El deporte es cosa de periodistas (embusteros)

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Rudi Altig, 1962. Fotografía: Cordon Press.

En una palabra: mentirosos.

Ya después, si gustan, les pueden llamar otras cosas. Geniales, visionarios. Osados. Incluso periodistas, si es por atender a su profesión. Pero lo que verdaderamente los define es lo otro. Lo de faltar a la verdad. Por mucho que de sus manos nacieran, por ejemplo, algunas de las carreras ciclistas más legendarias. Aunque su nombre sea sinónimo, ojo, de reportero extremo, de pluma controvertida, de firma admirable…

Acompáñenos el lector curioso por toda una sarta de bravuconadas, falsedades, certezas que no lo son, leyendas sin base alguna y mucha, mucha mala baba. 

El primer Tourmalet

¿Quiere que acuda a verlo sobre el terreno?, pregunta Alphonse a Henri. Vaya, contesta el padre del Tour, y a su vuelta hablaremos sobre esta locura. 

La escena transcurre en el número 10 de Faubourg Montmartre, sede del diario L’Auto. París, principios del año 1910. Hace solo unos minutos que Alphonse Steinès, redactor, ha propuesto a Henri Desgrange, director, una idea que más parece epopeya. Hacer que los ciclistas del Tour de Francia suban los grandes puertos pirenaicos. El Peyresourde, el Aspin, quizá el Tourmalet y el Aubisque.

Imposible, brama Desgrange, imposible, demasiados peligros, las rutas están rotas, impracticables. Pero vaya, vaya allí, y dígame si se puede hacer.

Steinès, osado y orgulloso, parte. En Pau el Ingeniero de Puertos y Caminos encargado de la zona responde riéndose. ¿Ciclistas en el Aubisque?, en París os habéis vuelto locos, es muy fácil ahí, sentaditos junto al fuego, jugar a ser pioneros. Pero esto son las montañas, amigo. Steinès no se rinde, y viaja hasta Bagnères de Bigorre. En el pueblo busca un chófer que lo acompañe a atravesar nada menos que el Tourmalet, el monstruo de más de 2000 metros. Un tal Dupont acepta, después de muchas reticencias. Aún hay nieve arriba, pese a ser junio. A cuatro kilómetros de la cima, el coche no puede avanzar más. No hay camino, solo un blanco homogéneo, refulgente, que se va apagando poco a poco porque la noche cae. Steinès insiste, concluiré la subida a pie, usted espéreme en la otra vertiente del Tourmalet. Dupont queda preocupado, pero como aquel tipo tan raro ha pagado por adelantado lo deja ir con un consejo: siga usted las pértigas rojas y blancas… marcan la senda. 

Un par de horas después la situación de Steinès es dramática. Ya no hay pértigas, ya no hay luz, está congelado, sus ropas completamente empapadas, avanzando casi a tientas entre la nieve, hundido hasta la cintura. Corona el coloso completamente a oscuras y, aturdido, empieza a bajar. Es de madrugada cuando ve, a lo lejos, unas luces. El pequeño pueblo de Barèges. Llega a las primeras casas, una voz lo interrumpe. ¿Quién va?, dice. Steinès está tan agotado que no responde. ¿Quién va?, repiten, más apremiantemente ahora. Si no se identifica dispararé. El periodista susurra. Soy Alphonse Steinès. El otro lo reconoce, todos están buscándolo después de que Dupont diera la voz de alarma. Le llevan a una cabaña, lo acercan al fuego, lo meten en un barreño de agua templada. En la montaña saben tratar a los hombres que regresan del frío. Al día siguiente, apenas recuperado, Alphonse Steinès manda un telegrama a Henri Desgrange. Falaz, canalla. Histórico. 

Tourmalet Pasado. Stop. Muy buena ruta. Stop. Perfectamente practicable. Stop. Firmado: Steinès.

Qué historia tan bonita, ¿verdad? Seguro que muchos la conocen. Al menos los aficionados al ciclismo. Es el origen de los Pirineos en el Tour de Francia, y la cosa tiene que quedar suficientemente coqueta. Este año, cuando la vuelvan a escuchar, podrán además decir a todos que es falsa. Porque la epopeya de Steinès poco tuvo que ver con lo que nos han contado. Se lo prometo.

Veamos.

