Arte y Letras Historia

Cómo ser una dama o un caballero victoriano de comportamiento intachable

oie AVfpuAOKKI7e
Pride and Prejudice, 1940. Fotografía: MGM.

Lo llamamos «cine de tacitas» y la imagen no puede ser más evocadora. Inmediatamente se nos vienen a la mente nombres como Jane Austen, Emma Thompson o James Ivory y escenas situadas a la hora del té en algún elegante salón o terraza, cuyo desarrollo de apariencia incruenta y exquisita permite intuir sin embargo un fuerte conflicto soterrado. Los personajes parecen estar sujetos a un estricto y complicadísimo código de conducta, en el que hay que medir cada gesto y cada palabra bajo pena de ostracismo o, lo que es peor, de murmullos y miradas de reprobación. El contexto de todo ello… ¿hace falta decirlo?  Ingleses del siglo XIX de clase alta. Es decir, la época victoriana.

Para situarnos en la mentalidad de la época hay que entender en primer lugar lo que significaba para ellos el Imperio británico. Su hegemonía marítima y la vastedad de los territorios y poblaciones que controlaba era una inagotable fuente de arrogancia patriótica, en ocasiones abiertamente racista, que queda bien reflejada en esa frase que se atribuye a Lord Palmerston acerca de que «Dios cometió un gran error el día en que creó a los extranjeros». Lo cual evoca aquel diálogo de El hombre que pudo reinar, cuando un temeroso afgano preguntaba a los colonos recién llegados si eran dioses y le respondían «algo parecido, somos ingleses». Pero ese poder también les planteaba la exigencia de estar a la altura, de tomar conciencia de su supremacía mundial y cumplir con su deber de mantener la Pax Britannica. Ser inglés era una cosa muy seria.

Casi indisociable de ese ideario imperialista resultaba la rígida jerarquía social y el acendrado sentimiento de superioridad —que, como veremos, se volvería muy contagioso— de la aristocracia y la alta burguesía, la élite que controlaba el país y que llegó a conocerse como los «Upper Ten Thousand» (aunque la expresión originariamente es norteamericana). Resulta muy interesante en este aspecto conocer el origen del término snob. En las listas de examen de Oxford y Cambridge para distinguir a los estudiantes no aristocráticos se escribía junto a su nombre sine nobilitate o su contracción «s. nob». El señalado como esnob pronto mutaría con la fe del converso en alguien tremendamente preocupado por su estatus social, por aparentar más del que tenía y por menospreciar a quienes considerase en un escalón más bajo. Dado que la gran mayoría de la sociedad quedaba excluida de esos «diez mil de arriba», el empeño por distinguirse alcanzaría proporciones de epidemia, o así lo describía en su época el escritor William Thackeray, para quien los esnobs habían «proliferado en Inglaterra como las vías férreas. Ahora se les conoce y reconoce en todo un imperio en el que nunca se pone el sol». Finalmente, otros condimentos de este singular potaje que representaba la mentalidad victoriana eran el auge del capitalismo y la preeminencia del anglicanismo más severo. El nuevo hombre burgués podía ascender socialmente gracias a su férrea disciplina; la vagancia, el hedonismo y la laxitud eran cosa de pobres. Respecto al puritanismo y el rigor moral religioso pocas anécdotas resultan más clarificadoras que aquella del abuelo de Virginia Woolf, quien tras su primer cigarro no volvió a fumar nunca más… precisamente porque le había gustado.  

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

3 comentarios

  1. Un artículo maravilloso: gracias.

    Espero la continuación con ganas. La historia social es fascinante: especialmente cuando es suficientemente reciente como para que algunos retazos aún existan en el presente.

    Como terapeuta, me pregunto hasta qué punto las rígidas normas sociales que describes se internalizaron a la vida interior de las personas: me parece que hay una línea bastante fina entre el «no poder hacer o decir (X)» (socialmente) y «no ser consciente de querer o sentir (X)» (psicológicamente).

    • Lo ha clavado usted. Cualquiera que haya vivido en UK sabrá de lo importante que son todavía allí las formas, las jerarquías, las clases, esos pequeños detalles (Best Regards vs Regards), las apariencias, el leer entre líneas… Y desde luego cómo de contenidos están por todas esas cosas. Tanto que solo se permiten desfogar en el pub. Igual con el racismo, aunque yo diría más clasismo. Esta, muchos lo son, lo disimulan… hasta que explotan.
      Hay que decir también que esa forma de ser les hace ser muy cucos, finos, punzantes, sarcásticos, etc. cuando quieren. Y como ejemplo el humor británico.

      Una sociedad con sus cosas pero muy interesante.

  2. Leyendo estos consejos tendría que aceptar como verdadera esa historia en la cual se aconsejaba tapar con el mantel las patas de las mesas de estilo victoriano con un ligero parecido a una pierna, femenina, por supuesto. Da la impresión de que era un mundo claustrofóbico, de porcelana, timorato y de gestos predecibles que se puede entender y aprobar por medio de las últimas consideraciones del autor de este excelente artículo: respeto por lo demás, no contar historias con el narrador como héroe y escribir moderadamente. Pero con este “bendito rectángulo” es difícil no hacerlo. Por eso terminaré recordando el film Un pez de nombre Wanda, en donde el exageradamente británico abogado le confiesa a su imprevisto amor, y para nada inglesa, lo terrible que significa ser inglés. Desgarrador. Como para sentir compasión. Buena pregunta se hace Pablo. Gracias por las lecturas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*