El brazo de Valle-Inclán

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Valle-Inclán
Valle-Inclán 1922, Juan de Echevarría. The Granger, New York.

Ahora que hay tantos cursillos y academias que prometen enseñarte a escribir, conviene avisarles de que está más que comprobado que para escribir realmente bien en España hay que perder el uso de un brazo. A ver quién niega que Cervantes y Valle-Inclán no solamente constituyen el brillo más intenso de nuestra literatura, sino cadáveres exquisitos que han sufrido en propio cuerpo el via crucis del ser peninsular, eso que ya me he permitido escribir alguna vez de que si ser español ya es sufrir, ser escritor español es ponerte al borde del precipicio. Quien no llega a perder el uso del brazo como ellos dos, pierde la vida a nuestras manos —Lorca—, o deja de entendernos y entenderse quedando al cabo de una pistola cargada, como Larra.

Lo primero que hay que entender de Valle es que no escribía en español. Quien piense eso no le ha leído. Valle escribe en valleinclano, un idioma que inventó este gallego ilustre para confundir al personal y reclamar, por inversión de términos, respeto a un castellano que él después no practicaba. Para comenzar una carrera literaria digna empezó cambiando su nombre, abandonando el más prosaico Ramón María Valle Peña para abrazar el más blasonado Ramón María del Valle-Inclán, que en su complejo vocabulario recoge toda la presunción del hidalgo español que no tiene para comer pero cuyo cuerpo siempre encuentra fuerzas para hablar. La verdadera gloria de Valle no es que entronque con Cervantes, con al que estilísticamente no le une nada, sino que consiga mutar su persona de gallego diminuto en una ensoñación digna del autor del Quijote, porque las vidas mutiladas de su esperpento son el producto de esa península desquiciada y soñadora que presentó tan bien Cervantes.

España, que lleva siglos instalada en una infinita contradicción y alzada al pedestal de los países imposibles de comprender, necesita de más escritores bizarros, alambicados, extraños. Tenemos en las librerías demasiada literatura blanca, de la que no hace pupita a nadie porque es políticamente correctísima en todo, y escasean los títulos que abran brechas, o que necesiten que el lector tome un buen piolet para culminarlos, o que ni mil antorchas puedan hacernos ver en su infinita oscuridad. Lo que vengo a decir, sencillamente, es que Valle-Inclán supo entendernos mejor que nadie, que su esperpento es el mejor espejo para un país que habita de manera continua en el esperpento (echen un vistazo a los periódicos y díganme si no es cierto), y que se echa en falta gente que deje de mirar por su ventana azorina y penetre en las cloacas valleinclanescas.

Hay que leer las entrevistas a Valle-Inclán, porque sus respuestas son siempre un disparate armado de lucidez. En ellas se puede encontrar una historia desquiciada de la humanidad en una sola página, asistiendo a unos bandazos ideológicos que serían más escandalosos si no vinieran de esa especie de lámpara de la locura que era el genio de Villanueva de Arosa. En una misma entrevista, uno puede encontrar desde una admiración ciega y desmedida por Mussolini (Diario Luz, 9 de agosto de 1933) a una definición entre impresionista y privilegiada de la manera en que funciona el movimiento obrero:

El final de todo será fundir todas las clases en una. Eso es el comunismo. Pero para ello habría que suprimir la herencia y habría también que nacionalizar los bancos, la tierra, la industria y las minas. Lo tremendo es no haber seguido este camino haciendo desaparecer la clase proletaria por la supresión de todas las demás, igualando a todas. Para ello hay que poner a trabajar a todos, y esto no se consigue diciendo en la Constitución que España es una república de trabajadores de todas las clases, sino suprimiendo varias cosas. En primer lugar, la herencia, porque yo no he visto trabajar a ningún rico heredero. Trabaja el que lo necesita. Por eso Jehová dijo a Adán: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente» hasta que le privó del magnífico latifundio del Paraíso.

