Banderas de arena

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Patrulla Nómada con su perrita en la frontera de Mauritania.

Servir en el Sáhara

Hace cuarenta y cuatro años se arriaba la última bandera española en el Aaiún. con ese acto protocolario se cedía el Sáhara Occidental a Marruecos y Mauritania. Una tierra donde miles de jóvenes hicieron su servicio militar.

Aquel 28 de febrero de 1976 el siroco empezaba a levantarse airado sobre la azotea del Gobierno General de El Aaiún, escenario del postrer gesto oficial de España en el territorio. Fue el teniente coronel Rafael Valdés, representante español en la Administración colonial tripartita, quien recogió la enseña y asistió al izado de la bandera marroquí por parte del gobernador Bensuda. El día antes, había  declarado el fin de la presencia centenaria de España; mientras, como recuerda el historiador y periodista Pablo—Ignacio de Dalmases en su libro Huracán sobre el Sáhara (Editorial Base), «los saharauis proclamaban en Bir Lahlu la independencia de su nueva República, que hubo de nacer en pleno desierto a causa del abandono de España».

Durante los años que duró la permanencia española en el Sáhara este fue, como lo define el periodista Tomás Bárbulo en su Historia prohibida del Sáhara (Destino), un enorme cuartel de 240 000 km cuadrados manejado por los militares, donde los desafortunados muchachos a quienes tocó ese destino para cumplir su servicio sufrieron generalmente los rigores de un ejército en campaña permanente. Algunos murieron en combate contra las bandas irregulares marroquíes que atacaron Ifni y el Sáhara en 1957—1958, o durante la última etapa en los enfrentamientos con el Frente Polisario, y los atentados y ataques marroquíes; unos pocos se suicidaron desesperados al no poder aguantar una vida tan dura. La mayoría regresó con ganas de olvidar aquel tiempo. Aunque buena prueba de que bastantes permanecen aferrados a sus recuerdos, son las dos asociaciones de veteranos que existen —con páginas web en la red— y, que anualmente celebran encuentros en distintas ciudades del país.

Los peligros del desierto

Los soldados de Tropas Nómadas y de la Policía Territorial destacados en fuertes del interior que vigilaban las fronteras de Marruecos, Mauritania y Argelia estaban más expuestos a las emboscadas, la extrema dureza del terreno y la alta temperatura que llegaba a sobrepasar los cincuenta grados en verano. Debían extremar las precauciones igualmente con las lefas (víbora cornuda muy venenosa), y alacranes o escorpiones, que acudían en busca de lugar fresco en verano, o del calor en invierno. La mordedura de la lefa puede ser mortal si no se administra un antídoto inmediatamente. Las bases del interior y sus patrullas de nomadeo nunca tuvieron en sus botiquines de campaña ningún antídoto. Se dio el caso del sacrificio de una perrita mascota de una unidad nómada que protegió con su vida a su amigo europeo al interponerse en el ataque de esa víbora, se le hinchó de forma monstruosa la cabeza y murió entre terribles dolores. El soldado nunca la olvidará. 

Sus voces repartidas  por todo el territorio a lo largo de los años podrían sonar como una sicofonía escapada de entre los pliegues de aquella geografía lejana. Ellos, los que sirvieron en el Sáhara, forman parte de la historia con minúscula, pero son verdadera historia de cuanto aconteció por haberla vivido cada cual a su modo.

Gualletes en el frig de Mahbes.

Testigos a la fuerza

El 17 de junio de 1970 estalló en El Aaiún lo que se ha dado en llamar «el grito de Zembla», al reprimir una compañía de la Legión con fuego real una manifestación nacionalista en la explanada de Zembla. Hubo más de una decena de muertos —aunque España solo reconoció dos y varios heridos—, y Basiri, el líder saharaui que el año anterior había fundado en Smara el Movimiento de Vanguardia para la Liberación del Sáhara —antecedente inmediato del Frente Polisario—, que en pocos meses tendría cuatro mil setecientos afiliados, fue arrestado y «desaparecido» días más tarde.

