Futuro Imperfecto #6: La década que pone fin al Imperio Millennial

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Deberíamos haber visto cosas que no creerías, como ataques a naves en llamas más allá de Orión. O rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Al fin y al cabo estamos en 2019, momento en que transcurría el Blade Runner de Ridley Scott, y también cierre de la segunda década del siglo XXI. Pero nos la han vuelto a pegar, así que tendremos que conformarnos con el caos urbano, mezcla de polución y turistas de la película, y resignarnos también a que los coches no vuelen. En todo lo demás los acontecimientos nos han superado, y lo harán aún más en la década siguiente. Esa en que, según los sociólogos, los millennials se harán viejos y la generación Z, que quizá lleve esa letra porque el clima puede convertirla en la última, será la dueña del mundo. Ok, boomer. Vamos con el repaso de la década y la previsión de tendencias.

De generación en generación, ¿regeneración?

Cuatro generaciones, baby boomers, la generación X, millenials y generación Z, han competido a la vez en el mercado laboral. Bueno, es un decir, porque el paro juvenil en España superó el 50% y el futuro del empleo no pinta bien. Las generaciones vienen definidas por la edad y por los impactos sociodemográficos que las dan forma, hasta que adquieren una manera común de entender la sociedad y el entorno. En los próximos años nos encontraremos con varios impactos generacionales. La jubilación de los baby boomers, con los problemas económicos asociados a su salida del mercado. El futuro de las primeras generaciones que van a vivir cien años… o quizá simplemente «sobrevivir», ya que la mala calidad de vida empieza a ser motivo de preocupación desde la adolescencia. La baja natalidad, que algunos postulan buena para «salvar al planeta», otros postulan terrible «para la economía», y quizá simplemente sea una consecuencia natural de los ingresos y el estilo de vida. Nos encontraremos también con el problema del empleo y el déficit, en un entorno donde la deuda es imparable e impagable, donde los países están virando hacia un mayor proteccionismo tras décadas de apertura, y donde tarde o temprano el dinero para pagar todo lo que ahora se considera un derecho se acabará. 

El impacto de estas tendencias sociodemográficas está llevando ya a replantear derechos fundamentales. Quién puede votar y quién no: Podemos propuso rebajar la edad a los dieciséis para ejercer ese derecho, al modo de Austria y Grecia, ya que es la edad legal para trabajar. Privación de libertad con penas más altas para criminales irrecuperables, como la prisión permanente revisable, aprobada por el gobierno del PP, y ya aplicada a casos como el del Chicle, asesino de Diana Quer, fue recurrida ante el Tribunal Constitucional en 2015 por todos los grupos de la oposición. Unos y otros parecen eludir el debate de fondo sobre el asunto, tomando decisiones a golpe de tuit. 

Ese apresuramiento puede estar detrás de la pérdida generalizada de confianza, no solo entre generaciones —millennials achacan sus problemas a boomers—, sino también en los políticos, expertos, y a este paso, en todo lo que nos rodea, con la consiguiente búsqueda de algo nuevo en lo que creer. El nivel de polarización en la opinión pública de la mayoría de los países crece y crece, mientras los políticos confirman, cuando creen que no les escuchan, que les conviene que haya tensión. Vienen tiempos de conflicto y de conflictos.

No parece nada nuevo. Repasando la historia hemos vivido este tipo de situaciones antes ¿La culpa esta vez? En gran parte, de la tecnología

Tecnológicamente, esta ha sido la década del 4G, y ahora viene el 5, con rima

Parecía muy banal cuando lo escuchamos por primera vez, pero ese 4 posibilitó que nuestros teléfonos móviles se convirtieran en pequeños ordenadores. Quién iba a decirnos que nos condenaría también a una conexión permanente con el trabajo, los amigos, y los grupos de Whatsapp. Con el 5G llegará el siguiente paso, el de que nuestros coches y neveras estén conectados a internet. Parece una memez.  

