El rizoma de la ciencia del bien y del mal

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Imagen: DP.

¿Cómo entrar en la obra de Kafka? Es un rizoma, una madriguera. (Kafka. Por una literatura menor, Deleuze y Guattari)

Frente al clásico árbol de Porfirio, que pretende ordenar las substancias —y por extensión las ideas— yendo de lo universal a lo particular, según un esquema que se ramifica a partir de un tronco central, Deleuze y Guattari propusieron en su obra Capitalismo y esquizofrenia (1972, 1980), un modelo descentralizado a imagen y semejanza de los rizomas: tallos subterráneos que crecen horizontalmente y de forma reticular, y en los que todos los nódulos son equivalentes e intercambiables. La metáfora es sugestiva, y resulta adecuada como modelo de estructuras y procesos que no se articulan alrededor de un centro o un eje, por lo que no es extraño que la eclosión de internet —la red por antonomasia— la haya reintroducido con fuerza en el discurso sociológico. Y no habría nada que objetar, sino todo lo contrario, si el rizoma se presentara como un modelo complementario del viejo y eficiente (aunque limitado y a menudo engañoso) árbol taxonómico; pero Deleuze y Guattari lo propusieron —y sus epígonos siguen proponiéndolo— como negación y superación del modelo arbóreo, que abusivamente identifican con la lógica de la dominación, como si el mero hecho de clasificar los elementos de un conjunto equivaliera a establecer relaciones jerárquicas.

Incurriendo en una contradicción típicamente posmoderna, tras cuestionar los discursos metafóricos (y en este sentido es muy significativa la lectura que hacen de Kafka), Deleuze y Guattari pretenden convertir una metáfora botánica en modelo epistemológico. Y lo que empezó siendo una crítica del psicoanálisis (la primera parte de Capitalismo y esquizofrenia se titula «El Anti-Edipo») acaba cayendo en el mismo error que denuncia, y que, básicamente, consiste en confundir lo literario con lo literal. O, para ser más preciso, en hacer aún más borrosa la difusa frontera entre lo connotativo y lo denotativo, entre el mapa y el territorio, entre lo especulativo y lo comprobable, entre la realidad y el deseo (cuando Deleuze y Guattari dicen: «Solo existen el deseo y lo social, y nada más», parecen citar un verso de Cernuda, que vino a decir lo mismo antes y mejor, y sin intentar darnos gato poético por liebre científica).

Sería injusto no reconocerles a los autores de «El Anti-Edipo» el mérito de haber politizado el discurso psicoanalítico en general y el lacaniano en particular, a la vez que intentaban conferirle un mayor rigor científico. En primer lugar, aduciendo que la familia, que para el psicoanálisis es lo determinante, en realidad es lo determinado (por lo social). Y, en segundo lugar, viendo en ese «malestar en la cultura» del que hablaba Freud una consecuencia directa de la explotación capitalista. Pero su esfuerzo es vano, o cuando menos desproporcionado, pues de poco sirve politizar un discurso meramente especulativo e intentar dotarlo de un rigor incompatible con su propia naturaleza. El mero hecho de discutir si el inconsciente —como supuesto topos del deseo— viene determinado por lo familiar o por lo social, presupone aceptar la existencia de «el» inconsciente como algo concreto y articulado (estructurado como un lenguaje, según Lacan), lo cual desbarata de antemano cualquier intento de renovación epistemológica.

A menudo se ha acusado a los posmodernos de hacer un uso poco riguroso y meramente ornamental de los conceptos y la terminología de la ciencia; pero en este caso la impostura no estriba en vestir de seda a la mona, sino en que la propia mona no es más que una muñeca de trapo.

El árbol de la ciencia

El árbol sigue siendo una buena metáfora del conocimiento articulado, siempre que la metáfora se sustente en el árbol real, y no en la visión esquemática que lo convierte en emblema de la ordenación jerárquica. Una visión esquemática potenciada por el hecho de que el patrón arbóreo simplificado abunda tanto en la naturaleza como en las construcciones humanas: el río y sus afluentes, el tendido eléctrico, nuestros propios sistemas nervioso y circulatorio… Paradójicamente, el verdadero árbol trasciende el esquema arbóreo, pues la relación entre sus partes —raíces, tronco, ramas, hojas, flores, frutos, semillas— es menos jerárquica de lo que sugiere su imagen. Las invisibles raíces absorben los nutrientes, las humildes hojas realizan la fotosíntesis, las diminutas semillas perpetúan la especie… En realidad, el tronco de un árbol es mucho menos «troncal» que el río principal de un sistema fluvial o la arteria aorta.

