se entiende porque nunca hay ese olor pero sí saben lo que es un sillar, a lo mejor porque suelen ser de granito y allí hay harto. Eso es lo más cerca que me he acercado geográficamente de un «vos».
Debemos observar que también ahora se cambia expresiones en español, usadas por décadas, por neoanglicismos, como en el caso de «marketing» en lugar de «mercadeo», «environment» en vez de «ambiente», «performance» en vez de «función», «operación», «desempeño» y otros; en la industria del espectáculo se ha impuesto recientemente «play back» en vez de «fono mímica» o «fono mimo» o simplemente «mimo», como se decía en la mismo campo hasta no hace mas que veinte años, época en que a «The Beatles» se les llamaba «los bitles» en el mundo hispanohablante.
Me ha sorprendido escuchar en medios españoles que a la ciudad de Girona la nombran «LLirona» en vez de «Jirona», un exceso irrespetuoso.
¿ Que el español no tiene sonidos que hay en el inglés ?
Pues en el inglés no existe la «ñ», en el italiano tampoco está el sonido de «LL» y tanto el inglés como el español carecen de sonidos guturales propios del francés. Cada idioma es único y diferente de todos los demás.
Gracias, José. En la RAE no figuran. Petricor me evocaba, además del nombre de una empresa de combustibles, olor a petróleo. Con respecto a sillería no lo hubiera adivinado jamás porque para mí las sillas tienen cuatro patas. Gracias otra vez.
¡Petronor! Ja ja ja
Aprendí inglés en Canadá, con un montón de japoneses con los que hice amistad. Nos hacía gracia que en español y japonés es a-e-í-o-u y ellos tienen el eibisidi que no explica nada. Una japo le preguntó a un canadiense cuántas vocales hay en inglés y no supo la respuesta. Junto a esto, en general, los estadounidenses y canadienses aprenden español sin acento o con muy poco, pero los británicos ya pueden llevar viviendo en un país hispano más que en su casa y no pierden el acento inglés. No suena mal, al revés, ni tampoco muy mal el acento español en inglés, pero ahí dejo ese misterio.
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