
Este texto es un fragmento de El enemigo conoce el sistema. Manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención (Debate, 2019). Puede conseguir el libro aquí.
Aquellos que sufren ansias de poder encuentran en la mecanización del hombre una manera sencilla de conseguir sus ambiciones. (Norbert Wiener, The Human Use of Human Beings: Cybernetics and Society, 1950)
El precio de cualquier cosa es la cantidad de vida que ofreces a cambio. (Henry David Thoreau)
Hay cuatro empresas en el mundo que producen los olores y sabores de todas las cosas que compramos: Givaudan, Firmenich, International Flavors & Fragrances (IFF) y Symrise. Se reparten una industria de más de veinticinco mil millones de dólares al año y su cartera de clientes incluye fabricantes de refrescos y sopas, suavizantes, tabaco, helados, desodorantes, tapicería de coches, cosméticos, medicamentos, pintura, artículos de oficina, desinfectantes, dildos, chucherías y juguetes. Su contribución al producto final suele oscilar entre un uno y un cinco por ciento, pero es la parte que lo cambia todo. Los saborizantes y aromatizantes que aparecen mencionados genéricamente en las etiquetas de los recipientes son los responsables de transformar el producto en otro completamente distinto, cambiando el sabor, el olor y hasta su textura sin alterar uno solo de los ingredientes ni el proceso de elaboración. La más veterana y prestigiosa es Givaudan, su sede está en Suiza.
Como casi todas las industrias que dominan el mundo en el que vivimos, la imagen de la empresa es muy diferente al producto que ofrece. La industria del aroma viene envuelta en el aura de la perfumería antigua con la que empezó, hace poco más de un siglo. Todos los anuncios y la mayoría de los documentales sobre ella muestran recolectores de rosas en Grasse, de bergamota en Calabria y otras fuentes certificadas y sostenibles de las que obtienen vainilla, vetiver o ylang-ylang, antes de procesarlas de manera artesana y delicada en tornos de madera y bidones llenos de aceite. Sus «narices» son entrevistados de manera rutinaria en fascinantes artículos y documentales donde explican cómo analizar las moléculas odoríferas de una violeta salvaje con un espectrómetro de masas o que la sustancia más codiciada de la alta perfumería es el vómito de cachalote al que llaman «ambergris». Pero su negocio está en otro sitio. «Todo el mundo come, bebe, se ducha y limpia su casa. Esto es el ochenta por ciento de nuestro negocio —explicaba en 2012 el jefe de inversiones de Givaudan, Peter Wullschleger, en una revista—. La única parte cíclica del negocio es la perfumería de lujo. Por eso las crisis no nos afectan demasiado». La firma más grande de este mercado es International Flavors & Fragrances y está en Nueva York.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Buen artículo, aunque se hace un poco «duro» de leer por la extesión de los párrafos.
Recomiendo el libro «Sugar Blues» de William Dufty para ampliar el problema que supone la adicción al azúcar refinado.
Pingback: Ni privacidad, ni intimidad ¡nos espían! - LoQueSomos
Pingback: 5 libros clave para comprender el nuevo ecosistema informativo #fakenews | Periodismo Ciudadano
Pingback: 12 libros para entender la participación en la Red | Periodismo Ciudadano
Pingback: 5 mujeres inspiradoras trabajando por la libertad y los derechos humanos cuyo trabajo no te puedes perder | Periodismo Ciudadano
Pingback: Ignasi Alcalde: El avance imparable de MyData y otros movimientos sociales para el empoderamiento de las personas - Masters Of Privacy
Pingback: Jorge García Herrero: Consentimiento vs. Privacy by Design - Masters Of Privacy
Pingback: El enemigo conoce el sistema de Marta Peirano – Apuntes « Raul Barral Tamayo's Blog
Pingback: Este es el diario de la cuarentena del grupo Círculo de Lectores (Días 106 a 110) [2020] – Filosofitis