Cuando Pau encontró a Kobe

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Kobe Bryant y Pau Gaso, 2009. Foto: Keith Birmingham / Cordon.

El 26 de octubre de 2004, Phil Jackson publicó The Last Season, el libro que resumía su última temporada al frente de Los Angeles Lakers. Habían pasado solo cuatro meses desde la final perdida contra los Pistons y tanta celeridad solo podía tener una explicación: Jackson estaba cabreado. Muy cabreado.

Enfadar a un hombre apodado «Maestro Zen» no es fácil. Está al alcance de muy pocos… y uno de esos pocos era Kobe Bryant. Aunque en rigor el libro se ceñía a la temporada 2003/2004, cuando Mitch Kupchak consiguió juntar a Karl Malone y Gary Payton como acompañantes de Shaquille O´Neal y el propio Kobe, lo cierto es que las reflexiones de Phil Jackson iban más allá y confirmaban el sentir popular: Bryant era un egoísta, Bryant fue el que rompió la química de ese equipo, Bryant siempre se había negado a aceptar un rol secundario frente a la exuberancia de Shaq y, sobre todo, Bryant era la mente maestra tras la decisión de prescindir tanto del pívot como del entrenador aquel verano. El rey no quería sombra.

Esa concepción de Kobe, ya digo, no era nueva, y en ese sentido quizá Jackson pecó de populismo —no sería la primera ni la última vez—. Ahora, en la distancia de la muerte, todo el mundo quiere a Kobe, pero no hay que olvidar que pocos jugadores fueron más odiados que él cuando llegó a la liga con dieciocho años autoerigiéndose en «el nuevo Jordan», título honorifico que había pertenecido hasta entonces a Grant Hill, el fabuloso jugador de Duke llamado a ganar todos los anillos del mundo hasta que las lesiones se cruzaron en su camino.

Kobe, desde luego, no era Grant Hill. Kobe no sabía lo que era la universidad ni la disciplina ni tenía el más mínimo interés en agradar a la prensa o hacer amigos entre el público. Kobe era una máquina competitiva y lo demostró desde el primer momento, luchando de tú a tú con los Van Exel, Ceballos, Eddie Jones y otros tantos que representaban el statu quo en la plantilla. Kobe, digámoslo ya, era arrogante y muy individualista. Kobe llegaba al All Star y retaba a Michael Jordan como si no hubiera casi quince años y unos cuantos anillos de diferencia entre ellos. Kobe protestaba a los árbitros, se quejaba en la prensa, levantaba el puño a la afición contraria y, sobre todo, para jolgorio popular, Kobe acababa perdiendo en las primeras rondas de play-off ante la cara de impotencia de Del Harris.

Meterse con Kobe fue muy fácil precisamente hasta que llegó Phil Jackson en 1999, después de dejar un año de descanso para disfrutar de su sexto título con los Chicago Bulls. Jackson sabía canalizar energías y domar egos. Si había convivido tres años con Jordan, Pippen y Rodman, ¿qué problema había en hacerlo con Kobe Bryant y Shaquille O´Neal? El resto es historia: tres campeonatos seguidos y la consagración como mejor escolta de la liga, tanto en ataque como en defensa, donde supo enfocar a la perfección toda esa rabia innata.

Sin embargo, ni siquiera el triunfo valía. Kobe no quería ser Scottie Pippen. Las trifulcas con Shaq eran constantes y públicas. Lucha de egos, lo llamaban, pero en realidad, ahí, ego había solo uno. El ego del que se tiene que ganar las cosas, del que no nace midiendo 2,15, pesando 140 kilos y moviéndose pese a todo como un alero. Shaq era vago y Kobe era hiperactivo. Los Lennon y McCartney del deporte estadounidense. La relación empeoró cuando llegaron las derrotas: la eliminatoria contra los Spurs que impidió el cuarto título consecutivo en 2003 y sobre todo la ya nombrada final contra los Pistons de 2004, una de las grandes sorpresas en la historia de la liga.

