Arte y Letras Literatura

Los modernistas que inventaron el underground

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El bebedor de absenta, de Viktor Oliva, 1901.

Son melenudos, son estrafalarios, escriben o hacen parecer que escriben, pero más se los ve en la calle, preferiblemente de noche. Hace años que no dejan de alborotar y dar motivos para alimentar la leyenda de disolutos que se han forjado. Son ruidosos, son provocadores. Beben mucho; vino barato cuando no hay otra cosa, y absenta los días que han podido reunir un extra de dinero. La absenta es el nuevo santo y seña de la fauna literaria que se ha decidido a asediar a la literatura oficial —esos prohombres de la Academia, realistas, utilitaristas, artesanos de libros pulcros que nadie leerá cien años después—. Hay mucho mito al respecto, pero es verdad que la absenta hace mucho más que inducir la cogorza: también regala momentos mágicos de paseo sideral y encuentros con elefantes multicolores encaramados sobre patas de araña. No son modernos, son yonquis del estar siempre por delante de la moda. En el alias con que los nombran los voceros del establishment pretenden que vaya su condena: así los llaman, «modernistas». Los melenudos asumen el insulto porque es vecino de la insolencia, y porque esconde lo que de alguna manera vienen diciendo con su actitud, que hay que huir de lo moral como de lo que es pobre, que dijo Oscar Wilde. Estamos en 1900, año arriba, año abajo. Con ellos ha nacido en España el underground. Cuando cien años más tarde haya que referirse a los modernistas en los libros será imprescindible ponerles sordina o bien adecentar su aspecto. No son modelo para jóvenes.

Hordas militantes del placer

Underground, hemos dicho. Con todas las consecuencias. Porque suponen una evolución del personaje también revolucionario que fue el romántico hasta la figura del bohemio, que se gana el estatus de proscrito. Porque enarbolan con pleno orgullo una voluntad de envilecimiento, por la que considerarán que su patria es la canalla y nadie más que ella vale su poesía. Porque su vida al margen —frecuentadores de prostíbulos, adictos al éter y la heroína, fumadores de opio— dejará de ser cuestión privada y se darán a escandalizar el patio de la santa moral pública. Porque se lanzarán a la experiencia bizarra de la libertad, aunque les suponga eludir la sociedad de los que triunfan para recluirse en otra de dimensión marginal. Flâneurs, borrachines, anarquistas, amigos de la gente mala, los travestidos, los ateos, las cupletistas: chusma, en fin, que ya solo tiene fe para el santo Friedrich Nietzsche que anunció el advenimiento del hombre sin ataduras ni destinos ultraterrenos.

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5 comentarios

  1. Delicioso artículo, si señor y, un deleite en su lectura.

  2. SantiagoGTirado

    Gracias, Valencia. A mí lo que me sigue sorprendiendo es que hayamos tenido esos momentos de modernidad en este país, abonado a la baja autoestima. De hecho hoy parecemos más antiguos que aquellos de los años 1900 o 1920. Saludos.

  3. muy bueno tu artículo Santiago

    Para explorar mas sobre el asunto te recomiendo otro articulo: » El erotismo y la crítica social en la novelistica española del orto vigesimosecular » en EL ARTE EN UN MUNDO EN CRISIS ed. ANDAVIRA

    De nada

    • Olivia, perdona que se me pasara este comentario tuyo. Y por supuesto que me llevo la nota del artículo. Aquí mi agradecimiento pospuesto a tu «de nada» previsor.

  4. Pingback: Castillos en el aire: la Bienal Mugak/ y su oda a la utopía arquitectónica - Jot Down Cultural Magazine

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