Como corresponde al espíritu exaltado de aquellos años, Valle-Inclán habla mucho de política en las entrevistas. Quizá demasiado. Cuando repaso las conversaciones con los periodistas, siempre echo de menos que él, como escritor, me hable de escritura y deje en paz a Largo Caballero. Pero cuando habla de política con frecuencia aprovecha para poner a los intelectuales en su sitio, y ahí comienza uno a disfrutar. Estos firmantes de manifiestos y escritores que van de proletarios pero viven en dachas principescas podrían revisar sus palabras del 20 de noviembre de 1931, en diálogo con Francisco Lucientes y publicado en el mítico El Sol:

A mí me subleva la sangre cuando oigo lo de «obrero intelectual». ¡Qué cosas! El intelectual no puede ser obrero. A no ser que sea un faquín a sueldo de un periódico o de una editora. El intelectual crea. El obrero sirve a la creación de otro. Son tan dispares los conceptos de creación y de ejecución, que no hay que unirlos. ¡Pero si la Santísima Trinidad explica esto claramente!

Lo verdaderamente grande de la cita es la alusión final a la Santísima Trinidad como clave para entender el lugar del obrero y el del intelectual. Ese es Valle-Inclán. Me recuerda a uno de esos exabruptos de Fernando Arrabal en los que comienza hablando de teatro y acaba enrollado con el milenarismo.

El 18 de diciembre de 1925, el Heraldo de Madrid pidió a don Ramón que enumerara los mejores escritores españoles contemporáneos. Mencionó a Baroja, a Pérez de Ayala, Unamuno y Miró. Eso era hasta cierto punto previsible. Hizo justicia a lo que le rodeaba. Cumplió con lo que se esperaba de él: un buen criterio. Pero lo verdaderamente grandioso viene, como no podía ser de otra forma, cuando explica a quién no pondría en esa lista y por qué: «Nunca pondría a Ricardo León. Porque no es contemporáneo. Ni a Blasco Ibáñez, porque para pintar los colores de la huerta valenciana ha recurrido a la imitación de procedimientos de Zola y de Maupassant. Ni tampoco a Azorín. No se le puede perdonar a nadie que teniendo un idioma tan rico como el castellano escriba por cifra, como tocan algunos guitarristas». Necesito escritores contemporáneos que hablen así de claro. Pero pasan los años y sigo esperando.

Después está lo del brazo de Valle-Inclán. Otro apéndice románticamente impedido en un escritor que trasciende lo humano. Un brazo que no responde a los estímulos y que parece un atractivo más de la España del bandolero, que siempre tiene a algún inglés crédulo y despistado que luego de recorrer nuestro país escribe un libro precioso cargado de mentiras e incomprensiones. Es mágica casualidad que dos de nuestros mejores espadas hubieran perdido el uso de su mano. Pero ahí acaba la comparación. Cervantes es Dios en nuestras letras, y Valle-Inclán uno de esos ángeles que Dios anda buscando por el cielo para explicarle en frase bíblica que no tiene más remedio que expulsarle del paraíso. 

Para entender de manera profunda la relación de Valle con la prensa, hay que acordarse de su brazo. Recordar que lo perdió en una pelea con un periodista llamado Manuel Bueno, quien lo molió con su bastón de hierro. La gangrena a partir de un daño en la muñeca hizo el resto. Como otra ironía añadida a la historia, se cuenta que la Asociación de la Prensa —otra vez la prensa y  Valle— reunió durante un tiempo dinero para comprarle un miembro ortopédico, pero al final la cosa quedó en nada y su brazo izquierdo, en fotografías y óleos, sigue siendo una ausencia entre sobrecogedora y lírica. Recoger dinero para Valle no debía ser oficio sencillo, pues en la otra colecta de la que se tiene noticia, para regalarle un pazo en Galicia, no se llegaron a recaudar más que veinte pesetas. Jacinto Benavente, que era muy puntilloso en la vida de los demás aunque no tanto en sus obras, quiso ponerle en su sitio diciendo que no comparásemos a uno con el otro, entre otras cosas porque Lepanto era Lepanto y lo de Valle una riña de café entre borrachos, así que no debía darse tantos aires por tener la inhabilidad cervantina. Tampoco Los intereses creados es Luces de bohemia, le hubiera contestado yo si fuera Valle. 

Como en el mundo de la literatura siempre se reserva espacio para la justicia poética, hay un episodio en el que el propio público venga la afrenta que Benavente infirió contra Valle-Inclán al compararlo con Cervantes. El recién fallecido y tremendo actor Manuel Gallardo contó alguna vez que, cuando hacía en 1970 tournée del montaje seminal de Luces de bohemia del simpar José Tamayo, la censura les prohibió representarla en Pamplona. Para poder hacer función en la ciudad cambiaron la representación por Los intereses creados, el mayor éxito de Benavente. El público no aceptó aquel gato por liebre teatral, y aquella noche los estudiantes patearon en el teatro al grito de «¡Valle-Inclán!, ¡Valle-Inclán!».