Pero el caso es que no lo es, y en breve todo electrodoméstico, desde una batidora a un timbre, estarán conectados a internet. Es lo que se llama IoT, internet de las cosas, que además de hacernos más vulnerables, posibilitará al fabricante del 5G tener todos nuestros datos. Quien lidera la implantación de esta tecnología es la china Huawei, y eso ha disparado todas las alarmas. Si la compañía es obligada a ceder todos sus datos a China, el país asiático tendría en sus manos el control de nuestro ejército, sistema financiero, comunicaciones, suministro de energía, agua, neveras, etc. Una invasión militar efectiva, sin disparar un solo tiro, y sin enviar tropas.

Estados Unidos puso el grito en el cielo, colocando a Huawei en la lista de empresas con las que no pueden comerciar sus ciudadanos, y obligando así a Apple a dejar de trabajar con ellos. Acaba de seguirle Alemania, con una legislación que pretende ser generalista, pero redactada especialmente para que la empresa no pueda ser la encargada de instalar el 5G alemán. El gobierno chino ha montado en cólera, amenazando con no comprarles un solo coche. Veintiocho millones de automóviles para los que no será fácil buscar un mercado alternativo. La ofensiva ha alcanzado también a Dinamarca, donde el embajador chino ha amenazado a miembros del gobierno de las Islas Feroe con restringir la exportación de salmón a China si no aceptan implantar el 5G… de Huawei. Obviamente, a la noruega Ericsson, con más capacidad de instalación que Huawei, pero patria del salmón, no van a pedírselo. 

¿Y qué defensa hace de sí misma la empresa asiática? La peor posible, afirmando que ellos son buenos y no venderán datos al gobierno chino. ¿El mismo gobierno que les defiende con extorsiones y amenazas en medio mundo? 

Menos mal que en nuestro país tiene vía libre: su consejero delegado asegura en los foros internacionales que España va a ser el ejemplo de Europa en su instalación. Ay, que nos va a tocar la rima del cinco con el 5G chino. 

Esta movida tiene una vertiente imprevisible, porque Estados Unidos está empujando a China hacia su independencia tecnológica completa. Como sea capaz de sacar su propio sistema operativo, distinto a iOs y Android, dejará de necesitar a los desarrolladores estadounidenses. Y es que las guerras, desafortunadamente, suelen tener como positivo el desarrollo de nueva tecnología o conocimiento. Aunque el principio de acuerdo alcanzado puede hacer pensar a muchos que las dotes negociadoras de Donald Trump funcionan, esto es solo el prólogo de lo que está por llegar

Resurge la política de bloques de la Guerra Fría

El presidente Donald Trump y el vice primer ministro Liu He, 2019. Foto: Shealah Craighead / Cordon.

El secretario de defensa estadounidense, máxima autoridad del Pentágono, ha afirmado que China ha desplazado la preocupación militar de EE. UU., para quien Rusia pasa a ser el segundo mayor enemigo, no el primero. Ha afeado al gigante asiático sus intentos por dominar el espacio marítimo al sur del mar de China, así como su injerencia en otros países saltándose leyes internacionales. No solo eso, anuncia una nueva geoestrategia, centrada en limitar la expansión del gigante mediante sus principales aliados en la zona, especialmente Corea del Sur. Los analistas coinciden: esta nueva situación ha venido para quedarse, y ahí tenemos el conflicto que protagonizará los titulares militares de la próxima década.  

De momento, Taiwán ha hecho un llamamiento para no acabar como Hong Kong, y ese abierto desafío al gobierno de Pekín puede entenderse como un intento de alinearse con un posible nuevo bloque de presión estadounidense. 

China no es democrática y tenemos que convivir con ella

Si algo molesta al gobierno chino es que se le denuncie como dictadura. Es lo que tiene reconvertirse al capitalismo, que se abandona la famosa dictadura del proletariado, tan comunista, pero sin abrazar la democracia. Tendríamos que repasar su historia para entenderlo, pero podemos resumirlo en que China, más que un país, es un continente mezcla de varias etnias, lenguajes y creencias, que lleva intentando unificarse bajo la etnia Han desde los tiempos de Mao, y aún antes. Va a hacerlo por las buenas o a la fuerza, y la última minoría con la que se está intentando acabar, con un sistema demasiado similar a los campos nazis, es la etnia uigur. Chinos musulmanes con idioma propio. 

