Bruce Lee: la culpa fue del chachachá

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Juego con la muerte, 1978. Imagen: Columbia Pictures / Golden Harvest Company.

Vacía tu mente
libérate de las formas
como el agua.

Pon agua en una botella y será la botella,
ponla en una tetera y será la tetera.

El agua puede fluir…
o puede golpear.

Sé agua, amigo.

Bruce Lee

«Abra, señora Lee. Es la policía». Las palabras sonaban en un tono calmado, pero lo suficientemente firme como para vencer a la tarde lluviosa de Kowloon. «Otra vez», añadió el oficial en voz más baja y decididamente más aburrida. 

Aunque Grace Ho ya imaginaba lo que se iba a encontrar, apenas pudo contener las lágrimas cuando abrió la elegante puerta del 218 de Nathan Road. Entre los dos agentes había un guiñapo de catorce años, cabizbajo, con el pelo mojado y la camisa rota. Por la frente caía un pequeño reguero de sangre mezclada con agua y sudor que esquivaba en meandros los ojos, la nariz y la media docena de moratones que le salpicaban la cara. Bajo el lino azul se adivinaban más golpes, más heridas. El chico había perdido una sandalia y apoyaba el empeine del pie izquierdo en la rodilla derecha para no tocar el suelo y también para disimular una leve cojera momentánea. «¡Fan-fan!», exclamó la señora Lee, camuflando el dolor con enfado. «Mamá», contestó el pequeño sin atreverse a levantar la mirada. Grace dio las gracias —otra vez— a los policías, cogió a su hijo de la oreja como se agarraría un trozo de pescado cocido a punto de desmigarse y le metió dentro de la casa. 

Mientras le desnudaba y le limpiaba los cortes y los arañazos, no dejaba de pensar en lo que el oficial le había dicho al oído un par de minutos antes: «Tenga cuidado con su hijo. Si no deja de meterse en peleas callejeras, un día le van a matar». 

«Tienes que acabar con esto, Sai-fon», le susurró al quitarle una pequeña costra de la barbilla. Se llamaba Jun-fan, pero ella solo empleaba su verdadero nombre cuando le presentaba a las amistades o a los profesores: el nombre tenía un significado fonético y no quería usarlo sin un verdadero motivo. Por eso, siempre se dirigía a él como Fan-fan o Sai-fon, «la pequeña ave Fénix». A él no le gustaban los diminutivos porque eran para niños y él ya era un hombre, pero sobre todo detestaba Sai-fon. Así solo llamaban a los bebés y a las niñas. «¡Tú no lo entiendes!», se revolvió en la butaca para poder mirar a su madre, «¡Yo soy el más fuerte de todos!». «Lo que eres es el más bruto», contestó ella con los ojos cerrados. Después los abrió, se acercó a la cómoda de la cocina, y sacó un folleto de un cajón: «Tienes que aprender a canalizar toda esa energía que tienes, así que te he apuntado a una academia para que te enseñen cómo moverte». Pese a lo entumecido que estaba, al joven Jun-fan se le iluminó el rostro. Por fin iba a dejar las aburridas lecciones de tai chi chuan que le obligaba a tomar su padre. Por fin sabría golpear de verdad. Por fin aprendería kung-fu.

Entonces su madre le enseñó el folleto. Estaba escrito en caracteres tradicionales y también en inglés, y decía: «Escuela de bailes de salón de miss Ye Xiaoqing. Clases todos los lunes, miércoles y viernes a las 18:00 horas».

Cha-cha-chá 

«¿Así que usted es el hijo de Lee Hoi-Chuen y Grace Ho? Pues no eres tan pequeño». «Ya he cumplido los quince, miss Ye». La señorita Ye era una mujer menuda, más baja que Jun-fan y, aunque nunca lo decía, estaba cerca de la cuarentena. Pero seguía siendo señorita porque, efectivamente, nunca había estado casada. «Quién iba a pensar que tu padre querría que aprendieses baile moderno», dijo con una sonrisa pícara. Lo que no sabía es que la decisión la había tomado su madre.