Y lo mismo ocurre con el árbol de la ciencia. A los matemáticos nos gusta pensar que nuestra disciplina —en la que Galileo vio el lenguaje en el que está escrito el libro del universo— es la columna vertebral de la ciencia. Y los científicos suelen ver la tecnología como «ciencia aplicada». Pero esta visión simplista, adialéctica, tiene poco que ver con la realidad, tanto a nivel epistemológico como funcional.

En el centenario del nacimiento de Isaac Asimov parece doblemente oportuno mencionar que, tanto en sus artículos de divulgación como en sus relatos, subrayó a menudo la relación dialéctica entre matemática y ciencia y entre ciencia y tecnología (véase, por ejemplo, su pionero relato de 1941 «¡No definitivo!»). Y el propio Asimov es una impugnación viviente de las supuestas jerarquías científicas. A primera vista, cabría pensar que la divulgación y la ciencia ficción están supeditadas a la investigación. Pero la divulgación y la ciencia ficción —y la obra de Asimov es el mejor ejemplo— no solo despiertan numerosas vocaciones (más, probablemente, que muchos profesores de física o matemáticas), sino que son un inagotable semillero de ideas. Si la tecnología, la divulgación científica y la ciencia ficción son ramas de la ciencia «pura», lo son en el más pleno y orgánico sentido del término: son ramas fecundas y creativas, no meros apéndices subordinados. Son ramas cargadas de hojas nutricias, flores fragantes y frutos germinales.

El rizoma de la ética

Hay que reconocerles a posmodernos y relativistas culturales el mérito de haber señalado los límites y las ingenuidades de ciertos discursos excesivamente abarcadores (los «metarrelatos» construidos alrededor de algunas grandes ideas del siglo XIX, como el marxismo, el darwinismo y el psicoanálisis), discursos que han contribuido a limpiar de polvo dogmático y paja retórica; el problema es que, tras su operación de limpieza, han tirado al bebé junto con el agua de la bañera. Y luego han intentado imponer sus propios dogmas y su propia retórica, aún más farragosa que la que generaron los excesos de la modernidad. En general, la obra de Deleuze y Guattari participa de esta ambivalencia, y descartarla sin aprovechar sus aspectos positivos sería incurrir en el mismo error —o exceso— que ejemplifican. Más concretamente, descartar sin más su modelo rizomático sería incurrir en el mismo error —o exceso— que los lleva a ellos a descartar el modelo arbóreo.

En la naturaleza hay árboles y hay rizomas, y en la cultura también. ¿Es la obra de Kafka «un rizoma, una madriguera», como afirman Deleuze y Guattari? ¿Lo es la literatura en general, un enorme rizoma del que cada escritor(a) es un nódulo descentralizado en el que se condensa y expresa toda una red cultural?

Pero, antes que la literatura, tal vez el árbol simbólico más accesible a la revisión rizomática sea el primero y más famoso de ellos: el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, emblema primigenio del prohibicionismo bíblico, así como del mito de la «moral natural».

La ética es posible y necesaria precisamente en la medida en que la humanidad se sustrae a la tiranía de la naturaleza, por lo que la expresión «moral natural» es una contradicción in terminis. Nos guste o no, no tenemos más base para dictar leyes y establecer normas de conducta que el contrato social. Es una base resbaladiza y menos firme de lo que quisiéramos; pero la única alternativa es el dogma, que es, por definición, la muerte del diálogo, es decir, del pensamiento mismo. Y ese diálogo social del que dimana la ética tal vez tenga en el descentralizado rizoma horizontal un referente más adecuado que el autoritario árbol vertical que el patriarcado plantó en un imposible edén anterior a la cultura.

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36 Comentarios

  1. Bastantes meses después, Carlo, vuelves a plantear el apasionante tema de la fundamentación de la moral. A ver si no me alargo (nunca lo logro).

