Deportes

Deporte, o cuando en el pecado se lleva la penitencia

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Fotografía: Humberto Bilbao.

En realidad es culpa de todos y no es culpa de nadie, como cualquier otra de las grandes tragedias con las que se ha visto obligada a convivir la humanidad a lo largo de los siglos. Durante demasiado tiempo se ha consentido, incluso fomentado, el discurso simplista y dulzón acerca de los grandes beneficios del deporte en nuestras vidas sin reparar demasiado en el lado oscuro del asunto, quizás porque el ser humano prefiere las mentiras cubiertas de buenas intenciones que la cruda realidad, por sencilla que esta sea. 

El deporte es salud. El ejercicio físico aumenta la sensación de bienestar y reduce el estrés, la agresividad, la ansiedad, la angustia y la depresión. Incrementa la capacidad de aprovechamiento del oxígeno, la actividad de las enzimas musculares, el consumo de grasas. Mejora nuestra respuesta inmunológica ante las infecciones, nos asegura una vida sexual plena, mejora el sueño… Son algunos de los eslóganes con los que a diario se bombardea sin compasión a esta sociedad nuestra ávida de inmortalidad, cuerpos musculados, penes incansables y buen cutis para las fotos. Se abren gimnasios al mismo ritmo que se cierran bares; la gente se alimenta a base de plancton, tofu, hierbajos varios, raíces de todo tipo y batidos de colores; las conversaciones de sobremesa —si es que todavía se las puede seguir llamando así— giran en torno a los vatios que se mueven con cada pedalada, el tiempo invertido en recorrer cada kilómetro, las series de flexiones y abdominales que parecen diseñadas por un entrenador alcohólico del otro lado del antiguo telón de acero o los kilos de pesas levantados en arrancada. Podemos seguir refiriéndonos a ellos en términos de buenos hábitos, dogmas de vida saludable, incluso acompañarlos con carteles de agradecimiento en los que rece el lema «El Gran Hermano vela por nosotros», como en aquel libro de Orwell, pero no parece exagerado advertir que destilan todo el aroma de cualquier acto corriente de penitencia, incluyendo el sudor, la sangre y las lágrimas, lo que debería llevarnos a la cuestión principal que nos ocupa en este humilde texto: ¿Es el deporte pecado? Siento decirlo, o quizás no, pero parece que sí.

Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo se aprovecha pues tienen promesa de esta vida y de la venidera. (Primera carta del Apóstol San Pablo a Timoteo, 4-8)

El pastor Juan Carlos Berrios Urbina es el líder y fundador del ministerio La Última Trompeta, con sede en Salt Lake City, en el estado de Utah. Nacido en primera instancia el 5 de enero de 1969, en la Ciudadela San Martín de Tipitapa, Nicaragua, el buen pastor afirma haber vuelto a nacer en los Estados Unidos de América en 1992, también un 5 de enero, tras admitir a Jesús como su rey y salvador. «Son ya veintitrés los años transitando por el Camino Angosto», escribió en su muro personal de Facebook para celebrar su último cumpleaños. Voz autorizada como pocas, no en vano asegura tener línea directa con Dios desde rapaz, las opiniones del pastor Berrios son muy claras en cuanto a la naturaleza pecaminosa del deporte. Para él no existe la menor duda de que el deporte ofende al creador, especialmente en su vertiente profesional: «El deporte es satánico, diabólico, un pecado».  

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4 comentarios

  1. Bollocks Fly

    ¿»Mayas»?

  2. No es extraño que ese predicador al final de sus razonamientos asocie el deporte al sexo, la bestia negra del cristianismo. Me recuerda a Savonarola, un monje que tuvo el poder por un tiempo en la Florencia del Medioevo: dentro de las tantas leyes que promulgó estaba aquella que prohibía a las mujeres de bañarse con agua tibia porque corrían el peligro de caer en la voluptuosidad. Si en vez de ser los verdugos hubieran sido las víctimas de la hoguera y solo dependieran de sus piernas, creo que los fanáticos religiosos de aquellos tiempos serían recordados como los primeros más rápidos en los cien metros. Y como dice el autor de este excelente artículo, dentro del cual jamás estuvo mejor representado el autor del dicho con respecto al argumento tratado, «Corre, corre que te van a echar el guante» LEÑO.
    PD: También Savonarola terminó en la hoguera. Parece que era demasiado «hoguerista».

  3. Pero a los cristianos no les parecieron nada satánico las ideologías de Hitler, Mussolini y Francisco Franco y muchos más en donde los cristianos lo apoyaron en masa… hipócritas imbeciles.

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