Derrotado deportivamente, señalado públicamente por su entrenador y metido en un larguísimo proceso por violación que le hacía ir y venir de Colorado cada tres por cuatro, perdiendo entrenamientos, charlas y patrocinadores por el camino, a Kobe le quedaba el gran reto de demostrar que efectivamente era algo más que el Robin de Batman O´Neal. Mitch Kupchak hizo un equipo a su medida, trajo a Rudy Tomjanovich —que enfermó a mitad de temporada— y se hizo con jugadores de complemento como Lamar Odom, Brian Grant o Caron Butler más Chucky Atkins o Chris Mihm.

El resultado fue espantoso: los Lakers ganaron treinta y cuatro partidos y no estuvieron ni cerca de meterse en play-offs. Bryant no mejoró en exceso sus promedios y tuvo que lidiar con varias lesiones. El juicio se solucionó por vía civil, con un acuerdo estimado en unos 2,5 millones de dólares. Aquel año, los Spurs volvieron a ganar el título por tercera vez desde la llegada de Tim Duncan. Al año siguiente, lo harían los Miami Heat de Shaquille O´Neal. A Kobe no le quedó más remedio que tragarse el sapo y decirles a Buss y a Kupchak: «Traed otra vez a Phil».

Los récords y las frustraciones

Jerry Buss tenía fácil convencer a Jackson porque al fin y al cabo era su yerno. Después del desplome del año anterior, Phil aceptó el cargo con una sonrisa en la cara y la tranquilidad que da saberte reivindicado. Al poco, se dio cuenta de que Kobe iba a seguir haciendo de Jordan y eliminando cualquier posibilidad de juego colectivo. Cada vez que podía abandonar el famoso «triángulo ofensivo», lo dejaba de lado. Kobe era el principio y el final de aquella estructura y de alguna manera, siguiendo la comparación con Michael, los Lakers se convirtieron en una especie de Bulls de los años ochenta: vistosos pero poco efectivos.

La idea era hacer una pequeña transición hasta que el rookie Andrew Bynum resultara casi tan decisivo como lo había sido Shaq. Bynum era una fuerza de la naturaleza y haberlo reclutado con el número 10 del draft se consideraba un éxito. Ahora bien, Bynum ni siquiera había cumplido los dieciocho años cuando se presentó en el training camp y pronto se vio que su desarrollo físico era incompleto y que no estaba a la altura de una exigencia tan grande. Aquella temporada se pasó lesionado la mitad de los partidos. Era el principio de una racha sin fin.

Había que volver al plan A, es decir, al plan Kobe. Entre ese año y el siguiente, Bryant anotó 50 o más puntos en quince partidos diferentes. De hecho, llegó a encadenar cuatro partidos consecutivos superando esa cifra… y en el quinto se quedó en 43. La joya de la corona de esos dos años con Phil Jackson de vuelta fue sin duda el partido contra Toronto del 22 de enero de 2006 en el que se fue a 81 puntos, la segunda máxima anotación de la historia de la NBA. Kobe fue el máximo anotador de la liga en 2006 y lo volvió a ser en 2007. Tal y como él mismo prometía, se había convertido en un jugador imparable. Para marcar aún más diferencias con su pasado, decidió cambiar el número de su dorsal y del 8 pasó a ser el 24, acrónimo de «2004», cuando Shaq dejó el equipo.

Ahora bien, un jugador imparable pinta poco en un equipo mediocre. Los Lakers llegaron a play-offs en ambas temporadas pero cayeron las dos veces contra los Phoenix Suns de Steve Nash, la primera de ellas después de desperdiciar un 3-1 a su favor. Incluso promediando 35 y 32 puntos por partido, Kobe nunca optó seriamente al MVP, que era territorio reservado para el propio Nash. Frente a la exuberancia individual primaba el juego de equipo o así lo veían prensa y público.

