¿Cuál ha sido la mayor revelación musical de la década?

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La mudanza al 2020 llegó acompañada de uno de los debates más violentos en la historia reciente de las sobremesas: el ubicar dónde se encuentran los límites de las décadas. Hay quienes defienden que la segunda década del siglo XXI comienza realmente el año que viene, como sostienen unos cálculos matemáticos en donde dichos periodos se empiezan a contabilizar desde el año 1. Y hay quienes justifican la clasificación de décadas empaquetándolas en aquellos años que comparten decenas. Pero en el mundo de la música, a la hora de acordonar decenios no existe discusión alguna gracias a esa fuente de sabiduría que son los cómics xkcd de Randall Munroe. Porque el primer día del año, Munroe publicó la tira que esgrimía el argumento irrebatible, la puntualización destinada a dinamitar toda disputa en torno a los límites de las décadas modernas: el apunte de cómo el temazo «U Can’t Touch This», lanzado en 1990 y firmado por Mc Hammer, formó parte del programa televisivo recopilatorio I Love the ’90s y no del I Love the ’80s. O la sentencia definitiva de que las décadas del pop comienzan en cero y acaban en nueve.

Adscritos de este modo al credo Mc Hammeriano, la encuesta de esta semana propone analizar los hits alumbrados por el pop de los últimos años e intentar responder a la siguiente pregunta: ¿cuál ha sido la mayor revelación musical de la pasada década? Aquí pecamos de eclécticos despreocupados, nos divierte chapotear en todo tipo de géneros y no nos avergonzamos ni escondemos las listas musicales en Spotify porque sobreentendemos que los placeres nunca son culpables si uno se lo pasa bien con ellos. Por eso mismo, animamos a todos los lectores a participar en la encuesta con alborozo y, como siempre, a añadir en la sección de comentarios todas aquellas opciones que considere que también se merecían un hueco en la encuesta.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Rosalía

La brasa que dieron los medios con Rosalía, gracias a una efectiva campaña de marketing ideada por Sony, propició que mucha gente le pillase verdadera tirria a la cantante del Baix Llobregat por razones ajenas a su música. Pero lo cierto es que El mal querer no solo fue un disco interesantísimo, sino que además llegó acompañado de una factura audiovisual extraordinaria (ojo a los videoclips de «Malamente» o «Pienso en tu mirá» elaborados por Canada). A principios del año pasado, el ejecutivo discográfico Adrian Vogel firmaba un artículo donde calificaba de inmensa nube de humo el fenómeno que rodeaba a la cantante y de mentira gorda a toda su proyección internacional. A día de hoy, Rosalía se ha pasado por la chabola de Kylie Jenner para tomarse un zumo (que quedó inmortalizado en el Instagram de la propia Jenner con un «madre mía rosalía» [sic]),  Almodóvar le reservó un hueco en su Dolor y gloria, Hellboy se emborrachó a tequilas mientras sonaba «Malamente» en la peli de Neil Marshall, los norteamericanos comparten reaction videos contemplando sus clips y J Balvin ha colado su nombre en la letra de su tema junto a The Black Eyed Peas para Bad Boys for Life («La Rosalía me dice que luzco guay / No te lo niego porque yo sé lo que hay»). Lo gracioso es que en un momento dado alguien decidió acusarla de apropiación cultural, en el mismo país en donde hemos tenido a zaragozanos rapeando, a valencianos dándole al folk norteamericano o a un asturiano con rastas cantando con acento andaluz.


Billie Eilish

Lo de Billie Eilish es fabuloso e irreal. Fabuloso por descubrirnos el talento de una adolescente capaz de componer, producir y grabar (junto a su hermano) por su cuenta y riesgo temazos tan potentes como  «Bad Guy», «Ocean Eyes» o «All the Good Girls Go to Hell». E irreal porque resulta sorprendente que alguien tan joven consiga tener tanto éxito haciendo todo lo contrario a lo que haría cualquier diva teenager del pop: pasando por completo de vender una imagen sexy, vistiendo ropa mil tallas más grandes, combinando bisutería gótica con tonos fosforitos, adorando el feísmo, y publicando un disco con esta portada donde la temática principal es la parálisis del sueño. Suena a voz de una generación, y no suena nada mal.


Kendrick Lamar

Pharrel Williams lo llamo «El Bob Dylan de nuestra era». Pero existe un modo más sencillo de apreciar la importancia de Kendrick Lamar que el escuchar las adulaciones de terceros. Porque basta con echarle un vistazo a su vitrina de galardones. ¿Qué otro rapero o músico conocido acumula entre sus condecoraciones un Premio Pulitzer? Pues eso.


