Arte y Letras Literatura

El misántropo de los trescientos gatos, ciento cincuenta perros y un mono

Paul Léautaud, 1953. Foto: Cordon.

Si atendemos a su propia confesión, Léautaud llegó a enterrar en el jardín de su casa de las afueras de París, en Fontenay-aux-Roses, a unos trescientos gatos y ciento cincuenta perros. Elaboró un mapa con la situación exacta de la tumba de aquel tropel de animales con los que convivió durante buena parte de su vida. También tuvo un singular inquilino. El mono de Léautaud. Semejante adoración por los animales nunca la compartió con el resto de sus semejantes. A una soledad forjada ya desde la infancia, el escritor añadió una misantropía bien palpable en los diecinueve volúmenes que conforman su Diario literario. Escribió Julio Ramón Ribeyro que «sería necesario leer cada mañana, antes de empezar el día, un par de páginas del diario de Paul Léautaud, a fin de afrontar la vida sin ninguna pretensión, ni énfasis, ni ilusión». En tragos cortos, pues, cortantes y amargos. 

Como niño no deseado tanto por la madre (hacia la que siempre profesó una fascinación que haría las delicias de psicoanalistas freudianos) como por el padre, ambos teatreros de vida promiscua, Léautaud pasó una infancia que le fue situando en unos márgenes sociales que raramente abandonó. Anota en la entrada del 7 de abril de 1894: 

En el colegio, no jugaba. Cuando llegaba antes de la hora de clase, me paseaba solo por las aceras del patio. Para mí, eran ya un suplicio los gritos y empujones de mis compañeros.   

Iba y volvía solo del colegio, tanto por mi carácter insociable y mi timidez como tal vez por mi tendencia a la soledad. ¿Me apreciaron mis maestros?… No era un buen alumno ni tampoco de los peores, y recuerdo que tenía tal cantidad de deberes que esto hacía que me acostase casi todas las noches a una hora muy avanzada, bastante después de que mi padre volviera del teatro. 

Considerado un cínico, un antisentimental, un desapegado de las relaciones duraderas y el compromiso con las mujeres, con las que no pocas veces se mostró desleal e incluso cruel, Léautaud intenta el éxito primero con la poesía, ese refugio de los solitarios hipersensibles (son frecuentes los apuntes de lloros emocionados escuchando música, releyendo un verso, un párrafo sin fingimientos). 

Con poco más de veinte años, al pasar por delante del Café Mahieu, ve en la terraza a Verlaine «con esa mujer que lo acompaña siempre». Compra un ramito de violetas a la florista que se encuentra al lado de la pastelería Pons y se lo hace llegar con un muchacho. «Yo me he apostado en el terraplén del estanque para ver el efecto desde lejos. Él se ha acercado el ramo a la nariz para respirar el perfume, mirando hacia todas partes para ver de dónde podía venir. He proseguido mi camino, encantado con mi gesto». Así pues, ese hombre que escribe que «la fortaleza reside en no admirar nada», muestra su admiración de groupie desde la distancia retraída. 

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