Los Lakers necesitaban algo más para la temporada 2007/08, la cuarta sin Shaquille O´Neal, y Kobe exigía cambios de raíz. De lo contrario, lo mejor sería que le traspasaran. Los Lakers intentaron un intercambio con los Pistons, pero Bryant —que quería irse a los Bulls— lo vetó. La cosa quedó en nada, como había quedado en nada en 2000, cuando por primera vez pidió ser traspasado. El mal rollo, sin embargo, seguía instalado. Aquella temporada, Kobe cumpliría treinta años. 

El blues de Memphis

La temporada 2006/07 había supuesto a su vez la sexta para Pau Gasol en los Memphis Grizzlies. Pau, cuya llegada a la franquicia había coincidido con el traslado desde Vancouver, había visto de todo en el equipo y en su mayoría malo. Su llegada coincidió con la construcción de un enorme pabellón llamado «The Pyramid» que era imposible de llenar. El equipo era una mezcla de jugadores lesionados —Reeves, Dickerson, Anderson…— y jóvenes promesas con horchata en las venas —Fotsis, Swift—. La gran atracción era Jason Williams, llegado de los Sacramento Kings a cambio de Mike Bibby con la idea de atraer más público y más audiencia televisiva. La combinación de todos estos factores fue tan desastrosa que los Grizzlies solo ganaron veintitrés partidos. A cambio, Pau fue nombrado rookie del año y Shane Battier le estuvo cerca en la votación.

Hacía falta algo más. Alguien que entendiera el baloncesto desde los despachos y alguien que lo entendiera desde la pista. En su segundo año, a Pau Gasol se le cruzó el mismo hombre que apostara por Kobe Bryant cuando aún jugaba en el instituto: Jerry West. En 2002, cuando llegó al cargo, West ya era un hombre mayor y en el deporte la edad siempre es sospechosa. Una de sus primeras decisiones fue cargarse a Sidney Lowe como entrenador y poner en su lugar al comentarista de televisión Hubie Brown. Brown llevaba muchos años sin entrenar —y de hecho no volvería a hacerlo después de su estancia en Memphis— pero, ¿qué podía perder West en la apuesta? 

Hubie fue muy criticado en España. Muchísimo. Su delito fue limitar los minutos de Gasol… pero nunca su relevancia. Poco a poco, los Grizzlies empezaron a jugar como equipo, empezaron a defender, empezaron a saber dónde llevar el balón en las jugadas decisivas. De las veintiocho victorias de la 2002/2003 se pasó a las cincuenta de la 2003/2004. Llegó Bonzi Wells, llegó Mike Miller y, sobre todo, llegó James Posey para cambiarlo todo. Posey, un clásico 3+D (triplista defensor) era el favorito de la afición, de la prensa y del entrenador. Nunca se dio el suficiente crédito a Gasol por los éxitos de su equipo pese a ejercer de jugador franquicia. Hizo falta que los Grizzlies se metieran tres años seguidos en las eliminatorias finales —algo impensable cuando llegó Pau al equipo— para que por fin le eligieran para jugar un All Star, ya con Mike Fratello en el banquillo.

Justo aquel 2006 llegó el oro mundial con la selección española… y la consiguiente lesión del quinto metatarsiano, que le mantuvo los primeros meses de la temporada fuera de las canchas. El resultado: vuelta a la mediocridad. La llegada de Rudy Gay apenas mejoró las cosas y Fratello se tuvo que ir. Los 21 puntos y 10 rebotes por partido de Pau no sirvieron para nada. West seguía encontrando brillantes en el draft como el talentoso base Kyle Lowry, pero la química en Memphis se había perdido por completo y cada uno empezó a hacer la guerra por su cuenta. Fue un año duro, problemático, tanto como para que Gasol pidiera el traspaso. Sin West ya al mando, su sucesor, Chris Wallace, consiguió parar el primer golpe. No pudo hacer nada ante el segundo.

El traspaso que cambió el final de la década

Resignados, Kobe y Pau empezaron la temporada 2007/08 con sus equipos de siempre. A uno le perseguía la sombra de Shaquille O´Neal, sin el que ni siquiera había logrado hacer un equipo mínimamente competitivo, y el otro tenía que lidiar con algo parecido a la indiferencia: sí, un buen jugador, pero con todos los prejuicios de la época respecto a los jugadores europeos: demasiado blando, mal reboteador, pésimo defensor, flojo en los momentos decisivos… Si a uno se le seguía odiando en la mayoría de las canchas, el otro simplemente pasaba desapercibido pese a ser uno de los jugadores más completos de la liga.