De primeras el Tourmalet no era un gigante intransitable que asustaba a los viajeros y les hacía volver por donde habían venido solo con su nombre. Ni siquiera en bicicleta, vaya. De 1895 data el primer ascenso sobre velocípedo al monstruo. Quien lo protagoniza es un maestro de escuela en Chartres, de nombre Briault, que nos va a contar la experiencia en una curiosa obra titulada Les Pyrénées et l’Auvergne a bicyclette. Briault habla del frío, de las pendientes agotadoras, de la nieve en las cumbres, de que hace casi todo el ascenso con las manos muy cerca de su revólver «por si acaso». Pero logra coronar el Tourmalet, hacer completa la bajada. La carretera es perfectamente transitable.

Tanto que años después, en 1902, se celebra allí una carrera. Sí, sí, una carrera ciclista. La organiza el Touring Club de France, y tiene nada menos que dos ascensos al gran puerto, uno por cada vertiente. Ahí es nada. El vencedor será un tal Müller, que va a invertir 11 horas y 39 minutos en hacer los 225 kilómetros del recorrido a una nada despreciable media de 19,31 kilómetros por hora sobre su bicicleta Clément. Sacó doce minutos a Fischer, treinta a Barbé y Lapréé y cuarenta y cinco a Viviant. Sexto, a más de una hora, fue el conocido Hippolyte Aucouturier, quien con el tiempo llegará a vencer en dos París-Roubaix, además de ser segundo en el Tour de Francia de 1905. Incluso está por allí cierta mademoiselle Marthe Hesse, una dama que logra coronar el coloso sobre una De Vivie que pesaba unos 16 kilos y medio. Cuentan que no puso pie en tierra en todo el ascenso…

Así que cuando Steinès va hasta allí juega con ventaja. Es inventada, o al menos exagerada, la anécdota con el ingeniero en Pau. Es falso el hecho de que los lugareños se asustasen y ninguno de ellos quisiera acompañarle en coche hasta la cima del puerto. Si sabemos que desde 1900 se alquilaban «vehículos de apoyo» para llegar al Tourmalet al módico precio de diez francos la hora… No es que nadie quisiera hacer de chófer a Steinès, sino que ningún vecino quería quedar mal con el «taxista oficial» de la zona, que en ese momento estaba ausente. Tampoco había peligro en lo de encontrarse osos, ni existía una imposibilidad cierta para franquear el paso. Es, fue, todo una mentira. 

Una enorme, gloriosa y legendaria mentira.

Louison Bobet, ganador del Tour de Francia, entrevistado por Georges Briquet, 1953. Fotografía: Cordon Press.

Los forzados… un poco menos forzados

Albert Londres es una leyenda. Uno de los pioneros que podían llamarse a sí mismos «periodista de investigación». Una personalidad comprometida, polémica, siempre crítica con los poderosos, con las injusticias. Sus reportajes y artículos informaron a la sociedad culta europea de lo que estaba ocurriendo en lugares lejanos y peligrosos. Su estilo era a veces exótico, en otras puramente realista. Habló sobre la prostitución en América Latina, sobre las desigualdades en China, sobre las mafias en Marsella, sobre el terrorismo en los Balcanes. De su pluma salieron algunas de las palabras más límpidas sobre el ascenso del imperialismo en Japón a principios del siglo XX, la revolución soviética o la astracanada de D’Annunzio en el Fiume. Un auténtico referente, uno de esos maestros a los que volver de vez en cuando para ver de qué va todo esto…

También, por qué no decirlo, un tipo (a veces) demasiado crédulo.

Julio de 1924. El diario Le Petit Perisien encarga a nuestro Albert Londres que viaje con los corredores durante el (casi) mes que dura el Tour de Francia. Que envíe sus crónicas, que aporte ese estilo personal, tierno pero inquisidor, que lo ha hecho famoso. El resultado serán un puñado de piezas que se han convertido, casi un siglo más tarde, en clásicas, pequeños cuentos en los que Londres nos descubre a figuras fascinantes, a ciclistas que enceran un ojo de cristal al final de cada jornada, a tahúres, galanes y héroes.

Y a ellos. Sobre todo a ellos.

A los forzados.

Porque si por algo recordamos esta (única) aportación de Albert Londres al mundo del ciclismo es por un pequeño artículo, muy breve, denominado «Les forçats de la route».

