
En los años de entreguerras, Novecento, uno de los pianistas más reconocidos de todos los tiempos, se enfrentó al mundo por primera vez. Es la historia que cuenta el italiano Alessandro Baricco en su monólogo teatral Novecento. La leyenda del pianista en el océano; la de un tipo curioso al que —en mayor o menor medida— todos nos parecemos. Abandonado en el transatlántico Virginian cuando era un niño, Novecento optó por construir su vida a bordo y, sobre todo, en torno a las teclas del piano. Su mundo se reducía a eso, de hecho era lo único que conocía. Jamás había descendido del barco, ni visto otra realidad que no fuese la que se dibujaba tímida entre la proa y la popa de aquel buque que surcaba el océano. Un día, Novecento decidió que había llegado el momento de pisar tierra firme. El resultado, no fue el esperado —ni siquiera para él mismo—. Su regreso al barco fue casi inmediato. «Aquella gran ciudad… No se veía el final… Lo busqué, pero no existía, en toda aquella inmensa ciudad había de todo, pero no había un final», confesó Novecento a su llegada. «Imagínate un piano. Las teclas empiezan. Las teclas acaban. Tú sabes que hay ochenta y ocho, sobre todo en eso nadie puede engañarte. No son infinitas. Pero —prosiguió refiriéndose al mundo exterior— si frente a mí se extiende un teclado con millones de teclas, que nunca se terminan, entonces en ese teclado no hay música que pueda tocar».
Ese día, Novecento se topó de bruces con la inmensidad y el mundo se volvió —para él— un lugar demasiado grande y confuso para habitar. «Contando solo las calles, las había a millares, ¿cómo os las arregláis para coger solo una? Para escoger una mujer, una casa, una tierra que sea la vuestra, un paisaje que mirar, una forma de morir… ¿No tenéis miedo de acabar destrozados solo con pensar en esa enormidad?»— preguntó. Y con esa pregunta, nos conjuró, sin quererlo, a todos nosotros al mismo tiempo. Es curioso como, a veces, es la ficción la que nos ofrece el reflejo más sincero de nosotros mismos; un espejo de colores a través del cual somos capaces de ver, comprender y poner nombre a los miedos que nos abrazan —queramos o no— a todos. Todos hemos sido Novecento de vuelta al barco poco después de pisar tierra firme, con miedo y frío por dentro. Sin embargo, no todos lo hemos sido en voz alta. Puede que, cuando lo fuimos, ni siquiera nos parasemos a escuchar qué sentíamos, pensábamos o temíamos exactamente.
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