    Primero: me da escalofríos pensar –como decía un filósofo– que la moral, el contrato social, o las obras de arte, provienen de la inteligencia, o sea, de la capacidad de intrigar y conspirar, de leer el pensamiento de otro; algo que un lobo, o una vaca, o un ratón nunca pueden hacer, y por eso ellos nunca pueden actuar con «maldad»; nosotros sí podemos… por desgracia.

    Segundo: Hans Kelsen, en su ¿Qué es la justicia?, después de muchas páginas, creo que llega a la conclusión de que no se puede fundamentar la justicia racionalmente, sino que dependerá de los juicios de valor de cada sociedad, parlamento, individuos, etc. Esto choca con lo que decía Marcuse en una conversación con Habermas; Marcuse decía que quizá sí hay un derecho «natural» que debemos reivindicar, que no está en ningún cielo religioso, que no se basa en el dogma, ni en la superstición, etc., pero que sí podría fundamentarse de distintas maneras. Una de ellas sería la fundamentación biológica: quizá hay una necesidad biológica de descanso, de cooperación, de derecho a la soledad y a la vida privada, a la belleza. Estoy de acuerdo con Marcuse… sin desdeñar del todo lo que decía Kelsen. No sé qué opinas tú.

    • No recuerdo ese debate entre Marcuse y Habermas, dos autores a los que en su día leí bastante; lo buscaré. De momento, te diría que, hoy por hoy, la hipótesis de Marcuse no se puede demostrar, aunque tampoco refutar. Hay una base biológica: somos, como los lobos que mencionas, una especie gregaria cuya supervivencia se basa en la colaboración; pero esa base biológica no explica la ética por sí misma, ni la determina de una manera unívoca. La forma de regular el binomio colaboración-competencia es propia de cada sociedad, de cada cultura. Sería reconfortante pensar que evolucionamos hacia una ética «perfecta» en la que la colaboración y la solidaridad prevalecerán definitivamente; pero no podemos asegurarlo. Gracias, Óscar, por tu sustanciosa aportación.

      • Carlo, por si en algún momento te interesa, si copias y pegas: «Habermas perfiles filosófico políticos – Slideshare», está el libro descargado. Son las páginas 295-296 en donde aparecen esas palabras de Marcuse en un diálogo con un estudiante, citado por Habermas. (No me deja copiar y pegar el texto directamente.) O si tienes el libro… Yo lo leí en la biblioteca.

        En otro libro decía Marcuse: «la reconstrucción total de nuestras ciudades y del campo (…), la creación de espacio interior y exterior para la esfera privada, la autonomía individual, la tranquilidad; la eliminación del estrépito, de los auditorios esclavos, de la compañía forazada, de la polución, de la fealdad. No se trata de exigencias románticas y snobs. Los biólogos han subrayado que se trata de necesidades orgánicas del organismo humano…»

        Me opongo al iusnaturalismo: Schmitt y los nazis basaban la constitución de un estado en la tradición, la raza, etc., como los falangistas en España, o sea puro iusnaturalismo; pero, de la misma manera, podemos decir que nazis o falangistas se valieron del derecho escrito, el iuspositivismo, para llevar a cabo sus objetivos.

        • Gracias, Óscar, unas referencias muy interesantes. Es un debate muy complejo, con varias incógnitas aún por despejar. Lo importante es no confundir las conjeturas con los datos contrastables. Marcuse me parece muy lúcido y sugerente, pero a veces se deja llevar, creo, por una excesiva confianza en las tesis freudianas.

  2. La moral es del ciudadano y la ética del hombre. O grupo o humanidad. O mejor dicho: grupo y humanidad. Y se tiende desde la primera a un horizonte de universalización al que nunca se llegará. Dos brújulas para un único camino.

    Sobre el iusnaturalismo: es más peligroso incluso que el iuspositivismo.
    Creo que las únicas respuestas son siempre críticas, dialécticas.