Era un rumor no confirmado hasta que se filtraron una serie de datos de la provincia de Xinjiang, donde están esos nuevos campos de concentración. Ahora sus autoridades destruyen a toda prisa las evidencias del genocidio. Este es el país que nos va a instalar el 5G, del que dependemos tanto económicamente que el aumento de tensión en la guerra comercial con EE. UU. puede hundirnos en una crisis. Coja al azar cualquier producto, cualquier etiqueta, y comprobará que un 80 % de lo que posee tiene la etiqueta Made in China. ¿Vamos a afearle sus costumbres dictatoriales a nuestro proveedor? 

No, y además tendremos que comerciar con él. Quizá debamos hacer caso a Rafael Poch, y aceptar que es un país al que no entendemos lo suficiente, pero que está muy bien gobernado.  

Hemos pasado del presidente negro al blanco, y no nos ha ido mejor

Barack Obama, 2014. Foto: Andrew Harrer / Cordon.

Si algo tuvo la era Obama, el presidente elegido seis meses después de desatarse la crisis de 2008, fue un elogio generalizado del primer negro en la casa blanca. Will Smith llamó a su hijo, llorando, para que viera que, por primera vez, un hombre de su raza gobernaría en Estados Unidos. Poco después le concedían el Nóbel de la Paz al tipo de la gran sonrisa cuyo segundo nombre era Hussein. Menudo chiste después de tanta guerra en Oriente Medio. Al menos Obama reconocía en una entrevista de empleo antes de dejar el cargo que no sabía por qué se lo habían dado. Cosas de suecos.

Y tras el negro, hombre de color, o afroamericano, llegó el blanco, o el zanahoria, según le dé la luz. Donald Trump tiene tan mala prensa como buena tuvo Obama, pero ¿de verdad son tan diferentes? El resumen de los ocho columnistas estadounidenses de The Guardian aseguró al fin de su mandato que no. La sensación es que bajo Obama se instauró la precareidad entre los trabajadores estadounidenses. Ahí estuvo razón del éxito de la gorra roja de Trump con el «Make America Great Again», ligada a hacer regresar las fábricas para sus votantes rurales, los rednecks. Cosa que, claro, no ha sucedido. 

Obama se declaraba adalid de la lucha contra el cambio climático mientras financiaba con fondos públicos mayores explotaciones de crudo en países extranjeros. Deportó a más de 2,5 millones de personas hasta ganarse, concedido por los latinos, el título de «deportador en jefe», imitando el de «comandante en jefe» que todo presidente tiene como mando supremo del ejército. 

Menos mal que nos queda el Impeachment

Si Trump resume los males de nuestro tiempo, siempre podemos echarle. Los demócratas han lanzado el Impeachment, un equivalente aproximado a nuestra moción de censura, que terminaría con su mandato. ¿Funcionará? La aprobación en el Congreso de hacerle un juicio político en el Senado no debe llevarnos a error. Ambos partidos han votado en bloque, y eso quiere decir que los republicanos se han mostrado en contra. Pero para echarle de la presidencia se necesitarán sesenta y siete votos fundamentales que dependen de senadores de su propio partido. 

Lo que van a hacer a Trump en el Senado estadounidense es un juicio, y los senadores norteamericanos no son como nuestros diputados, monos que pulsan el botón que el partido les dicta. Llevan tan a gala su independencia como la honradez, y si unos pocos miembros del jurado consideran que su líder ha cometido traición a sus sacrosantos Estados Unidos de América, le tumbarían. No parece que vaya a ser así, porque el presidente tuitero ha sido listo, y está polarizando el debate como una contienda preelectoral entre demócratas y republicanos, con vista a las próximas elecciones de noviembre de 2020.

Recordemos lo que nos explicaba Roger Senserrich, ningún presidente americano tendría las manos libres para hacer nada, fuera de emergencias, antes de 2020. Nos lo dijo en 2014, usando el término gerrymandering, que, la verdad, parece sacado de las Alicias de Lewis Carroll. Agiliscoso brumeaba. 

