Cine y TV

La depresión en el cine: de Pixar a von Trier (I)

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Melancholia.

(Atención: Este artículo puede contener spoilers)

No entres dócilmente en esa buena noche.
Que al final del día debería la vejez arder y delirar.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz. (Dylan Thomas)

A Inside Out (2015), aquel monumental tratado de psicología maquillado con los colorines de Disney/Pixar, le bastaban quince minutos para ponernos frente a un espejo al que a menudo no queremos devolverle la mirada. Ese espejo nos contaba que en la vida no pueden ser la alegría y la felicidad extática las que estén al mando. Sin tristeza, sin oscuridad, sin dolor, somos incapaces de entender el significado de sus antónimos, porque nada es cuantificable si no hay con qué compararlo. Más aún, nos equivocamos al señalar esos antónimos, esos antagonistas. Lo contrario al dolor no es el placer, es la ausencia de dolor; los opuesto al llanto no es la carcajada sino mantener secos los lacrimales. Digamos, entonces, que nuestro default setting es o bien esa Tristeza regordeta y gafotas que la hiperexcitada Alegría se empeñaba en condenar al ostracismo en la película de Disney, o bien, sencillamente, un estado asintomático. No venimos al mundo descojonados, ni siquiera llegamos dando la impresión de que todo nos la suda, salvo quizá Rajoy; venimos gritando, pataleando, llorando, y entendemos muy rápido que gritar, patalear y llorar son herramientas mucho más útiles que reír como anormales. El que ríe no mama.

El cine, por supuesto, no es ajeno a estas cuestiones, ahora bien, como nosotros, el cine tiene sus tabúes, sus espejos a los que no quiere mirar. Le va en ello el negocio. Si la taquilla no responde bien al binomio cine y sucidio, tampoco son de esperar las colas kilométricas si se corre la voz de que esa película del cartel habla de depresión. Solo estamos dispuestos a pasar por ese aro, o por el del suicidio, si hay cantos de esperanza, «¡ten fe, hermano!», y finales moderadamente felices. Entonces sí, entonces Hollywood y cualquier otra industria no tendrán problemas en presentarnos a gente deprimida, en pijama a las cuatro de la tarde, con los ceniceros a rebosar, sonámbulos de la cama a la cocina y de la cocina al sofá y a la manta. Si hay luz al final del túnel, si podemos salvar al protagonista, es más probable que los señores de los Cohiba extiendan cheques. Y hasta cierto punto tiene sentido; en el mundo, se calcula, la depresión afecta a más de trescientos millones de personas, es decir, directa o indirectamente a todos nos ha rozado (o nos ha pasado por encima), así que, aunque estemos cayendo en la trampa que planteaba Inside Out, mirando para otro lado, es comprensible que mientras chapoteamos en el pozo o mientras escoltamos a alguien que chapotea en él, la idea de enfrentarnos a historias de miseria emocional no cotice al alza en los planes para el fin del semana. ¿Nos equivocamos? Bueno, tratemos de dejar los juicios a un lado. Es lo que hacemos, y punto. Si alguien insiste en que la bachata va mucho mejor para la depre que la discografía de Leonard Cohen, pues venga, bachata über alles.

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7 comentarios

  1. No sé qué decir.., me ha encantado el artículo. Suerte que hay una parte II.

  2. El artículo está muy bien, pero de lo que es realmente la depresión no tratan todas las películas mencionadas. Conozco bien el tema tras casi treinta años luchando contra tan terrible enfermedad. He contado mi experiencia en un relato: «Otro año con mi perro negro», en parte con la intención de cerrar así esa etapa de mi vida, también por si su lectura puede ayudar a alguien.

    • ¿Podría poner un enlace al relato que menciona? Gracias.

    • Ese era el gran dilema. Películas que escruten la depresión hasta sus últimas consecuencias hay poquísimas; pero, por otro lado, en casi todas las películas hay alguien deprimido, o alguien que ha pasado por una crisis, consultas de psiquiatras, suicidios. Da igual si son comedias o dramas. Entonces, el artículo podía ser muy corto o muy largo.

      Me gustaría leer tu relato, por cierto. La depresión debería estar en los periódicos a diario, y se debería hablar de ella en los colegios, en nuestras comunidades. Si así fuese, tendríamos buena parte de la batalla ganada, porque el estigma, la invisibilización, la vergüenza, el aislamiento, son «aditivos» de los que podríamos librarnos para centrarnos en solucionar, vía terapia o vía psiquiátrica (o ambas) la depresión en sí. Porque desde esa «noche oscura del alma» es imposible pelear además con los prejuicios sociales.

      EC.

    • Mi relato está en Amazon, se titula «Otro año con mi perro negro». Lo puse en esa plataforma porque ahí tiene cierta visibilidad, pero yo no tengo ningún interés comercial. Voy a ver si se me ocurre alguna otra forma de publicarlo y si la encuentro pondré aquí el enlace. Mucho me temo que si ha leído este artículo y además siente curiosidad por mi relato es porque pueda estar sufriendo esta dolencia, si es así le envío todo mi solidaridad, mucho ánimo y el deseo de una pronta recuperación. Se puede salir de la depresión.

  3. Aldo Fonseca

    Lo de ‘progatonista’ me ha matao…

  4. He puesto mi relato («Otro año con mi perro negro») en:

    http://www.mediafire.com/file/hyremuezsm9xnr3/Otro_a%25C3%25B1o_con_mi_perro_negro.doc/file

    En algunos navegadores da problemas la descarga del fichero, pero se puede abrir.

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