Lo que el mito no permite

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Detalle de Hermafrodito durmiendo, Bernini, 1619. Fotografía: Marie-Lan Nguyen (CC).

Cada momento histórico, o si lo prefieren cada conjunto social coherente, es totalmente ciego a sus propios mitos. Solo descubrimos que los mitos son mitos cuando ya están en el pasado, cuando han muerto. Eso quiere decir que todos los mitos son formas de pasado. En consecuencia, los mitos son indestructibles.

No tenemos ni idea de cuáles son nuestros mitos actuales. Pueden ser entes y sistemas míticos como los que se ocultan bajo palabras como Democracia, Información, Arte o Solidaridad. Pero también pueden ser otros más especializados como Cirujano Plástico, un dios menor al que se acude en romería, como a la Virgen del Rocío. Así sucedió con los mitos de nuestros abuelos: Progreso, Nación, Cultura, Igualdad y cosas semejantes. 

El mito reconocido es siempre un mito del pasado, de tal manera que nunca podremos destruirlo. Los mitos a los que se ataca en el presente suelen ser deidades de oposición, como la que enfrenta a las dos diosas de la democracia, Izquierda y Derecha, tan míticas que se alimentan la una de la otra y no podrían sobrevivir si les amputaran a su hermana. La izquierda se afana por ayudar en todo aquello que la derecha se ve incapaz de realizar y viceversa: la derecha llena los huecos dejados por la izquierda en su resentimiento impotente. Serán especulares e indestructibles mientras se den en el presente. Bien es verdad que llegará un día en que la gente se pregunte qué ocultaban las palabras «izquierda» y «derecha» en aquel mundo infame en el que lo dominaban todo y cómo pudo ser que tanta gente lo creyera, ayudando de ese modo a la infamia.

La indestructibilidad del mito se debe a que tan solo puede ser tachado de mito cuando ya no existe. Y si puede ser definido en el presente, si se admite su desmitificación, entonces es porque sin duda forma parte ya del pasado aunque el atacante no lo sepa, como me sucede a mí en este momento con la Derecha y la Izquierda. No es infrecuente que el atacante y desmitificador sea, justamente, el último que aún cree en el mito que ataca.

Me gustaría poner un ejemplo que he conocido en mi propia experiencia mítica y que es un buen modelo de este mecanismo que acabo de describir. Lo traigo a colación para que cada cual se lo aplique a sí mismo.

En los muy confusos años setenta del siglo pasado había una revista francesa de extremo rigor intelectual, respetada por todo el universo culto. Se llamaba Critique y su fundador había sido Georges Bataille. En el consejo de redacción figuraban notables sabios como Roland Barthes, Jacques Derrida, Michel Foucault o Michel Serres. Nadie que tuviera la más mínima dignidad intelectual en el continente (Gran Bretaña siempre vivió en otros mitos) podía ignorarla. Todos la citaban en sus artículos, tesis e intervenciones universitarias.

El número 293, correspondiente a octubre de 1971, lo dedicaron a una antropóloga entonces muy predicada, de nombre Marie Delcourt. El primer artículo, siempre el más importante de la publicación, era de Catherine Backés-Clèment, una reconocida estudiosa, autora de un libro sobre Lévi-Strauss que se había traducido a todas las lenguas cultas. Se titulaba Le mythe indifférent y analizaba una de las más famosas obras de Marie Delcourt, el célebre Hermaphrodite (PUF, 1958), donde diseccionaba esa extraña deidad cuya figuración más frecuente es un hermoso cuerpo de mujer provisto de pene. Hay en el Museo del Prado una de las más bellas esculturas del hermafrodita que jamás se hayan esculpido y muchos apresurados visitantes lo ignoran, sobre todo los japoneses, a quienes no les cabe en la cabeza semejante rareza como no sea en los manga llamados Futanari. Los despistados se quedan fascinados con la parte trasera, que es en verdad admirable, y no se les ocurre dar la vuelta y mirar la pieza por delante.

La señora Backés escribe en ese número un muy interesante artículo en el que expone las múltiples teorías sobre el híbrido y ataca las de Marie Delcourt. Cita en su apoyo, naturalmente, a Freud, a Lévi-Strauss, a Jung, a Bachelard, a Lacan, en fin, a toda la panoplia. Es un largo trabajo, realmente bien articulado, en el que además pone en paralelo al hermafrodita con el ave Fénix, un mito del sincretismo romano que tiene semejanzas estructurales con el hermafrodita. Allí da como fuente a Lactancio, de quien no me resisto a copiar unos versos.

Hay en Oriente un lugar afortunado
donde se abre la inmensa puerta del cielo eterno…
En esos bosques vive el ave única, el Fénix,
que una y otra vez se recrea tras su muerte…
No hay alimento para él en nuestro mundo…
Que sea hombre o mujer o ni lo uno ni lo otro
(¡oh destino dichoso, oh muerte venturosa!)
contento vive ignorando los lazos de Venus.
Su Venus es la muerte, su único amor la muerte:
a fin de renacer, solo aspira a morir.
Él es su propio hijo, su heredero y su padre.
Y es al mismo tiempo mama y amamantado.
Es él, pero no es él, el mismo aunque distinto,
y gracias a la muerte conquista vida eterna.

