¿Cómo podemos pensar siquiera en resolver problemas de índole social, cómo avanzar como ente colectivo, cuando ya desde bien pequeños, en las meriendas y en las fiestas de cumpleaños, nos han enseñado a discriminar de forma sistemática a las pasas? Ya saben, esas oscuras y arrugadas golosinas que de vez en cuando se aparecen blandamente en nuestras bolsas de Frit Ravich o Grefusa, y que nos acarician la lengua con su aspereza de mano anciana. «¡Argh, pasas!». Apartadas de la vista de inmediato con la eficiencia de una operación militar, barridas de la superficie como mugre. A veces en un plato; otras, directamente a la basura. En el gueto de las pasas se respira abandono e incomprensión. Uno las encuentra siempre tristes, rechazadas en una esquina de la bolsa, acumulándose poco a poco con otras de su misma condición. Para cuando la bolsa de snacks está a punto de acabarse, hay veinte pasas por cada medio cacahuete que, huelga decir, será el próximo escogido por la mano salvadora. ¿Y todo por qué? ¿Por qué motivo? Esto es algo que va más allá del ámbito de los aperitivos y las merendolas, se lo advierto.
¿Que por qué esta discriminación sistematizada? Por el mismo motivo que aquellos sucios patos le negaron la nacionalidad al cisne, o por la misma razón que a John Kennedy Toole lo encontraron sin vida en el coche, asfixiado, tras haber visto rechazada su novela demasiadas veces (eso sí: años después, en 1981, La conjura de los necios ganaría el Pulitzer a título póstumo, pues con el tiempo suficiente a todo el mundo le acaban por gustar las pasas). Por diferentes, por nadar contra la opresiva tiranía de los frutos secos —recién descubro que las pasas no pertenecen al reino de frutos secos en su sentido exacto, sino que son frutas secas, ojo con esto—.
«Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él», había escrito Jonathan Swift mucho antes que Toole, probablemente pensando en este asunto. El aislamiento de la pasa, entonces, es el triunfo de la multitud sobre el individuo, la imposición de la cultura censora sobre la voz libre del artista.
En un ámbito tan árido como es una bolsa de snacks, qué es la pasa sino ese pequeño y umbrío oasis en mitad de la travesía. Un solo de trompeta en el concierto de jazz. Un mordisco en la espalda en medio de un polvo tranquilo. Un taco en una carta formal. El cosquilleo del estómago al bajar la montaña rusa. Tu primera borrachera adolescente la noche de San Juan. Aquel control orientado de Dennis Bergkamp contra el Newcastle. El último escalofrío del agosto estirado sobre la arena. Una mirada encontrada en la biblioteca. Un lunar en una cara perfecta. He tardado demasiado en comprender que la vida es un lugar feo y con malos olores, y eso no hay quien lo cambie, pero una vida sin pasas sería mucho, pero que mucho peor.
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Fantástico símil para hablar de un prototipo de personas que, por desgracia, han transitado por la vida de todos. Felicidades a Carlos Castro por esa magnífica originalidad para narrar.
Brillante
Maravilloso texto. Una vez has comenzado a leer no puedes parar, como quien se come una bolsa de snacks.
Me encanta el mensaje, estoy muy de acuerdo con el tipo de persona que, como los anacardos en un cocktail, no aporta nada. PERO, no olvidemos que un anacardo tostado y salado puede que sea el mejor acompañante de una cerveza helada. Aun con miedo de ser avasallado lanzo mi humilde opinion: cada fruto seco tiene su modalidad y su oportunidad adecuada.
Excelente texto, pero debo decir al autor que con el anacardo, que aquí en Venezuela llamamos Merey, se realiza una pasta y luego una conserva, popularmente conocida como Mazapán de Merey y ojalá tenga chance de probarla un día, porque con envida como el de la reinvindicación de las pasas, que siempre me han gustado, quizá algunos anacardos solo merecen el proceso adecuado para ser algo más que un intento de cacahuate, que aquí llamamos maní. Un gusto saludarles y un placer la lectura.
¡Qué bueno! También el de Las vírgenes suicidas…