
El columnismo es una manera fácil de ganarse un dinerillo. Antes ese dinero era mucho (un dinerazo), ahora es muy poco. Salvo para unos cuantos, que siguen cobrando bien. Clase alta sigue habiendo. Y clase baja. Lo que ha desaparecido es la clase media. O se gana mucho (unos pocos), o se gana poco (la mayoría). Lo que ya no existe es ganarse la vida aceptablemente solo escribiendo columnas. El único consuelo de quienes cobran —de quienes cobramos— poco es que hay una clase aún inferior a la nuestra: la de quienes no cobran nada. Pero esto nos sirve menos como alivio que como amenaza. Y como recuerdo: bastantes venimos de ahí. Y ahí volvemos cada vez que cierra un medio para el que trabajamos, que suele largarse con una estela de deudas. El último medio a cuyo cierre asistí me dejó debiendo casi tres mil euros: medio año de columnas (dos a la semana, entonces).
Esta miseria, por otra parte, no deja de ser una forma de justicia poética, porque escribir columnas está chupado. Estos tiempos interesantes en que las columnas se escriben solas serían una edad de oro del columnismo si nos las pagasen bien; es decir, si no nos las pagaran como si se escribiesen solas.
Aunque es fácil cuando ya se ha pillado el oficio. Al principio cuesta un poco: tanto escribir (pensar) en palabras contadas como que esas palabras estén dispuestas en el plazo marcado. El columnista cuenta palabras como el sonetista cuenta sílabas. Y las escribe bajo la espada de Damocles del plazo. Unas columnas curiosas son aquellas que el plazo nos quitó de las manos: uno no las había terminado propiamente, pero las tuvo que entregar. Sobre la corrección incesante dijo el poeta Paul Valéry que «las obras no se acaban, se abandonan». Y Jorge Luis Borges que «se publica para dejar de corregir». El caso de las columnas —como el del periodismo— es peculiar: la obra no se abandona, sino que se da, como muy tarde, cuando el plazo vence. En las ocasiones extremas, el autor (y quizá también el lector) puede percibir los rasguños que esa premura produce en algunos lugares de la columna: una frase no terminada de perfilar, una idea que hubiese podido ser mejor, alguna rugosidad que hubiese podido limarse con solo un minuto más. Esta agresión exterior en estilo propio no deja de tener su encanto.
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Difícil lectura, estimado señor. En parte es debido a mi total ignorancia de cómo funciona un periódico, pero es una novedad esa afirmación suya que dice “… la opinión depende de la información, y esta debe estar en manos de profesionales. La opinión sí se permite que esté en manos de amateur…”. Consideré siempre que era al revés. Tal vez sea por las tantas películas americanas de periodistas que vi, los cuales siempre eran tipos rudos, expeditivos, mal educados, etc. etc. y que hacían un simple trabajo: preguntar dónde, por qué, cuándo, cómo, quién, etc. etc. y llevar todo ese material a los opinionistas, verdaderos cerebros con títulos universitarios, idóneos para sacar conclusiones sociológicas que los periodistas de la calle no poseen. O es una gran ironía todo ese pasaje que empieza con “Un animal tan decadente…” o se me escapa algo. Tampoco me queda claro esa metáfora de la “justicia poética” debido a que el columnismo está chupado, porque hay formas automáticas de crear una columna. (¿). Por lo demás, le agradezco por permitirme conocer la realidad, bastante difícil por cierto, de los “periodistas en batín”, esos que le dan un poco de color a las frías noticias.
A Motano siempre le he visto como columnista más de albornoz grueso y medallón grande a lo Gil y Gil que de batín de seda y boquilla de cigarro…
… pero ha roto todas mis esquemas aqui al reflexionar de forma tan elegante sobre su propio oficio, siempre señal de una inteligencia soberana entre los mamíferos bipedales…
El oficio del columnista apenas existe en el mundo asi llamado anglosajón, nada comparable a lo que sucede en España. Me pregunto por qué será eso.
¿Acaso los españoles son más proclives a opinar que los anglo-americanos (con su imperio en plena decomposición que acaso merece un articulo en JotDown a estas alturas)?
Parece una explicación floja y poco convincente. ¿Algo aleatorio y más bien azoroso como el formato de los periódicos o el perfil de lector u otra consideración de poco fuste?
Yo creo que pueda tener que ver con la tertulia tal vez, y en todo caso con el carácter casi siempre gregario del español, frente la fría introspección y cálculo de aquellas latitudes que nos dio el capitailsmo, y hiper-capitalismo, el neo-liberalismo, y seguramente ahora en breve, el poscapitalismo…