La llegada de Wallace supuso la de Mark Iavaroni, exjugador del Caja de Ronda, como entrenador. Para incentivar un poco a Gasol, los Grizzlies se hicieron con los servicios de Juan Carlos Navarro, pero lo único que consiguieron fue deprimir a dos jugadores en vez de alegrar a uno. Memphis ya había sido el peor equipo de la liga el año anterior y llevaba el mismo camino a mitad de temporada, con un terrible 13-33. Aquel era cada vez más el equipo de Rudy Gay y menos el de Pau Gasol y llegó un momento en el que el español no pudo más. Sabedor de que Navarro pensaba volverse al Barcelona en cuanto pudiera, volvió a pedir el traspaso y los Grizzlies empezaron a buscar compradores.

El problema era que Gasol no tenía mercado. O no tanto como se podía esperar de un All Star con unos promedios de carrera rondando los 20 puntos y 10 rebotes aún en su mejor edad (vintisiete años). Los San Antonio Spurs se mostraron interesados, pero como vigentes campeones, tampoco tenían claro que hubiera que cambiar la química de la plantilla. El resto regateaba todo lo que podía, sin ofrecer nada potente a cambio. Así, hasta que llegó la oferta de los Lakers, probablemente por recomendación del propio West. Las rodillas de Bynum dejaban claro que no iban a soportar un rol de estrella y hacía falta alguien que echara una mano a Kobe si no querían acabar perdiéndolo. 

Pese a un buen comienzo de temporada (28-17), los Lakers estaban aún muy lejos de Suns, Mavericks o Spurs… y a una distancia sideral del equipazo que Danny Ainge y Doc Rivers habían juntado en Boston en torno al «Big Three» formado por Paul Pierce, Kevin Garnett y Ray Allen. A Phil Jackson nunca le gustaron los jugadores extranjeros («es como si cada partido lo jugaras fuera de casa», había afirmado en 2001 para criticar la decisión de los Kings de basar su equipo en Stojakovic, Turkoglu y Divac), pero Pau era muy inteligente y suponía una oportunidad única para volver al «triángulo ofensivo». Kobe desconfiaba de la competitividad del español (cero victorias en doce partidos de play-off), pero le parecía bien contratar a alguien con hambre, con ganas de demostrar cosas.

Así, tras días de negociaciones, los Grizzlies mandaron a Pau a Los Ángeles y a cambio recibieron a Kwame Brown, Javaris Critterton, Aaron McKie, dos primeras rondas del draft… y los derechos de Marc Gasol, que con el tiempo se convertirían en oro puro. Ahora bien, eso sería con el tiempo. En aquel momento, Marc Gasol no era más que un prometedor pívot del Akasvayu Girona y en la NBA la incredulidad empezó a dar paso a la indignación. ¿Cómo era posible que nadie hubiera conseguido cerrar un acuerdo por algo mejor? ¿Cómo habían dejado, unos por otros, que los Lakers se reforzaran de esa manera? Gregg Popovich fue el más claro al respecto: «Lo que ha hecho Memphis es la mayor tontería que he visto en mi vida, es de esos traspasos que deberían estar prohibidos». Sabía de lo que hablaba.

El primer campeonato

El impacto de Pau en los Lakers fue inmediato. Con Andrew Bynum eternamente renqueante, Gasol formó una excelente y versátil pareja interior con Lamar Odom, acompañados de la mejor versión de Kobe en años, el siempre cumplidor Derek Fisher y Radmanovic o Luke Walton como aleros. Desde el banquillo, Trevor Ariza empezaba a aportar cosas a sus veintidós años, al igual que Jordan Farmar o Sasha Vujacic.

