Ciencias

El profeta es un impostor: ciencia, seudociencia y protociencia

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París, 1974. Fotografía: Léon Claude Vénézia / Cordon Press.

O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
que chega a fingir que é dor
a dor que deveras sente.

Fernando Pessoa

Los profetas bíblicos eran supuestos mensajeros de Dios, intermediarios entre lo divino y lo humano («profeta» significa literalmente emisario o vocero), por lo que cabría pensar ingenuamente que han desaparecido, barridos por el racionalismo ilustrado junto con las brujas, los chamanes y el arca de Noé. Sin embargo, siguen vivitos y coleantes en nuestra cultura supuestamente laica y racionalista, aunque hayan cambiado de nombre; ahora se llaman, genéricamente, «intelectuales»; pero el término es tan amplio y ambiguo, tan perverso y polimorfo —pervertido y deformado— que conviene manejarlo con suma cautela —cogiéndolo con las pinzas simbólicas de unas comillas— y desmontarlo en todos los sentidos de la palabra (de la palabra «intelectual» y de la palabra «desmontar»).

El término «intelectual», en su acepción moderna, fue introducido por Georges Clemenceau en 1898 para aludir al grupo de escritores, científicos, profesores y artistas que firmaron un manifiesto en apoyo de Émile Zola tras su famosa carta abierta al presidente de la República Francesa, Yo acuso, a propósito del caso Dreyfus. En un memorable artículo publicado en el diario L’Aurore, Clemenceau se refirió a los firmantes del manifiesto como «esos intelectuales que se agrupan alrededor de una idea y se mantienen inquebrantables», y desde entonces el adjetivo sustantivado se utiliza para designar a quienes se supone que emplean las herramientas de la cultura de forma crítica y creativa. Lo cual es mucho suponer, pues, hoy por hoy, la mayoría de los supuestos intelectuales, lejos de ejercer una crítica creativa y transformadora, ponen sus herramientas al servicio de un poder al que le resulta más fácil —y le sale mucho más barato— comprarlos que reprimirlos.

En cualquier caso, los «intelectuales» cumplen —o incumplen— la función de los antiguos profetas: son los supuestos intermediarios entre el conocimiento y la ignorancia, entre la Cultura con mayúscula y el común de los mortales. Y hoy como entonces hay profetas mayores y menores. Entre los profetas mayores (y que además cumplen —o incumplen— sistemáticamente la función paradigmática del profeta, que es vaticinar el porvenir) ocupan un lugar destacado los grandes economistas, capaces de provocar cataclismos bursátiles e incluso de hacer que se tambalee algún gobierno. Les siguen —o les preceden, según los casos— los filósofos de moda, los «creadores de opinión» de los grandes medios y los políticos de oficio y beneficio, que compensan su escasa talla intelectual con su abusiva presencia mediática. Y entre los profetas menores hay que destacar a los tertulianos, los críticos (de literatura, arte, cine…) y los periodistas en general.

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6 comentarios

  1. Creo que hay poco para no estar de acuerdo con usted. Lo poco correspondería al marxismo y su sustento teórico, El Capital, y sobre Freud y Lacan confieso que no pude terminar (ni casi empezar) la lectura del último. La hermenéutica usada era tropo difícil. Con respecto al marxismo otro habría sido el resultado práctico si no hubiese sido obtusamente selectivo. Creo que una teoría creada para mejorar el mundo no puede ser discriminatoria y debe englobar el todo. Entiendo el tiempo histórico, pero estigmatizar con valor negativo la democracia y parte de la sociedad con el adjetivo “burgués” llevaría a lo que sabemos. La sociedad, todas las sociedades y su resultado inevitable, la democracia, existen desde siempre y creo que el capital también. Repito que los tiempos eran otros y que es muy fácil hablar con “il senno di poi” pero me lo permita. A veces pienso que hay una especie de maldición cuando dejamos para la posteridad doctrinas escritas. La Biblia y El Capital que nos prometían la salvación y tan minuciosamente escritas son unas de ellas, pero ambas selectivas. Y quién sabe si la ciencia, que al igual que la democracia no tienen un dogma fundacional a no ser ciertos consejos que jamás son definitivos podrán salvarnos. Pero creo en ella. Pienso que será la única que podrá poner orden cuando llegue el momento de abandonar este maravillo planeta. Gracias por la lectura.

    • Interesante reflexión. Creo que si ahondáramos en ella estaríamos bastante de acuerdo. Es triste que las mejores ideas cristalicen a menudo en rígidas ideologías. Gracias, Eduardo.

      • Creo que está por hacer un análisis riguroso de la prensa deportiva y del discurso dominante sobre el deporte agonístico.

  2. Pues lo que nos deja el periodísmo deportivo no sabría como clasificarlo.

  3. Gracias por este artículo. Me agrada especialmente el tema que trata, que simplificaré mencionando únicamente a los «tertulianos». Es sorprendente que teniendo la influencia que tienen, se hable tan poco de ellos, y se les critique aún menos. Esto es una prueba de su poder, en mi opiniòn.

    • Sin duda es como dices. Del mismo modo que «no hay mayor desprecio que no hacer aprecio», no hay mayor validación que no poner en cuestión. La existencia misma de los tertulianos es un insulto a la razón. Gracias, Jorge.

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