The Beatles en streaming

En la Nochebuena de 2015, The Beatles volvieron a convertirse en protagonistas de titulares tras el anuncio de que sus discos por fin aterrizarían en plataformas de streaming como Spotify, Amazon Prime Music, Tidal Google Play o Apple Music. Se trataba de un hecho histórico teniendo en cuenta que la discografía de los cuatro de Liverpool llevaba años siendo reacia a formar parte del mundo digital (su catálogo tan solo se había asomado anteriormente por la tienda virtual de iTunes, cinco años antes y a un precio infladísimo). Y que uno de los grupos más importantes de la historia, capaz de influenciar tanto a Motörhead como a Ed Sheeran, vuelva a ser noticia siempre es algo digno de celebrar.


Dua Lipa

Hay canciones de amor y de desamor. Y después está Dua Lipa cantando ese fantástico mira-vete-a-tomar-por-el-culo que es «IDGAF» («I Don’t Give a Fuck»). Del mismo modo, resulta elogiable que en un panorama invadido por la nostalgia ochentera ella haya optado por saltar de década y pasar a recuperar los regustos noventeros con ese «One Kiss» que se marcó junto a Calvin Harris.


Bruno Mars

Un metro setenta y cinco de altura, natural de Hawaii y con la oreja criada a base de escuchar géneros que iban del rock and roll al reggae, pasando por el soul o el hip hop. Bruno Mars apareció en 2010 con un álbum de debut (Doo-wops & Hooligans) y un meloso primer single («Just the Way You Are») que se convertiría en éxito. Pero también con un segundo corte («Grenade») que dejaba claro que el plan a la larga era fusilar el legado de Michael Jackson a base de fotocopiarlo. Lo que ocurrió después fue que el hawaiano se transformó en una ametralladora de éxitos: parió una veintena de singles entre los que figuran el pegadizo silbidito de «The Lazy Song», los bailoteos de «Thats What I Like It», el «Uptown Funk» junto a Mark Ronson y temas como «Versace on the Floor», «It Will Rain» o «When I Was Your Man». Los videoclips de «Treasure» y «Lock out of Heaven» (una canción que sonaba a The Police a kilómetros) confirmaron que el rollito del cantante era mutar en un Jacko a pequeña escala. Mars en el fondo era una maquina pop de lo más efectiva, había absorbido todas sus influencias y ahora fabricaba temas que escalaban a las listas de éxitos. Lo cierto es que con  Michael Jackson enterrado, y con su memoria repateada por la gente que anda Leaving Neverland, todo esto tampoco tiene nada de malo.


Sia

La australiana Sia llevaba metida en esto de la música desde los noventa, pero lo cierto es que en 2010 decidió retirarse de los micrófonos para convertirse en letrista en la sombra de otras estrellas, acumulando en su currículo temas compuestos para Christina Aguilera, Rihanna, Flo Rida, Beyoncé o Kylie Minogue. Hasta que David Guetta agarró una grabación de Sia entonando una demo del tema «Titanium», que inicialmente iba a ser interpretado por Alicia Keys, y la convirtió en un hitazo bailable durante el 2011. Después de aquello, la cantante relanzó su carrera bajo los focos con un exitoso nuevo disco (1000 Forms of Fear), pero siguiendo una técnica ninja: actuando con la cara tapada por pelucas gigantes o complementos molones y evitando las promociones. Acompañó a su personaje misterioso con una colección de singles potentes como «Chandelier», «Elastic Heart», «Big Girls Cry»,  «Cheap Thrills» o «The Greatest», y se alió con la bailarina Maddie Ziegler y el coreógrafo Ryan Heffington para producir algunos de los videoclips más interesantes del audiovisual reciente. También se juntó con el cantante Labrinth y el productor Diplo, para formar un supergrupo pop bajo las siglas LSD, pero aquello solo moló al principio.


El K-Pop

Las boyband comenzaron a desintegrarse superados los noventa y nos quedamos un poco vacíos de algún tipo de fenómeno fan absurdo, descerebrado, inexplicable y juvenil. Hasta que el pop coreano arrolló medio planeta y las coreografías locas, los videoclips excesivos, las noticias superficiales sobre sus miembros y las fechas de caducidad inminentes volvieron a ponerse de moda. Las listas de éxitos se vieron obligadas a crear clasificaciones exclusivas para estas nuevas formaciones coreanas de mozas y mozos cantarines, Spotify les ahuecó los cojines en rincones exclusivos y grupos estrella como BTS se pasearon por programas como The Tonight Show o Jimmy Kimmel Live. Y no entendíamos ni papa de las letras, pero por aquí ese detalle no tenía mucho de novedad.


Tame Impala

A estas alturas  nadie se veía venir que un grupo de rock psicodélico lograse alcanzar cierto éxito, pero el proyecto de Kevin Parker lo logró a base de dejarse los prejuicios en casa, evolucionar entre discos y decidir que virar hacia un pop de masas no solo no era malo ni traicionero sino que a veces era una idea maravillosa: «Tus valores sobre las cosas cambian», explicaba el músico, «cuando tienes esta idea tan en blanco y negro de que la gente que toca música “humilde” es la que es auténtica y que los que componen para las masas son unos vendidos, entonces escoges una postura». 