Aquello no era un equipazo ni mucho menos, pero jugaba como tal. Tras un parcial de 29-9 con Gasol en sus filas, los Lakers consiguieron su mejor registro desde la marcha de Shaq y fueron eliminando a Nuggets, Jazz y Spurs para ganar la Conferencia Oeste y enfrentarse con los mágicos Celtics. Después de veintiún años, se repetía la final más icónica de la historia de la NBA y, justo antes del primer partido. la liga anunciaba el premio a Kobe Bryant como MVP de la temporada. El número 24 empezaba a estar a la altura del número 8 pero ya no era ni mucho menos el mismo jugador: mantenía la agresividad y la competitividad, pero no la arrogancia, no el egoísmo, no el empeño en ganar él solo los partidos. Su relación con Phil Jackson se convirtió en la de un hijo con su padre y en Pau Gasol encontró el hermano pequeño al que educar en la alta competición, al que mimar, al que defender en la prensa cuando los palos arreciaban.

Y es que en aquella final los palos a Gasol llegaron por todos lados. Garnett hizo lo que quiso con él, pero, ¿qué esperaban? Garnett era una superestrella de la liga en su mejor momento físico, mental y de experiencia. El auténtico guía de aquel equipo que además tenía a otras dos superestrellas y a un base magnífico como Rajon Rondo. Incluso Kendrick Perkins aportaba su grano de arena en aquella máquina perfecta. Tal fue la superioridad de los Celtics que se permitieron ganar el sexto y último partido por treinta y nueve puntos de diferencia (132-93), una masacre que recordaba a los tiempos de Russell, Heinsohn, Havlicek y compañía.

En vez de centrarse en el éxito completamente inesperado que había supuesto llegar a la final, aficionados y expertos se quedaron de nuevo con la incapacidad de Kobe para liderar a un equipo hasta el campeonato y con la endeblez de Pau Gasol en el juego interior. Había que hacer otra revolución, decían, cuando Phil Jackson sabía que lo único que realmente hacía falta era tiempo, paciencia y terminar de convertir en un equipo dominador lo que habían sido un montón de individualidades hasta el verano anterior.

Mientras todo el mundo pedía fichajes y estrellas, Jackson y Kupchak confiaron en la plantilla que les había llevado a la final sin apenas cambios: Ariza fue ganando confianza en el puesto de alero, Fisher siguió de base y Bynum pudo disputar más partidos que otros años, aunque sin superar la barrera de los cincuenta. Daba igual; aquel equipo jugaba de memoria. Kobe ya no necesitaba anotar 60, 70 u 80 puntos por partido, le bastaba con 28 de media y repartir el resto. Si la bola quemaba, él se la jugaba, pero si no, al compañero mejor situado. Hasta sesenta y cinco partidos ganaron ese año los Lakers, el mejor registro de la liga. En play-offs pudieron de nuevo con los Jazz, salvaron un match point contra los Rockets y tras vencer a los Nuggets de George Karl y Carmelo Anthony se plantaron de nuevo en la final, solo que esta vez su rival eran los Orlando Magic.

Aquellos Magic dependían de dos jugadores: Dwight Howard y Jameer Nelson. El segundo apenas jugó por lesión, pero el primero estaba en plena forma y apuntaba a convertirse en el siguiente gran dominador de la liga. ¿Saben quién le paró en seco? Exacto, Pau Gasol. El flojo Pau Gasol, el débil, el que no sabía defender. Entre Bynum y él le hicieron la vida imposible a Howard, que acabó la serie con apenas 15 puntos por partido sin llegar al 50% en tiros de campo. En cinco partidos, los Lakers volvieron a ser campeones: el cuarto anillo para Kobe, el primero para Pau, el décimo para Phil Jackson.

Su éxito era un éxito que no se entendía sin los otros dos vértices. De ahí, el nexo para toda la vida. De ahí, la necesidad de repetirlo.