Como se ve, en el artículo de Critique se citan todas las autoridades que han estudiado el mito del híbrido que reúne dos sexos o la vida y la muerte, desde Lactancio, apologista cristiano del siglo III, hasta Lacan, apologista poco cristiano del siglo XX. Pero la sorpresa surge en las páginas 842 y 845 de la publicación porque aparece allí, con rango de máxima autoridad, alguien que no les he mencionado antes porque es, justamente, el mito que esta destructora de mitos no podía ver: su propio e ignorado mito. Y, para ser sincero, el de muchísimos más en aquellos años: casi todos los intelectuales continentales de la época, como comprobarán a poco que sepan manejar una hemeroteca, creyeron religiosamente en este mito, yo incluido. En efecto, éramos víctimas de una deidad y la tomábamos por lo más real, material y dialéctico de la tierra.

Siendo máxima la autoridad, la cita habría de ser también máxima. Es esta:

Si miramos las numerosas transformaciones que se encuentran en los mitos (…) constatamos que los contrarios que se transforman el uno en el otro no son transformaciones concretas que reflejen contradicciones concretas. Son transformaciones ingenuas, imaginarias, concebidas subjetivamente por los hombres y que les han sido inspiradas por las innumerables conversiones de contrarios, complejas y reales.

Viene a decir que los mitos son imaginarios y que imitan a las transformaciones reales, como la del gusano en mariposa. ¡Caramba!, piensa uno, ¡qué hondura, qué párrafo esclarecedor! Se queda uno admirado: donde esté semejante talento que se quiten todos los antropólogos desde Lactancio. A nadie se le había ocurrido que los mitos fueran imaginarios, ni siquiera a Lacan. Como es una cita trascendental, viene, además, muy bien anotada: Mao Tse Tung, De la contradiction, Éditions en langues étrangères, Pekin, 1967, p. 73 y ss.

¿Cómo pudo mi generación tragar el mito del maoísmo de un modo tan general y bendecido por lo mejor de la intelectualidad europea? ¿Qué extraño fenómeno se produjo en los años setenta del siglo XX que condujo a una de las aberraciones más grotescas de la cultura occidental? Que esta antropóloga considerara obligado citar a aquel campesino sanguinario como fuente de la ciencia mitológica universitaria nos hace reflexionar sobre la ceguera de las élites.

¿Qué inmensa patraña tenemos hoy por verdad indudable y bendecida por toda la clase dirigente de derechas y de izquierdas? ¿Qué gigantesco fraude estamos ahora alabando como si fuera un colosal beneficio? ¿Cómo saber que el agua es agua si uno es un pez?

Solo lo sabrán aquellos que dentro de cuarenta años lean este artículo, por ejemplo. Lo cual es harto improbable dados los mitos que en aquel momento les estarán cegando.

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6 comentarios

  1. Frabetti

    Hablas como si la sociedad fuera un bloque homogéneo. En todos los momentos históricos, en todas las culturas, al menos desde la invención de la escritura, hay personas que creen en los mitos y otras que saben que son falsos o puramente simbólicos; y algunas incluso se atreven a cuestionarlos.

  2. Eduardo Roberto

    Por una vez, el tema me sobrepasa y no puedo opinar nada. De toros moros, gracias por el artículo.

  3. Pere C

    Creo que el apoyo de muchos intelectuales al comunismo se debe a que durante unas cuantas décadas pareció funcionar, parecía una alternativa real al capitalismo. En cuanto a las matanzas, el siglo XX se ha caracterizado por la guerra entre el capitalismo y el comunismo. Cuando nace un sistema político es atacado por todas partes y si no se defiende sucumbe rápidamente; esto sucedió con la Revolución Francesa y también con la Soviética. Que Hitler, Franco, Pinochet, etc. defendieran el capitalismo no es motivo para rechazar el capitalismo. Del mismo modo, Stalin o Mao no son motivos para rechazar el comunismo. Estas matanzas formaban parte de la guerra o eran consecuencia directa de ella. Por eso no tiene sentido considerar un sistema «más criminal» que el otro. El capitalismo dejó de practicar el asesinato en masa cuando la guerra acabó, más que por una victoria capitalista, por el hundimiento del sistema comunista.

  4. Pagano

    Que Hitler defendió el capitalismo? No se enterado usted de la peli eh…

  5. De mitos de los cuales no me puedo liberar hay cuatro: la República, de Platón con sus minuciosas indagaciones físicas y metafísicas de cómo debería ser una ciudad y quién mandase y quién prohibido que perviven aún hoy; la Biblia, con sus minuciosas aseveraciones de quién mandase y quién prohibido; El Capital, de Marx, con sus minuciosas indagaciones de quién mandase y quién prohibido y el último, muy de moda: el mito de Narciso, que extrañamente mete a todos de acuerdo.
    De mitos vivo, pero elijo aquellos
    no discriminantes por ejemplo
    el mito de Cupido o el de la dieta
    mediterránea, o el de los libros,
    o el de los dos Amstrong
    uno negro y el otro blanco,
    el de Ghandi, el de Mandela,
    el del lama de túnica roja
    y el de los chicos de Liverpool,
    Mozart, la Callas, Sex Pistols
    y por supuesto el de mi abuela.

    Gracias por la lectura.

  6. Corrección debida:

    De mitos vivo, pero elijo aquellos
    no discriminantes, por ejemplo
    el mito de Cupido, o el de la dieta
    mediterránea, que junto al de Sísifo
    me mantienen en buena salud,
    o el de los libros, o el de la escuela,
    o el de los dos Amstrong
    uno negro y el otro blanco,
    o el del reverendo que tuvo un sueño
    y como sueño me alejan del ataúd,
    o el de Ghandi, o el de Mandela,
    o el del lama de túnica simple y roja,
    y el aquel de Federico Garcia Lorca,
    y el de los chicos de Liverpool,
    Mozart, la Callas, Sex Pistols
    y por supuesto el de mi abuela.
    Gracias por la lectura.

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