Arte y Letras Libros

Quemar después de leer

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Prohibir cosas, sobre todo prohibírselas a los demás, es consustancial al ser humano. Y los libros, esos pesos muertos que duermen en nuestras estanterías y que en el siglo XXI nos dan tanta perecita, durante mucho tiempo fueron considerados influyentes. Incluso peligrosos. Y hubo que reprimirlos, claro. Hubo que contenerlos, refrenarlos, templarlos y moderarlos. A esta labor se dedicó muy primorosamente la Inquisición, que estuvo elaborando, desde 1550 hasta antes de ayer, circa 1962, un Índice de libros prohibidos. Pero no se engañe el lector culpando de estos vicios a un único grupo cultural: la pasión con que la humanidad se ha dedicado a dejar testimonio escrito es solo comparable a la fruición que ha empleado en destruirlo. Las fuerzas creadoras y destructoras son parte de todas las mitologías, y bajo su influjo atávico, muchos son los que se han erigido en censores, alarmados por el devenir de la sociedad. Hoy nos parecen monstruos, pero siguen habitando entre nosotros. Tal vez, como decía Larra, «está escrito que [la humanidad] ha de caminar con la antorcha en la mano quemándolo todo para verlo todo», pero conviene también recordar, citando a Heinrich Heine, que «allí donde queman libros, acaban quemando hombres». Este texto no es un repaso exhaustivo, destaca solamente algunos casos curiosos de entre la infinidad de prohibiciones que en el mundo han sido.

1) Sobre los dioses, Protágoras, siglo V a. C.

Protágoras de Abdera era un reconocido filósofo, experto en retórica, que pertenecía al grupo de los sofistas. Fue discípulo de Demócrito y allá por el 440 antes de Cristo se codeaba con Sócrates y Pericles, la flor y nata de la sociedad ateniense, e incluso uno de los diálogos de Platón lleva su nombre. Pues bien, un día a Protágoras se le ocurrió hacer una lectura pública de su manuscrito Sobre los dioses, en el que hacía una serie de reflexiones, como por ejemplo: «Sobre los dioses no puedo saber si existen o no, ni cuál es su aspecto, pues son muchos los obstáculos para saberlo, tanto la falta de evidencias como la brevedad de la vida del hombre». Entre los oyentes se encontraba un señor, de nombre Pitidoro (otras fuentes lo llaman Evatio, pero aquí apostamos por Pitidoro), que parecía tener algo más claras las cuestiones divinas, de modo que acusó al filósofo de impiedad, un término equiparable a lo que entendemos por herejía. La obra de Protágoras fue confiscada de casa en casa y destruida. Murió durante un naufragio, se dice que con el último ejemplar de su libro entre las manos, pero no se lo cree nadie esto.

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3 comentarios

  1. Excelente artículo, mis felicitaciones. Realmente la censura nunca morirá, actualmente la tenemos presente en forma de feminismo radical, de animalistas que dicen amar a los animales y les hacen más daño que bien, de ofendiditos de red social (y desde su sofá, que así se ofenden cómodamente), colectivos mil que se sienten heridos por cualquier cosa aunque haya sido una tos, personas condenadas al ostracismo por hacer un chiste o una canción desagradable que hace veinte años hubiese provocado risa pese a ser conscientes de la barbaridad (de eso va el humor negro, cosa que nadie pilla hoy, volvemos a los ofendiditos), linchamientos públicos originados por un simple rumor (del que luego eso si, nadie se disculpa cuando se desvela que era mentira) o por un pseudo-escándalo light y en fin, un largo etc.

    • Vaya con el análisis.. el problema con la censura ahora va a ser el feminismo, y no por ejemplo la manipulación y la ocultación que los medios hacen de la realidad, por ejemplo, o las mentiras que el machismo y quienes lo apoyan lanzan en las redes, atacando al feminismo y las medidas para la igualdad. Y el otro gran problema, según tu, es que nos ofendamos con cosas que hace 20 años daban risa; seguro que es mejor volver a aquel entonces, a insultar tranquilamente a negros, gitanos y maricones, es lo que necesitan las minorías puteadas, que las humillen públicamente. Creo que tenemos aquí un ejemplar de ofendidito, al que ofende que se pierda el privilegio de reirse de los que están en una posición desfavorecida.

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