Aquella mañana el soldado de artillería José Meneses paseaba con unos compañeros por la ciudad, y vieron «todo el movimiento que se fraguaba en los alrededores del Gobierno General» explica. Su memoria es buena —de hecho ha autopublicado dos libros sobre el Sáhara—, y recuerda perfectamente que agentes de la Policía Territorial les aconsejaron que se fueran de allí «que no pasaba nada, pero que sería mejor no estuviéramos para no provocar a los saharauis que se manifestaban». Al cabo de unas horas y a punto de reemprender la marcha hacia su unidad, cuenta Meneses que «un poco antes de llegar a la plaza del hospital, comenzamos a escuchar sirenas, y al acercarnos a la misma puerta vi como llegaban unos camiones de cuya parte posterior comenzaron a bajar saharauis ensangrentados, otros se encontraban inertes sobre la caja del camión. Comenzaron entonces a llegar jeeps de la Territorial que informaban por altavoces que todos los soldados regresaran a sus unidades, que los permisos se habían cancelado». Meneses y sus compañeros volvieron a su cuartel donde se les pertrechó y fueron enviados a reforzar lugares clave unas secciones, y otras en el cuartel  apoyadas por una sección de la Legión que se encargaba del exterior y el tejado.

 «Aquello duró dos días» explica el ex artillero, «y poco a poco todo volvió a su cauce. Oficialmente, en la prensa se informó de dos o tres muertos, pero en el camión que yo vi calculo unos diez cadáveres. Después, por los compañeros del hospital nos enteramos que habían fallecido unos cuantos más y fueron entregados a sus familiares. Las cifras son dispares, pero por un simple cálculo a lo que hizo la Legión que fue disparar a bocajarro —algunos cuerpos tenían más de cincuenta impactos— da para que las cifras se doblasen».

José Meneses, el soldado destinado en la Antiaérea del Grupo Mixto de Artillería, tuvo la oportunidad de ver a Basiri poco antes de que lo desaparecieran. «A la semana de producirse los hechos de Zembla trajeron a nuestro cuartel un grupo de saharauis, los instalaron en nuestra prevención y comenzamos a verlos pasar junto a su escolta armada cuando algunos se dirigían a comer. Había unos cuantos heridos y la comida se la llevaban las mujeres saharauis. Supimos que se encontraban entre los detenidos los «cabecillas» principales: Basiri, un sargento y tres cabos nativos de Tropas Nómadas, y el resto de dirigentes. Se nos había prohibido hablar con ellos —aunque mis compañeros intercambiaban algunas palabras, siempre respondidas con educación por su parte—. A Basiri lo vi en el patio de armas en dirección al comedor casi al final de su estancia allí, saludé al compañero que lo custodiaba y también a él, que me respondió con amabilidad. A los pocos días los compañeros de la Tercera Batería que se encontraban de guardia vieron llegar a  dos Land Rover que se detuvieron en la entrada y como se llevaban a Basiri. Posteriormente, vinieron unos camiones a por el resto y abandonaron el cuartel…y nunca más se supo (de Basiri).

Familia nativa en Jachba.

Tubib en la hamada

A José María Casán le aparecen los recuerdos de su estancia en el Sáhara un tanto desdibujados después del tiempo transcurrido. «Y más teniendo en cuenta que en conjunto fue una experiencia bastante ingrata y la tendencia natural es a borrar los hechos desagradables», dice. Pero, en cuanto va recobrando memoria su pasado «militar» se hace perfectamente claro.

En su caso se dio la circunstancia de que fue rechazado para las «milicias universitarias» al no aprobar el test psicotécnico. «Sin duda, a que dejé traslucir en exceso mi escaso espíritu militar». Al verse obligado a realizar el servicio militar obligatorio solicitó las prórrogas pertinentes para poder acabar sus estudios de medicina. Finalmente, no le quedó más remedio que hacer la mili con veinticinco años cumplidos y ya licenciado en Medicina. «Después de la jura de bandera en el BIR me comunicaron que mi destino iba a ser la Agrupación de Tropas Nómadas (ATN) en Mahbes, puesto fronterizo situado en el noreste del Sáhara y muy cercano a las fronteras de Marruecos, Argelia y Mauritania. La designación de este destino no era casual ya que el Gobierno Civil estaba interesado en la presencia de médicos en el máximo número de poblados del territorio».

Casán sigue contando su experiencia, recordando que en esa base convivían militares europeos con soldados profesionales nativos contratados por el ejército, y en los alrededores se asentaban sus familias, así como el resto de población civil que formaba el frig  de Mahbes. «En realidad», aclara, «se trataba de una agrupación de rudimentarias casas de adobe y haimas sin agua corriente ni energía eléctrica ni otra fuente de energía. En la base sí que disponíamos de agua abundante y luz eléctrica hasta las 23 horas».