  3. En su día, el patriarcado tuvo que funcionar de la misma forma que el dogma tiene su rol en la construcción del pensamiento y del colectivo social. Abusar es el problema. Estamos de acuerdo en que basar la convivencia social en dogmas es igual de inútil que basarla en la ética de cada individuo. Al final alguien tiene que poner orden (lo que genera futuros problemas)

    En el mundo de la ciencia quien pone ese orden es el tribunal que adjudica la subvención de los proyectos de investigación y los editores de las diferentes revistas.

    • Sin dejar, por desgracia, de ser cierto lo que dices, en el terreno de la ciencia los obstinados hechos acaban refrendando las teorías que mejor los explican. Aunque a veces tardan mucho.

  4. A ver si empezamos a hablar de temas que entienda la gente, que si no, esto va a acabar pareciendo una película de Tarkovsky, señores…

      • Bromas aparte, te agradezco la buena disposición, pero para entender y no solo algún punto, sino todo lo que habéis escrito, tendría que haber iniciado y acabado el estudio de cuatro o cinco carreras (filosofía y psicología entre ellas) en vez de haberme pasado la juventud persiguiendo chochos. La culpa no es vuestra, es mía. O quizá no sea de nadie…

  5. Estudié Derecho, allá por el paleolítico inferior. Por aquel entonces suponían 5 años de vellón. En 1º teníamos una asignatura que se denominaba: Derecho Natural. En la primera fase de dicha asignatura, se trataba de explicar la naturaleza de dicho derecho y si este existía realmente o no. Me hacía y me sigue haciendo mucha gracia si en la universidad se llegara a la conclusión de que realmente no existe tal derecho y que estábamos estudiando una asignatura que no tenía plasmación en la realidad. Por fortuna o desgracia después se deshacían de la importancia de su existencia o no para hacernos comulgar con las ruedas de molino de nuestra carta magna. Es decir, después de cinco o seis folios de ética y moral, el 99,5% de la asignatura era derecho constitucional.
    ¿Por qué llamaban entonces Derecho Natural a la asignatura? Cosas verdes, amigo Sancho.
    PD: en 5º teníamos otra asignatura que se denominaba: Filosofía del Derecho. La cosa no mejoró.

    • El problema era la facultad y/o los profesores.

      En mi facultad el catedrático de la asignatura era un hegeliano nazi y el profesor titular, un escolástico.
      Uno defendía el iusnaturalismo de la espada empuñada por los guerreros indoeuropeos agrupados en un mannerbund, y el otro, el iusnaturalismo de la cruz.

      Idealismo y espiritualismo, poco materialismo y poca crítica.

  6. Dr. Grimor, es la fuerza (bruta) de los titulares, que los periodistas conocen bien. El mero hecho de que exista una asignatura llamada Derecho Natural instila en las mentes la idea de que tal cosa existe y es importante. Como dice Máximo, mucho idealismo y poca crítica.

    • No se deje llevar por Máximo, un troll para quien un asesinato cometido en nombre de la URSS no lo es tanto o es sólo un medio para un fin futuro («la libertad y blablablá»). No alimente al troll de jotdown.
      Volviendo al tema. Lo que es necesario, es posible. Pero lo posible, no es necesariamente necesario. La ética es posible. Su artículo lo demuestra. Pero Treblinka o Katyn demuestran, también de manera tajante, que no es necesaria.
      Los dilemas no son resolubles. Son dilemas. Y hay que aceptar el dilema… o aventurarse a matar o morir por la parte afín del dilema.
      Lo que usted está buscando probablemente lo halle en la «Conferencia de Ética» de Wittgenstein.

      • Vaya, otro insulto de quien no insulta.

        No creo que un divulgador como Frabetti se deje arrastrar por un sencillo comentador como yo, salvo que quiera, con toda consciencia, expresar su acuerdo con algunos de mis humildes planteamientos materialistas y críticos.

        Un asesinato es un asesinato.
        Ahí estamos en los terrenos de la moral y sus términos son absolutos.
        Otra cosa es aquilatar la trascendencia de episodios históricos (el imperio romano, la reconquista, el descubrimiento de América, la revolución francesa, la revolución soviética). El análisis histórico no es un análisis moral. Aunque la moral por humana sea también histórica y haya (eso creemos algunos) un progreso moral, por muy precario y delicado que sea.

