Sociedad

Matar o morir por turismo

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Turistas en Versalles. Fotografía: * raymond (CC).

Al terminar este año, treinta millones de vuelos habrán transportado a más de 1300 millones de turistas por todo el planeta, emitiendo grandes cantidades de CO2, azufre y nitrógeno a la atmósfera. Una contribución al calentamiento global que no deja de aumentar y que, de seguir a este ritmo, será responsable para 2050 del 22% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque grave, este es solo el primero de los muchos problemas que genera la industria turística en todo el mundo.

También afecta de forma determinante a playas y costas. Allí la masiva ocupación veraniega aumenta los vertidos procedentes del alcantarillado, que son el alimento preferido por las cianobacterias. Nutridas como ganado, se convierten en el organismo predominante en las aguas costeras, desplazando a todos los demás, hasta convertir el lecho marino en un lodo estéril, muy similar al del fondo de los puertos. Este verano se ha comprobado que en el Mediterráneo las praderas autóctonas de posidonia y su ecosistema asociado ya se han retraído más de cinco kilómetros mar adentro. Lo que dejan entre ellas y la costa no es más que una zona muerta.

Y mientras todo eso sucede, los Ayuntamientos de Ámsterdam, Londres, París, Barcelona o Madrid, entre otros, continúan intentando gestionar el fenómeno del turismo masivo. La afluencia estacional de visitantes se ha convertido en permanente, vaciando de residentes los distritos del centro de la ciudad. Miles de turistas sumados a los trabajadores empleados para atenderlos copan ahora esos espacios, saturando las redes del transporte público. La contaminación se dispara, porque los locales necesitan su coche para llegar al trabajo desde las áreas más lejanas y asequibles adonde han sido desplazados. Pero, por encima de estos síntomas inmediatos, entre los gestores municipales comienza a instalarse un nuevo temor. El de que sus ciudades acaben convertidas en meros parques de atracciones, perdiendo su músculo como motor empresarial, social y cultural del país. Venecia es el mejor ejemplo. No había perdido tantos habitantes desde la epidemia de peste bubónica del siglo XVII. Y, lejos de recuperarse, su número no para de descender. Los venecianos se marchan, huyendo de un escenario insufrible.

La gran paradoja es que gran parte de los turistas soportan en sus viajes aglomeraciones y colas no muy distintas a uno de sus lunes camino del trabajo. Donde ya han desaparecido los autóctonos, la experiencia se reduce a desplazarse con otros grupos de turistas de un punto de interés a otro. Si cada viajante se reuniera a su vuelta consigo mismo, con sentido crítico, para evaluar qué ha visto y qué ha comido, llegaría a la conclusión de que prácticamente la misma oferta gastronómica y comercial de que ha disfrutado la tiene en su país de origen. La globalización ha igualado nuestras diferencias, a la par que los vuelos de bajo coste y las plataformas de alquiler entre particulares hacían más asequibles los viajes. El resultado, un turismo multitudinario contra cuyas consecuencias ya han comenzado a alzarse las primeras voces.

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7 comentarios

  1. Felicidades por un gran artículo que refleja un problema que ya esta aquí y que no se puede esconder hablando de impacto positivo en la economía. Por otro lado muy certero la falta de soluciones o ideas para mitigar tal problema. La única realidad es que todos somos turistas, y todos producimos un impacto negativo en ciudades o países ajenos.
    En España, tenemos un caso brutal como es Ibiza. Mejora la calidad de vida de los residentes la ingente cantidad de dinero que entra cada verano? Lo que sorprende es que ni testimonios de doctores o profesores durmiendo en pasillos encienden el debate…

  2. Manu Tanta Roba

    Estoy totalmente de acuerdo con que el turismo tiene que ser sostenible y no masivo, ya que daña la autenticidad de las ciudades.
    Pero al mismo tiempo me surge la pregunta de…qué hacer?
    A mí me gusta viajar y a poder ser a lugares no masificados pero, en cierto modo, contribuyo a su masificación progresiva. No me gusta realizar lo que dictan las guías de viaje pero, en cierto modo marco mi propia ruta de viaje que puede ser seguida por otros.
    No encuentro un método, o una ideología válida para ejercer mi derecho a viajar.

  3. Viajar y conocer lo llevamos en la sangre, pero cuando veo esas inmensas conejeras marítimas que son los cruceros atlánticos, me digo que es una exageración. Creo que los que se embarcan privilegian la experiencia de unos días de lujo al conocimiento de otras tierras y costumbres. Todo es tan confuso en este mundo globalizado. Los paisajes, arquitecturas, las gentes y sus usos, Serán las últimas mercaderías?

  4. Una solución posible sería aplicar una tasa disuasoria para entrar/pernoctar en determinados destinos masificados. Por ejemplo, el Ayuntamiento de BCN podría aplicar una tasa de XX € por persona y noche (X entre 20 y 100, por ejemplo). Por un lado se reduciría la demanda (y si no se reduce habría que aumentar la tasa hasta que surta efecto). Por otra, la recaudación podría servir al ayuntamiento para: mejorar la seguridad, aumentar la frecuencia del trasnporte público o subvencionarlo a los residentes, mejorar la recogida de basuras, crear un parque de vivienda pública en alquiler en las zonas turistificadas,…
    Aplicar la lógica del mercado (que no tiene ideología) para solventar los problemas que la globalización ha creado. Algunos preferirán prohibiciones y complejas regulaciones de precios (límites al precio del alquiler por ejemplo), que solo generarán mercado negro (el infierno está plagado de gente bienintencionada).

  5. Obviamente, en ese caso sólo podrían viajar los ricos…
    Curiosa manera de acabar con el turismo, volviendo a los tiempos en que viajar sólo estaba al alcance de algunos.
    Gran responsabilidad en la masificación turística la tienen los lugareños, que quieren tener sus ciudades repletas de tiendas de las últimas marcas. El centro de cada ciudad es idéntico al centro de cualquier otra ciudad: las mismas tiendas, las mismas marcas, terrazas de bares invadiendo las aceras…
    Los Ayuntamientos gestionan el turismo negociándolo con los comerciantes y los hosteleros, no quieren un turismo aficionado al Arte, capaz de estarse tres horas visitando una Catedral (que es el tiempo mínimo que lleva visitar a fondo una Catedral), sino una visita rápida (a ser posible con las malhadadas «visitas teatralizadas» tan de moda en los últimos años, y que son auténticas patadas a la Historia y al Arte) y que el rebaño turístico invada bares y tiendas, que es lo que interesa a esos Ayuntamientos, y a los habitantes de esas ciudades…
    Recuerdo siempre lo que me dijo en una ocasión un guía de Turismo: «El público nos pide ‘Águila Roja’… y les damos ‘Águila Roja'».
    Pues eso.

  6. Pingback: Matar el turismo para sobrevivir nosotros - Jot Down Cultural Magazine

  7. Pingback: Matar el turismo para sobrevivir nosotros - Ediciones el Salmón

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