Lee Hoi-Chuen era un afamado cantante de ópera cantonesa, así que sus inclinaciones eran más bien clásicas: el viejo taichí y la música tradicional. Oriundo de Guandong, a menudo salía de China con su compañía teatral. Fue en una de sus actuaciones donde conoció a Grace, hija adoptiva del empresario Ho Kom-tong y perteneciente a la acaudalada familia hongkonesa de sir Robert Ho-tung. Como Grace tenía sangre alemana, decidió colocar su apellido detrás del nombre de pila, tal y como se hacía en Occidente. Tras contraer matrimonio, Hoi-Chuen se instaló en Hong Kong. A finales de agosto de 1940, la compañía contrató una gira por Estados Unidos y Hoi-Chuen le pidió a su mujer que le acompañase. Europa estaba en guerra y los periódicos no dejaban de anunciar movimientos de la armada nipona por aguas del mar de China, así que Grace aceptó pese a estar embarazada de seis meses. 

Los Lee cruzaron Estados Unidos de este a oeste actuando en los teatros de los barrios chinos de las principales ciudades norteamericanas. Una noche de otoño, tras una función especialmente aplaudida, Grace comenzó a sentir contracciones. A la mañana siguiente, en el Chinese Hospital de San Francisco, daba a luz a Jun-fan, su primer y único hijo. Eran las 7:35 del 27 de noviembre de 1940. La hora del dragón en el año del dragón. 

Juego con la muerte, 1978. Imagen: Columbia Pictures / Golden Harvest Company.

«Un, dos; un, dos, tres. Un, dos; un, dos, tres». La señorita Ye repiqueteaba su bastón en la pista de baile mientras seis parejas de jóvenes danzaban y giraban a su alrededor. «No. No, señor Lee. Es usted demasiado estático. Le falta equilibrio y, sobre todo, le falta ritmo», dijo apoyando el bastón en la pared.

Lee Jun-fan llevaba ya dos meses acudiendo puntualmente a las clases de baile de miss Ye. Dos meses en los que había hecho caso a su madre y no se había metido en ninguna pelea callejera; salía de clase en el St. Francis Xavier’s College y caminaba sin desviarse hasta el viejo gimnasio de la Jordan Road donde aprendía los movimientos de la rumba, el foxtrot y, sobre todo, el chachachá. Pero aunque no era tan aburrido como pensaba, aún se tropezaba y perdía el paso con frecuencia.

La señorita Ye cogió un jarrón con crisantemos de una repisa en la entrada del gimnasio, sacó el ramo y le entregó la vasija a Jun-fan. «¿Qué es esto, señor Lee?», preguntó. «Un jarrón, miss Ye», contestó el joven. «¿Y qué hay dentro?». Jun-fan se acercó la pieza de porcelana para mirar es su interior. «Agua». «Exacto. El jarrón es la música y usted es el agua». La mujer de mediana edad balanceaba las manos y las caderas mientras hablaba. Casi como una serpiente. «No puede usted vencer a la música igual que el agua no puede vencer al jarrón. Para que las flores sigan vivas, el agua tiene que adoptar la forma del jarrón. Para bailar chachachá, tiene usted que adoptar la forma de la música», añadió. «Desde el principio. Todos». Y volvió a colocar la aguja en el tocadiscos.

Jun-fan cerró los ojos durante un tiempo que pareció una vida. Un, dos; un, dos, tres. En su mano notaba la leve presión de la mano de su pareja de baile. Notaba cada dedo de ella. Cada falange. Cada yema. Un, dos; un, dos, tres. Notaba las mínimas perturbaciones en el pavimento de madera que los demás bailarines producían al saltar y girar. Notaba las ondas en el aire cada vez que alguien chasqueaba los dedos al ritmo de la música. Notaba cada golpe de las trompetas y la batería en la canción cubana que sonaba en el espacio del gimnasio. Lo notaba incluso antes de escucharlo. Un, dos; un, dos, tres. Entonces apretó la mano izquierda contra la mano derecha de su compañera, sonrió y comenzó a bailar.