        Si me llama troll por comunista, le puedo devolver la pelota por anticomunista. Posición la suya llena de prejuicio, irracionalidad y mala bilis.

        Salud.

      • Intento no dejarme llevar por nadie, querido Constantino, ni siquiera por Wittgenstein, uno de mis pensadores favoritos. Simplemente, intento debatir cordialmente con los lectores que, como tú, tienen la amabilidad de comentar mis artículos, esté o no de acurdo con ellos; sobre todo cuando me ayudan a aclarar mis ideas (esté o no de acuerdo con ellos).

      • Por cierto, con respecto a este tema Wittgenstein era contundente: identificaba la ética con la estética. Una idea que viene de Platón (como casi todo) y W intenta llevar a sus últimas consecuencias.

        • Yo no diría tanto. En cierto contexto, el de lo transcendental, probablemente sí. Pero quizás me traicionen los recuerdos.
          Coincidí una vez, creo que en el aeropuerto de Bremen, con Emilio Lledó. Él volvía a España a impartir unos cursillos de doctorado sobre Platón. Se tiró cerca de veinte minutos encomiando su obra, Como mi vuelo estaba retrasado, me dio igual. Yo deseaba tanto volver oír hablar en mi idioma… En suma, al final concluyó una enorme adversativa diciendo: «sin embargo, Platón defendió todo en algún momento de su vida, de modo que cuando alguien lo cite como precedente tendrá usted delante a un charlatán».
          Tenga cuidado de quién habla. Que Lledó sabía un renglón sobre ese tema.

          • Sabía y sabe, que sigue vivo y activo. Hace mucho que no hablo con él, pero en el pasado tuvimos largas charlas, aunque principalmente sobre ciencia o literatura (es un gran conocedor de los clásicos). Pero la frase que citas me parece una boutade, Es inevitable remitirse a Platón igual que al hablar de física es inevitable remitirse a Galileo y Newton. Como dijo Whitehead, la historia de la filosofía occidental es un conjunto de notas a pie de página a la obra de Platón.

            • «… Con apuntaciones a pie de página de Aristóteles» si no me fallan los recuerdos. Para entonces Whitehead había entrado en barrena como científico (o sea, en su período religioso).
              Platón tiene poco que ver con Galileo o Newton. Aristóteles fue otro cantar.
              Fue precisamente Lledó quien me habló de las épocas de Platón, de la estructura de los diálogos y conceptos en tetralogías y de cómo lo único que se mantiene desde las primeras entregas a las últimas es el concepto del diálogo. En todo lo demás, vino a cambiar por completo de parecer.
              Una tarde en que no tenía mejor cosa que hacer, me picó la curiosidad y busqué en la biblioteca de Bonn, la referencia que me facilitó a propósito del tema: Hussey, G. B., “The Incorporation of Several Dialogues in Plato’s ‘Republic’”, The Classical Review, Vol. 10, No. 2, (1896): 81-85. Si tiene una cuenta en el JSTOR, encontrará la referencia rápidamente. Maravillas de internet. Antes te llevaba el tema una tarde o un par de días.

              • Gracias, Constantino, me interesa mucho la referencia que me has enviado. En cuanto a Aristóteles, creo que está sobrevalorado, debido a su redescubrimiento por musulmanes y cristianos; pero ese es otro debate, probablemente interminable.

                • Pues añado otros dos:
                  – Hackforth, R., “The Story of Atlantis: Its purpose and Its Moral”, The Classical Review, Vol. 58, No. 1, (1944): 7-9.
                  – Haslam, M. W., “A Note on Plato’s Unfinished Dialogues”, The American Journal of Philology, Vol. 97, No. 4 (1976): 336-339.
                  Y a cambio le propongo considerar un caso complejo.
                  Imagine que es usted médico. Viene un padre hoy mismo. Su hijo, de 10 años, no padece nada. Pero el hombre desea que le haga un certificado para evitar que el chico vaya a clase. Si el hijo va, puede mandarlo a la muerte. Coronavirus. Si no va, el padre puede ir a la cárcel. Enseñanza obligatoria. Si usted firma, se arriesga a ser denunciado. Incumple el código deontológico y falta a la verdad, pues certifica que hay lo que no hay. La inspección médica le está buscando las vueltas y miran con lupa su conducta. Su familia puede sufrir. Si no lo hace, pueden meter a ese hombre en prisión o, si él se arruga, obligará mandar a la muerte al muchacho. Tiene que decidir.

