Contra la bibliofilia

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Foto: Luis Quintero (CC0).

Mucho antes de ser un libro, la Biblia fue una colección de relatos protagonizados por hombres y mujeres de este mundo. Mientras que las grandes mitologías anteriores narran sobre todo la esfera de lo divino y su intersección con la humana, las páginas de la hebrea muestran siempre una pátina de polvo y una solidez de roca, y son pisadas por seres humanos de carne y hueso, con Yavé como motor inmóvil y personaje secundario, que va y viene —dios invisible o deus ex machina— según le convenga a la estructura dramática de cada uno de esos libros que configuran artificialmente el Libro. 

O a cada autor, porque mucho antes de ser capítulos de una única obra monumental, el Génesis, el Cantar de los Cantares o el Evangelio según San Pablo fueron poemas o cuentos o novelas o tratados o leyendas o biografías, cada uno de su padre y de su madre. La unidad de la Biblia es una ilusión colectiva, alimentada durante siglos tanto por los lectores judíos como por los cristianos. Al quedar atrapada en un único volumen se perdió su forma original, mucho más justa con su contenido: una estantería llena de rollos, sin orden ni concierto, una telaraña sin centro, un archivo. 

El primer gran editor de la historia, por tanto, no fue el genial humanista Aldo Manucio, que creó en su imprenta de Venecia un centro de estudio, composición y difusión a finales del siglo XV y principios del XVI, sino el editor o los editores anónimos que los eruditos llaman «P.». Así lo explica Karen Armstrong en La historia de la Biblia: «Revisó las narraciones de J. y E. y añadió los libros de Números y Levítico, recurriendo a viejos documentos —genealogías, leyes y antiguos textos rituales—, algunos ya escritos y otros transmitidos hasta entonces oralmente». La revolución de P., que seguramente fuera una escuela y no un único individuo, fue espectacular. Tras releer y discutir todos los materiales más o menos sagrados se decidió que el verbo shakan significaba ‘llevar la vida de los nómadas que habitaban en tiendas’ y que, por tanto, Dios en realidad no deseaba un templo, sino el desierto donde habitaban sus creyentes: «En la historia corregida de P., el exilio era la última de una serie de migraciones: Adán y Eva fueron expulsados del Edén; Caín fue condenado a llevar una vida de vagabundo sin hogar tras asesinar a Abel; la humanidad fue dispersada en la torre de Babel; Abraham dejó Ur y las tribus emigraron a Egipto para acabar viviendo como nómadas en el desierto». P. amplió hasta el infinito los límites del templo: el mundo entero fue, desde entonces, una iglesia. O, mejor dicho, un libro.

Pero P. es un peldaño de una larga escalera, que empieza con las primeras decisiones editoriales de J. y E., y prosigue con los añadidos y las reinterpretaciones de Esdras; y con los traductores judíos que vertieron al griego sus textos sagrados durante el siglo III a. C., en la isla de Faros, frente a Alejandría; y con los inventivos narradores judeocristianos de las sectas que creían en la potencia de Jesús y decidieron «escribir una colección de textos sagrados completamente nueva»; y con la lectura alegórica de Orígenes; y con la traducción de san Jerónimo (la Vulgata); y con el cambio radical de los criterios de selección y de edición que llevaron a cabo Martín Lutero y los revolucionarios protestantes. 

Desde la Biblia de Gutenberg hasta hoy, el libro más famoso y más vendido y más influyente —para bien y para mal— de la historia de la humanidad ha estado siempre relacionado con las nuevas tecnologías de la transmisión del conocimiento. Manucio inventó el libro de bolsillo en Italia, la familia Elzevir lo popularizó durante el siglo XVII en el norte de Europa y la modernidad ya no pudo entenderse sin ese formato que daba acceso a todo el mundo a un conocimiento que, durante siglos, fue monopolio de los eclesiásticos y de los ricos. La gran metáfora de esa democratización es, precisamente, el «papel biblia». Un papel fino, pero muy resistente, que absorbe bien la tinta y que se popularizó por ser la plataforma perfecta donde imprimir biblias y diccionarios.

Tengo exageradamente subrayado mi ejemplar del libro de Armstrong, porque la historia de la Biblia me parece fascinante. Su viaje desde aquellos rollos manuscritos hasta el ejemplar que hay en todas las bibliotecas (y, en Estados Unidos, en los cajones de las mesitas de noche de todos los hoteles). Su extraña evolución: en el principio era una sucesión de textos con voluntad descriptiva e histórica —digamos: de no ficción—; después se transformó en una antología sagrada —digamos: ficción disfrazada de no ficción—; y finalmente se aceptó que era una ficción simbólica —digamos: no ficción disfrazada de ficción—. Pero, más allá de esas lecturas de consenso entre los teólogos, uno puede leerla como poesía o como épica o como novela o como autoayuda, porque todos los clásicos se adaptan a las pupilas de los lectores de cada momento futuro.  