Frank Ocean

Debutó con un LP estupendo (Channel Orange), y cuatro años después se marcó un segundo disco que le salió incluso más redondo (Blond). Pero no solo destacó por ser un compositor virtuoso, sino también por ser valiente: reconoció públicamente sus relaciones con otros varones y aquello derribó un hermoso montón de tabúes en un terreno tan propenso a ellos como el del mundo del hip hop


Carolina Durante

Con los indies sin el tirón de otrora y con la juventud atronando las calles con reggaetones cochambrosos, que unos chavales formasen un grupo que tan pronto recordaba a Los Nikis como a El Niño Gusano parecía inimaginable. Pero llegó Carolina Durante con un frontman que cantaba en mayúsculas entre espasmos y con la desvergüenza de dedicarle temazos a la caricatura del pijo moderno («Cayetano»), a lo insoportable de los canticos futboleros («El himno titular»), a las putas gaviotas («En verano, ornitofilia») o a hacerse pajas con las fotos de Facebook («Nuevas formas de hacer el ridículo»). Y por el camino atreviéndose a versionear, el fabuloso «Perdona (Ahora sí que sí)» de un artista tan imposible como Marcelo Criminal. El colmo fue el debutar con un largo que sudaba de incluir sus éxitos recientes (publicados en EP) y en su lugar apostaba por disparar nuevas canciones. Y todo esto se agradece en una época donde el pop se ha ahogado entre autotunes, se ha olvidado de asumir riesgos y no parece acordarse de lo que era el sentido del humor. Como decía John Tones, la única pega es que tienen pinta de estudiantes de Empresariales.


Ed Sheeran 

Ed Sheeran se coló en el  mundo de la música con pinta de ser el chaval que daba el coñazo llevando la guitarra a los campamentos, pero no tardó en demostrar que se había estudiado a conciencia los engranajes del pop. Arrasó con melodías como «The Shape of You», «Sing» o «Perfect», ascendió a la categoría de superestrella, se convirtió en un soldado Lannister en Juego de tronos, y se pintó los brazos con un montón de chorradas que su propio tatuador reconocía que eran una auténtica «mierda»


El trap patrio

El trap patrio así en general, entendido como un gigantesco Behemot de múltiples cabezas que lo devora todo a su paso. De repente, un grupo de chavales comenzaron rebozarse en autotune para cantar cosas muy locas con un flow en tresillo instalado sobre bases arpegiadas de inspiración electrónica. Y todo el mundo se lo tomó a broma cuando apareció aquella entrevista a Pimp Flaco y Kinder Malo en PlayGround o cuando vimos a Yung Beef berreando que se follaba a nuestras «bitches» mientras montaba en hoverboard por la plaza del MACBA como quien cabalga la roomba por el salón de casa. Pero poco después la juventud disparó los contadores de reproducciones en los temas de Kidd Keo, La Zowi, Cecilio G, la tropa de Pxxr Gvng o Somadamantina. El trap se convirtió en fenómeno de masas (jóvenes), en objeto de estudio filosófico, en tendencia en las playlists de Spotify y las grandes salas se vieron obligadas a sustituir el house por aquellas canciones de los chavales con las mejillas tatuadas. Lo efímero del asunto aún está por ver, aunque quizás en la evolución está el truco: Pimp Flaco tiene pinta de haber sido el más listo al pasarse al pop tras arrimarse a Solo Astra para formalizar una nueva banda llamada Cupido que produce cosas como esta.


Nicki Minaj

Sus videoclips son como contemplar un terremoto en una carnicería y sus temas son tan sutiles como sentarse sobre la cara de alguien y darle al twerking hasta descoyuntarlo. Pero nadie dijo que las revoluciones no pudiesen ser horteras hasta el dolor.


Marshmello

Un productor y DJ que tiene nombre de gominola, se presenta enfundado en una careta tan aparatosa como ridícula y utiliza su canal de YouTube para dar clases de cocina o jugar a videojuegos. Y al mismo tiempo el objeto de culto de una generación que acaba de nacer, una que pasa de llenar las discotecas pero que exige de electrónica para bailar. Para entender hasta qué punto forma parte de la actualidad este chaval de veintisiete años basta con saber que es reconocido incluso por los chavales de primaria y que ofreció un concierto virtual en el campo de batalla del videojuego Fortnite. Esto último a muchos les parecerá poco respetable, pero a ellos bastará con recordarles que hace trece años que Ozzy Osbourne ofreció también un concierto virtual en esa inmensa sala de chat con pinta de Los Sims que es el hotel Habbo.


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