Coutances es una pequeña localidad situada en plena Normandía. Tiene una preciosa catedral, el primer Liceo del Imperio Francés y todo el tono de la zona (un poco de baja burguesía, un poco de decadencia bien asumida). Allí existió, hasta el año 1998, un Café de la Gare. Y fue en ese establecimiento donde nuestro protagonista entrevistó a los hermanos Pelissier.

Los Pelissier, Henri y Francis, eran amados por el público francés. Altos, guapos, con bigotito bien recortado y un tono socarrón que arrancaba suspiros y sonrisitas. Quizá por eso Henri Desgrange, el patrón del Tour, los odiaba. De hecho aquel día, en Coutances, ya habían abandonado la carrera, no sin antes cruzarse unas cuantas hostias a mano abierta con el propio Dresgrange. ¿Por qué, por qué todo esto?, preguntó Londres. Y ellos empezaron a hablar. El resto es leyenda.

Es un tirano, dicen que dijeron, nos obliga a competir todo el día con un solo maillot, pasando frío en las mañanas, calor al mediodía. Y luego se van calentando. Esto es inhumano, no sabe usted, monsieur Londres, lo que hay que hacer para soportar tales penurias. Nos echamos cocaína en los ojos, con el fin de mantenerlos abiertos. Tenemos el culo en carne viva. Mis cordones son de cuero y se rompen… imagine cómo andará mi piel. La diarrea nos vacía por dentro, necesitamos cloroformo en las encías porque no nos dejan dormir. Un calvario.

Londres, buen olfato, sabe que está ante una enorme historia. El texto que dibujará con ella va a pasar a la historia. Los forzados de la ruta, nada menos. Y lo dice quien acaba de volver de la isla del Diablo, del presidio más cruel e impenetrable de toda la geografía francesa. Sí, Londres sabe de lo que habla cuando habla de castigos y penas, qué enorme admiración habrían de despertar aquellos tipos que enfrentan los peores tormentos solo por la gloria sobre dos ruedas…

Solo que…

Solo que de ciclismo no sabía tanto, el buen Albert. Que las bicis tenían dos ruedas y poco más. Así que fue víctima fácil de los Pelissier, unos golfos bien entrenados en esto de dominar a las masas, que usaron al inexperto (en su materia) reportero para contarle unas cuantas mentiras y quedar como los grandes mártires en su lucha frente a Desgrange. Lo confesó años más tarde Francis. Era un pardillo, decía entre risas. ¿Cocaína en los ojos? Alguno lo haría, no le digo yo que no, pero casi todo nos lo inventamos. Y él picó hasta el fondo. Y volvía a reír. Nos sirvió bien Londres. Aquel texto, repetido, copiado y citado hasta la saciedad, está basado fundamentalmente en falsedades.

Ya ven, hasta los más grandes pueden ser engañados. Eso sí, solo los auténticos genios lo son dejando tras de sí algunas de las palabras más hermosas, ardientes y estremecedoras sobre aquello que escriben…

Un pichichi que no fue

Visto lo visto, pudiera parecer que el ciclismo es un deporte plagado de golfos, asustaviejas y robaperas. Y oigan… sí. Pero no es el único, porque en todos sitios cuecen habas en lo de faltar a la verdad. En el fútbol, por ejemplo. No hablamos de noticias falsas, o de rumores infundados, o de filtraciones que interesan. No, es ir un poco más allá. Es inventarse goles, nada menos.

Mauro Rodríguez Cuesta era un ariete a la antigua usanza. Uno de esos sin demasiada técnica, tosco, pero siempre en el lugar adecuado y en el momento preciso. En palabras del periodista Antonio Valencia, «delantero centro en el auténtico sentido de estar delante y en el centro, donde se puede y se debe rematar». El caso es que este tipo estaba enrolado en el Real Club Celta de Vigo durante la temporada 1955/1956. Y entonces le empezó a salir todo. ¿Balón al área chica? Gol de Mauro. ¿Contraataque fugaz? Gol de Mauro. ¿Chut de un compañero que pega en el culo de Mauro? Gol de… bueno, ya saben cómo termina la historia.

Tan grande era su racha que llegó a anotar veintitrés tantos en las treinta jornadas de Liga. Los mismos que el mítico Alfredo di Stéfano, nada menos. Nadie logró más, así que ambos jugadores compartieron el trofeo de máximo goleador. Todo un honor para el humilde Mauro, también para aquel Celta de Vigo que veía, desde media tabla, cómo uno de los suyos se alzaba con un galardón tan importante. La ciudad entera era una fiesta, el apoyo a su ídolo unánime. 