«¡Mucho mejor, señor Lee!», exclamó satisfecha la señorita Ye. Mucho mejor. 

Kung-fu

Después de un año tomando clases de chachachá, Lee Jun-fan era feliz. Se divertía y además le servía para ligar con las chicas. Una buena sonrisa y un baile impresionaban más que cualquier pelea. Pero también seguía aprendiendo a pelear. Primero con el hermano Edward, profesor de boxeo en el St. Francis Xavier, y más tarde con el maestro Wong Shun Leung, a quien ofreció un trato: Wong le enseñaría kung-fu a cambio de que Lee le enseñase a moverse en una pista de baile.

Quizá por la disciplina del baile o por el aprendizaje del kung-fu, Jun-fan estaba más concentrado en clase y había mejorado su expediente académico. Nunca fue un buen estudiante, pero al menos ahora conseguía aprobar todas las asignaturas. Sin embargo, aún se metía en peleas callejeras. No tantas y no tan frecuentes, pero demasiadas. Con bandas de delincuentes comunes, con clanes rivales e incluso con grupos de marineros británicos. Y no siempre salía bien parado. Tras perder dos peleas en la misma semana y llegar bastante maltrecho a casa, sus padres decidieron que debía aprender con el mejor. Así que le llevaron a la escuela de Ip Man, maestro de maestros. Maestro de wing chun.

Todo el mundo conocía a Ip Man. Había llegado a Hong Kong en 1949, cuando el Partido Comunista ganó la segunda guerra civil china, y, tan solo unos días después de establecerse en el protectorado británico, abrió su escuela de wing chun; primero en Castle Peak Road y luego en Lee Tat Street. Sus técnicas de combate y enseñanza eran tan formidables que, tras pocos meses de aprendizaje, los discípulos abrían sus propias academias. Entre ellos, el mismo Wong Shun Leung. Tanto alumnos como alumnos de alumnos ganaban habitualmente peleas callejeras y campeonatos locales, así que la fama de Ip Man creció como una marea.

A Lee Jun-fan le pareció un anciano bajito, delgado y afable, de cabello corto y ralo y ojillos vivarachos. A principios de 1957 él ya había cumplido los dieciséis y, aunque le respetaba por su reputación, no estaba del todo seguro de que un señor de sesenta y cuatro años pudiese enseñarle a pelear. El primer día de clase, en cuanto su padre le dejó solo, el maestro le llevó al jardín posterior. «Muéstrame cómo te mueves», dijo con voz tranquila. Jun-fan desplegó contra el aire todos los gestos y los golpes que había aprendido. Las curvas de taichí de su padre, los uppercuts de boxeo del hermano Edward, las patadas de wushu y wing chun del profesor Wong. 

«No lo haces mal», dijo el maestro Ip, «pero aún eres muy rígido». Se acercó a un caño de la pared por el que brotaba un pequeño reguero de agua de lluvia. «Fíjate en este caño. El agua corre tranquila, pero si lo tapo…». El maestro Ip cubrió la boca del caño con una mano. «Acércate». Jun-fan se agachó hasta poner la cara frente al tubo de barro. Esperaba algún tipo de enseñanza ancestral y mística, pero lo que el anciano hizo fue abrir mínimamente el puño hasta dejar pasar un estrechísimo cauce. Entre la sorpresa y la presión del agua golpeándole el ojo, el joven se cayó de culo contra el suelo del porche, mientras el maestro Ip se deshacía en carcajadas. «¡No tiene gracia!», protestó Jun-fan. El anciano recuperó la compostura y dijo: «No, no la tiene. Lo que tiene es fuerza. Y versatilidad. El agua puede fluir pero también puede golpear, y nunca deja de ser agua. Tú tienes que ser agua. Tienes que ser múltiple sin dejar de ser tú. Y ahora vuelve a enseñarme tus movimientos».