O les echamos, o nos echamos todos a la calle. Otra vez.

Protestas desencadenadas por la muerte de Mohamed Bouazizi. Foto: Cordon.

Si algo ha sido esta década, es la de las revoluciones en la calle. Queremos recordar aquí a Mohamed Bouazizi, que no era un activista, ni un revolucionario, ni un héroe. Tan solo un humilde vendedor de frutas, tan desesperado por la confiscación de su puesto por la policía, y las humillaciones posteriores cuando fue a pedir explicaciones, que se quemó a lo bonzo. Su llama incendió Túnez, hizo huir al dictador que llevaba veinticuatro años en el poder, e inició una serie de revueltas denominadas Primavera Árabe

Aunque para ser honestos lo que nos sacudió a nosotros, y con extremada fuerza, fue un movimiento denominado 15M. Nadie tenía muy claro qué era, y lo único seguro en 2011 es que un montón de gente, ya hasta las narices de prometidos brotes verdes, y apaleada por la crisis, acampó en las plazas de media España. No era un movimiento político, sino la sensación de que habíamos dado un gigante paso atrás, con una clase política indiferente e impune, además de soberbia. El movimiento de los indignados lo cambió todo y aquí estamos, todavía sin gobierno, y sin paraíso.

Y eso que durante unos meses pensamos que quizá esta vez íbamos a asaltar, por fin los cielos. Podemos aglutinó el malestar del 15M y puso un partido en las urnas para entregarle nuestra rabia. Bueno, y para que el PP pusiera el grito en el cielo anunciando que regresaban los comunistas, los cuales después decretarían alertas fascistas, y vuelta a empezar. En realidad pocos de sus líderes eran marxistas, casi ninguno estuvo en las plazas, y hasta hubo oportunistas que ascendieron allí declarándose miembros de la PAH. Esta entrevista a Simona Levi explica un poco esa «visión tan particular de la realidad personal» (también conocida como «hechos alternativos»), pero sobre todo históricamente es oro para comprender lo que «Pudieron» ser, y no fue. 

Y esta otra trata de explicarnos que si queremos salir de la crisis tenemos que abandonar o reformar el capitalismo. Hay que darle la razón a Mónica Oltra, la crisis es, o fue, en realidad, una gran estafa. Como las falsas víctimas del 11S o del 11M, o los padres de Nadia, representantes de una nueva moda, el victimismo lucrativo. Curiosamente en todos los casos el resultado es una gran deuda que destruye la confianza.

Tampoco la Primavera Árabe, que nos hizo confiar con esperanza, trajo grandes cambios. Nicaragua, Bolivia, Chile, Colombia, Hong Kong, se han sucedido de revuelta en revuelta, y en todas tiene uno la sensación de que reivindican, con justicia, lo mismo que nuestros indignados, y que los inspirados por Bouazizi. Merecerían tener la razón, pero quizá estemos en el siglo donde toda lucha es estéril. O quizá, poco acostumbrados a pelear, nos demos por vencidos demasiado pronto. 

También es posible que simplemente los que piden cambios en realidad solo quieren uno: «quítate tú para que me ponga yo». No se busca cambiar el sistema o mejorarlo, solo revanchismo con los anteriores para hacer lo mismo que hacían ellos. Ada Colau explicaba cómo la gente le pedía por la calle trabajo para amigos y vecinos, es decir prevaricar. Y basta con un ratito en la cuenta de Twitter de @mejoreszascas para comprobar cuánto político que se quejaba del comportamiento del de al lado lo repite con minucioso mimetismo. Es la moda. Y claro, los políticos han pasado a ser una de las primeras preocupaciones para los ciudadanos de a pie.

La conclusión es que hemos ido de manifestaciones y protestas a movimientos, que se reforzarán cada vez más, saliendo una y otra vez a la calle. Esta vez, educados en no convertirse en partidos políticos, sino en marcarles el camino. Es lo que intentan hacer en Francia la suma de colectivos contra la reforma de las pensiones de Macron, o el Movimiento de las Sardinas en Italia. 