La venganza más dulce

A los amigos hay que tenerlos cerca y a los enemigos, aún más. Phil Jackson ya había ganado anillos en Chicago con Dennis Rodman, John Salley y James Edwards, los mismos que le habían hecho la vida imposible a Jordan y Pippen durante los años ochenta. Examinando la temporada 2008/09, el entrenador de los Lakers solo descubrió un punto débil: el escaso carácter mostrado ante los Houston Rockets en las finales de conferencia. Contra todo pronóstico, Houston no solo forzó siete partidos sino que lo hizo con acciones al menos discutibles y el protagonista de casi todas ellas había sido el mismo: Ron Artest.

Artest se había convertido en un proscrito en la NBA desde que se subió junto a Stephen Jackson y Jermaine O´Neal a repartir mamporros por las gradas del Palace de Auburn Hills, ganándose la sanción más larga de la historia de la liga: ochenta y seis partidos. De Indiana se fue a Sacramento y de Sacramento a Houston para darle más agresividad a un equipo que con Yao Ming y Tracy McGrady tampoco iba sobrado de testosterona. La cosa funcionó: en el segundo partido se peleó con Kobe Bryant y en el tercero con Pau Gasol. Les sacó a todos de quicio hasta el punto de casi apartarles del ansiado título.

Para evitar que Artest se volviera a cruzar en el camino, Phil Jackson pidió su fichaje. Por supuesto, todo el mundo lo vio como una excentricidad, sobre todo después del gran rendimiento que había dado Trevor Ariza en su posición, pero Kobe aceptó y cuando Kobe acepta, el resto calla. El encaje no fue fácil y de hecho los Lakers acabaron la temporada con cincuenta y siete victorias, ocho menos que el año anterior. En play-offs cayeron los Thunder de Kevin Durant después de muchísimos problemas; los Jazz apenas fueron rivales y en final de conferencia, los damnificados en otra serie apretadísima fueron los Phoenix Suns, vengando así afrentas anteriores.

Quedaba todo preparado para el gran duelo contra Cleveland. Los Cavs habían sido el mejor equipo de la NBA aquel año y todo el mundo ansiaba ver a LeBron James enfrentarse a Kobe Bryant, de lejos las dos figuras más mediáticas de la liga. No pudo ser. Los viejos Celtics quitaron a LeBron de en medio y le separaron momentáneamente de su estado natal. Después de despachar a los Magic, los de Doc Rivers se plantaron en la final dos años más tarde, de nuevo contra los Lakers pero esta vez con el factor cancha en contra.

Igual que la presencia de Kobe y compañía había sido una sorpresa en 2008, ver a los verdes competir por el título en 2010 no era algo con lo que nadie contara. Los Lakers partían como claros favoritos… pero no iba a ser tan fácil. Cada partido se convirtió en una guerra en la que anotar era casi imposible. Rondo dirigía como un veterano, Kobe se inventaba canastas, Allen lo intentaba desde fuera junto a Pierce, y Pau Gasol tenía que luchar por cada rebote ante las nuevas molestias de Bynum. Los Celtics llegaron a ponerse 3-2 arriba pero los Lakers lograron igualar en el sexto partido con una exhibición defensiva (89-67) y todo quedó pendiente del séptimo encuentro, también en el Staples Center.

Si en una final de ese tipo es difícil encontrar un favorito, aquí había dos factores opuestos: por un lado, el equipo local siempre parte con una pequeña ventaja; por otro lado, los Celtics habían ganado los tres séptimos partidos que habían disputado contra los Lakers a lo largo de la historia. El último, en 1984, también en Los Ángeles, en medio de un ambiente de euforia que no hizo sino motivar aún más a los de Red Auerbach. Cuarenta años después, no había euforia en el Staples Center ni motivo para ello: en un partido espantoso por parte de los dos equipos, los Celtics se vieron doce puntos arriba (37-49) a mediados del tercer cuarto.

El marcador lo dice todo: 37 puntos en dos cuartos y medio llevaban los Lakers, completamente colapsados en ataque, sobreviviendo a base de las heroicidades de Bryant y algún rebote ofensivo de Gasol. Una pequeña reacción dejó a los angelinos a solo tres puntos para acabar el cuarto (54-57) y a seis minutos del final, un triple de Derek Fisher, ese héroe improbable, empataba el partido a 64. A partir de ahí, los doce siguientes puntos se los repartieron entre Kobe y Pau, alcanzando un colchón de seis puntos a falta de un minuto tras triple de Ron Artest, el único «elemento extraño» que colaboró en la fiesta.