Furia oriental, 1972. Golden Harvest Company

En ese momento, Lee Jun-fan recordó otra manera de moverse. Recordó la pequeña libreta que siempre llevaba en el bolsillo donde tenía apuntados más de cien pasos de baile, aunque no necesitó abrirla. Entonces comenzó de nuevo a golpear al aire de un lado al otro del jardín, pero esta vez intercalaba cada salto, cada patada y cada puñetazo con un gesto de la cadera o un paso adelante y atrás. Era como el teatro. Era una coreografía. 

«Exacto», asintió el maestro Ip. «Así es como debes moverte».

Agua

Durante todo 1957 y 1958, Lee Jun-fan entrenó cada tarde en la escuela de Ip Man. A menudo lo hacía solo o contra el propio maestro, porque cuando los demás alumnos supieron que su madre era medio alemana se apartaron de él. Consideraban que el kung-fu no debía enseñarse a un mestizo. Aun así, gracias a las largas horas de práctica y quizá también al equilibrio que le proporcionaban las clases de la señorita Ye, Jun-fan conquistó el torneo hongkonés de artes marciales de 1958. Ese mismo 1958, gracias a su sonrisa y a sus pasos de baile y quizá también a la disciplina que había adquirido con el maestro Ip, el joven ganó el II Campeonato de Chachachá de Hong Kong. 

Tanto su padre como su madre, como miss Ye, como el maestro Ip Man le animaban constantemente a que dejase las peleas callejeras, a que demostrase su valía en competiciones oficiales. Pero Jun-fan nunca dejó de meterse en líos. 

Una noche de marzo de 1959, al regresar a su casa desde una sala de baile, se cruzó con tres tipos que intentaron robarle. «Largaos», dijo. «Tú no sabes quién soy yo», contestó uno de los tipos. «Vosotros tampoco sabéis quién soy yo», replicó Jun-fan mientras adoptaba una guardia a medio camino entre el wushu y el boxeo, con el puño derecho extendido y la mano izquierda cerca de la cara. Se sacudió la nariz con el pulgar e invitó con un gesto de la otra mano a que le atacaran. En menos de treinta segundos, los tres hombres estaban tirados en el asfalto.

Pero, en efecto, Jun-fan no sabía que uno de los tres tipos era el sobrino de un importante miembro de las tríadas. Lo averiguó cuando un policía llamó a la puerta de su casa y le dijo a su padre: «Lo siento señor Lee, pero su hijo se mete en peleas muy peligrosas, es posible que hayan puesto precio a su cabeza. O le saca de esto o la próxima vez que se pelee tendré que meterle en la cárcel».

Un mes después, Lee Jun-fan, discípulo de Ip Man y alumno de miss Ye Xiaoqing, campeón de kung-fu y de chachachá, aterrizaba en el aeropuerto internacional de San Francisco para encontrarse con su tía Agnes, que llevaba varios años viviendo allí. Cuando el agente de inmigración le pidió los documentos y le preguntó por su nombre completo, el joven de dieciocho años recordó las últimas palabras que su madre le había dicho antes de subir al avión:

Escúchame bien, Fan-fan. Tú nombre familiar es Lei Siu Long pero el que yo te puse es Lee Jun-fan, «el que regresa». Por eso vas a volver al lugar donde naciste. Estoy segura de que allí serás alguien muy importante, de que harás historia. Ahora bien, tienes que ser como el agua. Tienes que mezclarte con ellos porque será igual que mezclarte contigo mismo. Así que cuando estés en Estados Unidos usarás el nombre que te dio la enfermera al nacer. Tu nombre americano.

El chico que ya era un hombre se quitó las gafas de sol, entregó el pasaporte al agente y le dijo: «Me llamo Bruce Lee».