Quizá demasiado.

Porque unos y otros se ponen a echar cuentas, a sumar y restar, a sacar totales… y, escuchen, el balance no nos sale. No, no, que el tal Mauro no ha metido tantos goles, que se ha colado alguno. ¿El culpable? Nada menos que Sáenz Uriondo, corresponsal del diario Marca en Vigo, quien era el encargado de contar las anotaciones en cada encuentro casero de los celestes. Y este buen Sáenz Uriondo parece que se volcó más en el paisanaje que en el respeto a la profesión, toqueteando crónicas aquí y allá. En aquellos tiempos sin internet ni Twitter, era cosa casi definitiva…

El escándalo debió de ser mayúsculo. De primera, Sáenz Uriondo fue largado fulminantemente de su puesto de trabajo por golfo (otras versiones dicen que dimitió, indignado, pero lo otro suena más plausible). El problema era que sin su adecuada confesión no se podía saber cuántos goles de más tenía Mauro, y en qué partidos los había metido por arte de birlibirloque. Tranquilos, todo resuelto. Resulta que en la revisión de actas arbitrales no se descubrió ningún tanto de más para el tal Mauro, pero sí, oh casualidad de casualidades, uno que no se había contabilizado para el «agraviado» Di Stéfano, que pasaba así a sumar veinticuatro, y se convertía en máximo goleador en solitario. Que oigan, igual fue así, pero a mí me suena todo a eso de «un clavo con otro se saca», ¿no?

Ya ven, golfadas…

En baloncesto, por su parte, es bien recordada la anécdota de Bobby Knight, el técnico de la Universidad de Indiana Bloomington, que en enero de 1993 anunció la contratación de un joven serbio llamado Ivan Renko. «Llega para cambiar este deporte, es una superestrella», dijo el respetado entrenador. Mientras el tipo desembarcaba en América los periodistas se lanzan a debatir sobre sus habilidades. Los hay que dicen haberle visto en un partido celebrado, meses atrás, en New Hampshire. Es increíble, un portento. Clark Francis, seguramente el analista más respetado del baloncesto universitario estadounidense en la época, no está de acuerdo. Sí, Renko tiene buenos fundamentos, pero tampoco es una locura, le queda mucho que aprender. 

Y tanto que le quedaba. Resulta que Ivan Renko jamás existió, fue una invención de Knight, dispuesto a cerrar la boca a todos aquellos reporteros que tanto fardaban de ver todos los partidos posibles. Incluso los de un jugador que había salido directamente de su imaginación. 

(En España tuvimos hace unos pocos años a nuestro propio Ivan Renko en la figura de Eusebio Ariel Frodosini, un argentino fichado por el Unicaja de Málaga que unía a su capacidad atlética y su buena lectura del juego el hecho de no haber nacido). 

Ya ven, mires donde mires podrás encontrar mentiras, falacias e historias. Pero son tan hermosas algunas…

Reino Unido, 1966. Fotografía: Karl Schnoerr / Cordon Press.

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3 Comentarios

  1. Lo de Mauro no lo acabo de pillar. Si según las actas metió los 23 goles, ¿dónde está la falsedad del cronista? O lo que es peor, si el de Vigo se dedicaba a ponerle goles que no había metido y aún así la cifra final coincidía, es que otros cronistas de otras ciudades se los quitaban, ¿no?

    • No necesariamente: bastaba con atribuir a Mauro los goles de otros jugadores del mismo equipo (la camiseta del celta es lo que vería la mayoría). Y si se untaban unas cuantas manos en partidos que no iría a ver casi nadie… Eran otros tiempos.

  2. Lo de Frodosini tuvo su aquel también. Recuerdo leer la historia en un foro de aficionados de Unicaja que decían estar seguros que varios periodistas les leían y luego iban a sus medios a soltar la «noticia». Inventaron lo de Frodosini para eso mismo, para desenmascarar a varios de ellos,que se las daban de sabios y efectivamente, gente como Paniagua diciendo en la SER cosas como » Frodosini no dará espectáculo pero es un jugador que ayudará al equipo» o » Enorme capacidad atlética de este argentino».

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