Pio Baroja debía querer mucho a don Ramón, tanto que según Umbral (la fuente es tan apasionante como poco fiable) escribió una vez aquello de «Valle-Inclán cree que el estilo es escribir dátiles por dedos». Después de leer a Umbral, uno ha buscado la cita sin éxito, de manera que puede haber ocurrido que como Francisco Umbral tenía ese odio por Baroja y una admiración sin límite por el gallego, los puso en su mente a discutir y su máquina de escribir parió aquello de los dátiles. De cualquier forma me gusta, y explica bien cómo Valle-Inclán retorcía el castellano hasta dejarlo sin vida. Lo que sí se encuentra en un periódico chileno es la respuesta que Baroja dio a un periodista que le preguntó por el supuesto éxito de Valle-Inclán con las mujeres: «—¿Entonces no era cierto que tenía éxito con las mujeres? —¡Qué había de tener! Era un tipo que no tenía mucho que celebrar: unos ojos turbios, unas barbuchas deshilachadas, una nariz ganchuda… ¡Nada! ¡Cómo iba a tener éxito con las mujeres con aquella cara!».

Se echan de menos las grandes rivalidades de la literatura. Comparadas con las anécdotas de los escritores de antes con ofensas que podían llegar a las manos y hasta el duelo, los articulitos cruzados  en periódicos (indignación remunerada en cada artículo publicado) por el escándalo tal o la desavenencia cual, parecen más la rabieta de un niño por su merienda. Y no me hagan dar nombres, por favor.

Una de las entrevistas más jugosas de don Ramón para los estudiosos de la literatura es la que Juan Rodríguez, de la Universidad Autónoma de Barcelona, dio a conocer en un artículo llamado «Valle-Inclán en 1925: una entrevista olvidada». En él comenta las respuestas entre provocadoras y visionarias de un Valle-Inclán en estado de gracia. Dicha entrevista se publicó en la revista Destino, y su mera aparición es un misterio: fue entrevistado por la publicación en 1925, pero por alguna razón el diálogo que mantuvo con el periodista no fue publicado hasta 1940. Quizá porque ese era el sino de Valle-Inclán, que sus palabras llegasen siempre en diferido. Luces de bohemia se presentó al público lector en 1920, pero no se estrenaría sobre las tablas hasta 1970, porque las verdades de Valle duelen tanto que el español tarda al menos cincuenta años en digerirlas. Por ello tengo la teoría de que ahora es el momento de leer sus entrevistas. Si uno sabe interpretarlas, nos dicen más de nuestra realidad que tantas declaraciones insípidas que pueblan lo cotidiano. En esa entrevista de Destino que tardó quince años en ver la luz, y de la que no sabemos con qué periodista conversa (algo muy común en la época, por otra parte), es preguntado por el estado de la novela: «¿Qué opina usted de la situación de la novela?». La respuesta de Valle es sublime: «Qué está empezando».

De modo que lo siento mucho por esos catedráticos que llevan décadas anunciando en conferencias bien pagadas el final de la novela. Si Valle-Inclán afirma a principios del siglo XX que no ha hecho más que empezar, yo le creo. 

El funeral de Valle debió ser una fiesta del esperpento, como si todas las grandes obras de teatro que el gallego nos ha dado se hubiesen apoderado del alma de sus asistentes. Llovía a cántaros en Boisaca (¿cómo puede hacerse un funeral grandioso sin lluvia?), así que en el cementerio los cipreses dejaron espacio a un campo de paraguas negros. Si se diera crédito a todas las leyendas que sobre ese entierro circulan, contaríamos que en el sepelio un anarquista se abalanzó sobre el ataúd para arrancar el crucifijo con el que estaba culminado, convencido de que a Valle no le hubiera gustado que la cruz católica vigilase sus postrimerías. Se llamaba Modesto Pasín, y no me digan que el nombre no parece tomado de una de las novelas de Valle. Apurando más la historia, se dice que el anarquista sacrílego resbaló y cayó a la sepultura, rompiendo incluso la tapa del ataúd. Gómez de la Serna, que le admiraba más allá de todo límite, contó en la biografía que dedicó al genio gallego que su féretro fue realmente modesto, de solamente veinte pesetas. ¿Adivinan cuáles? También afirmó Gómez de la Serna que sintió pena por el anarquista que visitó la fosa de Valle, pues murió fusilado unos meses después. Fue una de las primeras víctimas de la guerra civil. Y es que Valle-Inclán eligió para morir el año más oscuro de nuestra historia. Nos dejó el 5 de enero de 1936.

