Arte y Letras Arte Filosofía

Nec spe nec metu

1039px Hans Holbein the Younger The Ambassadors Google Art Project
Los embajadores, de Hans Holbein.

Una vaga desazón roza al paseante en la National Gallery de Londres. Sin que él lo sepa. O, mejor, sin que sepa que lo sabe. Inmóvil ante el cuadro que pintó Hans Holbein en el año 1533 y al cual se ha reservado aquí una pared entera: óleo sobre tabla de 2,09 por 2,07: Los embajadores.

Puede que nada en él haya parecido demasiado extraordinario al paseante. Más allá, claro está, de su perfecta ejecución: pero eso en Holbein viene dado por supuesto. Hay en él un fondo solemne de cortinón en raso verde. Sus pliegues, como sus irisaciones, han sido sabiamente planificados. Solo la armonía es rota por un mínimo detalle. Artificioso. En el ángulo superior izquierdo, como en un descuido, un descuelgue en el fruncido de la seda da a atisbar, imprevista cuchillada, lo que no debe ser visto tras los decorados: el brazo derecho y la mitad del torso de un pequeño crucifijo, que, en su imprecisa penumbra, resulta difícil aventurar si es de marfil o bien de plata, sobre madera de ébano cuya negrura apenas se perfila en la zona de sombra de la cual solo un accidente lo ha sacado.

Dando la espalda a la cortina verde dos hombres: ricamente ataviado, el de la izquierda; austero, como la solemnidad eclesiástica exige, el otro. Son el embajador Jean Dinteville, señor de Polissy y su amigo el obispo de Lavaur, Georges de Selve. Se apoyan a ambos lados de un mueble en cuyas baldas están amontonados, como al azar, objetos de diversas artes —astronomía, geometría, óptica, música… también el tratado matemático de Petrus Apianus— sobre un suelo de mosaico marmóreo. Puede, eso sí, que le resulte al espectador extraño que no ocupen esos dos protagonistas el centro del cuadro. Que, plantados a ambos lados, parezcan estar allí para guiar la mirada del espectador hacia otra cosa. La cual el visitante no ve. Tal vez sí que percibe, antes de alejarse, desazonado, la amorfa irregularidad de una mancha en tonos pardos a medio caer sobre el centro del pavimento a los pies de ambos personajes: tocón de madera, tal vez, sin desbastar, hueso de sepia monstruosa se la llamó muchas veces, esbozo de figura quizá que el pintor dejó inacabada… ¿Quién sabe?

El museo, todos los museos, es un invento moderno muy extraño. En él, acumulados conforme a criterios de orden que no fueron los suyos, objetos ajenos entre sí y aun hostiles, se ajustan a lo que el museísta les impone: su mirada, que los trueca en otros. «Un crucifijo romano —anotaba Malraux— no era, en primer lugar, una escultura, la Madonna de Cimabue no era, en primer lugar, un cuadro, ni siquiera la Pallas Athenea de Fidias era, en primer lugar, una estatua». El acercamiento espacial de objetos que nada comparten perpetra una manipulación simbólica. Nos decimos: son arte, puesto que están todos aquí, en este templo laico que es el museo. Y los perdemos.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

3 comentarios

  1. No tengo la cultura suficiente para entender todas las referencias en este articulo. Pero me han entrado unas ganas tremendas de volver a la National Gallery de Londres, me quedo con eso.

  2. Su más bello y lúcido texto, Don Gabriel. Un gran resumen de su obra y su legado. Eterno agradecimiento de un lector fiel desde los tiempos de El Mundo y el primer Mayo del 68.

  3. Gracias por este interesante discurso Sr. Albiac, Holbein, Maquiavelo, y por extension Ciceron, Boecio, Spinoza e Isabella D’Este, todos conjurados por vuestra lucida pluma. Bravo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*