Sociedad

Perder pie. Crónica personal de un terremoto

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Matías Romero, Oaxaca, México, 2017. Fotografía: Victoria Razo / AFP / Getty.

Acabo de llegar a un acuerdo con el diputado que necesita la corrección urgente de su texto. Para el lunes, va, leo por WhatsApp. Al móvil le queda un dos por ciento de batería, así que me levanto para enchufarlo al cable que siempre tengo en la cocina. Abro el refri. ¿Tengo hambre, hum? Cierro el refri. No: va a ser la una y cuarto, ya casi voy por los niños, esperaré a la comida. De espaldas al teléfono, oigo la señal de la aplicación que avisa de temblores. Ha habido simulacro a las once para conmemorar el terremoto de un día como hoy pero de 1985, así que el aviso seguro tiene que ver con eso —es decir, no me preocupa—, pero el instinto me empuja a mirarlo y, en ese mismo instante, el tremor de los muebles anuncia que ahora no es mentira.

Empiezo por donde empezamos todos cuando nos preguntamos unos a otros —siempre lo mismo—: ¿dónde te agarró el temblor?, ¿qué estabas haciendo? Acción. Un texto necesita hechos, datos y acción, no demorarse en retórica, apelar más a los sentidos que a los sentimientos. Qué difícil es escribir. Las palabras —«chillen, putas»— se resisten a hacernos justicia. ¿Cuánto se tarda en contar lo que en tiempo real dura menos de un minuto?

Enseguida está claro que no es un temblor como los otros. La alerta sísmica de la ciudad no ha dado aviso y ha saltado después de empezar el movimiento. Oigo los libros caer antes de salir de casa. De la cocina a la puerta hay tres zancadas. Las doy mientras pienso que no, no es posible, otro 19 de septiembre. Agarro el pomo de la puerta cuando el piso da un jalón hacia abajo. Salgo gritando al pasillo, como siempre que tiembla: «¡Está temblando, vámonos, vámonos, vámonos!». Pero no, no es como siempre. La barandilla se me escapa. Vuelo escaleras abajo mientras me pego a la pared. Quiero entregarme a la fuerza centrífuga, pero no hay tal: el movimiento me bambolea de la periferia al centro, del centro a la periferia. El ruido de las paredes abriéndose, zarandeadas, es del infierno. Vivo en un tercer piso. A la altura del primero, me asalta la certeza de que el edificio se me caerá encima. Vislumbro la luz de la calle y bajo los últimos cuatro escalones de un salto. No puedo mantener el equilibrio, la puerta de la entrada se está desencajando, el polvo del techo me está cayendo encima. ¿Llegaré afuera? Sí. Cruzo el umbral de la puerta justo en el momento en que se abre una cicatriz gris en el mármol donde cuelga el número del portal, que todavía hoy, un mes después, los transeúntes se paran a fotografiar, en un extraño turismo del desmoronamiento.

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Un comentario

  1. … culpable de llorar sin haber perdido la vida ni el patrimonio… Hay frases, que en sus economías, lo dicen todo

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