No concibo la posibilidad de que haya en mi biblioteca libros que no pueda subrayar. Doblar la esquina de la página. Prestar. Apilar. Llevar a clase. Leer en el metro o en el café. Incluso: perder. Para mí eso es la bibliofilia: el amor crítico y compartido por los libros, por su historia y por sus historias, por su lenguaje, por su capacidad de penetración intelectual, psicológica, moral, espiritual. Por eso no entiendo la otra bibliofilia, la del coleccionismo de ejemplares únicos, delicados y caros. Libros que debes consultar con guantes de tela; que no le puedes dejar a un amigo; y que tienes que esconder como los tesoros que son (mientras uno dice para sus adentros, la cara deformada por la avaricia: «Mi tesoro…»). Durante la Revolución francesa una de las formas de detectar a un aristócrata era examinando su biblioteca. La encuadernación en piel, a menudo firmada por un gran artesano, era cara; también lo era el ébano de las estanterías. Condorcet podría haber salvado el pellejo si se hubiera deshecho de su preciado ejemplar de Horacio, con el sello de las prensas reales, que lo delataba como un falso republicano. Lo primero que hacían los revolucionarios con las bibliotecas que requisaban era desprender a los libros de sus encuadernaciones, aparatosas y pesadas y monumentales, lo contrario de la ligereza y de la comodidad que invitan a la lectura.

Desde entonces hemos sido millones los lectores que hemos podido permitirnos la posesión de una biblioteca personal. Una biblioteca que —como las librerías en que se refleja, espejos complementarios— es estilística y formalmente diversa, con cubiertas y contracubiertas y solapas y tamaños distintos, con variedad cromática, como si la idea de la biblioteca moderna todavía estuviera huyendo de la imagen de aquellas bibliotecas nobles en que todos los ejemplares estaban encuadernados según el gusto único del propietario, y no según el plural de sus autores y editores. Una biblioteca democrática, donde impera el gusto por la lectura, la voluntad de evasión o el amor al conocimiento por encima de todas las máscaras del continente que, aunque bien es cierto que dan testimonio de una artesanía y de un arte y de una tradición cultural, también distraen de lo que realmente importa: el contenido.

Como la numismática o la filatelia, la bibliofilia es una afición más propia del museo que de la vida. Es un anacronismo que transporta a una época en que la lectura era patrimonio exclusivo de una élite. La democracia, no obstante, es ese orden de lo real en que pueden convivir las repúblicas con las monarquías, los videojuegos con la hípica, el ingeniero espacial con el leñador, el youtuber con el zapatero remendón. Y lo cierto es que, si eres amante de los libros, aunque no te gastes una fortuna en ejemplares únicos ni en volúmenes exóticos, no dejas de comprar otros libros, libros de bolsillo, novedades, libros de segunda mano, porque la pulsión es tiranía. Si eres amante de los libros, las paredes de tu casa se van a ir revistiendo de anaqueles, hasta cubrirlas por completo. Si eres amante de los libros, con el tiempo irás olvidando que tu casa tenía paredes. Si eres amante de los libros, en fin, estás condenado a ser anacrónico, porque el precio del metro cuadrado no permite las bibliotecas infinitas. Pero ¿podemos acaso los seres humanos no vivir en estado de contradicción?

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2 comentarios

  1. Josele

    Bravo.
    Genial la forma y el fondo.

  2. …Se abre la verja del jardín con la docilidad de la página que una frecuente devoción interroga y adentro las miradas no precisan fijarse en los objetos que ya están cabalmente en la memoria… Con estos iniciales versos de Borges uno no sabe si se entra en un jardín o en un libro. Tal vez quiso decir las dos cosas. ¿Qué haríamos sin esos libros que al igual que nuestros perros nos esperan sin pedirnos nada, solo una caricia en el lomo y luego leer juntos? De los libros que jamás señalaré con pliegues o marcadores están la Bibbia di Gerusalemme, con sus frágiles páginas en papel de arroz y cualquier diccionario o enciclopedia. Probablemente es una superstición de la cual no quiero desprenderme. Excelentes páginas leídas con “devoción”. Mucha gracias

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