Como Valle-Inclán era un escritor borracho de símbolos, fue enterrado el 6 de enero, día de Reyes Magos. Martín Olmos, un periodista que ha escrito artículos muy buenos sobre él, afirma que para su entierro Valle-Inclán pidió que en su funeral no hubiera «ni cura discreto, ni fraile humilde, ni jesuita sabiondo». Así se hizo, y la cuestión anticlerical se llevó tan lejos que ni siquiera se solicitó permiso eclesiástico para enterrarle. Como el ingenio español no tiene límite, especialmente cuando nos movemos en lo esperpéntico, para resolver el problema de enterrar al escritor sin permiso de la Iglesia a un iluminado llamado Víctor el Alemán se le ocurrió la treta de enterrar junto a Valle a un perro muerto, de manera que si las autoridades les preguntaban qué iban a hacer en el cementerio podrían contestar que a enterrar el perro, para lo que no se necesita permiso alguno. Siempre me he preguntado cómo justificarían entonces el cadáver que llevaban junto al perro, pero las leyendas están para eso, para contarnos cómo somos y cómo podemos llegar a ser sin que uno pretenda saber si algo sucedió de veras. 

En una carta de Valle-Inclán a Pérez de Ayala del 4 de febrero de 1933, desliza unos versos en los que la leyenda dice que contestaba la impertinencia de un periodista que un día le preguntó si sentía cerca la muerte. Contestó con un poema que incandescía de esa belleza rota que le era tan propia, retorcida y brillante a un tiempo: 

Para ti mi cadáver, reportero
mis anécdotas todas para ti.
Le sacas a mi entierro más dinero
que en mi vida mortal yo nunca vi.

Con todo lo dicho, parece claro que España y su prensa le debe mucho a Valle-Inclán, de modo que va siendo hora de hacer justicia y devolver al difunto todo lo que se le negó en vida. Entre otras cosas el uso del brazo, y ese sustituto ortopédico que nunca llegó a materializarse porque no se reunió suficiente dinero.

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22 Comentarios

  1. Efectivamente, Umbral, citado aquí,es, después de Valle, quizá el único que responde a la figura del escritor contemporáneo que reclama el autor del articulo y que habla de forma clara, y subjetiva, como debe ser, de otros escritores.

  2. Pues no sé cómo Destino pudo entrevistar a Valle Inclán en 1925, teniendo en cuenta que se fundó en Burgos en 1937…

    • Meu estimado Vilanovés:
      A mi también me chirría lo de Villanueva, pero si hablan en castellano y así escriben el artículo, es lícito el empleo de los nombres castellanos de localidades como Lérida, Alicante y sí, Villanueva de Arosa. Igual que se usan Londres, Pekín y Nueva York.
      Mais eche ben raro.

  3. Estupendo artículo. Lo único, no encuentro en el mapa eso de «Villanueva de Arosa», puede que tal vez sea Vilanova de Arousa. Fíjate tú que ese es el nombre del lugar, el único y el oficial. La normativa de nomenclatura oficial galega data de hace más de 40 años. Ya va siendo hora…

  4. Cervantes no perdió ningún brazo, está bien por el tema de hacer la gracia,pero repetir esa cantinela varias veces en una revista pretendidamente «seria» genera un poco de vergüenza ajena

  5. Villanueva de Arosa

    https://maps.app.goo.gl/aQZ16jXT4BQQyLwHA

    Sí que viene en los mapas.
    Y no se dice «nomenclatura oficial galega». En español es «gallega».
    La norma será la que sea y se aplicará en los papeles, pero no creo yo que haya que pedir a los hablantes que fuercen su idioma.
    No conozco a nadie que diga London o Bordeaux, y si una norma lo impusiera, tampoco se diría.
    ¿El gallego no tiene topónimos propios de lugares no gallegos?
    Pues eso.

    • En realidad la ley dice que el topónimo de los lugares tiene que ser en la lengua cooficial ( gallego,catalan o vasco).