 «En esa época», explica, «estaba al mando el capitán Carranza, hombre de trato exquisito  y de carácter afable que, sin duda consciente de la dureza de las condiciones de vida, procuraba no fastidiar a la tropa más de lo estrictamente necesario. Recuerdo una relajación absoluta en las normas de disciplina cotidianas hasta el punto de permitir dejarse barba o hacer superfluo el saludo de rigor a un superior». Casán explica que por un lado era el médico militar que debía atender a los militares y por otro tenía que hacerse cargo de la población civil de Mahbes. Era su tubib. Pero las condiciones higiénicas y sociales de los autóctonos eran deplorables y no había más posibilidad de atención a un enfermo grave que la evacuación al hospital más próximo (el Aaiún a seiscientos kilómetros) en avión y en horario diurno (porque el aeropuerto de Mahbes no era más que una simple explanada en el desierto sin luces que pudieran permitir un vuelo nocturno), explica. 

A pesar de las limitaciones existentes, Casán manifiesta que la respuesta de los enfermos a los tratamientos era bastante espectacular «probablemente por la ausencia de contacto previo con antibióticos». Tan solo recuerda un caso realmente dramático. «Una noche se acercó a la base la mujer de uno de los soldados nativos para decirme que pasara a visitar a su hijo, que tenía mucha fiebre. Al saber que la fiebre había empezado unas pocas horas antes y ante la dificultad de desplazamiento en aquel momento, consideré que lo más probable es que se tratara de un cuadro gripal y le di un antitérmico con el compromiso de ir a visitarlo a la mañana siguiente. El chico (debía tener unos nueve o diez años) murió durante la noche y ante mi consternación solo puede constatar su fallecimiento. Lo que más me impresionó fue la respuesta del padre que, al ver mi abatimiento por no haberlo al menos visitado unas horas antes, me consoló y tranquilizó con la actitud resignada que caracteriza a los árabes y los comentarios de que «Alá lo ha querido así» e intentando quitarme cualquier sentimiento de culpa. Lo más probable es que el chico sufriera una meningitis con sepsis meningocócica, que es una enfermedad de extraordinaria gravedad y evolución catastrófica en pocas horas, y que solo se puede controlar con un tratamiento intensivo y precoz en un hospital adecuado. Por ello siempre he pensado que no hubiera podido hacer nada para solucionar el caso, pero para un médico es doloroso no haber intuido la gravedad de la situación».

Otra situación dramática, en esta ocasión con final feliz, se produjo, recuerda, cuando le requirieron para asistir a una mujer que estaba teniendo un parto problemático en un pequeño asentamiento cercano a Mahbes. Casán reconoce que su formación en obstetricia era fundamentalmente teórica y solo había presenciado (no asistido) algunos partos durante su rotación por este servicio en el Hospital Valle de Hebrón en su primer año de postgrado (MIR). «Nos desplazamos a recoger a la paciente con el Land Rover para traerla a Mahbes, donde tenía familia, y en caso de necesidad valorar su evacuación. La mujer llevaba horas con dolores y realizamos el traslado de noche, pero en pleno trayecto las cosas se precipitaron y allí tuve que intervenir en el único parto que he tenido que asistir en toda mi vida. Aún recuerdo la escena en la parte trasera del jeep y a la luz de la luna que afortunadamente brillaba aquella noche. En este caso todo se desarrolló correctamente y el niño nació sin problemas».

Comenta el veterano tubib del desierto que, como todas las experiencias de la vida, se puede extraer alguna conclusión o recuerdo positivo, pero que a él le quedó la sensación de una época bastante perdida. Y añade «estoy muy satisfecho de que el servicio militar se haya profesionalizado y desaparecido como obligatorio».

Pozo en la hamada.