                  • Creo que ciertas situaciones extremas no se pueden decidir «sobre el papel»: la realidad nos informa y nos sacude de maneras que solo en parte entendemos. Y no hace falta imaginar situaciones muy complejas: alguien se está ahogando en aguas turbulentas, y si intentas salvarlo corres el riesgo de ahogarte, ¿te tiras al agua? Como socorrista de la Cruz Roja, me he visto en situaciones de riesgo, pero nunca me he jugado la vida por otra persona, y no sé si lo haría, llegado el caso.

                    • La situación que propone es diferente. Arriesga su vida física. Si no se ve capaz, mejor no se meta a socorrista
                      En el otro caso yo lo tengo claro. Evitar que un padre mande a la muerte a un hijo está por encima de cualquier otra cosa.

      • Por cierto, Constantino, sea coherente y siga el consejo que usted mismo da a Frabetti y no alimente al supuesto trol que soy.
        Lo digo porque me lleva usted buscando las cosquillas interviniendo detrás de mí desde el artículo de García Calvo. Su intervención en el de los republicanos españoles perseguidos por los nazis fue repulsiva, y así lo indicaron otros comentaristas que supongo que no serán troles como yo.
        Y ahora aquí.
        Mire, yo no le voy a apostillar, pero cada vez que usted me toque los huevos le voy a replicar poniéndolo a caldo como ya hecho, si me apetece (y hasta donde me permitan, yo soy soviético y obediente).
        Usted mismo, a ver si va a resultar que el troll es el señor fiscal. Ya saben que Satanás para los hebreos es precisamente el acusador.

  7. Es genial, como todo lo de los Monty Python. Pero yo les contestaría (a los fans de los romanos) con «El proceso de Lúculo», de Bertolt Brecht.

  8. Cada parcela de conocimiento tiene sus propiedades individuales. ¿Cuándo se configuran en una estructura mayor donde se solapan e interactúan varias disciplinas, surgen propiedades emergentes de esos sistemas?
    En caso afirmativo, qué suerte tienen las personas que dominan varias de ellas y pueden beneficiarse intelectualmente de esas propiedades.

    • Esas personas afortunadas son todas, querida Eva, al menos las que se molestan en reflexionar de manera sistemática, pues necesariamente interconectan distintas áreas del conocimiento y hallan o vislumbran esas propiedades emergentes. Como decía Marañón, el médico que es solo médico no es ni siquiera médico. No podemos ser Leonardos, pero no tenemos que resignarnos a ser especialistas obtusos.

  9. Gracias, Constantino, me interesa mucho la referencia que me has enviado. En cuanto a Aristóteles, creo que está sobrevalorado, debido a su redescubrimiento por musulmanes y cristianos; pero ese es otro debate, probablemente interminable.

  10. A Constantino (a veces no aparece la etiqueta «Responder»): si está claro que el padre mandaría a su hijo a la muerte, hay pocas dudas; pero las situaciones reales suelen ser probabilísticas. Y eso vale también para «arriesgar la vida». Decir que quien no se ve capaz de arriesgar la vida es mejor que no se meta a socorrista, es una frase vacía si no precisamos el tipo y grado de riesgo que es razonable asumir. A mí me tranquiliza que haya vigilantes en la playa, aunque no estén dispuestos a dar la vida por mí.

    • Y si no, también. Si en la mente del padre está el miedo, es tan real como si la de la guadaña esperara a la puerta del colegio. Lo mismo que su confianza en un socorrista es real, se trate de un socorrista incompetente o no. ¿No cree?

      • Esa es la clave (o una de ellas): el factor subjetivo. Es muy difícil, en muchos casos, valorar objetivamente los riesgos y los beneficios. Por eso la «ciencia del bien y del mal» no es una ciencia exacta, ni siquiera una ciencia propiamente dicha. No hay más remedio que valorar cada situación y tomar decisiones a pesar de las dudas y la información incompleta. Por otra parte, ¿qué sería de la literatura sin los conflictos éticos?

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