Cine y TV

Fábula, circo y modernidad: cien años del gran mago Fellini

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Federico Fellini, Barbara Steele y Rosella Falk, 1962. Foto: Cordon Press.

Quizás estaba destinado a ser un chico cualquiera, nacido y crecido en una Italia provinciana dominada por el fascismo y la Iglesia. No era un estudiante de matrícula, pero sí dibujaba muy bien. No le gustaba el fútbol ni la política, y escapaba al cine siempre que podía. Disfrutaba los veranos en la casa de sus abuelos en Gambettola, pero se sentía hastiado y oprimido en su Rímini natal. Cumplida la mayoría de edad, Federico Fellini decidió dejar su infancia atrás e intentar ser periodista en la capital. En el final de su excepcional película Los inútiles (I vitelloni, 1953)1, el personaje de Moraldo, sin haberse despedido de nadie, se marcha con su maleta en tren en una de las más melancólicas secuencias de su obra. Veinte años más tarde, Fellini rueda Roma (1972), que comienza con la llegada del trasunto del director, Peter Gonzales, a la estación romana de Termini. Dos secuencias separadas por dos décadas pero que se han de conectar en clave biográfica para nuestro cineasta: si Fellini es el Moraldo que decide dejar atrás para siempre la ciudad del Adriático en la que había crecido, también es el Peter Gonzales —interpretando a un Fellini de dieciocho años— que llega repleto de sueños e ilusiones a una Roma que, como bien expresó el escritor Ennio Flaiano, no le es indiferente a nadie: o te cautiva y te lleva a la gloria, o se convierte en la más hostil de las ciudades y te conduce al ostracismo y al mayor de los vacíos.

Por suerte, Fellini se encuadra entre los primeros. Hizo de Roma y de los estudios de Cinecittà su casa hasta su muerte y es considerado uno de los cineastas más importantes de la historia, portador de una obra personalísima y de estilo reconocible, en el que cine y sueño forman una pareja indisoluble, creador de imágenes que pasan de lo serio a lo cómico y de lo grotesco a lo tierno en cuestión de segundos, en las que triunfa lo carnavalesco, de exuberantes y logradas puestas en escena, y donde vence la mirada poliédrica que se impone a cualquier tipo de verdad impuesta y visión unívoca de la realidad. Es el privilegio de lo subjetivo, el reinado del recuerdo y el espectáculo. Un autor barroco y melancólico que barnizó su obra —y su vida— con la ironía y que descubrió la plenitud de la libertad creativa y de la subjetividad del artista contemporáneo en la capital italiana. Obras como La dolce vita (1960), Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) o Amarcord (1973) son, tan solo, algunas de las joyas de uno de los estandartes de la modernidad cinematográfica europea, del que este 20 de enero se cumple el centenario de su nacimiento. 

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Un comentario

  1. Encuentro incomprensible que Casanova no esté entre las mejores. Hasta diría que es premonitoria estando al interés actual desatado por los ciborg sexuales que Carlo Frabetti desarrolla en sus artículos. Casanova, con un grandioso Sutherland, nos lleva desde las más estrepitosas escenas inducidas por el sexo y la ambición, hasta la decrepitud y humillación de un hombre que nació como literato y que fue uno de los primeros en defender (si bien no con mucha convicción) la unicidad de las mujeres en tiempos en los cuales más de un «intelectual» afirmaba que ellas razonaban con el útero.

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