De cincuenta sombras de Grey hasta «El violador eres tú»

Mujeres cantando «Un violador en tu camino». Lima, Perú, 2019. Foto: Carlos Garcia Granthon / Cordon.

Ni la revista Times, al nombrarla persona más influyente en 2012, ni la propia escritora L. E. James imaginaban que al cabo de una década Cincuenta sombras de Grey habría vendido cien millones de ejemplares. Reconocemos el mérito de conseguir esas ventas tras escribir «Oh my» más de setenta veces en el primer libro de la trilogía. Su éxito es una lección para especialistas en marketing y medios de comunicación, responsables últimos de hacer viral algo que no estaba destinado a serlo

Pero hay algo más que pareció pasar desapercibido a las lectoras de entre veinte y treinta años, que han constituido el 70 % de sus compradoras. El protagonista masculino es un maltratador, que trata de controlar lo que ella come, cómo viste, qué coche conduce, y que se cabrea cuando ella no le obedece. Anastasia está lejos de estar empoderada, todo esto la halaga, y mientras nos lo cuenta no para de decir «guau» y hablar de la diosa del sexo que lleva dentro. 

La clave está en las sensibilidades cambiadas, lo que ayer era malo, ahora que estoy en la cima es bueno. Empodera la faja de Kim Kardashian, y Perez Hilton pide perdón a las celebrities a las que haya podido hacer daño con sus comentarios en su blog… ahora que él es una celebrity y no quiere que le hagan lo mismo. El ciclo de la vida, vida en la que debemos evitar o neutralizar a toda la gente tóxica que nos iremos encontrando. Cada vez serán más.

Un grupo de investigadoras publicó un estudio en 2014 advirtiendo del modelo tóxico de relaciones que reflejaba la novela, y su posible negativa influencia en las jóvenes lectoras. Es el eterno debate en que estamos sumidos, ¿no tiene derecho absoluto la ficción a desarrollar su libertad creativa? Error de foco, porque la cuestión aquí es si hoy Penguin Random House se hubiera atrevido a comprar los derechos de una obra erótica publicada en un sello ínfimo de Nueva York. 

Se nos viene encima con mayor fuerza el problema sobre la libertad de expresión. Ya no vale hacer boicots usando nuestra capacidad de compra, es decir no comprando, tal y como explica Enrique Dans en su último libro. Ahora lo moderno es escrachar, prohibir la libertad de expresarse a cualquiera que no nos guste, por cualquier motivo, convirtiendo lugares como las universidades en parques temáticos de lo pírricamente correcto, y actualizando la tradicional quema de libros

Adiós diálogo, negociación, civilización, bienvenidos al conflicto por el conflicto. Cualquier problema, la más mínima molestia, la percepción personal de incomodidad, torna en violencia. La generación blandita lo es para indignarse, pero deja su pasividad para estallar anónimamente en redes o con la cara tapada fuera de ellas. El problema es que a esa generación nunca se le enseñó a luchar, ni aquí antes ni allá en el futuro, por lo que puede llegar a ser utilizada como su Luca Brasi particular por aquellos que mejor sepan venderles el relato o el himno adecuado. 

Terminamos el año en que el himno «El violador eres tú» ha sido coreado en América, Europa, y hasta por las diputadas del Parlamento Turco. Su estribillo, creado por el colectivo Lastesis en Chile, deja claro el problema que persiste todavía en muchas partes del mundo: «Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía». Todo, porque la mujer aún debe demostrar en los tribunales que no deseaba ser violada cuando lo fue. Aquí, con una legislación específica que en lo penal pena más al hombre que a la mujer, vivimos una época que será recordada por «las manadas», grupos de hombres contra una mujer sola. Recordada y distorsionada, tanto, que incluso algunos políticos confunden las manadas con otras… cosas. 