Una esclava por dos mil pesetas

España practicó en el Sáhara una política de no inmiscuirse en las tradiciones de los naturales, aunque alguna de estas, como la esclavitud, estuviera prohibida desde hacía mucho tiempo atrás. En el censo español de 1974, que sirvió de base para que la ONU diseñara el referéndum de autodeterminación, se contabilizaron 3018  esclavos negros (de una población de 74 902 nativos musulmanes).  Por supuesto en España apenas nadie conocía la existencia de morenos, como los llamaban los saharauis. Tampoco en el territorio eran muy conscientes de ello los conscriptos, y solo la casualidad generalmente les abría los ojos ante tal degradación. Así sucedió con el artillero José Meneses, que a la vuelta de un viaje a Smara con un pequeño grupo bajo el mando de un  teniente para hacer unas gestiones topográficas, se encontraron a un grupo de saharauis transeúntes que, con sus familias, camellos y cabras, iban hacia El Aaiún para participar en la feria de ganado. Meneses explica que se pararon a refrescarse, «mientras el teniente saludaba a los ancianos, nos pusimos a hablar con uno de aquellos nativos que estaba bregando con los camellos». Al rato otro de ellos «se acercó a nosotros y nos dijo que por qué no le comprábamos una niña negra. Mi compañero Mendes y yo nos quedamos parados, pensando que nos querían gastar alguna broma. El hombre nos dijo que era normal la compra-venta de esclavas y que no entendía que no lo supiéramos. Qué «dos mil pesetas y doy negra». A continuación la fue a buscar, y nos trajo a una cría que no tendría más de tres añitos, medio desnuda, llena de mierda y mocos, y con todas las moscas que se podían juntar en su pequeño y frágil cuerpo».

Meneses y su compañero no salían  de su estupor, y cuando reemprendieron la marcha  prosiguieron con sus preguntas al oficial expresándole su indignación. «La  contestación del teniente y de un cabo de Tropas Nómadas que nos acompañaba fue que sabían que pasaba, pero había que hacer la vista gorda, que eran costumbres muy arraigadas en según qué zonas del Sahara… Al llegar a nuestro cuartel lo comentamos entre los compañeros y le estuvimos dándole vueltas varios días, a ver dónde nos podía llevar cierto «espíritu solidario» con aquella niña (pues nos podía caer un puro enorme)». Volvieron a tropezarse por casualidad poco tiempo después con el grupo que tenía la niña y averiguaron que seguía en venta. Entre varios compañeros reunieron las dos mil pesetas y la compraron para, después de algunas peripecias (y arrestos por la acción), ponerla en las manos de la esposa del coronel de su regimiento, quien una vez aclaradas las cosas al cabo de un tiempo les comunicó que la pequeña estaba en Canarias y que el Patronato de Huérfanos del Ejército se había hecho cargo del tema.

No fue el único caso de liberación de un niño esclavo. A finales de los años sesenta una patrulla de Tropas Nómadas encontró en la demarcación de Mahbes (Saguia el Hamra) a un niño negro desnutrido y deshidratado atado a una talha (tipo de acacia del desierto), no se sabe con qué fin ni por quién. Se cuidó de él en la base y más tarde se le envió a El Aaiún para que el Gobierno Civil se ocupara de él.

Guallete esclavo en el frig de Mahbes.

Inquietud entre los militares

Jaime Vilarrasa hizo la mili en la Policía Territorial de 1972 a 1973, con destino en la Dirección de Política Interior, Secretaría General de Gobierno. «Era el equivalente al Gobierno Civil» aclara. Cuando Vilarrasa se incorporó a esta oficina para hacer labores burocráticas, observó que entre los militares había inquietud. «Porque veían que existía un divorcio entre la población autóctona, especialmente entre los jóvenes con formación y los viejos chiujs que dominaban la Yemaa y que adoptaban posiciones más inmovilistas que los propios militares.  Desde los sucesos de junio de 1970 se había creado en los estamentos del Gobierno un miedo permanente de que estos hechos y la aparición de un mártir les impidiese llevar a buen término el proceso de descolonización que, por otra parte, los jefes y oficiales de la zona, lo tenían muy claro». Según explica Jaume Vilarrasa, en esa época se notaba ya la brecha abierta entre los políticos de la metrópoli y los militares que «daban la cara» a diario con la población autóctona. «Era frecuente escuchar en petit comité que había que acelerar el proceso y los políticos lo impiden».

El final es bien conocido. Lo único que queda de aquellas banderas de arena son los recuerdos de los veteranos; y, sobre todo, la sincera amistad entre saharauis y españoles que ha sobrevivido al tiempo.

El precio de la información

Pablo Ignacio de Dalmases fue director de Radio Sáhara y del diario La Realidad de El Aiún de 1974 a 1975. Su primicia informando del acuerdo entre España y Marruecos para ceder el Sáhara le costó el puesto, y fue amenazado de muerte por varios militares ultramontanos pertenecientes a lo que define como «búnker de arena».

Pregunta: Usted como periodista fue testigo privilegiado de la última etapa del Sáhara español. ¿Qué acontecimientos relevantes  recuerda de aquella convulsa época?