No duró mucho la celebración: Ray Allen anotó inmediatamente otro triple y a continuación los Lakers jugaron una posesión larga que acabó, cómo no, en suspensión de Kobe. El balón rebotó en el aro. Quedaban veintiocho segundos y el anillo estaba en juego. Entre dos jugadores verdes, aparecieron entonces las greñas de Gasol para coger un rebote decisivo (el decimoséptimo en el partido, noveno en ataque) y volver a pasársela a Kobe para que forzara falta y prácticamente finiquitara el partido. Los Lakers habían vuelto a ganar. Y habían ganado a las malas, a lo Artest, 83-79, todos con el culo abajo y defendiendo. Habían ganado juntos, remontando, demostrando ser un equipo. Incluso en un partido tan lleno de fallos, Kobe había conseguido acabar con 23 puntos y 15 rebotes. Gasol se fue a los 19 más 18. 

El flojito y el que no sabía ser líder, juntos en un abrazo que duraría para siempre, un pico de emoción que ya no se repetiría nunca más porque los Lakers no volvieron a ser lo mismo: en 2011 se cruzó el mejor Nowitzki de la historia; en 2012, ya sin Phil Jackson, perdieron contra los Thunder… y ni siquiera en 2013, con Dwight Howard en el equipo, consiguieron ganar un solo partido a los Spurs en primera ronda. Después de muchos veranos convulsos intentando colocar a Pau Gasol en algún lado para indignación de Kobe Bryant (en diciembre de 2011, el propio David Stern frenó la llegada de Chris Paul a los Lakers, que implicaba la salida de Gasol a los Rockets), finalmente Pau se fue en 2014 a Chicago, harto de que Mike D´Antoni le sacara a tirar triples.

Quedó con Kobe una amistad inquebrantable. Nadie elogió tanto al español como su «hermano» de Philadelphia. Ninguno de los dos habría sido quien fue sin el otro. De hecho, ninguno fue nada una vez se separaron: Kobe y sus Lakers se hundieron en la mediocridad y las lesiones. Pau no triunfó en Chicago pese a un comienzo esperanzador, pasó por San Antonio y fichó durante unos meses por los Blazers sin poder debutar siquiera. Se querían y se necesitaban. Para el recuerdo queda aquella final olímpica que les enfrentó en Londres tras la cual, uno a uno, todos los jugadores estadounidenses pasaron por el banquillo español a rendir pleitesía al derrotado.

Los dos supieron siempre lo que le debían al otro. Los dos se empeñaron siempre en que todos los demás lo supiéramos.

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6 comentarios

  1. Charly Piza

    Guille, un descuido en el párrafo justo debajo del vídeo de JC Navarro:
    “Las rodillas de Brown dejaban claro que no iban a soportar un rol de estrella” debería decir Bynum, ¿no?

  2. Moncho

    Ariculazo, me registro solo para decirtelo

  3. Demian

    Tiene alguna otra errata.
    La última final Celtics Lakers fue en el 87, es decir 21 años antes, no 30.
    Y la última vez que los Celtics ganaron un séptimo partido a Lakers fue en el 84.

  4. tour98

    En el 2º anillo contra los Celtics fue clave la lesión de Kendrick Perkins que no pudo jugar ni el 6º ni el 7º partido. Con él en pista, estaríamos hablando de otra cosa.

  5. Juanmcdd

    Gran artículo, muchas gracias. Echo de menos los que solías hacer sobre ciclismo.

  6. Dani Merino

    https://es.wikipedia.org/wiki/Finales_de_la_NBA_de_1984#Partido_7
    esa final del 1984 fue con partido 7 en Boston.

    a la que se refiere el autor fue la de 1969
    https://es.wikipedia.org/wiki/Finales_de_la_NBA_de_1969#Partido_7

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