
La práctica de especular sobre el futuro parece consustancial a la especie humana, pues el mero hecho de preguntarse qué hay después de la muerte ya lo lleva implícito. El concepto de cielo o infierno, de un mundo más allá, contiene también un esbozo de cómo sería una sociedad ideal; la literatura nos ha dejado incontables ejemplos de estos ejercicios de imaginación, desde La República de Platón, pasando por la Utopía de Tomás Moro, hasta las obras de Orwell o Huxley. 1984 y Un mundo feliz se enmarcan en un género de especulación futurista conocido como distopía, que se caracteriza fundamentalmente por presentar una sociedad ficticia indeseable, deficiente u opresiva. En otras palabras, es una utopía en negativo que, siendo reduccionistas, podríamos decir que describe el infierno. Lo más llamativo de esta corriente literaria es sin duda su arrollador éxito contemporáneo, apoyada en formatos como el cine o las series de televisión.
No es sorprendente, dado que este interés por los futuros catastrofistas va paralelo al increíble desarrollo del apocalíptico siglo XX. Los terroríficos efectos de la Segunda Revolución Industrial —ideologías totalitarias, guerras a escala planetaria, tecnología capaz de destruir el planeta— dejaron una impronta pesimista en las mentalidades de quienes los vivieron e impactaron poderosamente en generaciones posteriores. Estas experiencias traumáticas se aliaron con un mecanismo psicológico del que disponemos los seres humanos y que nos encanta utilizar a la mínima ocasión, el sesgo de negatividad, para sentar las bases de la literatura distópica de ciencia ficción.
A partir de los años treinta y cuarenta del pasado siglo se escriben las obras clásicas de la distopía política al calor del auge de los totalitarismos y su explícita intención de modelar la vida de los ciudadanos utilizando medios de control de masas. En ellas, un régimen autoritario —basado en el poder, la religión o la ciencia— ha acabado por imponerse y barrer cualquier oposición. Después de los desastres nucleares irrumpe el género catastrófico, de tanto éxito cinematográfico: mundos arrasados por la radiación, la destrucción masiva de las sociedades tecnificadas… Panoramas devastadores en los que destacan los japoneses y su trauma colectivo posnuclear, así como la influencia de los preocupantes años de la Guerra Fría, con la amenaza atómica siempre de fondo. Incluso los relatos sobre epidemias zombi tienen origen en este periodo histórico: la novela fundacional de este subgénero es El día de los trífidos, de John Wyndham, publicada en 1954. En ella no aparecía ningún muerto viviente, aunque sí una humanidad destrozada por una catástrofe a merced de unas plantas semovientes.
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Quizá al final todo dependa de «La condición humana», esa mezcla de soledad frente al destino, dignidad ante la adversidad, solidaridad con los desfavorecidos y ansia de transcendencia.
André Malraux.
Me asocio a Grego, pero la veo negra. Cómo se podrá prescindir del petróleo en el poco tiempo que nos queda sin que los países productores no sean víctimas de desórdenes de tipo económico por la falta de ingresos? He leído que en los reinos del golfo pérsico están instalado a marcha forzada generadores a base de energía solar pero, serán suficientes? Llegaremos a tiempo para sostituir toda la flota mundial de autos por otros menos contaminantes? Y cómo haremos con las líneas aéreas que continúan a ser imprescindibles y quemar kerosene? El hombre cambia cuando se asoma al abismo, decía el personaje principal de un film catastrófico reciente que terminaba bien. Y recordé la crisis de Cuba de los sesenta. En ambos, viendo el desastre que se prospectaba, no tardaron tanto en ponerse de acuerdo, pero ahora el abismo se mide en décadas, las necesarias para revertir un modo de vida. Esperemos lo mejor. Gracias por la lectura.
Estaría yo de acuerdo con Sigmund Freud, el humano es instintivo y malo por naturaleza y solo bajo un entorno social se reprime. En ausencia de ella seria simplemente cruel y despiadado en su mayoría. Un ejemplo caro de ello son los que mas poder ostentan, estas personas por no tener tantos limites con lo que pueden o no hacer por lo general son grotescas.