Esta distorsión empieza a suponer un posible riesgo para la presunción de inocencia, que algunos insisten en eliminar; pero sobre todo para la confianza en la justicia, que se ha visto afectada por el populismo y el espectáculo mediático continuado en que viven grandes medios y políticos. En la época de los realities, baratos, rentables y con contenidos tan inevitables como Thanos, incluso el reality por antonomasia, Gran Hermano, no pudo verlo venir ni evitarlo… o eso dicen. 

Es entonces todo un reality, realidad incluida, y por eso hemos confundido ficción con realidad: el artista que creó una falso tour de la Manada de Pamplona ha sido condenado a un año y medio de cárcel y una multa de quince euros. Los medios que tomaron erróneamente por verdadero su falso montaje, creado para denunciar el despreciable tratamiento que realizan en estos casos dichos medios, no han sufrido ninguna consecuencia. Vendrán más condenas y más límites a la libertad de expresión y a otras libertades. 

Es complicado saber el precio que esta sociedad está dispuesta a pagar para que hombres y mujeres lleguen a relacionarse en condiciones de igualdad. Curiosamente se busca ir rápido en el proceso cuando se prevé que la igualdad de género no se alcance hasta 2119. Quizá ni siquiera lo haga nunca. 

Queríamos más mujeres en las carreras STEM y ahora el problema es que cada vez hay menos gente de cualquier tipo en las ingenierías. Queríamos paridad, pero que haya más profesoras de primaria o enfermeras no motiva al cambio. Hay más juezas que jueces, pero a los puestos más altos llegan más ellos. Al menos de momento. 

Quizá no sea tan simple como los himnos y las frases lapidarias de fácil difusión tuitera, quizá haya que entender el problema en detalle para conocer los motivos de algunas de esas diferencias y así plantear posibles soluciones. Lo que es seguro es que podrán identificar a quién vive del problema y no quiere que este desaparezca: repetirá consignas, pedirá que se haga callar a cualquiera que sea crítico o discrepe, y luchará denodadamente por su pan, ocultando datos que puedan arrojar luz sobre el tema. Al menos siempre nos quedará París, donde gritaremos a pleno pulmón «Vive la difference!» y seguiremos combatiendo la intolerancia desde la resistencia.

Nos ha dejado Juego de tronos y el kilogramo, pero tenemos a Rosalía

Rosalía. Foto: Cordon.

Hemos vivido la década del sindiós cultural, por las mezclas de género y la masa decidiendo la creatividad de los autores. Uno de los problemas de los cambios demográficos. De películas en el cine a series en casa. De esperar a la hora señalada cada semana a encerrarnos para ver toda la temporada de un tirón. De recordar a Chanquete con nostalgia a exigir en redes sociales que nos den el final que queremos recordar. Nos quedamos con la explicación de Bárbara Ayuso, que lo resume todo: el escritor no es tu puta

George R. R. Martin vivió acosado para que terminase Canción de hielo y fuego, en parte porque a los fans les obsesionaba ver el final de su serie de televisión, estrenada en 2011. Finalizó antes de que Martin haya acabado de escribir su saga, sin contentar a muchos. Oigan, igual es que faltaba su creador. Será el signo de los tiempos durante la próxima década: la prisa, el atropello. El autor explicaba que los showrunners tuvieron trescientos sesenta minutos, es decir trescientos sesenta páginas de guion, para contar el final, mientras que él no va a bajar de tres mil páginas en su versión. Casi nada.

Y vendrá la limpia, porque lo de crear con calidad no entiende de prisas, ya pueden estar Netflix y HBO obsesionadas con llenar su catálogo. Lo único que consiguen, de momento, es que el 80 % de su producción sea pasable o abiertamente mediocre. El talento de Pareto, de toda la vida, aunque de vez en cuando salve los papeles alguna joya. 