Respuesta: Mi estancia en el Sáhara fue relativamente breve, pero intensa en acontecimientos. Los principales, el inicio del desarrollo del plan de autonomía previo al referéndum que habría de realizarse y nunca llegó a serlo; la visita de una comisión de Naciones Unidas; la tensión del verano de 1975 por las acciones terroristas marroquíes, y los ataques del Frente Polisario. Y, al final, la Marcha Verde.

P: ¿Tuvo contacto directo con los soldados de reemplazo que cumplían su servicio militar en el Sáhara?

R: Muy escaso, puesto que ellos tenían pocas oportunidades para relacionarse con los civiles. No obstante, hubo alguno gracias al programa que se emitía desde la emisora y estaba dedicado a los «Soldados del Sáhara». Y acaso también  ciertas colaboraciones esporádicas en acciones concretas.

P: ¿Qué opinión le merece la supuesta «descolonización» del territorio que llegó a formar parte de España como su provincia número 53?

R: En realidad no hubo tal «descolonización», ya que el proceso se frustró. Lo que ocurrió es que, frente a la agresión marroquí, España simplemente abandonó vergonzosamente sus responsabilidades y se retiró del territorio dejándolo, contra la legalidad internacional, en manos de Marruecos y Mauritania.

P: Pese al tiempo transcurrido existen vínculos entre la sociedad española y el pueblo saharaui. ¿A qué se debe en su opinión?

R: El Sáhara, como las órdenes sagradas, «imprimen carácter», y los que lo han conocido pueden llegar a odiarlo o amarlo. En todo caso, el abandono del pueblo saharaui a su suerte por parte del Gobierno español ha creado un sentido de compromiso moral, no solo entre los que estuvimos allí, sino también en buena parte de la sociedad española y que se ha materializado en un fuerte movimiento de solidaridad.

P: La situación permanece estancada desde hace años, con un referéndum aplazado y parece que condenado, a no ser que favorezca a Marruecos; el territorio ocupado militarmente, y la mitad de los saharauis asentados en la hamada argelina. ¿Cuál cree que puede ser su futuro?

R: Esta es una cuestión muy compleja y difícil de contestar. Marruecos ha colonizado el territorio con tal cantidad de marroquíes que ha convertido a la población saharaui que permanece en su país en minoría; ha realizado inversiones ingentes y ha creado una conciencia generalizada en la sociedad marroquí de que el Sáhara les pertenece.

Por otra parte, la resistencia nativa a los colonos es constante y las nuevas generaciones nacidas y crecidas bajo la ocupación son las más independentistas. Y todo ello en el contexto de una situación internacional estacionaria en la que no se avanza nada por la negativa de Marruecos a cuestionar siquiera su ocupación con un referéndum. La apatía de las grandes potencias, que prefieren un Marruecos fuerte al albur islámico y, claro, la inoperancia de Naciones Unidas.

Pese a ello, el Sáhara sigue siendo jurídicamente un territorio por descolonizar, y la existencia de la RASD está reconocida por cerca de un centenar de países y por la Unidad Africana, a la que pertenece como miembro de pleno derecho.


Breve cronología

1884 – Una expedición al mando del alférez Emilio Bonelli se instala en lo que se conocerá más tarde como Villa Cisneros (hoy Dahla) y consiguen que los nativos pongan su territorio «únicamente bajo la protección del rey de España».

1900 – España y Francia firman el Convenio de París, en el que quedan dibujadas las fronteras del Sáhara Occidental. 

1904 –  El capitán Francisco Bens, nombrado  gobernador político-militar de Río de Oro, establece tres guarniciones a lo largo de la costa sahariana. Se convertirán con el tiempo en las ciudades de La Güera, Villa Cisneros y Villa Bens. 

1912 –  España firma varios tratados que atribuyen estatutos jurídicos distintos a la región de Villa Bens (al norte del paralelo 27º 40´) y al Sáhara Occidental.

1934 –  Antonio del Oro funda la ciudad de El Aaiún junto a un manantial. El capitán Galo Bullón y el teniente Carlos de la Gándara ocupan con una reducida fuerza a camello y pacíficamente Daora y Smara (la ciudad santa del legendario Ma el Ainin, el «sultán azul»).

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1 comentario

  1. Cimex Lectularius

    Toda Historia es historia contemporánea…

    https://es.m.wikipedia.org/wiki/Guardia_Mora

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