      Aparte de eso,lo que sucede es que en el habla habitual nadie en Galicia llama Villanueva de Arosa, suena tan mal como decir sanjenjo o Arteijo en lugar de Sanxenxo o Arteixo.

      • Usted lo ha dicho, en el habla en Galicia. En Murcia o en Badajoz no tiene por qué ser así, lo extraño es decir Arteixo oo Sanxenxo.

    • Hola Máximo,
      Siempre se pone el ejemplo de London en estos casos y siempre me resulta extraño. ¿Comparas Londres o Burdeos con Vilanova de Arousa? Al hacerlo, parece que este pueblo (o en su caso, otro vasco, catalán…) no perteneciera a España.
      Eso es un error. No respetar los topónimos de nuestro país es un ejemplo de los problemas de convivencia entre regiones (igual que si un catalán, gallego, vasco tradujeran a su lengua los topónimos de otras regiones de España) que debemos superar de una vez y así dejarnos de hablar de chorradas en vez de, en este caso, Valle-Inclán. En España hay varios idiomas (españoles) con topónimos en esos idiomas (topónimos españoles). Traducirlos (con conocimiento) ya sea al castellano, gallego, catalán, vasco… es una falta de respeto, mires como lo mires.
      Un saludo.

  6. Hola Vilanovés
    Yo lo que veo extraño es lo que usted comenta. ¿Vamos a prohibir que cuando unos catalanoparlantes estén charlando digan Saragossa o lo escriban así?
    Porque el nombre oficial y no sólo en castellano, sino en aragonés, es Zaragoza.
    ¿Faltan el respeto a algo? En absoluto, pero siguiendo su lógica, sí. Salvo que las exigencias morales vayan dirigidas a los castellanoparlantes exclusivamente.
    Yo digo Orense y Lérida y no falto el respeto a nadie y me parece natural que en otros idiomas cuando hablen de mi ciudad lo hagan usando su propio topónimo, sea en otras lenguas españolas o no.
    Saludos.

    • Hola Máximo.
      Lamento mucho seguir con este hilo, me gustaría poder escribirle de manera personal y no continuar con un tema ajeno al artículo de Valle-Inclán.
      Puesto que me ha respondido haciendo una serie de preguntas, me veo en la obligación de responderle puesto que veo que me ha malinterpretado.
      «¿Vamos a prohibir que cuando unos catalanoparlantes estén charlando digan Saragossa o lo escriban así?» Por supuesto que no, ya sean catalanoparlantes o de cualquier otro idioma.
      «¿Faltan el respeto a algo?» No, en su charla pueden nombrar a Zaragoza como les plazca.
      No me he explicado correctamente, estoy criticando el hecho de traducir con conocimiento del nombre original (ojo, creo que esto es lo que no me ha entendido) al castellano topónimos españoles dentro de un artículo periodístico. No critico el que usted diga Orense o Lérida.
      Ya sé que en general no son traducciones en sí, si no cambios fruto del uso (por parte de algunos) y del tiempo.
      Pero eso no impide que si le dicen que el nombre oficial del pueblo es Vilanova de Arousa y a pesar de ello decide traducirlo a Villanueva de Arosa, podría estar ofendiendo a alguien (o no, quién sabe). Igual que usted no se ofendería si le llaman Màxim, otros Máximos podrían sentirse ofendidos. El hecho de traducirlo es una falta de respeto en sí mismo.
      Por mi parte, que se escriba Villanueva de Arosa no me ofende. Me suena muy ridículo, nada más.
      Venga, no me enrollo más.
      Un saludo.

      • Hola
        No lo había visto así. Lo cierto es que eso que dice no me parece aventurado.
        Aunque la comparación entre los topónimos y los nombres personales no la veo absolutamente adecuada.
        Saludos.

        • ¿Disculpe? «Aunque la comparación entre los topónimos y los nombres personales no la veo absolutamente adecuada.»
          En ambos casos estamos hablando de nombres propios.
          Bueno, un saludo y hasta la próxima.

          • Ya, son nombres propios, pero no lo mismo. En un caso hablamos de una identidad personal individual (uno se llama Pep, Joe o Pepe, aquí y en Pekin); en el otro, nos referimos a algo impersonal por muy cargado que esté de connotaciones.
            Es decir, cuando Carod Rovira pidió que le llamaran Josep Lluis en aquel programa de tv, creo que tenía toda la razón. Es su identidad intransferible, digamos.
            En el caso de los topónimos, como estamos viendo, hay más aristas.
            Saludos.