En cuanto al rock, ha muerto. Larga vida al rock. O no, si acaba siendo un producto minoritario, una delicatessen. Led Zeppelin cumple cincuenta años, también el primer festival de Woodstock, y aquel concierto en una azotea de The Beatles. Cuando rebasamos los treinta dejamos de escuchar nueva música, y los rockeros nostálgicos no son más que un producto de la conducta, analizado por la ciencia. El subdirector de esta revista ama el metal, el director es más del indie, todos amamos a Rosalía aunque no la escuchemos. El futuro es el trap y el autotune a tope. Lo dice Jaime Altozano. Y cuando pasa a nuestro lado un chaval con un móvil escuchando algo que no le pondríamos ni a nuestro peor enemigo, un escalofrío nos recorre la espalda. ¿Nos habremos hecho viejos? 

Para saber lo que viene nada como los youtubers, el futuro del entretenimiento disponible hoy en cualquier pantalla. Con ellos podemos entender arquitectura gracias al culo de Kim Kardashian y Ter; entretener a cinco millones de suscriptores con las cosas de niños de MikelTube y LeoTube; o abandonar a los Manolos para ponernos al día con el fútbol de los chavales de Campeones. Sí, también ciencia, magia, una abuela de dragones y mucho más. Cualquiera puede serlo, los niños le dicen a Addeco que es una de sus profesiones preferida, aunque solo unos pocos pueden vivir de ello. Pero quieren ser eso y mucho más.

Pero ya no más…

El nuevo prototipo de la nave de Elon Musk y su compañia SpaceX. Foto: Cordon.

… aunque hay más. Claro que lo hay. Nos ha faltado lo nacional, no le hemos hablado del procés, ni de el día electoral de la marmota, ni del Valle de los Exhumados y su depreciada momia, ni de tantas y tantas cosas que marcaron esta segunda década del siglo XXI. Tampoco del último ataque a la libertad en internet, de las limitaciones en el copyright en la UE, del incendio del Amazonas de París y del Notre Dame de Brasil (los de California ya tal), ni del primer actor y humorista elegido presidente, Volodymyr Zelensky, en Ucrania. No hemos hablado de la nueva carrera espacial, de Musk y Bezos mirando a Marte, de China e India camino de la Luna, o de los fundadores de Google creando alta biotecnología. Tampoco mucho de economía, ni de la deuda, ni del empleo ni de casos como el de Thomas Cook, que quebró por esa dinámica mundial de morir o matar por turismo, sin saber adaptarse a los nuevos tiempos. Sobre todo no le hemos hablado del fin de la risa, y eso que esta vez nos hemos puesto serios. 

Pero no sufran ni se preocupen. Otros les hablarán de todo ello. De un modo u otro, tarde o temprano, siempre encontrarán algunos de esos que viven defendiendo esta bandera negra, con una J y una D. Porque, ¿saben? por encima de cualquier otra noticia, esta ha sido…

… La década Jot Down

El 1 de mayo de 2011 aparecieron, de golpe, trece artículos en una mínima página de internet, otra más en el marasmo de direcciones IP.  Sabemos que se han saltado todos esos enlaces que ponemos para que amplíe la información, pero haga el favor de clicar en este porque fue el primer día de esta revista. Es cierto. Lo sabemos. Viéndolo, nadie hubiera dicho que esos locos de la bola negra fueran a refrescar el periodismo de este país, la forma de escribir artículos, de hacer entrevistas, de mostrarse macarra o erudito, científico, tierno, gonzo, etc. Pero apenas unos meses después, en junio de aquel año, aparecía el primer artículo con el reconocible estilo Jot Down, «El sueño húmedo de la mujer del pescador». 

Jot down significa «apunte rápido y breve», por lo que era evidente que el estilo «yotdaunesco» iba a implicar artículos de dos mil quinientas palabras y entrevistas de dos horas, en persona, en directo y con fotos en blanco y negro. Luego salieron los imitadores, y hasta los jetas que copiaban y pegaban en sus revistas artículos y entrevistas como si fueran suyos, al más puro estilo del sucedáneo homeopático de turno. 