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9 comentarios

  1. Maestro Ciruela

    No se le puede negar a Bruce Lee una enorme simpatía y carisma personales, además de ser (supongo) el mejor o casi, en lo suyo que era lo de dar patadas y leches a diestro y siniestro. Lo que pasa es que otra historia son los films en los que intervino y produjo creo, no sé si dirigió alguno pero a lo que iba, que eran algo parecido a un mal de vientre en la madrugada. En 1974, llevé a mi hermano pequeño de 7 años a ver una de esas que rodó al principio, con todos sus familiares chinos amenazados por mafiosas triadas orientales, ansiosas por arrebatarles su negocio por cuatro cuartos. Entonces, se desarrollaban unas bacanales de hostias, grititos aulladores por parte de Bruce, junto a miradas picaronas y chulescas de aquí estoy yo, al tiempo que con la pierna, girando, tumbaba a un montón de amarillos. Mi hermanito salió del cine exaltado, pero yo, que ya tenía 24, lo hice con la mosca tras la oreja y eso que nada que ver con lo que sentí muchos años años después al intentar ver por curiosidad algunas de las películas de este fenómeno a nivel mundial. Sencillamente malísimas, incluyendo supuestas mejoras como El Furor del Dragón y Operación Dragón, films solo aptos para adolescentes de 12-13 años y que además, no fueran muy listos. La «labor actoral» de Bruce Lee era como la de la Mula Francis, poco más o menos aunque hay que reconocer que era el mejor de todos los demás «actores». Pero eso sí, parecía un tipo muy simpático y a mí me sigue cayendo bien a pesar de que aquí parezca que lo he puesto a caer de un burro.

  2. Diego

    Como showman y luchador marcial era un puto crack,pero en lo demás andaba bastante escaso.Yo creo que se lo tenía demasiado creído y no percibió que tenía talento para unas cosas y no tantas,o ninguna,para otras.Su temprana muerte evitó que madurara con la edad y que pudiera ofrecernos otro tipo de Bruce Lee más humilde y selectivo.

  3. kung-fu burro

    El texto parece una mala película de hollywood. El típico viejo con pinta de Yoda te dice la típica frase que no sabes qué c*** significa, y (típicamente) de repente el prota es un fiera en lo que toque.

  4. Juan-Li-Chang

    Si algo hay que agradecerle a Bruce Lee, es que nos ahorro una buena ristra de peliculas de carton-piedra infumables, yendose a temprana edad. Jackie Chan.. toma ejemplo del caballero.

  5. Es una cuestión compleja, su calidad como luchador profesionnal es inverificable. Cierto es que gente que si que compitió de manera oficial como el mismo Norris lo reconocen como el mejor, pero no competía. También es cierto que las competiciones de hace 40-50 años no tienen nada que ver con lo de ahora, mucho más físicas y donde un tipo rápido o fuerte puede patarle el culo a uno técnico.

    Como actor, Bruce hizo la mayoria de sus pelis en hong kong y efectivamente eran subproductos. Solo da el salto porque el tiron comercial esta garantizado, y haciendo pelis B donde lo que se buscaba eran las artes marciales, aún eso, hoy vistas tampoco parecen gran cosa. Bueno, era acción de genero, no eran La gran evasión. ¿podia haber evolucionado a otra cosa? dificilmente.

    Lo interesante de Bruce, aparte de una filosofia de artes marciales algo difusa, era que supo combinar el kung fu tradicional con el baile y otras disciplinas que no se han nombrado aqui, como la esgrima o el boxeo, liberandolo del corsé de las tradiciones y popularizandolo. Tambien hay que decir que fue pionero a la hora de darle importancia a la forma fisica dentro de las artes marciales (carrera, pesas…) Es una pena que el JKD carezca que un cuerpo más organizado tipo lo que el general Choi hizo con el taekwondo y que quienes enseñen el jkd sean unos flipados que enseñan un batiburrillo inspirado en Bruce. Creo que desarrollando una disciplina de artes marciales hubiese tenido un mejor futuro que como actor.

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