          • Ya, me refiero a que no es lo mismo un topónimo que un nombre personal, aunque ambos sean propios.
            El segundo expresa una identidad personal individual (uno es Pep, Joe o Pepe aquí y en Pekin); el primero, a una entidad impersonal, por muchas connotaciones que tenga.
            En este sentido, el nombre personal tiene una intransferibilidad fundamental.
            Es decir, cuando Carod Rovira en aquel programa de tv pidió que se le llamara Josep Lluis, tenía razón; reclamaba respeto a su identidad personal. En cambio, en los topónimos, como estamos viendo, hay más aristas.
            Saludos.

            • Bueno, en teoría no. Un nombre propio es un nombre propio (según la RAE «nombre sin rasgos semánticos inherentes que designa un único ser, p. ej., Javier, Toledo»).
              Alguien que se llame «Máximo» no se llama «más grande que cualquier otro en su especie», se llama «Máximo». Al pasar a ser nombre propio deja de tener un «significado» y sirve para designar lingüísticamente a una persona (alguien que se llame Eloy no se llama «el elegido») por lo que su traducción no tiene sentido.
              En el caso del nombre propio de un lugar pasa exactamente igual. Ese nombre pasa a designar específicamente a ese lugar, independientemente de su significado original. Su traducción podrá ayudar a conocer el origen de ese nombre, su significado y el porqué se ha denominado así a ese lugar pero su designación lingüistica ha quedado fijada (bueno, ya sabe que los nombres propios pueden cambiar con el tiempo…) y no se puede traducir.
              Bueno, espero que me haya entendido y que comprenda que la comparación que he hecho entre Máximo y Vilanova de Arousa podría ser de alguna manera adecuada.
              Un saludo y que tenga buen día (los del foro deben de estar pensando lo pesaditos que nos hemos puesto).

                • Sólo un apunte más, al margen del entretenido y logrado artículo sobre la vena sentenciadora de Valle.
                  El problema de la traducción de topónimos, más aún cuando pertenecen a lenguas de ámbitos lingüísticos próximos al de la lengua meta, es su deformación por desconocimiento. Discrepo al respecto de que un topónimo haya perdido su significación original al fijarse como «simple» nombre propio.
                  Pongo por caso el tan conocido topónimo Sanxenxo, cuya deformación habitual en España viene a ser Sangenjo, horrible monstruosidad que oculta sin remisión el nombre del santo que da nombre a la villa: Xenxo, en español, Ginés.
                  Arteijo supone una patada genital al original y revelador Arteixo, que remite a una depresión natural del terreno por el que discurre una corriente de agua que desemboca en el mar (compartiría raíz con «artesa», cuya forma se asemeja a tal accidente geográfico). La lista iniciada en Galicia, tras la magna obra castellanizadora de la Guardia Civil, es tristemente larga: Haciadama, Niño de la Guía, Viana del Bollo, El Grove, La Grela etc.
                  Traducir no puede convertirse en un proceso cateto de equivalencia ortográfica. Respetar y querer entender un patrimonio inmaterial que también apela e incluye a España sería un acto de amor mucho más inteligente.

  7. Máximo,creo que la disparidad de opiniones en este caso es pq le estamos dando un prejuicio ideológico.
    En el fondo es todo más sencillo,o debería serlo. El gallego,el catalán o el vasco son idiomas españoles,como lo es el castellano y es desde ese punto de vista como deberíamos verlo. Son idiomas español que se hablan en una determinada región y el nombre oficial ( como establece la legislación vigente) es el del idioma cooficial.No tiene nada que ver con el ejemplo tan manido de London en lugar de Londres.

    Yo entiendo tu postura pq es difícil entender que en Galicia no hay ese barniz nacionalista que hay en otras zonas y simplemente lo natural y como siempre se ha llamado a dónde nació valle es Vilanova de Arousa,lo demás es crear polémica donde no lo hay.

    Por cierto no es seguro que valle naciera en Vilanova,pero eso es otra historia.

  8. Sí ya, decimos Londres y no London. Pero escribir Villanueva de Arosa me parece tan rebuscado como llamar a la policía de Londres la Yarda Escocesa en vez de Scotland Yard.
    En castellano es mejor dejar algunos nombres en el original y no traducir ni adaptar.
    ¿Los premios Oscar de Bosque Sagrado? Por favor…

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