A los primeros se les agradece, como decía el maestro Quino «la diferencia entre el plagio y la inspiración es que inspirarse es lo que hacen tus amigos». Así los vemos, como amigos de la cultura que se han inspirado en unos enamorados del tema, que siendo pioneros parece que han creado escuela. A los segundos no se les guarda rencor. No mucho. No tenemos tiempo para dedicárselo, ya que por aquí pasa medio millón de visitantes únicos cada mes. No personas que repiten, no, 500 000 lectores distintos. Que leen cada artículo durante una media de 14 minutos 23 segundos. Que en sus inicios llegaron a dedicarnos 53 minutos cada vez que venían a saludarnos. Que nos hacen 25 millones de visitas al año. Gente maravillosa como usted, pero también crítica y meticulosa, que incluso a veces nos dejan sus comentarios. Exigentes como para que pensemos en ellos continuamente cuando aporreamos nuestros teclados como estajanovistas pianistas en medio de un complicado concierto. Personas que nos hacen pensar que merece la pena seguir con esto otra década más. Junto a ese hermano pequeño del que no hablamos mucho. Una comunidad a la que queremos ofrecer una visión independiente, un lugar donde se puede hablar de todo y de todos, donde el deporte y el sexo son cultura, y donde el pensamiento crítico nos impide callar, por más que nos exijan silenciar a unos u otros. Y donde, además de escribir, organizar eventos y promover el conocimiento, remamos sin parar.

Ahora que estamos en confianza, es cierto que no hemos cumplido todavía diez años, ya que confesamos que Jot Down nació en 2011. También que la segunda década del XXI no ha acabado todavía realmente. ¡Fake news! Es la moda que viene. Así que no nos tomen demasiado en serio. Que igual que les decimos que las matemáticas desaconsejan jugar a la lotería, les deseamos buena suerte mañana con el bombo. Puede que les toque, o puede que no. En cualquier caso vuelvan por aquí para suscribirse. En Jot Down tienen la seguridad de que siempre saldrán con más de lo que entraron. ¡Tomen nota!


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4 comentarios

  1. Gerardo

    Claro, es mucho mejor dejar que el 5G lo desplieguen los yanquis, esos seguro que no hacen nada malo con nuestros datos y además nunca se saltan las leyes internacionales, dónde va a parar.

    • Guillermo de Haro

      Gracias Gerardo. Proyectos como Blackphone se crearon en Suiza para intentar resolver en parte ese problema. Esa parte del artículo pretende reflejar la pérdida de confianza y la importancia de la escala en el mundo moderno. No se posiciona en favor de unos u otros. Realmente el argumento de China es similar al empleado anteriormente por otros.

  2. Oppiano Licario

    El autor demuestra saber lo mismo de lo que realmente se cuece en el Impeachment como de la nacionalidad de la empresa Ericsson

    • Guillermo de Haro

      Gracias por pasarte y por dejarnos tu opinión Licario. El Impeachment es un proceso complejo que se puede realizar contra empleados públicos, presidente o VP, pero que sólo se ha realizado 3 veces en EE.UU. contra el presidente, contando con esta (4 si contamos Nixon, pero sólo se inició sin culminarse porque dimitió). Si el comentario viene por las 3 «deserciones» demócratas, es cierto que no votan estrictamente en bloque, como también comentamos. Si es porque no es una moción de censura como la nuestra, sino más bien en su concepción una acusación por sobornos, traición o similar, que inicia un proceso judicial singular, es cierto, tanto como que el resultado es la destitución en el cargo. Dori Toribio lo explica y sigue muy bien en Twitter.
      Respecto a la sueca Ericsson, ha sido un fallo por las prisas. Estos artículos nacen de una newsletter semanal, un proyecto nuevo que estamos lanzando. La presión de la fecha de entrega a veces nos juega malas pasadas. En mi caso poco perdón tengo, ya que Ericsson tuvo fábrica en Zamudio, donde una cantidad importante de ingenieros de teleco de la ESI de Bilbao terminaron, entre ellos bastantes compañeros míos. Pero lo del salmón si es de Noruega, como el petróleo con su fondo soberano y los fiordos. En los próximos intentaremos afinar más, aunque casi seguro que para conseguirlo tendremos que contar menos. Espero que demos con la tecla pronto.
      En cualquier caso espero que aparte de estos dos aspectos te haya resultado de valor el resto del newsletter.

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